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Nadir

Hoperasion Triunfo

Nadie se acuerda del inefable Toni Santos y su poderío odontológico, pero eso no ha sido ningún impedimento para que miles de ciudadanos tinerfeños vivan intensamente una nueva edición de la farsa, una vulgaridad de pasta gansa, chillidos, sentimentalismo, hipérboles, acné y mentiras. No puedo evitarlo: Operación Triunfo me parece la estupidez más rentable que jamás se ha diseñado por una productora de televisión. Todo es de una falsedad alucinatoria y casi onírica: adolescentes que apenas saben gorjear chillonamente pasan por asombrosas promesas musicales; un conjunto de monitores de aerobic y arreglistas pachangueros se disfrazan de profesores de una academia imaginaria; en un par de meses, la imaginaria academia convierte a los chorlitos en unas estrellas de la música pop condenados a un éxito universal. Operación Triunfo responde, obviamente, a la tipología del reality-show , supuestamente legitimado por sus buenas intenciones finales y por la retórica de los valores que supuestamente irradia, como el esfuerzo, la disciplina o el compañerismo.
Algunos ensayistas de principios de siglo (como en España Vicente Verdú) postulan que lo más dinámico e influyente del capitalismo actual no se dedica a la producción de bienes, sino a la producción de realidad. Al capitalismo industrial le siguió un capitalismo de servicios y hoy disfrutamos y sufrimos un capitalismo de ficción. Desde este punto de vista Operación Triunfo se dedica a fabricar un sucedáneo de realidad en la que el público televidente puede tener una modesta participación. Modesta pero sumamente rentable para los productores. El interés ficcional del programa se alimenta, asimismo, por una impredicibilidad estimulante: como en cualquier ficción pueden contemplarse éxitos y fracasos, amores germinales y soledades irremediables, personajes detestables, buenos y malos que se intercambian sus efímeros papeles, sudor y lágrimas. Lo sorprendente -y lo que amenaza la frescura del formato- es que todos los participantes, todos sin excepción, saben que participan en una comedieta, y actúan plenamente asumiendo distintos roles. Todos menos el público.
Me estomagan los carteles pidiendo la salvación de Idaira, una piba que no canta peor ni mejor que muchos aficionados al karaoke. Me irrita la insistencia babieca en que todos, todos sin excepción, desde Punta Hidalgo hasta el Acantilado de los Gigantes, somos responsables de una carrera musical que carece del más modesto material de talento y preparación artística y técnica. Me resulta grotesco la automática manipulación política por parte de alcaldesas y diputadas que se enfundan una camiseta y pegan berridos y saltos ante las cámaras de televisión. Y la estúpida neblina de patrioterismo isloteñista alrededor de un taimado concurso televisivo.

Los bancos y la vida que apesta

Según los bancos, nuestra vida es una basura, es una vida puta, pero es que los bancos existen precisamente porque, en la consciencia de que la vida que llevamos no se acerca a la vida que esperamos llevar, nos metemos en créditos.
Las campañas de publicidad están empeñadas en demostrar que tu vida apesta. Las de sorteos tipo lotería y cupón insisten en que todo se arreglará en cuanto te toquen los millones. Sería creíble hasta que conoces a alguien a quien le han tocado los millones y descubres que no es nada feliz y que las perras se las dejó en un negocio mal montado tipo bar, tipo videoclub.
Ahora los bancos también se suben al carro. Hay por ahí un par de campañas en las que deletrean todas y cada una de las peores monotonías de la vida diaria, como una sucesión de imposibles que se puede solucionar, claro, pidiendo un crédito.
El anuncio en cuestión se parece a aquella canción de Rubén Blades que describía las acciones matutinas de un policía antes de salir para el trabajo y terminaba con un verso precioso: "Pero huele a mañana, varón".
En plena duda con el anuncio bancario, en la televisión aparece repetida una entrevista con Luis Rojas Marcos que dice lo de siempre, pero a su manera, con ese acento de sevillano en Manhattan: las felicidad está en no amargarse y en alegrarse con esas pequeñas cosas que tenemos, y sobre todo en dar rienda suelta a las pequeñas cosas que tenemos. La felicidad, por lo general, suele ser gratis, lo que pasa es que en su búsqueda nos vamos entreteniendo con alegrías que salen por una pasta. Tengo un amigo que se plantea como objetivo comprar la última chulería tecnológica. Trabaja, ahorra, la compra, descubre que es una tontería, se amarga pero luego se alegra con la expectativa de la siguiente compra, ¿eso es felicidad? Eso es una mierda.
En cuanto a los bancos, solo queda afirmar que hay que ser muy malo para pretender que con otro entrampe más nos acercaremos a una vida menos puñetera. Pero los bancos, en general, son muy cabrones, por eso tienen tantos beneficios, porque se portan mal, te cobran comisiones por todo, te embargan ante cualquier duda y te tratan peor si eres un ganapán. Los bancos solo te quieren cuando tienes dinero, pero cuando tienes dinero los bancos no te hacen falta.
La felicidad no llegará con otro crédito ni con el próximo sorteo, la felicidad es un barraquito a solas por la tarde, cuando algunos amigos ausentes aún apestan a comisión telefónica.

Ponga un ladrillo en su verano

No falla: el verano dura siempre demasiado y a la vez demasiado poco. El verano, o mejor dicho las vacaciones que de él se derivan, son un espacio intersticial entre el hastío de la liturgia laboral y el hastío del propio estío, una enajenación transitoria del homo supuestamente sapiens, que desemboca en ese deseo ferviente de reingresar en la repugnante y adorable rutina, volviendo a comenzar todo el ciclo de nuevo con una desmemoria pasmosa.
Una forma bastante discreta de pasar el alifafe del verano es leyendo, y todos los 30 de junio o julio se hace uno el firme propósito de atizarse la faja de libros que ha ido amontonando a lo largo del año en la mesilla de noche, que lo aguanta todo, como dicen que aguanta el papel. En una mesilla de noche pueden convivir sin ninguna clase de hostilidad la Pura alegría de Muñoz Molina y el Elogio del refrenamiento de José Watanabe, La vida, instrucciones de uso de Georges Perec con La vida exagerada de Martín Romaña de Bryce Echenique, El genio del idioma de Álex Grijelmo con El arte de callar del Abate Dinouart, el Cómo viajar con un salmón de Umberto Eco con el Cómo escribir un millón de Dibell, Scott y Turco, el Orlando de Virginia Wolff con el Quijote de Miguelito de Cervantes (centenario obliga)... Y es que uno lee como vive o como es, y alguien que tiene siempre varios calderos al fuego, como le ocurre a la mayoría de la gente que no es que estudie o trabaje, sino que estudia y además trabaja, y encima atiende a la familia, y hace deporte, y lee la prensa mientras espera a que cambie el semáforo y escucha la radio en lo que plancha camisas y habla por teléfono, una persona normal, digo, no es capaz de cascarse un tocho de una sola sentada, y picotea de aquí y de allá como un veleta consagrado. A los que no son monoteístas no se les puede pedir que se entreguen a la monogamia consecutiva, ni que sean "monos" en ningún ámbito de la existencia. Nunca le serán fieles a su desodorante, cuando menos a un autor. Así es que leen un capítulo de Madame Bovary un día, por la cosa esa de las obras cumbre de la literatura universal, y al siguiente le ponen los cuernos con Amélie Nothomb, porque no hay quien culmine un 8000 con estos calores. Practican una especie de poligamia literaria, que no se sabe si está bien o está mal, pero que va con los tiempos que les ha tocado vivir.
Lo malo es que, a la que se descuidan, llega el 1 de septiembre, y descubren atribulados que las tardes menguan y el verano ya vuela con el ala rota, que la rutina abre sus nauseabundas fauces, y que la mesilla de noche sigue llena. Pero bueno. Ya sabíamos, ellos y nosotros, que "el caos engendra la vida, mientras que el orden genera el hábito".

Microrrelatos

La moda de los microrrelatos es ya una patología pestífera. Todo el mundo escribe ya microrrelatos. Los microrrelatos son, desde hace algunos años, una vía expedita para la definitiva democratización de la literatura. "He escrito un microrrelato", me dijo el otro día avergonzado un amigo, del que no tenía ni las más vagas noticias narrativas. "Pero si lo último que escribiste fue un poema masturbatorio a tu prima Lola a los quince años", le dije. Asintió, aterrorizado y satisfecho a la vez. "No pude resistirme. Son tan cortitos". En efecto, el microrrelato es una tentación, como los bombones, las pastas del té o los cigarrillos. Se consumen enseguida y no duran nada. Un placer perfecto, como diría Oscar Wilde, cuyo único defecto es que jamás escribió un microrrelato. El de mi amigo, el pobre, seguía insistiendo en Lola y constaba de una línea: "Lola, espejo de deseo donde nunca pude mirar tus bragas". La frase no ayuda a localizar las bragas, pero la imprecisión estimula el temblor poético de la historia.
Mis prejuicios son insalvables. Todos los microrrelatistas que conozco parecen hechos de cristal. Los más grotescos -los que teorizan sobre sus pequeños eructos verbales- pretenden que el microrrelato es uno de los últimos reductos del vanguardismo y la experimentación. No hay microrrelatista que no cite la línea de Augusto Monterroso ("Cuando se despertó, el dinosaurio aun seguía allí"), pero lo de Monterroso es una ocurrencia divertida y no la fundación de un género literario. Los autores de microrrelatos son escritores microscópicos que se asoman al foso de las palabras y sienten un vértigo mortal. No creen en las palabras y eso supone una castración literaria insalvable. Les trasmito uno de los últimos que me han asestado: "Derrotado por la incomprensión, el último militar del futuro acercó su boca a la boca del arma y se besó". Joder. He escuchado letras en el Concurso de Murgas de Santa Cruz más incitantes, laberínticas y memorables. Incluso he escuchado letras en el Concurso de Comparsas más interesantes. Cualquier historia que se pueda contar con seis palabras no vale la pena de ser contada y mucho menos leída. Y para el juego central de la palabra y la vida, de la metáfora y del mito, de lo trascendente y lo inmediato, está una actividad viejísima y reluciente que se llama poesía.
Pronto alguien, agobiado por los créditos en un Departamento de Filología, descubrirá que los microrrelatos son una estructura sintáctica propia de los seres humanos e igual consigue una beca. Y todos tendremos a nuestra disposición un aval teórico para afirmar, felizmente, que todos practicamos el microrrelato. Dar los buenos días es un microrrelato. Freír un huevo es un microrrelato. Contar los líos de faldas de un alcalde tinerfeño entre dos cafés es un microrrelato. Y los columnistas nos dedicamos a los microrrelatos diariamente: "Cuando se despertó, la columna aun seguía allí".

Tirar a matar

Estaba en el supermercado y la oí. Aquella mujer gritaba como una posesa. Enrojecida por la furia y con los ojos brillantes decía cosas tales como: "Eso. Que los cuelguen a todos y los despellejen vivos" "Son todos iguales" "Asesinos" "Ya los cogiera yo, ya... ¡Iban a saber ellos lo que son bombas!" Creo que hablaba del atentado de Londres. Las demás asentían con la cabeza completamente de acuerdo. De pronto tuve la impresión de que los destinos del mundo suelen fraguarse en las colas del supermercado donde siempre hay alguna que grita más que las otras. Esa que te dice llena de cólera "Oye tú, que aquí llevamos todas una hora esperando" Y tú, que acabas de llegar y te habías acercado al mostrador a observar la mercancía, caes fulminado por su odio. No se engañen: es en las colas del supermercado donde gira la tierra y se hacen reales los mayores cataclismos. Ellas son las que hacen la historia. Ellas, con sus bolsas de plástico repletas hasta los topes de verduras y congelados, enardecen las filas patrióticas, y al grito de "hay que matarlos a todos" son capaces de hacer hervir la sangre y las conciencias de cualquier tienda de ultramarinos. Ellas, en ese "todos", engloban a los hombres que violan, matan, hacen caer la bolsa, atropellan con un coche o se largan con otra, y que son, sin ninguna duda, sus propios maridos. Y cuando ellas se dirigen a la guardería cada mañana con su tierna criaturita cogida de la mano van haciendo patria y cultura general. "¡Negros de mierda! Si yo los pillara verían ellos lo que es terrorismo" Porque ellas dicen cosas así en cualquier supermercado del mundo o cuando salen a la calle para llevar al niño al colegio antes de ir a hacer la compra del día. Y el niño oye, y el niño aprende las lecciones de mamá. Y una mañana de julio, el niño, que se ha hecho policía del Reino Unido, sale de servicio y llega al metro y al primero que corre o que tiene un extraño color de piel parecido al de los terroristas que son siempre de distinto color al de uno y van siempre corriendo por el metro con cara de desolación, pues le dispara a matar. Y ya en el suelo, por aquello de más vale perro muerto que perro rabioso, le descarga las balas, una tras otra, en su rara cabeza, mientras oye la voz de mamá: "Yo los mataba a todos" O a lo mejor ese niño sólo llega a ser presidente del Tribunal Supremo de España y se dedica a ir por ahí justificando las instrucciones de tirar a matar que la policía británica recibe del señor Blair en lo que éste ha dado en llamar la lucha contra el terror que equivale a tiro en la cabeza de cualquier vecino que no se parezca a los que han hecho cola toda la vida en el supermercado donde compra su querida mamá.

De las mareas y mareados

Cuando languidece la tarde aun quedan unas 150 personas en la plaza de Candelaria: en el momento de apogeo de la manifestación no habrán sido mucho más de trescientas. Están ataviadas con diversas prendas y adornos de color azul y las increpa un individuo aparentemente epiléptico que a través de un megáfono lanza berridos rítmicos e incansables. En la céntrica plaza y sus alrededores muchos cientos de ciudadanos toman cerveza, los niños corretean y juegan antes o después del helado, algunos guiris dudan sobre con qué alimentar la voracidad de sus vídeos y sus cámaras fotográficas. Nadie le presta especial atención a los manifestantes, ni siquiera la pequeña patrulla de Policía, solemnemente aburrida junto a Los Paragüitas. De repente, y como colofón de la histórica jornada, el del megáfono comienza a corear: "El pueblo, /unido,/jamás será vencido,/el pueblo,/unido,/ jamás será vencido". Como fondo se escucha le heroica melodía de Los Calchaquis. La escena es de un patetismo pleno, perfecto, inconsolable.
Me repugnan profundamente los ataques y descalificaciones que, desde varios abrevaderos políticos, se han vertido sobre las plataformas y movimientos cívicos activados y organizados en Tenerife en los últimos años. Tachar de golpistas, insurrectos o antidemócratas a ciudadanos que se asocian y organizan para plantear sus denuncias y aspiraciones, en uso de sus derechos constitucionales y dentro de los cauces legales, revela una notable baja estofa moral y una concepción patrimonialista y autoritaria del ejercicio del poder. Pero la deriva de plataformas y coordinadores sedicentemente populares está demostrando cada vez con mayor claridad su incapacidad política, ideológica e informativa para analizar la realidad social y comprender su propia entidad como alternativa al sistema institucional o agente de transformación política. Es una perfecta imbecilidad corear eslóganes de frentepopulismo andino en el Tenerife de principios del siglo XXI. Es pura arqueología revolucionaria profetizar el fin del sistema capitalista y de la pútrida democracia burguesa. Es una puerilidad milinarista describir la sociedad tinerfeña como un apocalipsis de destrucción ecológica y miseria galopante. Es una pedantería vacua, grotesca y relamida sostener, desde apoltronados despachos universitarios, que el movimiento antiglobalización de Seattle y Porto Alegre se prolonga en el barrio de El Toscal, en los caseríos de Anaga o en Charco del Pino. Es un error estomagante confundir de nuevo esperanzas y realidades, los sueños con los proyectos, la rabia con la lucidez, la alquimia de las frustraciones con la química del poder.
La luz de la tarde se deshacía como un suspiro sobre el centro de Santa Cruz de Tenerife y me alejé lentamente de la plaza. Lentamente hastiado de la izquierda que en el Parlamento ratonea para ocupar direcciones generales y de la izquierda que en la calle grita y vocifera contra sí misma.

Catastrofistas

Un amigo, de púber primavera, se fue un domingo de los años 70 a ver "Delicias turcas", del holandés Paul Verhoeven (el mismo que muchos años después rodaría "Instinto básico") en el Cinema Victoria. La película mostraba lo que prometía el título, aunque con las censuras propias de aquella época de minoría de edad forzosa a la que nos sometía la dictadura. De vuelta a su pupitre de los Escolapios, mi amigo cometió la insensatez de levantar la mano cuando el hermano Ramón preguntó quién había ido a ver semejante guarrería cinematográfica. Volaron sobre él los improperios arrojados por aquella espada flamígera con sotana que lo amenazó con las llamas del infierno y la corrupción irremisible de su consciencia. Hasta aquí, normal, como dicen en Bilbao: va de suyo que la policía - con sotana o no - encuentre sospechosa la diversión y ande por ahí acojonando a la peña con infiernos, pudrideros morales, cataclismos sociales o enfermedades (desde los granitos que delataban a los viciosos solitarios al SIDA que castiga a los homosexuales y depravados).

En cambio, del pensamiento científico uno espera siempre explicaciones racionales, luz sobre las tinieblas de la superstición y juicios morigerados alejados de la escandalera y el catastrofismo; en fin, el viejo ideal de la Ilustración: examen racional de las cosas, en lugar de supercherías, pronósticos funestos y advertencias amenazadoras. Pero parece ser que no, que no es éste el caso de los científicos que se ocupan de Canarias, quienes parecen irremediablemente vencidos por la tentación de pronosticar futuribles nefastos a miles de años vista. Que no digo yo que no tengan interés estos asuntos, pero que me resultan muy alejados de la letra pequeña de la vida de ahora y tan esotéricos como preguntarse qué pasaría si las abuelas tuvieran ruedas. Primero fueron unos científicos británicos los que pronosticaron que una erupción en La Caldera podría mandar al fondo la Isla de La Palma y provocar una gigantesca ola transoceánica que se llevaría por delante el Archipiélago y todo lo que le saliera al paso, incluidas algunas ciudades de la costa este norteamericana. Ahora, un tal Joan Martí, científico del CSIC, afirma que, en la evolución previsible del Teide, dentro de decenas o centenares de miles de años (la precisión no es el fuerte de la vulcanología) se producirá una regresión en la apariencia faliforme del pico hasta convertirse en una cañada. Perdida la capacidad del "Apocalipsis" de San Juan para acoquinarnos, aburridos de las predicciones de Nostradamus, si queremos conocer a los nuevos arúspices, agoreros y profetas de lo peor, tendremos que suscribirnos a "Investigación y ciencia".

Asesinatos en BMW

España es una asesina en coche y Farruquito, su penado de temporada. Dicen algunos juristas que si usted quiere asesinar a alguien, lo mejor es que se emborrache y se haga el encontradizo con su coche, concretamente con la defensa de su coche y el occipital de ese alguien. Sale legalmente mejor que repartir cuchilladas, dar tiros o recurrir al sutil veneno. También puede encargárselo un asesino a sueldo, pero eso parece cosa de series hasta que algunas veces pasa en la realidad, o dicen que pasa, que es casi más importante (donde esté un rumor, que se quite lo palpable).
Farruquito no es un asesino, para eso hace falta premeditación. Lo interpretable es si manejar un BMW sin carnet de conducir y muy por encima de los límites de velocidad se puede considerar o no premeditación.
Lo que está claro es que mucha gente anda revuelta por la sentencia de Farruquito, y quien quiera ver en una demanda colectiva de justicia una muestra de racismo, es que anda demasiado miope. Es justo al revés, con el atropello del muchacho y su ligera consecuencia legal sobrevuela de nuevo la amenaza de que la ley es una para los fuertes y otra distinta para el resto de los votantes. Seremos una democracia de boquilla, pero en realidad parecemos un sistema en el que se intenta perpetuar como sea el poder de los poderosos. Por ejemplo, a Clinton le paga la cena una concejal de Los Realejos (espero que con cargo a sus fondos propios, no como dieta para vacilón público), a usted no le invita a cenar ni su cuñado, que todavía se la debe desde que el Tenerife subió a primera.
Con la sentencia de la semana parece que el tráfico nos despierta curiosidad, pero luego resulta que en las famosas encuestas de preocupaciones del español medio, los atascos y demás no figuran ni de cerca entre los primeros puestos, cuando el tráfico forma parte de nuestro ser moderno diario. El siglo XXI será el siglo del atasco continuo y de la obra sin fin.
Este Agostado siempre consideró al tráfico como elemento unificador inmodificable: todos nos debemos a él, como conductores, paseantes, contempladores o pasajeros en guagua (y en el futuro tranvía); todos padecemos a lo largo del día, en mayor o menor medida, los rigores del tráfico, de ahí la reacción colectiva, enfadada y tensa ante la sentencia de Farruquito: con el bailaor y sus pocos meses de cárcel que no serán, también algo nuestro se quema, porque todos somos tráfico.

Occidente justiciero

Occidente: No te quejes. Occidente y Poder avasallador es lo mismo. Desde los nerones que aniquilaban bárbaros y quemaban sus romas. Los ingleses con su flema, los españoles calientes, los fríos holandeses no han hecho otra cosa a lo largo de la Historia que aniquilar indígenas en los territorios conquistados. Occidente siempre tuvo como un morbo asesino especial, ensañado con esos otros pueblos peor equipados, más atrasados en armamento, pero tan sensibles en la idolatría de sus dioses plurales. Occidente los masacró en cuanto estuvieron a tiro. Litigio muy desigual. Catapultas contra hondas de cuero o pedradas a mano; balsas de aceite hirviendo derramadas desde las almenas de sus fuertes fabricados en terreno usurpado al indio, contra flechas rotas en los murallones inaccesibles.

Y llegó la pólvora. Cañón de tiro graduable y ametralladoras de mayor rendimiento, contra escopetas de segunda mano, vendidas al indígena por el intermediario del opresor. Si alguna vez se viraba la tortilla y te cazaban, lógico de toda lógica es que te cortaran la cabellera, ¡cacho cabrón!

Y después de la pólvora, llegó el tren. Los atiborraban de soldados lívidos, voluntarios o a la fuerza o mercenarios de tres por cuatro, hacia campos de batalla cada vez más alejados de la metrópoli. Y llegó el avión, caza de combate, aparato nodriza, bombardero B-52. Puede repostar en territorio amigo. Rota o Torrejón. O las Azores. Y puede seguir indesmayable hacia los solares ricos en materias primas, pero ocupados por indígenas que Occidente llama infieles y/o terroristas: Corea, Vietnam, El Golfo Pérsico, Afganistán, Irak, pronto irán a Siria e Irán, valga el fatídico juego de palabras.

Pero esta vez se ha juntado y simultaneado todo: la reunión del G-8 (¿por qué en Escocia?), la del Comité Olímpico Internacional (¿por qué en Singapur?) y la de esos malvados terroristas en los trenes subway y en los autobuses de una capital llamada Londres, filial privilegiada, hija predilecta del piramidal mundo de Occidente con cabeza en Washington/Nueva York.

Occidente, estás en peligro. En otros tiempos felices no había lugar ni posibilidad de grandes represalias, pero luego un cable puesto a tiempo y con disimulo pudo hacer saltar por las nubes a militarotes tipo Carrero Blanco. Y actualmente estamos incluso en peor tesitura. Ahora resulta que un teléfono móvil, conectado no sé de qué forma y con qué tipo de tecnología avanzada, sin cables físicos visibles, pura informática virtual, puede hacer estallar, realmente y desde muy lejos, una bomba colocada a escondidas, entre la masa de trabajadores mañaneros, en cualquier ciudad del Imperio Occidental.
Occidente, no te arredres, tú sigue adelante, acordonando de policías, metralletas, helicópteros, cámaras de visualización protectora, los lugares más frecuentados por el gran capital, verbigracia por el G-8 y sus vástagos. Y al mismo tiempo, continúa haciendo incursiones a esos terceros mundos para implantar democracias a la fuerza y a la media de tu bolsillo.
Y en esa estamos.

Batalla cultural

Me dice un amigo que la derecha política española es íntima e ineluctablemente guerracivilista. Y debo darle la razón, aunque sin alegría, sin una pizca de alacridad ni jolgorio. El autoritarismo cuando se gobierna y el catastrofismo cuando se está en la oposición, el maniqueísmo metodológico, el revanchismo vociferante, el oportunismo más insensible y zafio, la indignación intolerable e intolerante porque otros ocupen su lugar preternatural, es decir, la gestión de los asuntos públicos y el dictado de sus opciones morales, ideológicas y culturales. Si se analiza la propaganda de la CEDA de Gil Robles y se la compara con la del Partido Popular de Mariano Rajoy la similitud de sus mensajes, críticas y admoniciones es sorprendente. Porque los arriba citados son rasgos específicos de la derecha política carpetovetónica apenas adobados por un neoliberalismo económico que entre 1996 y 2004 mantuvo ciertas cautelas sociales y presupuestarias: una derecha que -obviamente- no está sola. Pasados los primeros años, los años en los que José María Aznar hablaba catalán en la intimidad y leía fervorosamente a Manuel Azaña, consiguieron la mayoría absoluta en las Cortes y abandonaron, con un suspiro de alivio, afeites y patrañas centristas, y la vieja caspa de la derecha mandona y mangoneadora, catolicorra y vivaespaña, brotó con tal fuerza que cubrió todo el horizonte con un manto blanco y grimoso. Y aun así obtuvieron diez millones de votos.
Porque no, no están solos. Los acompañan y guarecen numerosos medios de comunicación, catedráticos, profesores y equipos departamentales en numerosas universidades, fundaciones y centros culturales, escritores y articulistas, empresarios inequívocamente amigos y empresarios ambiguamente neutrales. Y desde hace años, desde todos estos frentes, desplegando una variedad de estrategias y tácticas, la derecha española está estimulando, por primera vez en su hirsuta historia intelectual, una verdadera batalla cultural, que tiene en el revisionismo historiográfico su punta de lanza: los socialistas fueron los auténticos golpistas que destruyeron la II República, Franco fue un mal inevitable y al cabo menor, los valores progresistas son basura para legitimar una tiranía sonriente y un etcétera kilométrico urdido por hospicianos cerebrales como Federico Jiménez Losantos, César Vidal o Pío Moa.
Los suyos son subproductos politológica e historiográficamente deleznable, pero eso no es lo preocupante: lo preocupante es que la izquierda, el progresismo, se niega a la revisión crítica de sus propias convicciones y creencias, de sus propias quiebras y errores, de su mitología y sus estilos de pereza mental biempensante y autosatisfecha. Y convencida de sus propios valores la izquierda se encapsula en sí misma, renuncia al combate y pierde su propia fuerza ideológica, social y política.

Cuento policial canario

De nuevo suena el clarín del orden y la justicia: una nota de prensa de la Comisaría Provincial de la Policía Nacional (dos folios nada menos) informa que un joven de 24 años fue detenido en el sur de Tenerife y trasladado a las dependencias policiales, donde se le encontró "un trozo de hachís" (sic). La nota, en realidad, es un microrrelato, nuevo género narrativo cada vez más extendido en las literaturas europeas y americanas, pero que uno ignoraba que se practicase con tanta pasión estilística en las comisarías tinerfeñas. "Los componentes de una dotación policial", narra la nota emocio- nantemente, "observan al ahora detenido en el momento de realizar una venta de varios envoltorios con otro individuo". Como se puede apreciar, y confirmando el aserto popular, la Policía no es tonta, y no se le escapa nada. Obsérvese la precisión semántica de la expresión "envoltorios" aunque, ¿qué ha ocurrido con el otro individuo que practicaba la venta con el primero? No se dice nada al respecto en el resto de la nota, lo que, evidentemente, está dirigido a potenciar el misterio poético del relato, "Al identificarse los policías (los muy astutos iban de paisano) sorpresivamente el ahora detenido comenzó a golpear a éstos (sic) con puñetazos y patadas que alcanzaron a dos de ellos (¿pero cuántos eran los que decomisaron finalmente un trozo de hachís?), siendo auxiliados ante el gran alboroto que se produjo... por otras dotaciones que consiguen finalmente proceder a su detención". En los párrafos finales, y tal vez a manera de moraleja, se nos precisa que fueron instruidas dos actas, "una por tenencia de sustancias estupefacientes en vía pública y otra por infracción de la ley de protección a la seguridad ciudadana a una hermana del detenido" (¿De dónde ha salido? ¿La llevaba en uno de los envoltorios?).
En el curso El mercado del crimen, que se celebra en la Universidad de Verano de El Escorial, uno de los ponentes, el comisario Juan Antonio González, informó de que el narcotráfico representó en el año 2003 el 28.93% del negocio de las bandas organizadas en España, mientras que solo se dedica el 2% de las plantillas y el 1,4% del presupuesto global de las fuerzas y cuerpos de la seguridad del Estado a combatirlas. Eso sí: podemos dormir tranquilos porque la Policía Nacional encuentra un trozo de hachís por aquí, un gramito de farlopa por allá, cuatro pastillas en una discoteca en la que entra en tromba, pegando bramidos y exigiendo histéricamente que todos levanten las manos. Es una farsa estúpida que no ataca el narcotráfico y se ceba en camellitos insignificantes en numeritos como el descrito en la nota policial de marras. Una nota que no olvidaba agregar que el sujeto detenido lo había sido antes en quince ocasiones. Ya estará en la calle otra vez. Da lo mismo: eso no se recoge en las estadísticas policiales.

Lo entiendo

Le interesan las conversaciones entre Nueva Canarias, el chiringuito de Román Rodríguez, y el PSC-PSOE? ¿Verdad que no? ¿Verdad que el propósito de algunos egregios militantes de NC, como Pedro Quevedo, de convertirse en una suerte de Euskadiko Ezquerra canaria se la trae totalmente al pairo? Exactamente igual que la reunión semisecreta de Mario Rodríguez y Adán Martín en la residencia presidencial de Ciudad Jardín. No creo que esté particularmente expectante por saber de qué hablaron. Ni por saber si el señor Rodríguez es uno de los siete enanitos pleitistas cuyos nombres amenaza con dar, una y otra vez, Paulino Rivero, el Bello Durmiente. ¿Piensa usted que todo esto es una burda estrategia? Huumm. ¿Rivero azuzando a Soria para que Soria se ahorque en el insularismo grancanarista hundiendo al PP en Tenerife? ¿Quizás las declaraciones de ayer de Castro Cordobez, portavoz del Gobierno, asegurando que se invertirá más en Tenerife durante los próximos años para corregir el pequeño pero cacareado desequilibrio, van en el mismo sentido? No, veo que tampoco le importa mucho. Lo veo tomándose una garimba y quejándose del calor que empieza a apretar por sobre pleitistas, enanos, empresarios y políticos. Aunque le advierto que todos los enanos tienen aire acondicionado: les basta con saltar un poco y agitar los brazos. Se refrescan enseguida. ¿Le resulta interesante, al menos, la foto del Consejo de Gobierno alrededor de la Virgen de los Reyes? ¿Que qué hace un Gobierno posando con una virgen? ¿O creerán que es la virgen la que posa con el Gobierno? ¿Que por qué Adán Martín, ya puestos, no nombra al nuevo obispo de la Diócesis Nivariense consejero de algo? Consejero de Fuertes Hostias, por ejemplo. Es un cargo que le va a hacer mucha falta en lo que le queda de mandato. ¿Que la cuota palmera ya está cubierta? Ah, perdone, le ruego que me perdone, usted no se pregunta nada. Nada de nada. Créame que lo entiendo perfectamente. Usted está pensando que, después de las vacaciones, no le va a quedar un puto euro en su ya tuberculosa cuenta corriente. O peor aun: usted discurre que ya se le han agotado los amigos, conocidos y contactos para buscar curro y antes de fin de año se le acaba el subsidio. ¿Ha leído el informe del Consejo Económico y Social? No, no, disculpe. Lo entiendo. No le interesa un carajo.
Hace algunos años alguien le reprochó a Augusto Monterroso que escribiera casi exclusivamente de libros, de poemas y de escritores. Monterroso se lo pensó un momento y reconoció que así era, en efecto. Y decidió corregirse en la anotación que esa mañana hizo en su diario. "Hoy vi a un niño. Tenía la cara triste y me dijo que tenía hambre. Le di una moneda y desapareció". Al día siguiente escribió un párrafo muy bueno sobre Rubén Darío.

Enfermeras elevadas

Los butaneros podrían también quejarse por el carácter erótico-festivo que se le adjudica a tan puñetero trabajo. Y es que resulta que un colectivo de enfermeras elevó su queja (¿por qué será que las quejas siempre se "elevan"?) por el uso que hizo de la imagen de esta profesión una empresa como Corporación Dermoestética, obsesionada curiosamente con la buena imagen. La Corporación empleó a una treintena de modelos disfrazadas de enfermeras para ambientar su salida a la bolsa el pasado jueves. Las modelos se pasearon o contonearon con el modelito -de lo más recatado que se ha visto, ni siquiera llevaban los preceptivos ligueros blancos- por el parqué de Madrid. Las enfermeras de verdad dicen que están un poco hartas del uso "provocador y sexista" de su imagen.
Contemplando a las enfermeras de verdad, más por la manera en que las visten con prendas que han dejado de ser incitantes que por sus pretendidas curvas, que las deben tener, cabría preguntarse si en lugar de una queja las enfermeras no deberían "elevar" una alegría, por sacar erotismo donde los pacientes sólo contemplan sanación. Las enfermeras del colectivo también podrían ponerse más serias y denunciar a la industria del porno, el mundo del estriptís, los centros de despedidas de solteros y, por último, a todos los carnavaleros que emplean su imagen en vano y con fines vigorizantes y serxualerrrrs.
La lista de colectivos afectados por la sexualización de su trabajo podría extenderse hacia los fontaneros, los mencionados repartidores de butano, los mecánicos, las azafatas/os de vuelo (las de tierra que se chinchen) y las profesoras tipo institutriz. Incluso, en una pirueta moral, hasta los propios actores/as porno podrían quejarse por la imagen que se trasmite de su profesión, que a buen seguro debe ser durísima y el común de los mortales se la toma a risa.
Lo importante de todo es que, a pesar de la queja del colectivo de enfermeras sin enfermos que atender (si estuvieran atentas a su trabajo, ¿tendrían tanto tiempo para "elevar" quejas?, y otra acotación, ¿qué dice el colectivo de enfermeros de todo esto, no "eleva" una denuncia por discriminación?), Corporación Dermoestética subió casi un veinte por ciento en su primer día de bolsa. O sea, que en la era de la artificiosidad (la mujer más guapa es la que más silicona usa), la cirugía terminó por ser un grandísimo negocio.
A lo mejor deberíamos quejarnos porque el ser más guapo de mentira sea tan caro para que los de siempre se hagan más ricos.

Fracaso educativo

Quienes viajaban a Londres en los años 70 y 80, recordarán que ya en aquellos años residía allí una nutrida colonia de emigrantes paquistaníes. Musulmanes la inmensa mayoría de ellos, ocupaban casi todos los puestos de trabajo en el metro y en los autobuses de transporte público urbano. Era estampa cotidiana verlos con su turbante al pie de la escalera de los rojos autobuses de dos pisos, cartera de cuero al hombro y con una maquinita que les servía para expender billetes. Quienes hicieron estallar las bombas el pasado 7 de julio y asesinaron a más de medio centenar de inocentes pasajeros, podrían ser hijos o nietos de aquellos cobradores.
Quizás esa curiosa circunstancia, la coincidencia entre una actividad que sirvió para aglutinar inmigrantes paquistaníes y el escenario de los últimos atentados terroristas, nos lleve a una reflexión más profunda sobre las dificultades de integración de las minorías raciales y religiosas. Hasta ahora, apartando con la mano toda imagen de fracaso social, dábamos por supuesto que la convivencia estaba garantizada tras la educación de los jóvenes en una cultura europea abierta y tolerante, de la que erradicábamos cualquier atisbo de xenofobia y de racismo. Bueno, ahora parece que el racismo y la xenofobia lo traen consigo algunas culturas o, mejor dicho, son productos de determinadas religiones en su versión más integrista, o excrecencias si ustedes quieren del fundamentalismo más perverso, pero que están ahí, anidando en los jóvenes hijos y nietos de emigrantes, los que aquí nacieron y aquí fueron tratados con mimo y preferencia por el sistema, intentando contrarrestar el déficit cultural de sus progenitores y haciéndoles participar de una hipotética pero deseada igualdad de oportunidades.
La respuesta a esa voluntad de integración la hemos visto en la descripción de los asesinos de Londres. Todos habían nacido en el Reino Unido, tenían estudios secundarios o universitarios, quizás no sabían hablar árabe ni dialecto asiático alguno, y desde luego habían olvidado los hábitos y costumbres de sus abuelos en Pakistán, empezando por los buenos hábitos, entre los que sin duda estaba el respeto por la vida ajena. Sin embargo, ahí los tienen, lo primero que recuperan de la vieja cultura es un modo de entender la religión que empieza por el desprecio de la vida, incluso de la propia, y persigue la imposición de dogmas y doctrinas mediante la violencia. Algo que aquí habíamos abandonado hace siglos y que nos parecía impensable con una mentalidad educada en la Gran Bretaña de las postrimerías del siglo XX. Pero ahí está, entrando con fuerza en el siglo XXI y seguida ciegamente por jóvenes idénticos a los hijos de sus vecinos, que han ido a las mismas escuelas, han leído los mismos libros y han visto los mismos programas de televisión. Sin embargo, como tocados por un resorte mágico, atienden la llamada atávica y se entregan a una estúpida causa político religiosa para morir matando a sus semejantes.
Tras los atentados de Londres, los ministros europeos de Interior dicen que ni la policía ni el sistema judicial están preparados para combatir este tipo de terrorismo, y piden más medidas de intervención. Lo que no parece estar preparado es el conjunto de la sociedad y su sistema educativo. Con treinta millones de emigrantes de procedencia musulmana en Europa, y sus millones de hijos y nietos, expuestos todos al proselitismo de la causa asesina, deberíamos echarnos a temblar. O encontrar rápidamente un método que impida esa maléfica influencia, cosa muy difícil en una sociedad que respeta y debe seguir respetando la libertad de conciencia.

Teclados

Un día más se había colocado a treinta centímetros de la pantalla del ordenador. Meditó una carta cualquiera, un texto sin tino y sin destino. Sencillamente palabras para nadie. Un acto sencillo para matar el tiempo, para ejercitar los dedos en el teclado y sentir el goteo o abrir el grifo para que salieran los pensamientos a borbotones. Pronto se dio cuenta de que ya los años no permitían elaborar frases con sentido más allá de las dos o tres palabras, que formaban las oraciones necesarias para seguir vivos en este valle de silicona estéril.
Pobres oraciones subordinadas, siempre ancladas a pesadumbres, a recuerdos jóvenes ya caducos e imposibles; recuerdos llenos de tachaduras, absortos por las imprecisiones, caducos por repetidos, groseros por deseados o por inconclusos como un sexo mal intencionado. Ni siquiera tenían valor los puntos y seguido. Las menudas frases eran interrogativas aunque se llenaban de admiraciones como sorprendidas, a su vez, por lo que pudo ser y no fue; por lo que pudo encontrar y no encontró; por lo que pudo vivir y no vivió.
Le quedaba el consuelo de que al otro lado de la pantalla aún no había nadie, porque el módem no estaba conectado, y el ADSL solo se conseguía en las grandes ciudades y para las grandes empresas; sólo se escribía sobre el papel virtual que está en el segundo nivel, encima de aquel recuadro gris con sobremarco en blanco que simula papel donde van quedando incrustadas las letras, con errores y sin tildes que, pacientemente, va corrigiendo un diccionario interno que te abofetea llamándote inútil y seguimos sobre aquel entramado que se asemeja al blanco folio y en el que jugamos a minúsculas o mayúsculas; a Times New Roman o Arial; a cuerpo diez o a cuerpo doce; colocando interlineados uno y medio o dos y texto centrado o justificado a doble margen.
Esa nueva terminología que no nos ha hecho escritores y sí, supuestamente, correctores. Que nos convierte en editores y jefes de taller, de forma simultánea. Esa nueva tecnología que nos evita el papel carbón, y que consigue guardar en un espacio menor de una postal, libros como el Quijote con grabados de Doré. Pero nada de eso es real, todo es impalpable, queda del lado de allá, del lado del cristal de la pantalla, a más de treinta centímetros de mi tacto directo, a la misma distancia de ti y de tu tacto, si te envío un e-mail. Tu lectura queda exactamente a la misma distancia de tus ojos. Pero está claro que por mucho que se pueda dominar esa tecnología, tendrán que decirnos si nuestro mensaje es de interés y si ha valido la pena soñar despiertos, porque lo importante es que su lectura quede a la misma altura que tu pensamiento.

Streets of London

Londres fue la primera ciudad europea en que viví y no me importaría que fuera la última. Los laberintos de ladrillo rojo, el cielo plomizo sobre las grises aguas del Támesis, Dickens y Chesterton, las maravillas de los museos en los que se acumulan espléndidas rapiñas coloniales, el olor de las librerías de viejo, los parques con la flor de sus predicadores, la vida que bulle en el Soho hasta la madrugada de escarcha y hielo, la espesura de la historia y el anhelo de futuro, la experiencia de la convivencia cultural y la libertad democrática, la turbia sensación de esos atardeceres imperceptibles entre la luz y la oscuridad, atardeceres lánguidos en los que se transforman los objetos y te descubres siendo otro sin dejar de ser el mismo. Creo mucho menos en las naciones que en los individuos y las ciudades. "Quien se cansa de Londres", dijo el doctor Johnson, "es alguien que se ha cansado de la vida". Londres es una de mis ciudades y ayer fue atacada brutalmente por el fanatismo cerril y la venganza criminal.
Llegan correos electrónicos y mensajes por telefonía móvil mientras los medios de información suministran datos a cuentagotas y evitan las imágenes más carniceras y sangrientas. Y lo que llega, entre el espanto, el miedo y la rabia, es una estremecedora resignación. Como si los atentados formaran parte de una fatalidad ineludible. "Tarde o temprano tenía que ocurrir", escribe un superviviente desde su casa, con las persianas bajas y la radio ronroneando insignificancias tranquilizadoras. ¿Por qué tenía que ocurrir tarde o temprano? Cuántas cosas sabemos sin saber realmente nada. Toda la responsabilidad de la matanza que enluta a Gran Bretaña corresponde a los asesinos y descerebrados que urdieron el plan y colocaron las bombas. Pero a nadie se le escapa, entreverada el alma de pavor y resignación, que la respuesta exclusiva y macabramente militar a la estrategia del terrorismo globalizado que impulsa el islamismo radical está condenada a un rotundo fracaso. A una endemoniada espiral de acción y reacción. A hervir y salpimentar el caldo de cultivo del terror y sus secuaces.
El miedo no es solo una habitación oscura llena de dolor y miedo. El miedo también es una tentación. La tentación de abolir la amenaza amortajando, incluso con el cariño del más compasivo de los momificadores, las libertades públicas. Una tentación que ya ha sido practicada en los Estados Unidos y en el propio Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte y que no sirve para nada. Pero las élites políticas y empresariales insisten, e insistirán, en que la inutilidad es consecuencia del escaso celo. Y defenderán más mortajas, más vendas, más formol, más ordeno y mando. No quiero eso. Quiero que, cuando vaya a Londres, siga encontrando a la vieja y la nueva Inglaterra. Un país de pésima gastronomía, es cierto, pero al que ha costado siglos su espléndida libertad.

La AVT y su odio apostólico

Varios miembros de la prensa resultaron agredidos por un grupo de unos 30 exaltados en la manifestación que había convocado la Asociación Víctimas del Terrorismo (AVT), junto con otras dos asociaciones de víctimas, para protestar por el cierre de la comisión del 11-M. No quiero decir con ésto que los energúmenos del pasado viernes obrasen alentados por la AVT, pero lo cierto es que la radicalidad de la postura de la asociación de vícimas mayoritaria en España ha arrastrado consigo a lo peor de una intolerancia casposa y manida. La inexplicable deriva de la asociación que, en contra de lo que reza en sus estatutos (léase: "Prestar apoyo y aunar a la familias víctimas del terrorismo"), ha conseguido en poco tiempo dividir totalmente a éstas, solamente puede explicarse por el cambio en su dirección. El golpe de timón aplicado por Francisco Alcaraz ha provocado, entre otras cosas, el enfrentamiento directo con la Fundación Víctimas del Terrorismo (FVT),otra de las principales asociaciones de víctimas, la reprobación de Gregorio Peces Barba, Alto Comisionado para las Víctimas, la destitución (vía fax) de Daniel Portero, abogado de la AVT durante ocho años y, sobre todo, un clima de tensión constante con el Gobierno. Hoy mismo se conocía la dimisión de la presidenta de la FVT, Ana María Vidal-Abarca y en su rueda de prensa no ha dudado en calificar a Alcaraz como un "detonante" de su decisión. Reconoce que hay división entre las víctimas y que se ha politizado demasiado. Por supuesto que cualquier asociación tiene derecho a expresar sus opiniones y reclamar sus derechos, pero de ninguna manera debe alzarse en un poder fáctico que condicione la política terrorista. No le corresponde. Esta asociación, que se define como "apólítica y benéfica", se ha convertido en un instrumento más de oposición. Alcaraz, que sufrió el asesinato de su hermano a manos de ETA, dirige la AVT desde hace un año con el pulso que su formación religiosa le han conferido. Ex-jesuita y ex-evangelista, dice que no defiende ninguna ideología, y que la falta de libertad empieza al definirse "de izquierdas o de derechas". Pero el motivo de la convocatoria de la manifestación del viernes era un hipotético "cierre en falso" de la comisión del 11-M que, no hay que olvidar, han consensuado todos los partidos excepto el PP. Si Alcaraz sostiene, a estas alturas, la tesis de una posible conexión islamista-ETA no hace sino dar argumentos a los que lo colocan directamente bajo los tentáculos de Génova.

Sin honor, sin dignidad, sin vergüenza.

Cómo es posible que este tipo sea auditor del Ejército de Tierra? Este tipo, atrincherado en un escaño para eludir los tribunales de justicia, es un mentiroso sin honor ni dignidad. Pide comparecer para responsabilizar de su negligencia a sus subordinados y suelta nombres como las pedradas del cobarde. Un jefe militar nunca excusa su comportamiento depositando las responsabilidades en sus subordinados. Las asume responsable y gallardamente, porque para eso, entre otras cosas, es un jefe. Pero este tipo grita como una comadreja que no tiene culpa, que no tiene ninguna culpa, que la culpa es de los militares, ah, malvados, que le dejaron solo. ¿Le dejaron solo? ¿Deberían haber dimitido, como NO lo hizo él? ¿Y este badulaque temblón y acusica, obsesionado por su pescuezo político hasta la ignominia, fue ministro de Defensa? ¿De verdad que este tipo indescriptible fue el máximo responsable de las Fuerzas Armadas? ¿Un tipo que organiza un entierro polichinesco, una farsa negra y miserable, y que a los familiares de los militares, mientras ondean las banderas y se les rompe el corazón, es capaz de decirles cosas como "a su hijo le hubiera gustado contarle lo seguro que era el avión?". ¿Cómo ha tenido hasta hoy la suerte de que nadie le rompa la cara?

¿Este tipo es el mismo que, al ser increpado anteayer por varios familiares de los desaparecidos, les exigió que respetasen a los ciudadanos a los que representaba con una helada e inconsecuente chulería? ¿Y quién le estaba faltando el respeto a los ciudadanos que le votaron? ¿Cuántas trincheras más será capaz de imaginar desde su cinismo nauseabundo? ¿Creerá este tipo que podrá deshacerse con los meses, con los años, de su responsabilidad política en esta masacre? ¿Creerá que podrá seguir escondiéndose, reptando entre las listas, indefinidamente, hasta que prescriba cualquier hipotético proceso judicial? ¿Supondrá que podrá seguir burlándose impunemente de los familiares y amigos de los muertos, de los mandos militares que debieron soportarlo, de la opinión pública de todo el país? ¿Imaginará que los medios de comunicación se van a cansar más pronto que tarde y que no verá nunca más una pancarta, no escuchará una exigencia de reconocimiento y perdón, no deberá sufrir el anhelo de justicia? ¿Y a este tipo lo manda la dirección del Partido Popular a Galicia para hurgar en las sacas de los votos de los emigrantes y perfumar las primeras horas del recuento con el hedor artificial de un pucherazo? ¿A este tipo? ¿A este cabrón? Que alguien le arroje un euro, por favor...

El gran Manuel

En la última sesión parlamentaria de la Segunda República Española (pocos días antes de la asonada golpista del Enano de Meirás), aquella en la que La Pasionaria amenazó de muerte -con todo éxito- a Calvo Sotelo, éste fue acusado de fascista por algunos diputados, a lo cual respondió (con esa arrogancia que la derecha española ha manifestado desde don Favila: uno cita de memoria infiel, pero el diario de sesiones puede proporcionar la transcripción exacta de sus palabras): "Algunas de Sus Señorías me han calificado de fascista, y yo les respondo que si perseguir la unidad nacional, la reivindicación de la familia, y los más profundos valores del Catolicismo es ser fascista,yo soy fascista; tras lo cual, el diario de sesiones anota: "UNA VOZ: ¡Vaya novedad!"; de tal manera que uno -desde la imaginación literaria en la que milita- siempre ha atribuido esa anónima voz a un diputado de extrema izquierda (de Badajoz, Logroño o Teruel) hastiado de la decepcionante situación parlamentaria en la que el protocolario debate parlamentario constitucional había desembocado. No puede uno por menos de recordar esta grotesca (y lúgubre, pues desembocó en un asesinato) anécdota, al revisar el cúmulo de vestiduras rasgadas ante el comportamiento (político, social y ético) de Fraga Iribarne, tildándolo de machista, caciquil y autocrático, en su angustiosa voluntad de prolongar el poder dictatorial que detentó durante muchos más años de los que lo ha ostentado democráticamente, acogido a una Constitución que ayudó (vergonzosamente para los demócratas que lo habían -lo habíamos- sufrido dictatorialmente) a redactar, en un pacto implícito en el que se permitió (¿se le permitió?) barrer -como decían los latinos- pro domo sua: la misma casa que defendió (con ambiciosas uñas y ávidos dientes) a costa de penas de muerte (desde Julián Grimau hasta Puig Antich), asumidas implícitamente, desde el sumiso silencio aquiescente de los consejos de ministros dictatoriales, cuando no agrediendo explícitamente a la impotente discrepancia nacional que le solicitaba educadamente información (era ministro de eso, ¿no?) acerca de las torturas infligidas a los mineros asturianos de Sama de Langreo; a través de una bárbara respuesta vengativa que privó de su cátedra al novelista Torrente Ballester, prohibió el estreno de Dürrenmatt que había traducido Carlos Muñiz, y dejó a Buero Vallejo sin subir a los escenarios españoles durante un lustro. Pocas cosas le han producido a uno más indignado bochorno que la jactanciosa increpación, que este triste payaso le hizo, al Presidente del Congreso de los Diputados, en la mañana del 24 de febrero de 1981, cuando abandonaban la sala, después de haber sido liberados del brutal secuestro de Tejero, solicitándole imperiosamente que levantara la sesión, porque si no seguiría abierta: un rigor protocolario, que pudiera servirle para compensar tantos y tantos desafueros (no precisamente protocolarios) perpetrados en otros tiempos.

El hastío

Cada vez se me antoja más sorprendente la pasión desaforada que anida en los grafómanos vocacionales y profesionales que emborronan los periódicos. Mal empleadito entusiasmo, digo yo. La tipología es muy amplia. Esta el ángel justiciero, por ejemplo. El ángel justiciero se dedica a descalificar toda la prensa canaria como instrumento de legitimación de los que usurpan los poderes públicos para organizar un maligno armagedón cotidiano. Para el ángel justiciero, para esta trompetilla de Eustaquio, los periódicos son pura basura, pero paradójicamente, a su conciencia ecológica no le repugna pretender escribir en la basura cuando se le antoje. Miente, distorsiona los hechos, renuncia olímpicamente a los matices, expectora jeremiadas conspiranoicas. Simple y llanamente arremete contra lo que le venga en gana, y está en su perfecto derecho, pero es incapaz de admitir que su intervención en los asuntos públicos pueda ser objeto de crítica. Eso no. Su cadena silogística es irreprochable: si se le critica es que se le persigue, si se le persigue es por sus actividades y opiniones, quien persigue actividades y opiniones deviene un miserable cómplice de la dictablanda democrática que pervierte los valores ciudadanos de libertad, solidaridad y tolerancia. Y así hasta el infinito. Es admirable. Y muy tranquilizador, porque te exonera plácidamente de cualquier cuestionamiento interno. Así puede uno, incluso, participar en Crónicas marcianas sin que se le despeine el tupé de insobornable crítico del sistema. Pues que le aproveche la epilepsia narcisista. Otro espécimen de la fauna logorreica local, esta vez un profesional, escribe imbecilidades con un entusiasmo petardo y a menudo malhumorado. Ya sé que muchos (bueno, pocos, porque a todos nos leen muy poquito) lo consideran un incidente sin importancia, pero a veces consigue una perfección en la sandez realmente intachable. Cuando recientemente falleció una adolescente en el centro de menores bajo tutela judicial de Valle Tabares, el profesional llegó a relacionar el hipotético suicidio de la piba con la legalización del matrimonio entre homosexuales. El columnismo se ha ensuciado mucho en los últimos años en Tenerife cuando algunos pueden escribir estas nauseabundas insensateces y todavía gallear desde su cucurucho de papel. El tercer caso que ahora recuerdo es el más fascinante: un cronista de Gran Canaria que actuó como recadero, pocero y correveidile en una red de relaciones políticas, empresariales y mediáticas, y que expulsado a patadas del jugoso fregado, ha decidido, heroicamente, denunciarlas a sangre y fuego con una prosa que me parece estupenda. Pero no siempre la sintaxis y el ingenio pueden dignificar cualquier posición, cualquier incoherencia, cualquier lacerante resentimiento. Pero cuánto entusiasmo. Cuánta pasión real o importada. Cuánta nada.