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Nadir

Relojes 2 (Espejos)

Mi madre no quería que fuese hijo único. Según su teoría, ser el único niño en una familia era malo, de alguna manera se terminaba malcriado o déspota. Por desgracia mi madre no pudo tener más hijos, así que para evitar que me echara a perder me situaba delante del espejo y me decía que mi reflejo era en realidad mi hermano. Como yo era pequeño y además no tenía con quien confirmarlo, pues crecí pensando que lo que veía en esa superficie de vidrio era un familiar al que sólo teníamos acceso a través de esas ventanas que se llamaban espejos. Claro que en mi inocencia, yo no entendía quién era la mujer que sostenía en brazos a mi hermano del otro lado. Mi madre me decía que era mi otra mamá, que yo era un niño afortunado porque tenía un hermanito y dos mamás. Ella hacía lo que creía mejor para mi salud emocional, pero yo crecí con un caos mental que mi padre terminó de empeorar con su manía de hacerme sociable. Porque esa era la otra obsesión de mi familia. Al parecer era importante ser capaz de soportar al resto de la humanidad con una sonrisa en la boca. Según mi padre el éxito en la vida dependía de lo sociable y extrovertido que uno llegara a ser. Decía que la inteligencia era un cuento, que lo que realmente importaba eran las relaciones. Así que ideó un plan, simple y barato, pero útil para mi educación. Como mis padres no tenían mucha familia en la ciudad y no recibíamos muchas visitas, mi padre se las ingenió para aumentar el flujo de personajes extraños que aparecían por la casa. Pero no lo hizo invitando a ningún amigo, sino que se disfrazaba y aparecía delante de mi cama hablando con voz de falsete y simulando que era otra persona. Se ponía diferentes sombreros y adoptaba papeles que improvisaba sobre la marcha. Un día era un mago con chistera que pasaba a visitar a mis padres, otro un indio con turbante que hablaba un idioma incomprensible para mí. Me acostumbré a ver sus ojos marrones adornados con los más absurdos sombreros; lo peor es que me gustaba mucho el juego. Mi sombrero preferido era el salacot, el de safari, que se ponía cuando venía de cazar leones en África. Mi infancia, por lo tanto, estuvo llena de sombreros y espejos, pero le faltó un poco de esa lógica simple que impera en otras casas. Cuando le preguntaba a mi madre por esos señores que me visitaban con gorros extraños, ella me contestaba que eran amigos de mi padre. Si le preguntaba a este último por mi hermanito del espejo o por mi segunda mamá, el levantaba los ojos al cielo y no decía nada. En el colegio, cuando hablaba de mi segunda familia o de los amigos con sombrero de mi padre, me miraban de un modo extraño. Los profesores se asustaban al pensar que era un niño con la imaginación desbocada y se lo contaban a mi madre que razonaba con ellos que eso era lo malo de ser hijo único. Pero luego, de camino a casa, me decía que se lo iba a contar todo a mi hermanito, que él si que se portaba bien y sacaba buenas notas. Yo le gritaba que se quedara con él y me dejara a mí tranquilo. Empecé a odiar los espejos; un día me levanté de la cama y rompí el de la entrada con un martillo. Mi madre se despertó y al ver nuestro reflejo en los pedazos de vidrio, me dijo que estaba contenta porque ahora al fin éramos familia numerosa. Cientos de hermanos y madres mías, me miraban desde los restos del espejo de la entrada. Mi padre, para aclarar la situación se caló una gorra de marinero en la cabeza y se puso a hablar en griego.

Vacaciones escolares

Alguien debería quejarse por las campañas de ciertos centros comerciales, que ya ofertan descuentos por la reserva de libros de texto para el próximo curso. Les acaban de dar las vacaciones a los chiquillos y ya los están presionando, eso no se hace.

La generación de los niños cojos, aquella que necesita que los padres les dejen en la puerta de todo (¿o será que los padres necesitan llevar a los niños a todo?), por fin está de vacaciones, con sus progenitores pensando en qué campamentos de verano los largarán para que sigan desarrollándose sin parar de hacer cosas. Cuando uno contempla tanta estimulación sensorial infantil "para que así lleguen más preparados al mercado laboral", dicen los padres con suficiencia, siempre se pregunta si Quevedo, de niño, iría de campamentos o enlazaría el colegio con los cursillos de taichi.

Lo importante es que la generación de los menores cojos está de libranza y los padres ya no los llevan hasta la puerta de los colegios en sus coches, con lo que la ciudad sonríe agradecida por el destrabe de tráfico. (El tráfico es esa cosa de la que siempre nos quejamos pero que nunca analizamos desde un punto de vista sociológico o filosófico).

Con tanto llevarlos a todas partes, los educandos de ahora se pierden un elemento fundamental en su socialización: los minutos del viaje en guagua hasta el centro escolar y el tiempo muerto entre la llegada al colegio y el comienzo de la primera clase. Lo que se aprendía entonces. Yo, en la guagua, hojeando un libro de anatomía para niños, me enteré de que los bebés se hacían follando; el libro lo explicaba con dos máquinas en forma de caja, una con una especie de salchicha que se ponía tiesa y la otra, con un receptáculo de salchichas. Imaginen el momento, de lo más Lorena Berdún.

En la guagua podía pasar que eras el rey del mambo para convertirte en bastardo real nada más pisar el patio del colegio. En la guagua maniobrabas para sentarte cerca -nunca al lado, esa timidez infantil- de la chica que te hacía tilín. En la guagua quedabas para pelearte luego, pero es que luego te olvidabas de la pelea. En la guagua veías Santa Cruz. Mira tú la guagua, y parece que no sirve para nada.

Ahora imagino que los niños tienen que soportar el viaje en coche bajo el silencio de los padres, un silencio que lo podría llenar Goebbels... digo, Jiménez Losantos o las rancheras de Luis Miguel: el horror.

Pero, ¡para!, nada de clases y guaguas, les empieza el verano: ojalá que se olviden de la dichosa educación hasta septiembre y se maleduquen un poco.

El Tsunami gallego

Dentro de unas horas, cuando termine el recuento del voto emigrante, se sabrá si Manuel Fraga Iribarne será presidente de la Xunta de Galicia durante otros cuatro años gracias a la mayoría absoluta del Partido Popular. Para Fraga no existe término medio: o llega a los 86 años al frente del Gobierno gallego o, después de una carrera política de más de medio siglo, emprende el camino definitivo hacia la jubilación. Lo peor de esto último es que tendría más tiempo para escribir.

Hace algunos días Francisco Umbral se refería a Fraga Iribarne en una de sus cada vez más desvaídas columnas. Umbral, supongo, metaforizaba: a Franco le habrían presentado a un joven gallego, lo había escuchado hablar atropelladamente durante algunos minutos y había dicho con su vocecita asordinada: "A este chico hay que nombrarlo algo". Como metáfora no parece demasiado afortunada, porque Manuel Fraga Iribarne nunca se caracterizó por su brillantez oratoria o su galanura literaria, aunque vaya a usted a saber lo que le impresionaba al dictador en materia verbal. Tal vez el control pautado del acento gallego. Ya se sabe que Fraga habla a trompicones, tan cabreado con las palabras que parece comérselas de pura rabia, porque Fraga no es un hombre de palabras. Las palabras le molestan, incluso las suyas. Por otro lado, escribe pésimamente. Ha sido incapaz de garabatear una sola página mínimamente memorable a lo largo de cerca de noventa libros y folletos publicados: un prodigioso logro negativo. Como lector uno tiene sus perversidades, y entre mis perversidades librescas, está haber leído bastante de la alfalfa insustancial publicada por Fraga a lo largo de medio siglo de testarudez grafomaniaca. Lo único legible que recuerdo es un breve estudio introductorio a una antología de textos de Donoso Cortés, una de las grotescas figurillas intelectuales que adornaban el altar ideológico del primer franquismo. No era gran cosa, pero Donoso Cortés, para qué nos vamos a engañar, tampoco es Edmond Burke. Los discursos de Fraga son terroríficos -en especial los más arduamente trabajados- y su sopor petulante, a veces grandilocuente, solo es superado por sus infectas probaturas como articulista de prensa. La cultura del presidente de la Xunta de Galicia en funciones es un mazacote de datos en bruto, citas bibliográficas y perjúmenes de sacristía. Fraga Iribarne, sin embargo, se considera un intelectual y una potencia universitaria. Cuando un grupo de más de cien intelectuales le mandó una carta contra la feroz represión de los mineros asturianos, que habían tenido la osadía de ponerse en huelga en 1963, el entonces ministro de Información y Turismo bramó pegando golpes sobre la mesa: "¡Qué intelectuales ni qué niños muertos! ¡Intelectual yo, que me he pelado los codos estudiando oposiciones!". Desde un punto de vista intelectual y universitario, en efecto, Fraga es un producto perfecto de la miserable universidad franquista de los años inmediatamente posteriores a la Guerra Civil, vaciada de exilados, fusilados y encarcelados, y trufada de curas y falangistas que acaparaban las cátedras por su piedad y/o sus servicios a la patria y el Caudillo. Se doctoró en Derecho a los 23 años y a los 24 ya era catedrático de Teoría del Estado. Asegurado el escalafón, se metió en política, más cercano a los falangistas que al integrismo católico. Su primer cargo fue el de secretario general del Instituto de Cultura Hispánica, controlado por entonces por la familia falangista, aunque el primer puesto relevante, en realidad, fue el de secretario general del Ministerio de Educación, en 1955, con Joaquín Ruiz Giménez como titular. Fraga navegó bastante bien en el franquismo durante su juventud, haciendo equilibrios entre joseantonianos e integristas acérrimos, y solo metió la pata cuando se creyó lo suficientemente fuerte. En 1962 Franco le nombra ministro de Información y Turismo. Construyó paradores, impulsó campañas promocionales, organizó los festejos de los 25 años de paz, impulsó una tímida ley de prensa que, simplemente, dulcificaba la brutal censura campamental de la Guerra Civil hasta reducirla a la de una dictadura que multaba y encarcelaba, pero no mataba por un titular. Fraga no era un ministro popular (en el franquismo no había ministros realmente populares: la imagen de Franco lo llenaba todo) pero algunos sectores lo consideraban un aperturista hacia un franquismo más tolerante, siempre que siguiera siendo franquismo. "Mente clara, gran cultura/los placeres de la carne/nunca del todo censura/don Manuel Fraga Iribarne". No, ya no se mataba por escribir un artículo, pero por otros motivos sí: el Gobierno del que formó parte Fraga Iribarne aprobó varias sentencias de muerte. Incluida la de Julián Grimau, condenado en una truculenta farsa judicial en 1963 por (supuestos) delitos cometidos veinte años antes. "Este caballerete", explicó Fraga a la prensa con gesto asqueado, "va a tener su merecido". Fraga tenía contento a Franco, Franco, Franco, pero se equivocó al permitir, quizás estimular, a la prensa del Movimiento (la única existente) para que publicase detalles del escándalo Matesa (Maquinaria Textil del Norte de España, SA), un caso de corrupción en el que estaba implicado el ministro de Comercio y numerosos cargos públicos. Dos meses y medio más tarde era destituido y sustituido por Alfredo Sánchez Bella, el 28 de octubre de 1969, festividad de San Judas.

Después, ya se sabe. Unos años de ostracismo, en los que se dedicó a realizar algunas inversiones lucrativas, y la aventura de la Embajada en Londres, entre 1973 y 1975, y el primer Gobierno de la Monarquía, como ministro de Gobernación, con matanza de Montejurra incluida, y la decepción iracunda porque Juan Carlos I eligió a un tal Adolfo Suárez como piloto del cambio a una democracia parlamentaria y una Constitución de la que Fraga fue ponente. Intentó ser presidente del Gobierno, pero inútilmente: era la principal atracción de las derechas montaraces y, al mismo tiempo, el lastre insalvable para seducir al centro socioelectoral y alcanzar una mayoría suficiente en las Cortes. Probó con varios delfines que resultaron caballas hasta que, renunciando a su nueva candidata, Isabel Tocino, admitió dejarle la batuta a José María Aznar. Después de dos años como eurodiputado, encontró su sitio en Galicia. Como presidente de la Xunta desde 1990, siempre reelegido, Fraga lo ha hecho lo suficientemente bien para que más de 200.000 gallegos hayan abandonado su país en busca de trabajo y fortuna en la última década. Un vergonzoso pero muy eficaz sistema de clientelismo político, comandado por una cuadrilla de desaprensivos escandalosamente enriquecidos a lo largo de cuatro legislaturas, ha garantizado la inmarchitable hegemonía del PP en Galicia y la supervivencia de Fraga Iribarne, al que hace algunos años se atribuía el mérito de haber domesticado a las derechas españolas más retrógradas y energuménicas. Pues va a ser que no, que amplios sectores de la derecha viven aun una épica de guerracivilismo. Mañana, a primera hora, Manuel Fraga, 82 años de edad, sabrá si el voto de los gallegos en el exterior le proporciona una nueva mayoría absoluta. Si no es así existe un plan B: el hostigamiento apocalíptico al Gobierno de coalición entre el PSOE y el Bloque desde ayuntamientos y diputaciones, desde la calle y desde los medios de comunicación afines. No es probable, sin embargo, que el propio Fraga participe en esta ceremonia de holocausto. Si pierde el poder Fraga se retirará a su pazo y se pondrá a escribir un nuevo tomo, el penúltimo, de sus memorias. Los anteriores ya eran bastante indigestos e ininteresantes. El próximo puede ser la monda, como diría don Manuel.

Arena - Shock

Desde hace años oímos a los especialistas la necesidad de procurar asistencia especializada a aquellas personas que han sufrido un shock postraumático, por ejemplo, tras recibir la factura de Unelco o después de llenar el depósito de gasolina del coche. Sin embargo, hasta ahora no se ha incidido en la prevención, esto es, en el shock pretraumático, también conocido como impacto playero, de forma que el personal esté preparado para afrontar, con las mínimas secuelas posibles, episodios que le van a provocar, cuanto menos, el espanto. Así que tomen nota y prepárense: ha llegado el verano y puede ocurrirles lo siguiente:

a) Efecto Llongueras: se encontrará con hombres absolutamente depilados y mujeres absolutamente velludas, incluidos los sobaquillos amazónicos, en los que la naturaleza -y el vello- campa a sus anchas. Provéase de gafas de soldar y mire para otro lado.

b) La Marcha Beach: grupos de bañistas tuneados con megarradiocede y disco con el éxito del verano a todo decibelio: ¡¡¡qué pasa Meeeeeeeen!!!. Tapónese los oídos. Recuerde los cánticos de la última manifestación donde le contaron sin asistir. Que si, que se puede. Todo sea por la ciencia....y el progreso.

c) Varón de Garimbita. Es lo contrario que chica de Ipanema. Bambolea tripa y michelines enfundado en minúsculo tanga de color negro del que cuelga el teléfono móvil con camarita. Zambúllase en el agua, normalmente no sabe o no puede nadar. Es la unica manera de mantener una distancia segura con respecto a éste ejemplar.

d) Polideportivo Los Gladiolos. Conjunto compuesto por madre, hermana, cuñada, cinco niños, tres jóvenes tuneados, seis flotadores, cubo, pala, raquetas, pelota de tenis, nevera, sombrilla, bolsos, fiambreras, seis botellas de litro de fantanaranja, sillas, bocadillos y papel albal. Despliegan una intensa actividad, levantan mucha arena y gritan frases tipo ¡Jonayyyyy, sal del agua ya o te matoooo! En estos casos hay que abandonar rápidamente la zona para evitar no sólo secuelas, sino daños colaterales.

Quedan advertidos.

¿Deberíamos permitir el matrimonio entre católicos?

Me parece una injusticia y un error tratar de impedírselo. El catolicismo no es una enfermedad. Los católicos, pese a que a muchos no les gusten o les parezcan extraños, son personas normales y deben poseer los mismos derechos que los demás, como si fueran, por ejemplo, informáticos u homosexuales.

Soy consciente de que muchos comportamientos y rasgos de carácter de las personas católicas, como su actitud casi enfermiza hacia el sexo, pueden parecernos extraños a los demás. Sé que incluso, a veces, podrían esgrimirse argumentos de salubridad pública, como su peligroso y deliberado rechazo a los preservativos. Sé también que muchas de sus costumbres, como la exhibición pública de imágenes de torturados, pueden incomodar a algunos.

Pero esto, además de ser más una imagen mediática que una realidad, no es razón para impedirles el ejercicio del matrimonio.

Algunos podrían argumentar que un matrimonio entre católicos no es un matrimonio real, porque para ellos es un ritual y un precepto religioso ante su dios, en lugar de una unión entre dos personas. También, dado que los hijos fuera del matrimonio están gravemente condenados por la iglesia, algunos podrían considerar que permitir que los católicos se casen incrementará el número de matrimonios por "el qué dirán" o por la simple búsqueda de sexo (prohibido por su religión fuera del matrimonio), incrementando con ello la violencia en el hogar y las familias desestructuradas. Pero hay que recordar que esto no es algo que ocurra sólo en las familias católicas y que, dado que no podemos meternos en la cabeza de los demás, no debemos juzgar sus motivaciones.

Por otro lado, el decir que eso no es matrimonio y que debería ser llamado de otra forma, no es más que una forma un tanto ruín de desviar el debate a cuestiones semánticas que no vienen al caso: Aunque sea entre católicos, un matrimonio es un matrimonio, y una familia es una familia.

Y con esta alusión a la familia paso a otro tema candente del que mi opinión, espero, no resulte demasiado radical: También estoy a favor de permitir que los católicos adopten hijos. Algunos se escandalizarán ante una afirmación de este tipo. Es probable que alguno responda con exclamaciones del tipo de "¿Católicos adoptando hijos? ¡Esos niños podrían hacerse católicos!".

Veo ese tipo de críticas y respondo: Si bien es cierto que los hijos de católicos tienen mucha mayor probabilidad de convertirse a su vez en católicos (al contrario que, por ejemplo, ocurre en la informática o la homosexualidad), ya he argumentado antes que los católicos son personas como las demás.

Pese a las opiniones de algunos y a los indicios, no hay pruebas evidentes de que unos padres católicos estén peor preparados para educar a un hijo, ni de que el ambiente religiosamente sesgado de un hogar católico sea una influencia negativa para el niño. Además, los tribunales de adopción juzgan cada caso individualmente, y es precisamente su labor determinar la idoneidad de los padres.

En definitiva, y pese a las opiniones de algunos sectores, creo que debería permitírseles también a los católicos tanto el matrimonio como la adopción.

Exactamente igual que a los informáticos y a los homosexuales.

La mani!, que diver!, oye!

Manifestaciones a medida, al gusto, de alta costura y listas para llevar. Si usted, como español de bien, está en contra del movimiento de rotación de la Tierra, acuda a nosotros. En el PP le ayudaremos a montar una concentración de carácter nacional sin precedentes. Garantizamos la presencia de Aznar y Rita Barberá, entre otros, y ponemos a su disposición 200 autocares gratuitos más las meriendas con bocadillos del Bar Imperial que hubiere menester. Pero no podrá ser antes del mes que viene porque mañana nos manifestamos contra los maricas; el sábado siguiente contra la Ley de la Gravedad; y el otro contra el Principio de Incertidumbre, bajo cuyos postulados se pretende la destrucción de la unidad de España. Es cierto que aún no hemos protestado contra la doble circulación de la sangre ni contra la doble articulación del lenguaje ni contra la relatividad, pero tenemos que establecer prioridades.

Si el Gobierno no nos escucha en el Parlamento, tendrá que escucharnos en la calle. Y le vamos a decir que estamos en contra de que las cosas que se arrojan al aire caigan de nuevo, lo hagan por su propio peso o por la fuerza de la gravedad. Por culpa de esa fuerza física de la naturaleza, y en contra de nuestras convicciones, se cayó el Yak-42 y se hundió el Prestige. Es cierto que entonces gobernábamos nosotros y que no hicimos nada por frenar el avance de la física, pero también éramos responsables de la Policía, que fue incapaz de evitar el 11-M, y lo decimos con toda la cara sin que nadie se rasgue las vestiduras (ni que se atreva).

Es más, vamos a organizar una manifestación gigantesca, esta vez en la plaza de Oriente de Madrid, para protestar contra el ministro del Interior de la época de José María Aznar. Era Acebes, lo sabemos, pero nos trae al fresco. Él mismo llevará una pancarta en la que se pondrá a parir y hablará desde la tribuna contra la descoordinación de las fuerzas de seguridad durante su mandato. Y le aplaudirán a rabiar. Por eso vamos a manifestarnos también contra el principio lógico de no contradicción. Es falso, porque cuanto más nos contradecimos, más nos quieren. Por eso hemos presentado a Manuel Fraga como un renovador. Y que dejen de provocar, que todo esto no es más que el principio.

Paquito Moreno, que estás en los cielos

No hay que explicar nada. ¿Para qué explicar algo? No se explica nada y se acabó. Forma parte del abecedario elemental del comportamiento democrático explicar a los ciudadanos las razones de las decisiones políticas. Aquí no. Aquí no hay que explicar un carajo. La próxima destitución de Francisco Moreno como director general de la Televisión Canaria, por ejemplo. Ni la mínima cortesía de advertirle tan solo 24 horas antes, aunque estuviera a punto de tomar posesión como presidente de la Forta. ¿La Forta? Qué risa. Forta mierda. Les importa un higo chumbo.

Y como corolario, como asombroso corolario, la ensoberbecida ausencia de cualquier explicación. Si te atreves tímidamente a buscar las razones puede que te fulminen recordándote que son los que gobiernan, son los que ganaron las elecciones, son el Gobierno. La educación democrática no les da para más. Es uno de los deliciosos subproductos de no haber mamado oposición durante el último cuarto de siglo. Una cosa es gobernar democráticamente y otra, simplemente, mandar. Mandar lo hace cualquiera, hasta un capullo como el profesor Aznar López lo hacia con modales de maton de taberna. Gobernar democráticamente es un arduo ejercicio político que debe buscar su legitimación cotidianamente. ¿Por qué se ha prescindido de Francisco Moreno? ¿Lo hacía mal, regular, catastróficamente? ¿No les gusta cómo le cae la chaqueta? ¿Añoran La Guagua?

No voy a hablar de las cuotas en el Ejecutivo regional. Del estólido y perverso y profundamente dañino ritual del reparto del botín entre las taifas insulares. Desde hace un siglo y medio no hemos podido liberarnos de la lepra del insularismo y ahora vive de nuevo un momento de excepcional resplandor. La satisfacción de las cuotas tribales es el principio sacrosanto por encima de cualquier experiencia política y de gestión, de cualquier solvencia técnica, de cualquier grado de compromiso personal e íntimo con un proyecto político y un país por construir. Se trata de una praxis política que se alimenta a sí misma incesantemente con todos sus malsanos efectos: el isloteñismo político, la ineficacia operativa, los obstáculos para la cohesión del Archipiélago, las tentaciones del clientelismo más rapaz y desvergonzado. ¿Explicaciones? Son superfluas, como incluso comparte el PSC-PSOE. Porque ni coalicioneros ni socialistas se han dignado a explicar los contenidos concretos de una colaboración parlamentaria que ni es un pacto de legislatura ni un conjunto atomizado de acuerdos puntuales, ni carne ni pescado, ni amor ni guerra, ni sí ni no, sino todo lo contrario. ¿Explicaciones? ¿Tú que edad tienes, mijo?

¡¡Fueguito, men!!

Soy fumador, pero como hoy se celebra el día mundial sin tabaco voy a aportar mi granito de arena para que los que no hayan sucumbido al espantoso vicio de darle al pitillo, se lo piensen dos veces. Amigos míos, es terrible depender del tabaco y pasar crisis de ansiedad todos los días, teniendo en cuenta que ya, prácticamente, sólo se puede fumar en el cuarto de baño de la casa de uno mismo. Es horrible, dicen, padecer los múltiples cánceres que, dicen los expertos, provoca el cigarrito. Y no digamos la putada de irte para el otro barrio de un día para otro, más o menos.
Pero frente a todas estas molestias, hay un padecimiento insufrible que deja secuelas en el alma y que provoca tener un compañero de trabajo cleptómano, cuyo vicio son los mecheros de los demás. No le daba más importancia a este amor por los encendedores ajenos hasta que la otra noche, feliz en casa, tras una cena frugal me dispuse a fumarme el pitillo de irse a la cama. No tenía mecheros.
Metí la mano en todos los bolsos, en otros tantos bolsillos de las chaquetas y de los pantalones, en cuantas gavetas había -y son muchas- en mi casa, para comprobar horrorizado, a la una de la madrugada, que no podía encender el cigarro. Ante esa tesitura horrible, tener el vicio y no poder abandonarme a él, comprobé que mis posibilidades eran escasas por no decir nulas al disponer de a) vitrocerámica, b) calentador eléctrico, c) horno eléctrico y d) termomix.
La desesperación me hizo rescatar dos trozos de carbón de la última barbacoa, una servilleta de papel y una pastilla para encender el fuego que coloqué, primorosamente, sobre la tostadora. Cinco minutos después se produjo la llamarada, me fumé el cigarro y me depilé de por vida las cejas. Háganme caso, no fumen. O vendan la vitrocerámica.

Medio de pata con queso

A mí me conmueven, sinceramente, su ardor justiciero, su vibrante denuncia, su talante insobornable y su talento para la bullanga cívica que nadie podrá corromper. Son treinta, cuarenta, a veces cincuenta personas que, en los últimos meses, le han tomado gusto a situarse a pocos metros de la entrada al Parlamento de Canarias en los días de sesión plenaria para corear eslóganes reivindicativos entre pitos y bocinazos. Pero su decisiva aportación a la lucha de la izquierda en Canarias es mucho más sustancial e innovadora. Después de un cuarto de siglo de combate político por la igualdad, el socialismo o la independencia han descubierto un definitivo instrumento para desmontar la farsa democrática, derribar el capitalismo oligopólico y la cleptocracia rampante, vencer la perversión cultural de la globalización. El insulto.
El grupito insulta democrática y libérrimamente a todo el que entra o sale de la sede parlamentaria. A los únicos que se les excusa, por el momento, es a los funcionarios de la Cámara que llevan uniforme. Se presta especial atención vociferante, obviamente, a los políticos y los periodistas, pútridas bestezuelas para los que no debe reservarse ninguna piedad. La izquierda del grupito no es la izquierda caviar, sino la izquierda de medio de pata con queso en La Garriga, y ha terminado por asumir la descalificación universal, parda y escatológica, que de la actividad política y sus protagonistas hacía la dictadura franquista. La política es una mierda, los políticos son unos sinvergüenzas, todos los males proceden de las instituciones falsamente democráticas y sus oscuros y cebados muñidores. Este complejo, lúcido y sutil análisis se complementa con la atribución a los periodistas de una artera estrategia de legitimación y ocultación de latrocinios, manipulación y corrupción asfixiante.Y ya está. No le dé más vueltas, compadre, agite la pancarta contra las prospecciones de Repsol y grite usted al primero que vea entrar o salir hijo de puta.
La izquierda del grupito se lo pasa muy bien combinando el deber revolucionario con el placer de insultar. En sus microconcentraciones suelen aullar "¡Aquí es-tá, la cueva de Alibabá!", batir palmas y tocar silbatos. Como la izquierda de medio de pata no lee periódicos (ni falta que le hace) a veces sufre fallos de identificación. En el último pleno, por ejemplo, el consejero de Industria, Luis Soria, pudo entrar en la Cámara en medio de un silencio indiferente. Cuando surgen monstruos indescriptibles, como Adán Martín o María del Mar Julios, los silbatos arrecian y se comienzan a proferir rugidos. "¡Canallas! ¡Corruptos!" El otro día el consejero de Agricultura y Pesca, Pedro Rodríguez Zaragoza, se volvió, se acercó a los manifestantes y le preguntó a uno: "Tú, ¿qué me has dicho?". "Nada, nada", fue la respuesta. Nada, efectivamente. No dicen nada. No hacen nada. No piensan nada. Solo escupen la estupidez de una indignación portátil.

Relojes

Se han parado todos los relojes de mi casa y me pregunto si acaso estoy sufriendo una maldición moderna. Desde hace unos días, el de la cocina marca las once menos cuarto y el del comedor se ha quedado fijo en las seis menos cinco. Así que aunque no tengo ni idea del momento en el que vivo, al menos puedo elegir la hora en la que me gustaría detenerme. Pero lo peor es que los aparatos de mi casa siguen poniéndose en huelga. Los relojes son la avanzadilla de una rebelión silenciosa contra la que es imposible luchar. La semana pasada la llave de la cisterna se rajó y tuve que entrar en patera en el aseo. Ayer la secadora dejó de hacer su función principal y ahora se dedica a marear la ropa húmeda sin decidirse a arrancar el agua de sus entrañas textiles. Me siento como un bombero apagando fuegos fatuos. El ordenador no arranca, el sistema operativo se actualizó con errores y ahora ya no consigo ver las ventanas más famosas del universo. El otro día se desfondaron los bolsillos de mis pantalones vaqueros y después, el llavero se estropeó dejando caer los manojos de llaves por todos lados. Mi mundo construido con esmero alrededor de una serie de aparatos que me cuidan se está desmoronando lentamente. Me siento impotente, me siento idiota, me siento en una silla rota. Traté de hacer una telecompra, pero mi tarjeta había caducado. El cajero automático no funciona, mis gafas están mal graduadas, mis plantillas están deformadas, mi cabello está lleno de canas y mi mente está atascada, como los relojes de pared de mi casa. Claro que lo bueno es que siguen siendo las seis menos cinco o las once menos cuarto según me convenga. Quizás la maldición al fin y al cabo termine siendo una bendición. Mi vida ya no tiene tiempo y por lo tanto, gracias a la maravilla de la relatividad, tampoco tiene espacio. Si ya no tengo que preocuparme de esas dos variables, tampoco debería hacerlo por una secadora, una cisterna, un ordenador, unas gafas o cualquier otra máquina sin alma. Las cosas son ahora más sencillas. Siempre que quiero quedar con un amigo, lo hago en alguna de las horas que tengo dibujadas en mis relojes. Le digo que venga a mi casa y después entramos en la cocina o en el comedor según la hora a la que hayamos quedado. Siempre somos puntuales, siempre somos felices. Lo invito a ayudarme a secar la ropa a soplidos y si me comenta algo, le ofrezco nadar en el lago que hay en el baño. Tengo la ropa húmeda, pero no me importa porque así no noto el agua que cae de la cisterna. Tengo las gafas mal, pero me da igual porque así no veo las caras de la gente cuando la invito a secar la ropa a soplidos. Escribo a mano, como antes de que existieran ordenadores y la tinta se me corre con la humedad que chorrea por mis dedos. Miro el reloj, todavía son las once menos cuarto, quizás luego me levante y avance hasta las seis menos cinco. Pero me da pereza, porque me gusta que el tiempo y el espacio se hayan detenido en mi casa. Podría tratar de cambiar las pilas de los relojes, o llamar a un fontanero o al servicio técnico de algún electrodoméstico, podría, es cierto, pero entonces el mundo volvería a ponerse en marcha y tendría que vestir ropa seca, encender el ordenador y planear una agenda con más de dos posibilidades. Por eso de momento miro los relojes y escucho el tictac inmóvil que surge de ellos y disfruto de la sensación de silencio que imprimen las cosas rotas. Espero que, al menos, mi marcapasos no decida sumarse a esta huelga de agujas caídas que me rodea. Aunque quizás eso tampoco estaría mal, quién sabe.

Festival Wo-Mal

No me veo a Oropesa del Mar pidiendo las mismas perras públicas que se gastan en la vecina Benicàssim para financiar un festival similar al FIB, la cita independiente más importante de España. Tampoco imagino que Bilbao solicite para su ciudad la misma inversión gastada en el Festival de Cine de San Sebastián.
Lo que sí se contempla es a Bruno Piqué picao, o sea, que es Bruno Picado. Las personas que sonríen de cotidiano total son peligrosas, no sabes si se ríen por dentro y por fuera de ti, si tanta sonrisa oculta un alma oscura o, simplemente, si se trata de un tonto feliz. Después de escuchar las declaraciones del concejal-jal de Cultura sobre el Womad, estamos por lo tercero.
Equiparar un festival de la raigambre, la tradición y el impacto internacional del Womad con la chuminada percusiva que se montó en las calles de Santa Cruz el pasado Sábado de Carnaval, es como poner al mismo nivel la programación del Auditorio y la del Madison Square Garden. Dos eventos tan dispares no cuentan con la más mínima similitud, hasta el punto de que uno tiene impacto cultural y el otro es un pasaje más en el batiburrillo ruidoso y meón del Carnaval.
Aun así, lo peor de la afirmación de Piqué no está en el parecido que intenta establecer entre el Womad y el Festival de la Percusión anémico. Lo malo es que las largadas de Bruno manifiestan la extraña urticaria que padece una parte de la sociedad tinerfeña, incapaz de darse cuenta de que un beneficio para Gran Canaria también puede ser una ventaja para Tenerife.
Solo la envidia de las mentes cortas de provincias puede pergeñar el cúmulo de sandeces que brota con las habituales erupciones del pleito insular, como esas editoriales domingueras del periódico más leído del mundo macaronésico, una demostración de cómo convertir en vacío columnístico un cuadro clínico de paranoia histérica.
Solo un verdadero totufo sería incapaz de ver lo sencillo que es acudir al Womad. Sí, señor Piqué, sí, señor editorialista g-atávico, viajar al Womad es tan fácil que cada noviembre miles de tinerfeños lo hacemos: cogemos el ferry, cogemos la guagua, llegamos a Las Palmas, nos quedamos donde nos place (camas en casas de amigos o la arena amistosa de Las Canteras haciendo de colchón, si quieres dormir), disfrutamos del Womad. Volvemos.
Que siga el Womad, y que el señor Piqué encuentre algo para que los gcanarios se vengan en el ferry con ganas de disfrutar.

A sueldo

Acompañantes, figurantes, extras, aludidos, confidentes, colaboradores, invitados, huéspedes, cebos, contertulios, conductores, comentaristas, entrevistados, analistas, testimonios, aludidos, chismosos, charlatanes, animadores, eruditos, firmas, especialistas, interlocutores, desafiadores, insultadores, difamadores, embaucadores… Esta lista de especialidades laborales es difícil de encontrar en la universidad, pero son de las que mayor rendimiento social y económico reportan en los tiempos que corren.

¿Y tú a qué te dedicas? Yo soy… colaborador. No zapatero, aparejador, enfermera o ginecólogo, no, colaborador, o contertulio. El telespectador ya no admira o sigue la carrera de eficaces y expertos periodistas, reporteros o entrevistadores, sino que se suma al bando de menganito el fascista recalcitrante o fulanito el progre descafeinado, gente que cobra (más que muchos de nosotros) por dar su siempre segura, contundente y definitiva opinión sobre los asuntos más variados del mundo: desde la eutanasia hasta el último chisme rosa pasando por el coito después de los setenta.

Una rentable tendencia en las cadenas fue la de contratar a profesionales de demostrable valía y experiencia para hablar y opinar de lo que fuese, cosa que me parece bien porque en España siempre ha habido una tradición tertuliana muy sana y respetable. El problema llega cuando las cadenas apuestan por la reconversión, es decir: que los "opinadores" pasen a insultadores, difamadores o, lo que es menos dañino, meros bufones. Aunque puede que me equivoque con esta palabra. “Ese ha acabado como un bufón”, se dice. Y se dice mal. No es un bufón el que ataca a habitantes de casas, hoteles, granjas y selvas, ese es un mero y eventual asalariado.

Como bien recuerda Alain De Botton, el bufón ataca "a los individuos de estatus elevado que han olvidado su humanidad y abusan de sus privilegios". El verdadero bufón embiste al amo, al que manda, con un par. Y eso sin olvidar que se mezclan churras con merinas entre los fichajes.

¿Cómo, si no, denominar a cada "colaborador" sin caer en el error? ¿Son lo mismo la descocada Sonia Arenas o el vendedor de pisos Kiko Hernández y la curtidísima periodista y escritora Pilar Eyre? ¿Los contertulios se definen por donde están o por lo que son? ¿Son lo que hicieron o hacen lo que son?

La prostitución intelectual ha llegado a la tele disfrazada de entretenimiento. Ahí tienen entre las primeras espadas a gente leída, culta, currante y astuta como Carlos Pumares ('Crónicas marcianas'), Karmele Marchante ('A tu lado', 'TNT') o Jimmy Jiménez Arnau ('Cada día') para demostrarlo. La justificación siempre es, alabada sea, LA AUDIENCIA. Menos de 5.000 elegidos y estratégicos hogares que muerden la manzana del paraíso al enchufar su audímetro. Hace no muchos años, Javier Sardá conducía 'La ventana' en la Ser y Jordi González 'La escalera mecánica' en TVE. Ambos criticaron varias veces la televisión, por aquel entonces mucho mas light, que se hacía. Ahora nos venden las bobaliconas vidas privadas de los demás, nos aderezan su facilidad de comunicación con gritos e insultos y hablan de sexo o prostitución cuando se lo recuerda el pinganillo que viene de arriba. El Dios que controla el programa sólo entiende dos leyes: Uno, subir el share; dos, subirlo aún más. No creo que ni ellos mismos sepan ya en qué momento se vendieron, cual fue el millón arriba o abajo que los animó a comerciar con la nada, que cero diestro e impreso en el cheque insensibilizó parte de su cerebro, ni qué firma sobre papel los llevó a la más espantosa de las obscenidades: el retroceso intelectual consciente y su apología.

Suerte que algunos "colaboradores" pueden casi demostrar en el programa 'TNT' que saben hacer algo más que insultar, agredir, inventar, y perfumar vidas inherentes y caducas. Marchante y Eyre están sueltas, van preparadas, documentadas y disfrutan. Eso se nota, aunque las respuestas en mitad de la publicidad y los videos 'Aquí hay tomate' atenten contra sus interesantes mentalidades.

Tampoco es fácil que los colaboradores rechisten contra la mano que los da de comer, aunque se sientan incómodos. A Pumares se le nota jodido cuando le obligan "a ser él" por órdenes del prostituido guión. Karmele tuvo problemas en 'A tu lado' por algunos comentarios que desde su web hizo sobre el programa (menuda lapidación en directo que le hicieron, sentí temor por Emma y sus súbditos). En definitiva: no son libres, pero tampoco les es difícil disimularlo en tan escaso minutos de intervención.

Por otro lado, los sabios y resabidos conductores son los que mas ganan en nómina pero los que más pierden en dignidad. A ellos les toca creérselo y venderlo a bombo y platillo.

El que no parece casarse con nadie es Buenafuente. El chico se lo monta muy bien. Desplazado a horarios intespestivos por culpa de los realitys de turno, se ríe de Janeiro. Poco le importa meterse con el funcionamiento de 'Aventura en Kenia' o con los pseudofamosos que han metido en la 2 edición de 'La granja'. El público se lo agradece. No somos tontos.

Sin embargo, otros intentan engañarnos. Debatían el otro día en 'Crónicas marcianas' sobre si tener "un trabajo convencional", tipo cajera de supermercado o camarero de after hour, era sinónimo de "inteligencia básica". Qué poca vergüenza, me dije. Con la de gente con carrera y master que tiene que ganarse así la vida, para llegar a casa reventado por un tacaño currelo y ver cómo otros espabilados que han tenido mejor suerte hablan sobre ellos, los ponen en tela de juicio y ganan dinero a su costa. Esos que saben y opinan de todo y que tan bien comunican han perdido la cabeza por la moda y el cheque, están sometidos a las inmorales órdenes de su productora y lo que es peor: No creen en su trabajo… sólo en su sueldo.

Me niego a creer que cuando Sardá lee las audiencias del día anterior y hace show riéndose de la competencia crea realmente que lo que hace con sus colaboradores y neobufones merece la pena. El público aplaude SÍ. Sabemos que eso es pura estrategia de marketing, pero ¿Y tú, Javier? ¿Crees realmente que lo que haces y haces hacer a los que fichas con un generoso cheque es inofensivo sin que me tengas que replicar -al más puro estilo progre millonario- que lo realmente ofensivo es la guerra? ¿Que la gente quiera distraerse y pasar un buen rato es justificación para esa entrega a lo banal de los que saben hacer periodismo o entretenimiento rico, no perecedero? A mi no me dejan ir por la calle desnudo y si me ven gritando o insultando a otro, la policía viene y nos detiene. ¿Por qué en la tele es distinto?

Me río yo de las audiencias, invento del maligno para medir la temperatura de sus llamas y la cuantía del contrato de las muchas almas que compra.

Así habló Electroduende (sobre la piratería)

“Dejad que los moros se acerquen a mí”: Me sabe muy mal cuando son expulsados del metro (Paraíso o Pacifico, Línea 6) ante mis ojos. Ellos me agradan. Cuando me acerco charlan conmigo, me explican los discos, las novedades, los precios, la técnica del regateo… Incluso aprendo idiomas sin pagar matrícula. En contra, la señorita acicalada del Pryca me obliga, con cara de estrés y mal genio, a ponerme a la cola, a la espera de coger el ticket, a ir a la sección 4 del departamento 5 B en la planta 23 del subsuelo centro-derecha cuando le pregunto amablemente por otros discos de mi artista favorito.

- “Quien esté libre de pescado que tire de la primera espina”: No es lo mismo cuarto y mitad de cerdo Ibérico, que doble ración de jabugo de pata negra. Unos van al Palace y otros al mercadillo de Tetuán. Esto es impepinable. Sin embargo, los discos valen igual para todos. ¡Arriba las vías de acceso para los minusválidos de Visa Oro!

- “Uno de vosotros me va a traicionar”: Te traiciona el artista que no va a los conciertos cuando pagas la entrada. Te traiciona el que te vende un disco y se raya en cero coma dos. Te traiciona el que usa su voz para enriquecer las arcas de las sociedades de autores, funcionarios y demás familia. Te traiciona el que te da 3 x 2 pero pagas 2 x 8 (16). Te traiciona el que, mientras haces tu compra, te roba la cartera. Te traiciona el que mientras pasas un maravilloso día de sol encerrado con tus hijos en un centro comercial se trajina a tu mujer en casa.

- “Es de ellos el Reino de los Cielos”: De los autores que, gracias a Internet, dan a conocer su música. De los que sin importarles si su casa de discos se lleva 3 o 18, prefieren transmitir su mensaje a un mayor número de gente. De los que no ven en el estudio de grabación la cima de su trabajo. De los que piensan que el boca a boca es aún más importante que una avalancha de anuncios publicitarios. De los que, sin temor a la Bruja Avería, cumplen los mandamientos del Electroduende.

Estos son:

1. Amarás el arte sobre todas las cosas.
2. No soltarás un euro de más en vano.
3. Santificarás los gustos personales.
4. Honrarás a tus autores favoritos.
5. No matarás (aunque sea la noche de Reyes, quede un CD en la estantería y la tienda este hasta arriba).
6. No cometerás gastos impuros.
7. No dirás que lo has comprado en El Corte Inglés cuando te lo has sacado del Top manta.
8. No me acuerdo.
9. No pensarás en quién saca beneficio. Eso te da igual.
10. No codiciarás los servidores ajenos. O mejor sí.

Estos diez mandamientos se cierran en un pack de dos:

1. Calidad/precio. Eso es lo único que tú puedes valorar, lo de legal/ilegal son términos que tú no entiendes. Te los asignan otros.
2. Que puedas contemplar cualquier Top manta, como quien ve un anuncio del FNAC en plena Gran Vía.

Nota: Este artículo ha de ser pirateado por cuantas páginas hagan falta. No pidan permiso. Simplemente cópienlo. Distribúyanlo en correos masivos. Empapelen las calles con el texto. No pasen el cestillo. Esto es gratis. Las sobras se las dan a los monaguillos de la misa. Esto no merece limosna. Merece ser leído y olvidado. ¿Ya lo han leído? Muy bien, ahora ¡Olvídenlo! Y hagan con esto de la piratería lo que les plazca. Como siempre han hecho. Mientras les dejen hacer... ¡Aprovechen! Como yo. Debería escribir sobre la tele y se me ha ocurrido esto. Hasta la próxima.

Nauseabundo

Es absolutamente inútil intentar dialogar con la mohosa carcunda que vocifera en todas las esquinas por la aprobación de la reforma legislativa que permitirá contraer matrimonio a homosexuales y lesbianas. Simplemente porque no están dispuestos a argumentar su posición e intentar entender un juicio opuesto o, siquiera, diferente. Obviamente desprecian el espíritu democrático, pero también cualquier liberalismo: ese intento de entender las razones del otro. Los que se oponen furibunda e insultantemente al matrimonio de homosexuales y lesbianas no están dispuestos a cuestionar sus prejuicios. No los reconocen como tales, sino los identifican con la normalidad de sus pequeño universo mentecato, con el orden de las constelaciones, con la armonía predeterminada del Cosmos. Claro que queda el discurso de ridiculizarlos, pero es que me dan mucho asco, y cuando algo te da mucho asco, hasta su propia caricatura se te hace insuperable. No me refiero a los que, al menos, se toman la molestia de intentar argumentar jurídica, ética o culturalmente su rechazo a una medida que el PSOE llevaba en el programa electoral con el que se presentó a las elecciones generales de marzo de 2004, sino a las numerosas recuas babeantes que en los medios de comunicación lanzan coces entre rebuznos terriblemente apocalípticos o pretendidamente hilarantes.
Esta panda de asquerosos ejerce su imbecilidad intolerante en varias modalidades. Citaré solo dos. La primera, la del homófobo simpaticón. El homófobo simpaticón se ríe y hace muecas porque le resulta muy divertido que dos personas del mismo sexo, dos hombres o dos mujeres, se quieran, se amen, se deseen y compartan cotidianamente la vida, con las mismas grandezas y miserias que cualquier otra relación sentimental. Para el homófobo simpaticón, que no suele tener ni puta idea de la vida ajena, que jamás ha puesto en cuestión las inercias emocionales, culturales e ideológicas que padecemos todos, el que homosexuales y lesbianas puedan casarse es el colmo de lo grotesco y lo risible. Si alguien le llama homófobo, el homófobo simpaticón, simpaticón y oligofrénico, suele responder de inmediato que tiene muchos amigos homosexuales, de lo que solo se puede colegir que algunos homosexuales deberían elegir mejor sus amistades.
Hay otro grupo de intolerantes nauseabundos que me resultan más respetables: los que no se andan con paños calientes y se lanzan al cuello del insulto. Así ocurre con un articulista tinerfeño, que ha gritado su patriótica y machorra indignación porque puedan casarse "maricones y tortilleras". Que se casen como perros, como perras, los muy perros, las muy perras. Solo una cosa: sus opiniones, su grosera sarta de insultos e insensateces, me provocan un asco infinito, pero retratan muy bien la deriva de un periódico en el que se execra a miles de ciudadanos isleños.

"Niu" fachas

El intento por una pequeña horda de falangistas de hostiar al nonagenario Santiago Carrillo en una de las librerías de la cadena Crisol de Madrid, y la inusualmente nutrida manifestación de fachas pocos días después en la capital española, estimulan a preguntarse, de nuevo, sobre el estado de salud de la ultraderecha española. Después del folclorismo nostálgico de Blas Piñar y su Fuerza Nueva durante la transición, parecía que la ultraderecha se había desintegrado. Lo cierto es que, a principio de los años ochenta, se desarrolló un espléndido trabajo policial para desarticular la constelación de asociaciones y grupúsculos ultraderechistas (desde neofalangistas a filonazis) y el conservadurismo españolista más retrógrado encontró su identificación político-electoral en la Alianza Popular liderada por Manuel Fraga Iribarne. El Partido Popular se abrió moderada, pero eficazmente, al centro político mientras el resurgir de la ultraderecha quedaba bloqueado: por un lado, el PP había asumido, modernizándola, parte de su agenda ideológica, sobre todo en lo referido a la integridad política y territorial del Estado español; por otro, la ultraderecha estaba y está infinitamente fragmentada, carente de una estrategia política positiva y ayuna de liderazgos más o menos reconocidos.
Pero todo esto puede comenzar a cambiar. Y puede ocurrir, en una paradoja aparente, cuando el PP pierde las elecciones generales y los socialistas regresan al poder después de ocho años. En las últimas veinticuatro horas se han podido leer y escuchar diagnósticos desopilantes en los medios de comunicación conservadores, para los que la responsabilidad de este episódico brote ultra corresponde al Gobierno de Rodríguez Zapatero y a su supuesta obsesión por retirar algunas estatuas públicas de Franco. Del postaznarismo cabe esperarlo todo, incluso la legitimación indirecta de algaradas fascistas por decisiones políticas menores de un gobierno legítima y legalmente constituido. El neofacismo que bosteza, y bosteza a trompadas después de su larga siesta, se alimenta ahora de nuevos miedos y flamantes fobias: la inmigración, los cambios culturales, las transformaciones legislativas a favor del matrimonio homosexual.
En Tenerife la ultraderecha nunca disfrutó de apoyo electoral, pero mantuvo cierta actividad hace casi un cuarto de siglo. Recuerdo, en la noche del 23 de febrero de 1981, una poco disimulada actividad, entre risas y comentarios jocosos, en lo que era entonces la sede de FN en Santa Cruz. Hace algunas semanas un grupito de tres o cuatro fachas le pegó una paliza a un pibe en una parada de guaguas de la capital. El chico les había criticado por ensuciar con cartelitos la marquesina de la parada. La respuesta consistió en un surtido de patadas y bofetadas bajo una lluvia de insultos. Pero aquí según el gobierno canario, no hay fachas. Ni mafias organizadas. Ni corrupción en los ayuntamientos, por ejemplo. Qué gustazo vivir aqui.

De barrios

Ya sé que en los barrios hay esquinas por donde pasa la droga, camellos sin joroba, horas prohibidas para los taxistas, que la frontera la marca el miedo. Las palabrotas son más terapéuticas, habituales, corrientes y espontáneas en los barrios que en los casinos de rancio, muy rancio y tedioso abolengo, chacho. Ya sé que los barrios tan sólo son frecuentados en época electoral, no por nada, sino porque siempre queda bien una visita de cumplido en fechas tan señaladas. Vivimos, como regla general, en cuatro calles, ya nadie que viva fuera del barrio vuelve al barrio. Pero el barrio es el barrio, mano. En el barrio, mucho rollo, es donde me encuentro a niños que corretean sin ordenador, todavía existe en la periferia del estrés lo que parecía perdido como es la charla que calma el cabreo y que ahoga la pena del aburrimiento isleño. Las puertas están abiertas en muchas islas para que el aire llegue hasta la cocina donde el potaje de berros reposa desde las ocho de la mañana; las sillas todavía se asoman a la acera para cabalgar en la charla de lo que sea, todavía hay cambalache en los barrios: azúcar por perejil, gofio por pan de la tarde, catarro por gripe, pilas chicas por cortado de leche y leche. El hipocondríaco no es especie habitual en el barrio, el hombre de barrio es incapaz de definir sus dolencias, el dolor de barrio se olvida en lo que se riega el geranio, casi gozan en el barrio del llamado silencio orgánico; las señoras entradas en años con ir a la pelu y a la recova los sábados ya tienen bastante, no están tan pendientes del colesterol como el urbanita que vive en el centro donde recalan todas las guaguas y el agobio por llegar a ninguna parte. Nada tiene importancia, puestos así, en los barrios salvo estar vivos; la tele y la prensa en los barrios están ahí, en una distancia que no contagia, que no causa tanto miedo como el sonido de mal agüero que produce el afilador de cuchillos cuando pasa de largo.

Papismo.tv.com

En estos días lo mejor es ser un modesto alienígena para disfrutar del estímulo intelectual que supone el asombro. Aterrizar y quedarse pasmado por la lacrimógena unanimidad alrededor del sumo sacerdote de una organización eclesiástica a principios del siglo XXI, pero recordar, asimismo, que si hablamos del siglo XXI, es gracias a la Iglesia Católica Romana. Lo fascinante es presenciar la renuncia de cualquier juicio crítico, la más tenue sombra de reserva o humorismo, acerca de las supercherías que se salmodian en prensa, radio y televisión. Y este gobierno de aguachirle socialdemócrata que decreta, pudorosamente, un único día de luto, pero que lo compensa encargándole a la televisión pública cuarenta y ocho horas casi ininterrumpidas dedicadas a la agonía, muerte y exequias de Juan Pablo II. Eso por no hablar de los siete días, siete, que el Ejecutivo de Adán Martín ha decidido como luto oficial, frente a los tres días elegidos por la República de Italia. ¿Es Adán Martín católico? ¿Es católico su gobierno? Si les preguntan te dirán que sí, porque aquí y ahora afirmar tranquilamente que uno no es católico sigue siendo, como mínimo, un gesto de mal gusto.
El espacio para el análisis y la crítica política, teológica y cultural del pontificado de Juan Pablo II ha sido mínimo en los medios de comunicación. Hasta El País se mostró extremadamente moderado, mientras las televisiones públicas y privadas, nacionales y locales, han entrado en una orgía de imágenes y palabrería babosamente idolátricas. Un asentimiento generalizado e incondicional a las actitudes, prácticas, protocolos y objetivos que ya hace 200 años eran objeto de una crítica racional e ilustrada que, por lo visto, no ha servido absolutamente para nada, en vista de la repetición cotorra de los locutores en la televisión: "Juan Pablo II ya está viendo a Dios".
En el capítulo de la microrrentabilidad local es deliciosa la propuesta de Antonio Bello de sustituir el nombre de la calle del 18 de julio por la del Papa difunto. A ver quién es el carcunda que le va a negar una calle a Juan Pablo II. Es una pequeña astucia que supuestamente no le hace daño a nadie, pero que sólo se explica en este fúnebre ambiente de beatería entusiasta y estomagante. Nos quitan el recuerdo de la asonada golpista, pero para ponerle una hornacina en el callejero municipal a un Papa. ¿Y para cuándo una plazoleta al Dalai Lama? ¿Y una avenida al imán Jomeini? "Lléveme a Jomeini 69, por favor", le podría usted decir al taxista. Los alienígenas estamos perdidos

Instrucciones de Carnaval

1. No se le ocurra decir, insinuar, siquiera pensar que detesta los Carnavales o que ya lo aburren infinitamente. Será usted inmediatamente calificado como un pureta acabado, como un muermo lamentable y nauseabundo, como un infeliz que a duras penas ha podido ocultar sus despreciables taras hasta el momento.
2. Nunca baje solo a los Carnavales. El solitario carnavalero es un animal siempre sospechoso. Si alguien está solo en plena plaza de España significa que
a) Estás colgado.
b) Estás salido.
c) Estás abandonado.
d) Estás colgado, salido y abandonado.
3. Póngase cualquier cosa, por el amor de Dios. Cualquier cosa. Una peluca. Un sombrero. Unas tetas postizas. Un maquillaje de los jipis a seis euros. Una careta de Águeda Montelongo por tres. La casaca de José Fernando Rodríguez de Azero como dueño de una plantación de esclavos perfectamente indocumentados. Una fantasía periodística titulada Asuntos para no olvidar. Lo que sea. Nada más patético, en la explosión carnavalera, que el individuo que va en mangas de camisa y que, apoyado en una farola, y con un vaso de plástico en la mano, va saludando a los que pasan y garantizando que se lo pasa muy bien, estupendo, cojonudo, colega.
4. Tiene usted que bailar. Sí, usted, no mire para otro lado. Bailar no significa necesariamente agotarse en una exhibición coreográfica que hubiera provocado un infarto a Nureyev. El modelo perfecto (puede usted certificarlo en la calle San José) es Dámaso Arteaga. Dámaso Arteaga, actual consejero de Deportes del Cabildo de Tenerife, baila magníficamente con un mínimo consumo energético y eso sin haber pisado jamás el ITER. Puede bailar durante horas y horas sin apenas mover la prominente barriguita cervecera. Es admirable. Tome ejemplo, pero no se crea que nadie lo está viendo. Todo el mundo lo está viendo, pero en dos horas ya estará el mundo entero borracho y se le olvidará. Justo hasta que pase la resaca.
5. ¡No se siente! Sentarse, aunque sean las cuatro de la mañana, es una herejía bochornosa que, en el mejor de los casos, provocará una generalizada conmiseración.
6. Emborráchese con tino. No empiece hasta medianoche y lleve siempre su propia petaca si no quiere que una intoxicación etílica le lleve a votar a Emilio de Fez en las próximas elecciones o a convertirse en contertulio en una televisión local.
7. Riáse de todos los chistes. "¿Viste Mar adentro?". "Sí". "Bueno, y dime una cosa... El protagonista... ¿Muere al final?". Lo escuché ayer en el primer kiosco que abría en la plaza del Príncipe.
8. El Papa dice que España es tierra de María, y se supone que Su Santidad está bien informado. Por si acaso, lleve papel de liar.

Marque el uno

Como muchos de ustedes, el que suscribe tiene ahora mismo dos compañías de teléfono. La oficial, Telefónica, a la que pago la línea; y otra que me gestiona las llamadas con un ahorro considerable para mi maltrecha economía. Los de Telefónica, sin embargo, en cuanto se dan cuenta de que les estás poniendo los cuernos, te llaman desesperadamente, intentan seducirte prometiéndote descuentos sustanciosos y, si no les haces caso, emplean métodos más drásticos como realizar cortes selectivos en la línea mientras tú andas dándole a la lengua con una amiga criticando a una tercera. Hasta que consiguen cabrearte y llamas al teléfono de atención al cliente para pedirle explicaciones.
Según termina de marcar el número empieza usted un vía crucis. Musiquita institucional de fondo y un call center que viene a ser algo así como una grabación que permite que usted gaste una pasta mientras la operadora se termina de retocar la laca de las uñas. Así que suena la musiquita y le dan las siguientes instrucciones: si es usted cliente, pulse 1; si no lo es, pulse 2; si es empresa, pulse 1, si es particular, pulse 2; si quiere información, pulse almohadilla y espere sentado.
En venganza, ordené al banco que no pagara una de las facturas y dio resultado. Estaba de compras con mi vieja cuando me llamaron. ¿Don Nadir?, le llamo de Telefónica... No la dejé seguir, sino que le solté de inmediato: Si es rubia, pulse 1, si es morena, pulse 2; si lleva pantalón, pulse 1, si lleva falda, pulse 2. En cuanto empezó a protestar la interrumpí diciéndole en estos momentos mis operadoras están ocupadas, no cuelgue y a continuación tarareé el pasodoble Islas Canarias. Y no pude continuar porque mi madre, alarmada por mis tonterías, llamó en esos momentos a un municipal y me fastidió la fiesta. Pero costar, les costó la llamada.

Las victimas del terrorismo

Ni Bono ni Zapatero ni Acebes ni Peces Barba ni toda la ultraderecha junta del país tienen razones suficientes para ponerse ahora a dar lecciones de moral o de comportamiento cívico al resto de los ciudadanos; ni siquiera pueden ponerse moños ni hablar con altanería de los hechos como si los hechos fueran una consecuencia de lo que ellos políticamente tratan con tanto desparpajo. Los unos y los otros. Da igual. Hablan y hablan y hablan del tema con tal entusiasmo que los sufridos paseantes de la vida diaria se miran con asombro y se preguntan cómo es que sabiendo tanto de todo no lo remedian de una maldita vez. Cómo es que poseyendo las claves del misterioso quiénes y dónde, cómo y cuántos, no intervienen y aclaran las dudas de los cientos de padres, amigos y compañeros de trabajo de quienes ya no volverán. Porque morirse es triste, pero morirse sin saber el porqué, es peor aún. Porque aquí lo único real son los muertos y los que se quedaron sin ellos. Aquí lo único cierto es que unos y otros han politizado el tema del terrorismo, sea de la índole que sea, y todos sacan su tajada del asunto formando comisiones bien pagadas en las que sólo se dicen cuatro paridas a la semana y cuatro cosas bien dichas del sentido común que también las dice mi panadero sin cobrar un duro que para eso son del común o bien viajando de comunidad en comunidad para entrevistarse con los familiares de los muertos y contarles algo sobre los avances de las investigaciones que ya no son investigaciones ni son nada; que todos sabemos lo que se cuece a nuestras espaldas. Porque ellos lo sabían. Sí, lo sabían. La Policía, los confidentes de la Policía, los espías del Cesid, las queridas de los terroristas, los mercaderes de armas y los directores generales. Todos lo sabían. Los gobernantes también. Esperaban algo y andaban inquietos, tan inquietos como hoy cuando se anuncia una gran borrasca de agua y nieve y se alerta a la población pero muy poco porque no tienen medios para limpiar las carreteras porque el dinero de las palas se lo han gastado en campeonatos de mus; de la misma manera que el dinero para protección ciudadana se lo gastan en cacerías y bodas en El Escorial o paseando su magnífica verborrea por Brasil. Y lo hacen sin temor porque saben que los muertos no protestan y los familiares de los muertos son un coñazo y a la gente le cansa tanto discurso melodramático de madre desesperada pañuelo en mano o de testigo violento o de periodista dispuesto a contarlo todo. Que aquí sólo tragamos bien el adobo de carne aderezada de alegría vaginal. Lo demás son rollos que la clase política devora para su provecho y así crece y se hace voluminosa e imprescindible. Y, al final, acabamos pagando las pancartas y creyendo, con total ingenuidad, que los políticos van a las manifestaciones por amor al prójimo.