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Nadir

EL facherío

Ruiz-Gallardón, en una entrevista a Vázquez Montalbán, definía canónicamente al PP como "una fuerza de centro reformista". Vázquez Montalbán se quedaba un poco perplejo porque el entonces presidente de la Comunidad de Madrid (y ahora alcalde de la capital de España) insistía en que el PP no era de derechas para nada y que en su seno, por el amor de Dios, no había ni un átomo de ultraderechismo. "¿Y dónde se ha metido la ultraderecha en este país?", le preguntaba el maestro a Gallardón. "Ni idea", era la lacónica y marciana respuesta. Bueno, pues la ultraderecha estaba y estaba ahí, en el PP, en todo el ecosistema político e ideológico que tiene su vértice organizativo, en el que hay que incluir, desde mediados de los noventa, a la mayoría de las organizaciones de familiares de víctimas del terrorismo. Son los que intentaron linchar en una manifestación a Bono, insultaron a Rosa Díaz, le cantaron el riquirraca a Acebes y acusaron a Prisa y a la cadena SER de impulsar un golpe de Estado. Es la puta y casposa y miserable derecha retrógada, guerracivilista y patrimonialista que ha padecido este país desde que el primer bípedo español se puso en pie por los alrededores de Atapuerca. La que en tiempos leyó a Balmes, después a Vázquez Mella, luego a Vizcaíno Casas y ahora mismo a Pío Moa, porque hasta su forraje literario se ha degradado. Gritos contra los maricones, los rojos, los nacionalistas, los periodistas en una exhibición de odio visceral con afanes de paredón y tiro de gracia. Afortunadamente en Canarias no respiramos esas miasmas. Al menos momentáneamente. Pero no porque el PP de las ínsulas baratarias sea más liberal, transigente y reposado que sus coleguitas peninsulares. Las razones de la relatividad de sus bramidos y desafueros son otras. La primera, sin duda, está en que el PP local no ha podido nunca articular terminales sociales al servicio de su estrategia política, aunque Soria esté haciendo sus pinitos en Gran Canaria desde que llegó a la Presidencia del Cabildo. La segunda, tal vez, porque el territorio impone su propio lenguaje en la retórica y hasta en la praxis política del Archipiélago. Las tensiones entre los discursos de izquierda y derecha están parcialmente contaminadas, y a menudo sustituidas, por la gramática de los intereses tinerfeños y grancanarios que se arrogan ATI y el PP despectivamente. Aun así, Soria y sus congéneres, entre los que brilla como una enana blanca Larry Álvarez, comparte un sistema de signos que entronca directamente con actitudes extremadamente derechistas. Proclamar que los socialistas quieren destruir la ciudad de Las Palmas, practicar el exterminio sobre la oposición en las instituciones públicas, o esa asombrosa perla de acusar al Gobierno socialista de trasladar inmigrantes ilegales a la Península, como si se tratase de un tráfico de carne humana, y no de un sistema solidario de acogida que el propio Gobierno autónomo reclamó durante años, son gestos y expresiones que traslucen una demagogia ramplona y cínica, mentirosa y fullera, profundamente antodemocrática e instalada en un desprecio infinito hacia la sociedad civil.

Ya lo sabíamos

En esa reveladora descripción de la personalidad de Aznar que el propio Rajoy esbozaba ante Zapatero, «ya sabes como es», se encuentra la explicación del pasado engaño gubernamental y la presente confusión partidaria del Partido Popular.

Si anteriormente hasta un Rato tuvo que callar su crítica a la guerra ilegal de Irak, ahora incluso un Rajoy se ve obligado a sumarse a una mala copia de un Código Da Vinci político porque, ya se sabe, Aznar es como es.

Pero como la amplia mayoría de los españoles ya lo sabíamos, contamos en La Moncloa con esa personificación del sentido común que es Zapatero. Ayer se vio claro. No hubo mentira de Estado, como tituló Le Monde, tampoco mentira de partido, que no tuvo participación en aquella gestión, sino engaño masivo de Aznar. No lo pudo decir más claro, más alto, ni más rotundamente, porque se encontró con todas las huellas borradas nada más entrar en la Presidencia del Gobierno.

Con la verdad en la mano, «antes se coge a un mentiroso que a un cojo», Zapatero lo tuvo fácil. Armado de datos concretos, informes policiales y una excelente memoria, fue un fiscal dialécticamente implacable contra los que faltaron, tanto política como éticamente, al octavo mandamiento. Preciso, incisivo, contundente, supo combinar su talante democrático con la testarudez de los hechos. No dejó resquicio alguno.

Desmontó, pieza a pieza, ese tebeo de la conspiración judeomasónica comprado gustosamente en el mercado de las mentiras por quien como Acebes faltó a la verdad mucho más, ahí es nada, que el mismo Aznar. Nunca, en su larga vida parlamentaria, Zapatero tuvo una intervención tan brillante como la de ayer. No le ocurrió lo mismo a Zaplana.

Si bien es verdad que la postura que tenía que defender era indefendible, no lo es menos que no se pudo defender peor de lo que la defendió, es un decir, Zaplana. No sólo no aportó el más mínimo indicio sobre el Fu Man Chu de las montañas y desiertos cercanos, aludido por Aznar, sino ni siquiera pudo aportar prueba alguna sobre la participación socialista en las concentraciones habidas el día de reflexión.

Zaplana recibió ayer en pleno rostro el bumerán que lanzó Aznar.Si vuelven a lanzarlo, volverá entonces contra todo el Partido Popular. Con ese discurso de extrema derecha nunca se han ganado las urnas, ni se ganarán. No es casual que destacados intelectuales, depositarios históricos del label de la derecha, alerten contra las graves consecuencias del circo conspirativo montado en Génova con Acebes como taquillero.

Después de lo que se vio ayer, apenas podrá mantenerse abierto. De no cerrar cuando cierren las carpas montadas en Navidad, apenas podrán mantenerse aquellos payasos dispuestos a seguir recibiendo las bofetadas. No debe agonizar todo un partido, el Partido Popular, por un hombre, Aznar, que agoniza políticamente porque no le importó, ni le importa, lo que piensen los españoles.

Gary Cooper en la Comisión 11-M

Probablemente haya sido una simple cuestión de saturación. Bambi, el pacifico político que nunca perdió la compostura, no pudo más; sencillamente, agotó su paciencia.

El sistema fue sencillo: de repente los datos se hicieron hueco en una escenografía calculada que hasta entonces había estado copada por las fabulaciones y las insidias. A partir de la comparecencia de José Luis Rodríguez Zapatero en la comisión del 11-M habrá que tirar de papel y lápiz, husmear en el Diario de Sesiones y visitar las hemerotecas, antes de intentar conclusiones.

Ya no sirven las fórmulas retóricas y las charadas de pacotilla; para eso estaba también Alfredo Pérez Rubalcaba, para apostillar al jefe: los autores intelectuales no estaban en "altas montañas ni en lejanos desiertos"; estaban en Leganés, a la vista de todos, esperando la ocasión para suicidarse.

En una comisión en la que han estado rebotando las realidades, arrolladas por las fantasías, de repente se hizo un silencio de muerte cuando apareció el presidente José Luis Rodríguez Zapatero, con cara de ser el novio de la hija pequeña que toda madre quiere convertir en yerno. Pero el presidente, contra el papel que él mismo se había asignado en toda la película de su Gobierno, llegó con la guadaña, segando la hierba a la altura de los tobillos. Ni siquiera Eduardo Zaplana --traje de alpaca, gomina en el cabello y zapatos pulidos-- pudo mantener la compostura.

Durante meses, los matones habían ocupado el espacio como en las viejas películas del Oeste, antes de que Sam Peckinpah estableciera la primacía de los efectos especiales sobre la pureza de los guiones. Como en los viejos westerns, los forajidos se apoderaron inicialmente del pueblo sin hallar apenas resistencia.

El sistema era infalible y metódico. Por la mañana, El Mundo calentaba las especulaciones que luego se recogían en las primeras proclamas radiadas de la Conferencia Episcopal. "No se puede descartar ninguna línea de investigación". "Todos los terrorismos son iguales, luego es lógico que colaboren entre ellos". "No renunciaremos a conocer toda la verdad". "Los terroristas islámicos conviven con los presos de ETA en las cárceles españolas"...

Los ecos, de tanto repetirse, ocupaban toda la partitura sin dejar espacio para la música. Los violines no se podían percibir, sepultados por los trombones. Y como maestros de ceremonias de la confusión, teloneros de tanto prestigio como Del Burgo o Martínez-Pujalte, unas estrellas de reparto que todo director quisiera tener en nómina para las escenas más crudas de cualquier película en la que los malos atemorizan a la población.

EL SISTEMA empleado por el PP en la comisión no ha podido ser más antiguo: sembrar la duda sobre aseveraciones imposibles de refutar porque las proposiciones negativas carecen de método de prueba. "No hay que descansar hasta llegar a la verdad". Pero, ¿de qué verdad estaban hablando? Acaso la realidad se puede retorcer siempre hasta que llegue a coincidir con los deseos. Y, cuando estos no se colman, se sigue tirando de la cuerda de que no se ha terminado el procedimiento de indagación.

Alguien acuñó un día el concepto "autores intelectuales" y eso ha dado carta blanca para la creación de un enigma indescifrable que alimenta la irresponsabilidad de quienes, incluso, son capaces de poner en cuestión el funcionamiento del Estado, la honestidad de todos los que participan en las pesquisas del atentado de Atocha.

Al final, el presidente, que ni siquiera estaba solo ante el peligro, porque Pérez Rubalcaba se encargaba, a cada rato, de recargar el Winchester, se plantó ante los forajidos para que los parroquianos pudieran respirar fuera de las iglesias. Y de repente, España entera se ventiló al comprobar que ésta ha sido una película como debe ser, en la que cada personaje ha terminado por ocupar su papel.

La pregunta que todavía no tiene respuesta es sobre la falta de cimientos de una sociedad en la que se puede afirmar que es de noche cuando el sol abrasa, los niños juegan en los patios de los colegios y los tahúres todavía siguen durmiendo en su catre.

Cuando un país asiste cotidianamente al disparate --construido sobre el mayor atentado terrorista de la historia de España-- sin que ninguno de los irresponsables que durante tantos meses han participado en la ceremonia de la confusión pestañee, sólo un buen guión puede colaborar en que las personas normales soporten el espectáculo de la vida.

EL PRESIDENTE sólo tuvo que dejar que la película discurriera sobre su propio formato. Pusieron horas a las comparecencias del Gobierno de José María Aznar en relación matemática con el ritmo de las investigaciones hasta hacer insobornable la demostración de que el Gobierno de José María Aznar, en aquellos tres fatídicos días de marzo, no había hecho otra cosa que un frío e inhumano ejercicio de ambición electoral.

Ésta es, sin embargo, una película inacabada. Siempre habrá quien discuta el final y quiera seguir confundiendo la noche con el día, el norte con el sur y el frío con el calor. En España todavía tenemos una democracia joven, en la que pueden tener espacio periodistas que hacen de la manipulación el ejercicio cotidiano de su vida y políticos que no respetan las más sagradas formas del Estado.

Seguirán pretendiendo un engaño tan evidente sin darse cuenta que cuando Gary Cooper aparece en cualquiera de sus películas, los forajidos, por la ley inexcusable de la cinematografía, sólo tienen el recurso de salir corriendo, por el lado más oscuro del poblado, antes de que la ira de los pacíficos parroquianos clame su sitio en el guión para ejercer la venganza.

BUSH II

La reelección el pasado 2 de noviembre de George W. Bush para la presidencia de Estados Unidos constituye una grave afrenta moral infligida al espíritu de la democracia estadounidense, la más antigua del mundo y, en tanto tal, referencia primordial. Claro que esta vez técnicamente no hay nada que objetar. Nadie puede discutir el carácter legítimo del escrutinio.

Los votantes ejercieron su derecho eligiendo en función de su parecer (1). No por eso la reelección se vuelve menos perturbadora, incluso chocante. Y confirma que la democracia –el menos imperfecto sin embargo de los regímenes políticos– no está protegida contra opciones que pueden llevar al poder a peligrosos demagogos.

En efecto, es preocupante que Bush, conocido por su fundamentalismo religioso, su mediocridad intelectual y su incultura, haya sido el candidato más votado de la historia electoral estadounidense.

Tanto más cuanto que ha engañado a su pueblo y mentido al Congreso para conseguir la autorización para librar una “guerra preventiva” (no autorizada por la ONU) e invadir Irak; ha alentado un uso desproporcionado de la fuerza y provocado la muerte de millares de civiles iraquíes inocentes (2); ha ignorado la “orden ejecutiva” de 1976 del presidente Gerald Ford (que sigue vigente y prohíbe a los servicios secretos el asesinato de dirigentes extranjeros) y ordenado la ejecución de supuestos “terroristas” (3); ha violado las Convenciones de Ginebra sobre el trato a los prisioneros de guerra; ha permitido la práctica de la tortura en la cárcel de Abu Ghraib y en otros centros secretos de detención; y ha despertado el espíritu del macartismo que consiste en considerar culpable al ciudadano sospechoso de tener vínculos con una organización enemiga.

Con tan siniestro historial, otro dirigente hubiera sido declarado persona non grata y excluido del mundo civilizado. No ha sucedido eso con George W. Bush, quien por añadidura y como presidente de la única superpotencia mundial, ocupa el lugar central del dispositivo político internacional.

Su segundo mandato se anuncia como una continuación del anterior. Las dos primeras designaciones de ministros confirman que Bush interpreta su triunfo electoral como un plebiscito para su política.

Así por ejemplo su elección de Alberto Gonzales para el Ministerio de Justicia constituye un desaire dirigido a quienes objetan las torturas de prisioneros acusados de terrorismo. Asesor jurídico del presidente, Gonzales es autor de disposiciones legales que han permitido eludir las Convenciones de Ginebra y calificar como “enemigos combatientes” a los prisioneros de guerra de Afganistán y de Irak, e instaurar la cárcel de Guantánamo.

Contraviniendo las leyes de Estados Unidos y tratados internacionales, Gonzales no ha vacilado en suspender la prohibición de ejercer “presiones físicas” sobre esos prisioneros con el pretexto de que “en la conducción de la guerra la autoridad del presidente es total” (4).

En cuanto a la designación de Condoleezza Rice en el Departamento de Estado, ¿cómo no ver en ella una reivindicación del unilateralismo puro y duro preconizado por los republicanos autoritarios que rodean al presidente y que las nuevas amenazas contra Irán no hacen más que confirmar?

Sin embargo, la incapacidad de las fuerzas armadas para imponerse en Irak contra los insurgentes prueba los límites de la herramienta militar. Una constatación que puede hacer también en Israel, en el momento de la desaparición de Arafat, el general Ariel Sharon, principal aliado de Bush en Oriente Próximo.

El Primer Ministro israelí constata que la capacidad de sufrimiento de los palestinos sigue siendo superior a la facultad de daño de su ejército. ¿Sabrá sacar las consecuencias?

¿Terminará también Bush por admitir que los aspectos negativos de la mundialización (pobreza agravada de los pobres, injusticias planetarias, rivalidades regionales, desarreglos climáticos, etc.) pueden degenerar en enfrentamientos si no se les opone una concertación multilateral? ¿Y que una potencia no puede pretender imponer la ley por sí sola?

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NOTAS:

(1) Parecer fuertemente condicionado por el marketing político y la propaganda mediática.Véase Outfoxed (2004), el documental de Robert Greenwald sobre la manipulación de la información en Estados Unidos a favor del presidente Bush.
(2) De acuerdo con la asociación Iraq Body Count (www.iraqbodycount.net) la cantidad de civiles muertos debido a la intervención militar en Irak habría superado el 21 de noviembre de 2004 los 14.454. Pero según la revista médica británica The Lancet de noviembre de 2004 la cantidad de civiles iraquíes muertos por causas directa o indirectamente vinculadas con la invasión de Estados Unidos llegaría a los 100.000…
(3) Véase Seymour Hersh, Obediencia debida: del 11-S a las torturas de Abu Ghraib, Aguilar, S.A. de Ediciones-Grupo Santillana, Madrid 2004.
(4) El País, Madrid, 11 de noviembre de 2004.

mire usted...

Arrogante, despectivo, malencarado y con aire tejano, Aznar no tiene remedio. Ayer pudo verse en las pantallas. Pétreamente anclado en los tres días de marzo que conmovieron a España, no presentó excusa alguna. Pese al tiempo transcurrido desde entonces, ni una mínima duda ni el más leve reconocimiento de su responsabilidad política en la cadena de los incalificables fallos que facilitaron que se montara la mayor acción terrorista habida en nuestro país delante de las propias narices de Acebes.

Al no ruborizarse por aquellas indecencias azoradas que acabaron cavando las trincheras de Bagdad en Madrid, se agarró a la percha conspirativa de los procesos históricos. Así fue desgranando, unas tras otras, sospechas, juicios de intenciones e insidias, sin más finalidad que la de apuntar la proximidad de un conspirador que no apellida pero sí insinúa.

No vale ni la pena comentar esta historieta talmúdica.Aznar es, incluso, mucho peor fabulador que político. Para política ficción, desde luego, mejor Le Carré.

No tendría mayor importancia si no se inscribiera en una conocida estrategia política de la tensión que busca cuestionar tanto la legitimidad de origen como de ejercicio del Gobierno de Zapatero.Las insinuaciones de ayer, cuestionando las pasadas urnas legislativas, se suman a las maniobras de hoy, cuestionando la competencia del Gobierno salido de aquellas elecciones.

Ambas líneas, bien articuladas desde algún centro operativo, podrían confluir en una inquietante tentativa por imponer un nuevo calendario electoral que pudiera corregir los actuales números torcidos del Congreso de los Diputados.

No es casual que en estos días no pocos círculos próximos a Aznar caigan en el mismo espejismo, la supuesta brevedad del nuevo Gobierno, en el que no pocos círculos cercanos a González cayeron tras su derrota. De ahí la férrea apelación al patriotismo de partido y el desaforado ataque a cuantos no compran los cuentos bíblicos de Aznar. Precisamente, no cambian de política, ni de líder real, porque quieren apurar los cuatro años de la legislatura en uno.

Pero, paradójicamente, cuanto más habla Aznar, más se consolida Zapatero. Tiene la virtud incuestionable de unir a los contrarios.Las familias socialistas vuelven a casa antes de Navidad, la izquierda se abraza más que ayer y menos que mañana, los centristas se asientan cómodamente en el centro izquierda y los nacionalistas periféricos acarician la España plural.

Pese a contar con un Gobierno mejorable, Zapatero puede respirar tranquilo. Por muchos errores que cometa, es la conclusión de la mayoría de los españoles, todo antes que volver al irresponsable responsable político de la matanza de Atocha. Igual hubiese ocurrido con Rajoy si los socialistas se hubiesen presentado a las pasadas elecciones de marzo con los líderes que encabezaron sus precedentes escándalos.

O los populares terminan con Aznar o acaban hundiéndose con él.No cabe volver a La Moncloa con la misma política con la que salieron

De mas amenazas

Se comprueba una vez más aquello de que no hay venenos, hay dosis. Y desde luego, la dosis con la que se nos administró la comparecencia de ayer de José María Aznar ante la Comisión Parlamentaria de Investigación en torno al 11-M a partir de las 9.00, todavía abierta cuando se escriben estas líneas ya bien avanzada la tarde, fueron venenosas. Por eso, a simple vista podían apreciarse los estragos causados tanto en los comisionados como en los periodistas.

El compareciente Aznar acabó encajando la pérdida de distancia, se adaptó a un sistema de preguntas que permite la réplica y la insistencia pero se enrocó en la práctica del método Olledorf. Es decir, el que proclama "pregunte usted lo que quiera que yo contestaré lo que me dé la gana".

Para esa práctica del ocultamiento verboso de la verdad, para entregarse al sistema de avanzar por el camino de la precisión hasta lograr la plena confusión, para salirse por peteneras, para el despliegue de la táctica del calmar, del bote de humo arrojado en el momento más desorientador, el señor Aznar tuvo la interminable y delicada colaboración del presidente de la Comisión, diputado de Coalición Canaria Paulino Rivero.

Argumentaba Rivero que la presidencia nunca había puesto cortapisas, pero precisamente ponerlas para evitar que el compareciente se fuera por cerros de Úbeda hubiera sido su primer deber.

Porque cualquier paciente observador que asistiera a la sesión parlamentaria de ayer pudo comprender con facilidad que las tareas de los comisionados tiendan a ser interminables. Sobre todo si los comparecientes, como sucedió con el de ayer, rehúyen la respuesta a las cuestiones que se les plantean y se enredan en cualquier clase de consideraciones innecesarias aderezadas de insinuaciones amedrentadoras.

Pues que refiera cuanto antes lo que sepa porque, parafraseando al feligrés vasco en réplica al predicador entusiasmado con la descripción de los tormentos que esperaban a los condenados cabría decirle al compareciente: "Señor Aznar, si hay que ir al infierno se va, pero no nos acojone".

El caso es que Aznar acudió provisto de algunas estadísticas y de penosas maldades pero se aferró siempre que lo consideró necesario a la tenaz negación de la evidencia. El compareciente, en momento alguno fue capaz de reconocer errores en la gestión de su Gobierno, ni en los ocho años de las dos últimas legislaturas, ni en los cuatro días contados desde que volaron los trenes del 11-M.

Tampoco fue posible que Aznar aceptara fallo alguno en la gestión de la información. Ni supo explicar por qué no reunió al Gabinete de Crisis, expediente al que se acudió otras veces como cuando la hazaña de Perejil o en aquel momento cumbre del ministro de la Presidencia Francisco Álvarez Cascos, encerrado en el búnker de la Moncloa para salvarnos de cualquier imprevisto a cuenta del peligroso cambio de milenio.

De nada valieron todas las cuestiones planteadas durante horas para averiguar por qué Aznar rehusó convocar el Pacto Antiterrorista, siendo así que al menos durante las primeras 72 horas creía en ETA como autora de los atentados. Quedamos también pendientes de saber por qué el Gobierno se abstuvo de solicitar la reunión de la Diputación Permanente del Congreso de los Diputados, por qué, en definitiva, en lugar de compartir la información y buscar la unidad de las fuerzas políticas, en unas circunstancias límite, optó por encerrarse en el solipsismo, atribuyó autorías sin base, logró intoxicar a los medios de comunicación, lanzó su comparecencia institucional a las 14.30 del jueves, convocó las manifestaciones del viernes y determinó del mismo modo unilateral el lema que habría de encabezarlas.

Pero la cuestión clave a esclarecer es de qué nos amenaza el señor Aznar y por qué insiste en que se investigue dando a entender tramposamente que ahora se rehúsa investigar por las actuales autoridades gubernamentales, siendo así que las que estuvieron in albis fueron las anteriores, las de los Gobiernos de Aznar.

Sorprende que quien junto con su partido vetó toda clase de comisiones de investigación o dio carpetazo precipitado a las que aceptó de mala gana en la primera legislatura, como la de Gescartera, quiera presentar a los demás grupos como obstruccionistas de la verdad. Y por qué se olvida de su reacción culpabilizando al Gobierno de González cuando el asesinato del ex presidente del Tribunal Constitucional Francisco Tomás y Valiente

Aznar, maestro de insidias

De los varios caminos que tenía, Aznar eligió el de la insidia. No sólo no asumió responsabilidad alguna en lo ocurrido, ni pidió excusas por los errores de su Gobierno en relación al 11-M, sino que extendió la sospecha hacia los demás en términos que nadie hasta ahora había osado.

En respuesta a una pregunta del diputado Olabarría, del PNV, el ex presidente aclaró que él no ha hablado nunca de teoría conspirativa. No la llamó así, como es lógico, pero toda su intervención se centró en exponer la infundada suposición de que detrás de los autores materiales había un diseño que buscaba no sólo causar víctimas, sino provocar un vuelco electoral; el cerebro de la trama, el autor intelectual, eligió la fecha adecuada, y, si las elecciones hubieran sido una semana antes, también los atentados se habrían adelantado. Incluso el atentado de Casablanca, en mayo de 2003, se hizo entonces porque había pronto elecciones autonómicas y municipales, según Aznar.

No dijo quién era ese cerebro en la sombra que habría teledirigido el atentado, pero sí que la conspiración siguió los días posteriores al de los terribles sucesos para "fabricar la mentira" de que el Gobierno ocultaba información, y que en esa conspiración participaron partidos de la oposición y medios de comunicación, en una paranoica explicación de por qué el PP perdió las elecciones. Mezcló la denuncia de noticias que se revelaron erróneas con rumores o declaraciones de particulares, como si todo ello obedeciera a una planificación deliberada.

Eso sí, ningún reconocimiento de errores propios por mucho que la única información radicalmente falsa resultara ser a la postre la que el Gobierno manejó con pertinacia, imprudencia y hasta desvergüenza durante tres días.

Y siempre dando por supuesta la mala fe. No era él, sino ellos, los otros, quienes en las horas cruciales que siguieron a la matanza actuaron pensando en cómo obtener beneficio electoral de lo ocurrido. No dio nombres, pero los que planificaron todo el asunto están cerca, no en "lejanas montañas o desiertos", advirtió. No aclaró, sin embargo, si las mentes que prepararon los atentados buscando un vuelco electoral calcularon también la torpeza con que se iba a comportar el Gobierno para que esos efectos se tradujeran en un castigo al PP en las urnas.

Aznar explicó por qué era verosímil la hipótesis inicial de la autoría de ETA en la mañana del día 11. Sin embargo, el problema radica en que se empecinó en mantenerla como prioritaria cuando ya no lo era para los investigadores, según ha quedado establecido en anteriores comparecencias, e incluso se deriva de sus propias palabras. Como señaló el comisionado de CiU, hubo diligencia para afirmar, incluso en la ONU y a través de las embajadas, que había sido ETA "sin ninguna duda", pero nadie se preocupó de aclarar luego que eso ya no era así.

Es cierto que resulta más fácil juzgar las cosas a posteriori que en medio de la conmoción de aquellos días. Pero entonces, ¿a qué viene la afirmación de que todavía no está descartada la participación de ETA, cuando los servicios de seguridad, españoles y extranjeros, coinciden en que no hay indicio alguno en tal sentido? Cualquier posibilidad debe ser investigada, pero la insistencia en esa hipótesis sólo puede explicarse como deseo de exonerar al ex presidente Aznar y a su Gobierno de las groseras manipulaciones en que incurrieron.

El papel de los medios de comunicación

Particularmente insidiosa -aunque bastante chusca, si bien se mira- fue la atribución de un papel conspirativo a los medios (con repetidas falsedades atribuidas a la cadena SER), o la desfiguración del contenido de sus llamadas a directores de periódicos.

El crédito que dieron al entonces presidente del Gobierno y del que éste se sirvió, hasta el punto de modificar en el caso de EL PAÍS la portada de la edición especial que salió el mismo 11 de marzo, pretende ser convertido ahora por Aznar en argumento en contra; lo mismo cabe decir de los políticos y Gobiernos extranjeros que tras hablar con él apoyaron la versión de la autoría de ETA, tuvieran o no dudas al respecto.

Por supuesto que los culpables de los atentados son quienes los cometen, pero haría bien el ex presidente del Gobierno en repasar sus declaraciones y comportamientos cuando era jefe de la oposición. ¿Cómo cabe interpretar que, apenas un día después de acudir, en febrero de 1996, a la multitudinaria manifestación en recuerdo del asesinado Tomás y Valiente, el entonces candidato del PP dijera que aquella concentración tuvo que celebrarse porque "la lucha contra el terrorismo va muy mal"?

También dijo varias veces Aznar que nunca ha negado legitimidad al Gobierno salido de las urnas. Es cierto que tras las elecciones ya admitió que los ciudadanos votan a quien quieren y que no había que cuestionar los resultados. Pero luego no ha dejado de presentar el cambio producido como efecto de la interferencia terrorista, a la cual presenta como fruto de una conspiración, sin la más mínima autocrítica sobre su lamentable gestión de la crisis.

Por supuesto que los hechos influyeron en las elecciones; lo preocupante habría sido que el mayor atentado de la historia de España, con 191 muertos y 1.500 heridos, no hubiera golpeado el ánimo de los votantes. Por de pronto, influyó en un aumento de la participación, del 68% en 2000 a casi el 76% en marzo. Sería bien paradójico considerar menos legítimos los resultados por eso. Antes bien, la voluntad popular se vio reforzada por los acontecimientos.

¿Qué habría que hacer para que eventuales golpes terroristas no influyeran en próximas elecciones? Mayor Oreja ha insinuado la posibilidad de establecer un mecanismo para suspender los comicios en tales casos, y el portavoz oficioso de Aznar se preguntaba sobre la bondad de una medida así el mismo día de los últimos comicios generales. Esto sí sería poner en manos de los terroristas el derecho a decidir qué elecciones se celebran y cuándo.

El alegato final de Aznar en favor de la unidad de los demócratas contra el terrorismo y su defensa de la coherencia frente a la tentación de sacar réditos políticos de la lucha antiterrorista fue impecable. Pero entre el 11 y el 14 de marzo hizo todo lo contrario de lo que predica (ahí está su negativa a convocar a los demás partidos y al Pacto Antiterrorista y la decisión de que los delegados del Gobierno convocaran la manifestación). Y siguió haciéndolo ayer: a fin de cuentas, lo único que sonó a extraño fue el civilizado estrambote final.

En resumen, el ex presidente perdió la oportunidad de comportarse con la dignidad y el sentido del Estado que cabía exigirle. No reconoció sus errores, descargando siempre la culpa sobre los demás. Y si los ciudadanos esperaban alguna sugerencia -fruto de su experiencia como gobernante- para reforzar los mecanismos de lucha contra el terrorismo islamista, quedaron del todo frustrados. ¿Todavía se pregunta alguien por qué el PP perdió las elecciones generales? Basta con escuchar a José María Aznar para comprenderlo.

Aznar ha confirmado tres cosas realmente notables ante el órgano de la soberanía popular. Dos de ellas negativas: su absoluta irresponsabilidad política y su desprecio por las instituciones representativas. Y una positiva: el enorme acierto que significa que una persona dotada de tanta capacidad de división, insidia y rencor abandone voluntariamente la vida política.

Pero ni siquiera su siembra venenosa aportó novedad alguna al guión preestablecido y, sobre todo, no aportó pruebas que sustentaran ninguna de ellas. Algunas son, además, insinuaciones calumniosas. Dirigidas a partidos políticos y a empresas privadas de medios de comunicación, indican el nulo sentido del Estado que tiene José María Aznar y su absoluta falta de escrúpulos a la hora de ocultar la verdad y de deformar los hechos.

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ETA, Lobos, Talibanes y Cardenales

Los escenarios cruzados siempre ocultan intenciones perversas. La mixtificación del terrorismo islamista, ETA y las guerras de religión no se convoca con intenciones vacuas. La pregunta a la que hay que encontrar respuesta es: ¿qué hacen los servidores de Dios, desde la cadena COPE, y los talibanes que organizan las cacerías ideológicas españolas necesitando desesperadamente a ETA?

El bautizo, a los talibanes, se lo hizo Manuel Cobo, que a pesar de ser el ala iconoclasta del PP no deja de ser uno de ellos, con lo cual facilita mucho la labor de clasificación de las especies. Luego, como los demócratas de este país no estamos al degüello permanente, la denominación de origen no se ha institucionalizado, pero aún estamos a tiempo.

Los talibanes originarios, los legítimos, utilizan el Corán para determinar los espacios habitables de la mente. Los que tenemos en España, de momento se conforman con unos diarios de la mañana y las ondas hertzianas. Los resultados son los mismos: la destrucción del pluralismo por la coacción y el miedo.

En el origen, ETA fue necesaria el 11-M para no convocar una catástrofe electoral cuyas raíces no estaban en el atentado mismo, sino en la idiosincrasia política de Aznar. Ahora, él mismo nos lo ha aclarado todo: prefiere ganar las elecciones en EEUU aunque las pierda en España. O, dicho de otra forma, con tal de que ganen los republicanos de Bush la Casa Blanca está dispuesto a que Rajoy se tenga que conformar con el despacho de la calle de Génova. La posición de Aznar y sus éxitos transatlánticos tranquilizan mucho.

En este juego de batallas aparentemente dispares en contextos difusos, la Iglesia ha dado un paso al frente. Sacar los crucifijos a la calle, para movilizar contra un Gobierno democrático, es un mal síntoma, sólo que ahora se espera que el Gobierno sea civilizado e inteligente y su reacción, como mucho, sea cerrar los balcones al paso de la comitiva.

Es de agradecer que la Conferencia Episcopal se identifique plana y públicamente con la línea de la COPE, abandonando la pretensión increíble de que ellos no eran responsables de los desmanes informativos de los talibanes. Ahora todos son una misma cosa, en unas ondas trufadas de exquisiteces, donde la piscina en la que la esposa del presidente se sumerge, los paseos por los patios de las cárceles de los presos de ETA con los insurgentes islamistas y el patriotismo inexplicable de aplaudir las groserías de Bush con el presidente de los españoles se analizan con la misma delicadeza que los contactos sexuales en los programas del corazón.

La telebasura no se originó desde la nada. Llevamos muchos años de periodismo del corazón en el análisis político. El sistema deductivo de la alianza increíble entre Bin Laden y Josu Ternera y la disección de los amores de la familia Pajares tienen la misma metodología. Ahora, El Mundo anda desesperado a la caza de un síntoma. Basta con que un inmigrante argelino sea sorprendido en las Siete Calles de Bilbao devorando una cazuela de bacalao al pil-pil para una primera página a cuatro columnas que certifique que la apuesta informativa que hizo El Mundo, el mismo día de las elecciones, a favor de la autoría de ETA en el atentado de Madrid no era disparatada. En estas cosas, los talibanes son siempre persistentes.

Pero llevamos muchas líneas y no hemos dado respuesta capital. ¿Qué hacen los talibanes, la Iglesia del Dios verdadero y los sectores más oscuros del PP buscando a ETA desesperadamente para que les eche una mano en la tesis del atentado del 11-M? No hay nada como rebobinar los hilos de la historia. Quienes se criaron a los pechos políticos del expresidente Aznar sólo conocen el rencor, la conspiración y la cizaña como instrumento de asalto del poder. Los voluntarios siguen siendo los mismos y los límites no existen.

Se pide el voto para el PP en la línea editorial, pero se afirma con rotundidad la más firme oposición al unilateralismo y a la guerra de Irak. Se asiste cotidianamente en las tertulias de la COPE, calentando los braseros más integristas, pero se pretende mantener una apariencia liberal y progresista, en la misma medida en que se justifica una entrevista de media docena de páginas con la dirección de ETA y se demoniza la que realizó Carod, porque ya se sabe que la libertad de expresión y de información permite todas las tropelías, de tal forma que se puede ser referencia moral de todo el mundo sin estar sujeto a moralidad alguna.

Asistir a una rueda de prensa de Acebes es una rememoración de un auto sacramental y la antesala de un juicio inquisitorial. Cada vez que el exministro Zaplana comparece en televisión, la pantalla se oscurece de puro miedo inducido. Cuando el jefe de los talibanes se asoma a los micrófonos de su emisora amiga, la sutileza liberal se disimula con la certificación de que siempre busca la verdad, sea desde el asiento contiguo de Villalonga en el avión privado de quien era presidente de Telefónica, desde el balcón de la casa rural de los Rato en Carabaña, o intentado el procesamiento de Alierta una vez que no ha conseguido el control mediático de Antena 3 y Onda Cero.

El secreto de la promiscuidad de intereses de Pedro J. Ramírez es que siempre encadena la adhesión a la puñalada en una sucesión interrumpida de sus caprichos y sus rencores. Siempre desde un riguroso periodismo de investigación que asienta sus posaderas en los dosieres de los vertederos más innobles.

Lo que se pretende ahora demostrar es que al pobre Aznar, los largos tentáculos del felipismo le impidieron detectar el atentado del 11-M en una encrucijada de caminos entre las txapelas y los minaretes, en la que desde luego tiene responsabilidad, toda la responsabilidad, el Gobierno de Rodríguez Zapatero, aunque en aquella época ni podía intuir por donde estaba el camino de la Moncloa.

Es hora de quitarse las caretas y la Iglesia ha dado un paso al frente. A muchos católicos les quedaba la duda de si la idea de Dios que se desprende de las tertulias de la COPE se corresponde con la interpretación de los Santos Evangelios de monseñor Rouco Varela. Una línea editorial, eminencia, responde al consejo de administración, y todos nos quedamos tranquilos al saber que su eminencia, Pedro J. Ramírez y los talibanes que le acompañan en los micrófonos tienen la misma idea del camino de la perfección.

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Aznar, rodeado en Georgetown

Si no le avisaron de donde se metía, tiene todo el derecho para reclamar. Es de rigor formularse la pregunta: ¿le dijeron al señor Aznar que la Universidad de Georgetown, que le contrataba como profesor no numerario (PNN), es un foco de antibushismo, tanto por parte de estudiantes como de profesores, que durante la campaña no han ocultado sus simpatías por el demócrata Kerry? Si no le avisaron de la ideología dominante, tiene todo el derecho a reclamar y seguro que un tribunal le dará la razón.

Por sus vínculos de amistad y de turismo compartido a las Azores con el reincidente presidente señor Bush, no es que vayan a montarle un pollo como los de los estudiantes de París del 68, pero puede sentirse incómodo entre tanta gente que discrepa de lo que él piensa. Es un centro regido por los jesuitas, y sus alumnos son chicos y chicas respetuosos que guardan las formas. Pero alguna pregunta punzante le pueden hacer. El espíritu crítico de la juventud es inevitable. En la Sorbona y en Georgetown.

Las preferencias ideológicas no serían problema si sus charlas versaran sobre física cuántica, pero el señor Aznar es un conferenciante de tema único y éste no es otro que la fórmula mágica para acabar con el terrorismo, que el señor Bush tiene patentada y que él comparte plenamente. Sobre todo ahora. Aquí pueden surgir las diferencias con sus alumnos.

Albert Montagut ha estado ahora en Georgetown y ha encontrado en la mayoría de los consultados un clima adverso a los métodos expeditivos del presidente. Si el PNN Aznar leyera el reportaje, quizá cambiaría de opinión sobre la continuidad de las clases. Si se ha de sentir rodeado por la discrepancia, lo pasará muy mal. Una solución sería declararse objetor de conciencia.

El amigo de Bush

El miedo, como una de las formas más peligrosas del engaño, se impone en las campañas electorales. En la de George Bush aparece ahora un anuncio con una manada de lobos que amenazan y que sugiere que los terroristas podrían atentar contra los votantes si saliera elegido su rival. Para apoyar esta miserable previsión, Bush ha contado en Puerto Rico con la colaboración de un acólito suyo que quizá haya ido más lejos. El propagandista en cuestión es un español, llamado José María Aznar López, que en otro despliegue de su inteligencia ha venido a decir que la elección de Kerry supondría la victoria del terrorismo. Hace unos días le quitaba hierro el presidente Zapatero a otras peligrosas declaraciones de un dirigente del PP con el atenuante de que se producían en el calor de un mitin. No participo de la mansedumbre de Zapatero: en los mítines como en las borracheras afloran las verdades que la formalidad reprime muchas veces. Pero además, para que el disparate se produzca en las alocuciones de Aznar da lo mismo un mitin que una lección universitaria, como hemos visto. Esta vez se han escandalizado hasta algunos de sus periodistas amigos con el argumento cierto de que no parece muy democrática la ocurrencia del ex presidente. Así que si bien tengo criterio formado sobre su equipaje ideológico, con lo cual me extraño poco de lo que diga en función de los comportamientos democráticos, medito ahora sobre el talento del estadista. Que no coincidan con su opinión inteligencias de privilegio como las de Norman Mailer o John Le Carré, que ven un peligro para la Humanidad en un posible triunfo de Bush, tampoco es raro. Lo raro es que, con la dramática experiencia del 11-M en España, sea Aznar el que va por el mundo detectando peligros y ofreciendo seguridad.

Perros sin collar

Los perros del escudo no llevarán collar, ar, ar. Es un tema heraldístico, místico, hasta prístino. Los perros del escudo canario se mostrarán ahora libres de correa como expresión de su espíritu indomable y sarpeta. La medida va en contra de la Ley de Perros, que estipula que todo can debe pasear con su preceptivo collar, correa y bozal. Los perros del escudo serán, por tanto, ilegales, aunque convendría que les encasquetaran cuanto antes el microchip porque ya saben que el olvido es un elemento definitorio de la idiosincrasia canaria, y perro con chip, perro controlado.
El chip sería quizá el depositario último de la fe canarista, una línea ideológica que comienza en la Atlántida y termina con Don Omar y con Pancho, nuestro volcán tranquilo favorito, paradigma de la intranquilidad.
Puestos a menear símbolos, la ponencia parlamentaria de reforma del Estatuto de Autonomía (¿han leído alguna vez una concentración de palabras horribles más larga?: ponencia, parlamentaria, estatuto, todo suena a espanto) discute ahora si le cuelan a la bandera las siete estrellas verdes o no. La medida tiene un cometido doble. Por un lado, hacer aún más espantosa la bandera canaria, una insignia a la que solo le falta el color rojo para ganar el premio al diseño más desastrado, en dura competencia con Sudáfrica y su diseño a la mandela. Por otra parte, despojar al nacionalismo independentista de una de sus señas de identidad más clamorosas. En cuanto un historiador pesado descubra que los guanches en realidad fueron todos una entrada de colaboracionistas con el godo invasor, ya tenemos seis meses de risas garantizadas y al guancherismo ilustrado con un despiste agónico.
Las siete estrellas verdes, para acabar de liarla, podrían ser la excusa perfecta para cambiar el himno de Canarias por esa festiva tonadilla que es Me gusta la bandera, gran éxito en chuletadas y viajes de fin de curso. Hablando de verde, ¿ustedes vieron alguna vez al volcán de Güímar más verde que en el anuncio de la autopista? ¿Desde cuándo se anuncian las autopistas? Ahora se puso de moda montar campañas de publicidad que disculpan las obras, lo que demuestra un pánico visceral ante el único componente de la idiosincrasia canaria que uno considera común a todos los isleños: el trinque.
El canario medio está fundamentalmente trincado. Es una mezcla explosiva: ignorancia supina y enfado tremebundo, como un can desencorallado, como una banderola sin estrellas, como un himno estrellado. Los símbolos patrios convencionales son tan dudosos que permiten cualquier modificación.

Trillo y el honor (?)

En una cultura que sacralizara la concepción del honor, Federico Trillo ya se habría hecho el «hara-kiri». O habría saltado desde lo alto de las alzas de sus zapatos, «¡Viva Honduras!», y pabajo. Pero ocurre que Federico Trillo pertenece a una casta, la política, en la que el sentido del honor no alcanza, no ya para el «hara-kiri», ni siquiera para la dimisión.

Porque a ninguna exigencia moral se le consentirá nunca estorbar el único propósito que termina siendo capital en política: la supervivencia personal, la conservación del pesebre, así sea rebajándose uno como lo hace Trillo.

Tengo la certeza de que, en el ámbito militar, la supervivencia personal importa menos que las exigencias morales y que el sentido del honor. Sólo esto ya unge de superioridad moral sobre la casta política a las familias del Yak, que han de ver cómo una tragedia inmensa, en el Congreso, es diluida en la retórica política de quien no aspira sino a sobrevivir en su escañito, en su covachuela, en su pequeñez de hombre de cabotaje, en su plato de garbanzos con el que atravesar todo el invierno de nuestro descontento.

La ira de los familiares del Yak, además de legítima, es insobornable: a éstos no los va a silenciar Trillo arrojándoles un euro, ni parapetándose en la mentira, ni trasladando el marrón para que se lo coma otro.

La prioridad de la supervivencia personal es la que, para el PP, convierte el Yak en algo que ya debiera estar superado: sólo en términos políticos una tragedia inmensa puede convertirse en un tema con fecha de caducidad. Para los familiares del Yak, nada está superado, no mientras Trillo se burle de ellos desde el escañito, desde las alzas de sus zapatos.

Por eso, porque una ira legítima la entiende el PP sólo como un estorbo político, algún diputado de la misma ralea que las hienas les llamó, a los familiares del Yak, la otra tarde en los pasillos del Congreso, «Gentuza». Antes incluso del accidente, este adjetivo uno tiene claro quién lo merece más. No precisamente el que vive prefiriendo el compromiso y el honor a la supervivencia personal. Sino más bien quien, con tal de sobrevivir, se mea en las exigencias de lo moral. O sea, toda esa casta a la que pertenece Trillo arropado por su partido a pesar de una tragedia que no acaba

De victorias machangas

La épica victoria de CC en el Congreso de los Diputados, consiguiendo los votos necesarios para aprobar una moción transaccional que reconoce al Estado como competente en la homologación del profesorado universitario, es una de las machangadas más brillantes paridas por los nacionalinsularistas en los últimos años. Una victoria machanga y rastacueril que se está empleando como nueva cortina de humo entre la ciudadanía y el conflicto docente en ambas universidades del Archipiélago. En ningún caso los profesores de las Universidades de La Laguna y Las Palmas (ni sus juntas docentes, ni sus claustros, ni sus comités de huelga, ni sus rectores) han cuestionado jamás que su homologación salarial se integre en el ámbito competencial del Ministerio de Educación. ¿De veras cree José Miguel Ruano y sus corifeos que catedráticos, profesores titulares e investigadores son tan lerdos? Después de más de una década de espera, después de un sistema de valoración de méritos cada vez más caótico y disparatado, después de la penúltima exhibición de altanería ensoberbecida por parte de la dirección de la Consejería, negándose a negociar mínimamente el protocolo que regula los méritos con las comunidades universitarias, lo que demandaban los docentes es que una parte de los complementos que abona la Administración autonómica se integrasen en sus nóminas y quedasen, así, consolidados. Una iniciativa que se ha ejecutado en varias universidades peninsulares a la espera de la homologación que deberá decidir (y abonar) el Ministerio de Educación.
Hasta ayer mismo el consejero Ruano y sus polimorfos directores generales se habían negado a sentarse a negociar con los representantes de los profesores universitarios. Los argumentos esgrimidos han sido dos: primero, que la reivindicación salarial no era cosa de la Consejería de Educación; segundo, que la Consejería de Educación no negociaba, qué majestuosidad institucional, con comités de huelga. Se trata, obviamente, de dos pueriles excusas, encaminadas a deslegitimar la huelga y a dejarla pudrir. La moción transaccional presentada por Paulino Rivero se utiliza como la guinda de este cóctel de desprecio y cerrilismo que se bebe Ruano calmosamente cada mañana en la que las aulas de las universidades canarias permanecen vacías.
Las aulas permanecen vacías pero, como recordaban ayer en estas páginas dos profesores, Manuel Liz y Margarita Vázquez, en las universidades canarias se sigue trabajando: no se han detenido los proyectos de investigación, ni los laboratorios, ni los programas de los becarios. La Consejería no solo se está vacilando del profesorado: lo ignora, lo atropella y lo humilla. En lugar de urdir complicidades con ambas instituciones y sumar frente al Ministerio de Educación voluntades a favor de la homologación (y de fondos para investigación) los coalicioneros aprovechan el tótum revolútum de la Cámara baja en la presente legislatura y agitan una ridícula moción (la consagración de una obviedad) para desacreditar a sus universitarios ante la opinión pública isleña. Y de nuevo, todo por Canarias.

Payasos

Payasos de todo tipo y pelaje. En ese registro, las variedades ibéricas son dignas de una serie del National Geographic: payasos de gaviota desplumada, escapulario y corbata fosforito, payasos a los que les tocó la lotería un 11-M y no saben qué hacer con el décimo, payasos de la Izquierda Unida Verde Manzana Federal del Circo Price, payasos que compran votos con chanchullos, subsidios e inmigrantes, payasos periféricos que ya se cargaron una monarquía y dos repúblicas y a quienes sólo importa la caja registradora de su tienda de ultramarinos, payasos que falsifican la Historia según quién les ceba el pesebre, payasos de uniforme, fajín y menudillo de Yak bajo la alfombra, payasos episcopales y casposos incapaces de retener a la clientela, payasos analfabetos que dicen representarme aunque son incapaces de articular de modo inteligible sujeto, verbo y predicado, payasos cuñadísimos con moto de agua y camisa intrépida de General Mandioca, payasos de la demagogia galopante y omnipresente, payasos y payasas de género y de génera. Y de postre, para rematar el circo, todos esos Payasos sin Fronteras, Payasos del Mundo, Payasos Solidarios, Payasos en Acción, que de vez en cuando escriben cartas protestando porque, en legítimo uso de la acepción principal de la voz payaso en el Diccionario de la Real Academia Española –persona de poca seriedad, propensa a hacer reír con dichos o hechos–, llamo payasos a tantos a quienes, en realidad, debería llamar irresponsables hijos de la gran puta.

No saben...no recuerdan

Que la Sociedad Estatal de Participaciones Industriales y los sindicatos hayan llegado a un principio de acuerdo, y que se mantenga al astillero gaditano de San Fernando en la actividad militar, es una buena noticia para todos y especialmente para los trabajadores, pero lo siento por esa dinámica defensora del mundo del trabajo, llamada Teófila Martínez, porque a falta de otras tribunas para enardecerse ya no puede desmelenarse en la calle a favor de los obreros. Además, ya antes del acuerdo, los trabajadores la echaban de las plataformas reivindicativas tan pronto supieron que el Gobierno del PP proyectaba hace un año cerrar cinco astilleros, que era algo que seguramente no sabía Teófila porque no se entera, o si lo sabía lo calló para no evitar la demagogia. Tampoco debía saberlo Francisco Camps, el presidente valenciano, que no sólo estaba por defender a los trabajadores de su territorio sino por solidarizarse con los de Teófila y con todos los que se pusieran por delante en la manifestación contra Zapatero. Le ocurriría lo que a Rajoy: que no está enterado de lo que hacía el gobierno del que él formaba parte en materia de vivienda, y de cuyas consecuencias vivimos hoy, a pesar de que la actual ministra del ramo no sea un prodigio en su actuación, porque si no hubiera implantado él esas medidas que ahora plantea, que tiempo tuvo, no sé si para resolver el problema a favor de los ciudadanos o a favor de los especuladores. Ufano sí que está de sostener lo mismo que Cascos sostenía: que la vivienda estaba por las nubes porque se vendía toda, porque había mucho rico que la compraba y mucho pobre que se hipotecaba hasta las cejas gracias a que el PP generaba riqueza a mogollón. El nuevo gobierno sólo tiene seis meses. Poco tiempo aún. No para que lo haga mejor, sí para que otros pierdan la memoria y la vergüenza.

Cuando las leyes atacan a la gente

Un código penal que, entre otras cosas, retuerce la compraventa de contenidos digitales dándole todo el poder el vendedor, con el respaldo de la ley (y de la policía). Patentes de 'software' enloquecidas que amenazan con arruinar empresas. Toda una generación de líderes de opinión e intelectuales de rancio abolengo democrático están, en su profunda incomprensión de lo que sucede, permitiendo un ataque legislativo sin precedentes contra toda una tecnología, contra toda una cultura. Cuando las leyes atacan a la gente, la gente necesitará alternativas para protegerse. Los guardianes y creadores de la ley debieran ser cuidadosos con su uso: una vez degradada es muy difícil devolver el debido respeto a una legislación mancillada.

No es justo que, según una lectura ingenua del nuevo artículo 270 del Código Penal español, el vendedor de un CD de música tenga a partir del pasado uno de octubre el derecho de decir al comprador cómo y cuándo escuchar la música que compró. Lo dice en el Apartado 3, cuando estipula que si la fonográfica en cuestión incluye en el disco un programa que sólo permite escuchar una canción los jueves anteriores a la luna llena, el propietario del disco no tiene derecho a poseer una herramienta para escucharla otro día. Mejor dicho: si posee una herramienta así, es un delito penado con prisión de seis meses a dos años y multa de doce a veinticuatro meses.

No es justo que, según una lectura ingenua del nuevo artículo 286 del Código Penal español, yo no pueda compartir MI conexión ADSL (comprada y pagada religiosamente) con quien a mí me de la gana, no vaya a perjudicar a la operadora de telecomunicaciones. También está penado eliminar la 'esclavitud' de MI teléfono, incluso si el periodo pactado por contrato ha transcurrido ya y (como es habitual), la empresa remolonea a la hora de cumplir con su compromiso de liberar el aparato.

No es justo que, según una lectura ingenua de las patentes 5.226.161, 5.206.951 y 5.421.012, que no debieran haber sido concedidas jamás, Kodak pueda exigir a Sun Microsystems más de 1.000 millones de euros con el respaldo de la ley (y del gobierno) estadounidense.

Las leyes se han vuelto locas. Atacan a las personas, y a la lógica. Y lo hacen de un modo muy específico: le dan cada vez más poder a los vendedores y le quitan poder a los compradores. La ley se alía cada vez más con uno de los bandos en la compraventa digital, desequilibrando el intercambio a favor del grande. Estas nuevas leyes convierten en la práctica al estado en el guardaespaldas de la industria cultural y de contenidos.

Y luego se extrañan de que haya 'piratería'. Cuando los contratos son manifiestamente injustos y están apoyados por leyes absurdas que no se pueden hacer cumplir hay que preguntarse si lo que llaman 'piratería', no es sino desobediencia civil. Una pacífica forma de enfrentarse a leyes injustas.

Los datos indican que la idea de demandar a la clientela no funciona. Hasta tal punto que ya hay compañías que retiran, voluntariamente, sus sistemas de protección para evitar el repudio de sus clientes. En España, mientras tanto, protegernos esos mismos sistemas de control de copias con todo el peso del Código Penal.

Pero los datos no detendrán este enloquecimiento legal, este encarnizamiento de la propiedad intelectual e industrial con el que una generación de líderes poco versados en la Red parece estar dispuesta a encenagarnos a todos. Las leyes están entrando en vigor, y una vez en marcha habrá que utilizarlas. Habrá redadas, y procesamientos, y argumentaciones de abogados; habrá arrestos, y hasta condenas. Se perderá mucho tiempo y mucho dinero en intentar aterrorizar a la gente. Habrá quien acabe seriamente damnificado por injusticias cometidas con todo el peso de la ley. Las cosas tendrán que ir a mucho peor antes de que puedan ir a mejor. Y tal vez todos tengamos que hacer algo.

Programadores y programadoras tendrán que explorar los límites abiertos por ese 'específicamente' en el artículo 270 a la hora de diseñar programas para saltarse límites absurdos. Habrá campañas de autoinculpación masiva para bloquear los tribunales. Habrá que pasarse a redes privadas de intercambio P2P según el modelo Freenet o Waste. Habrá que utilizar los recursos del 'copyleft', como las licencias 'Creative Commons' en castellano y catalán. Habrá que inventar sistemas que reconozcan los derechos morales y económicos de autores e intérpretes sin limitar la difusión de la obra creada ni amenazar con la cárcel a quien la disfrute.

Será necesario convertir la amenaza para la cultura en que se están convirtiendo las leyes que supuestamente la protegen en un asunto político de primer orden. Habrá que luchar.

La alternativa es un páramo creativo; un mundo en el que la música, la literatura, la imagen y el cine sólo puedan ser creados, distribuidos y consumidos por quien, cómo, dónde y con el precio que la industria que los fabrica desee, con la garantía de la policía y los jueces y sin que nosotros tengamos derecho alguno. Sólo el de pagar. Y pagar.

El desmayo del oso pardo

Fraga Iribarne se desmaya mientras discursea en el Parlamento gallego, varios diputados le auxilian para que no se desplome y se le traslada en silla de ruedas hasta los servicios médicos de la Cámara. El diagnóstico político del PP es que Fraga está hecho un toro, tal y como han podido comprobar los televidentes. Si uno muestra reservas, le acusan de gerontocida o le ponen como ejemplo a Adenauer, pero éste no se babeaba en el Reichstag. El incidente del octogenario presidente de la Xunta es, simplemente, un episodio más de la fascinante técnica política multiplicada por el PP hasta el infinito: negar una y otra vez cualquier evidencia, incluso su muy evidente derrota en las elecciones generales del pasado marzo. El XV Congreso del PP ha escenificado el esplendor del palimpsesto como estilo retórico, ya que no literario. Y la intervención de Aznar una exhibición tan espeluznante de sectarismo, chulería e irresponsabilidad que le ha costado a uno un par de días recuperarse.
He aquí una derecha cansada de simular ser un centro reformista, porque achaca al centrismo que nunca ejerció parte de la evaporación del poder,y cuyo nuevo secretario general, Ángel Acebes, se muestra tan moderado que acusa al PSOE de llevar al país a la víspera de una guerra civil. Después de un cuarto de siglo de democracia parlamentaria jamás había uno escuchado tales enormidades proferidas miserablemente como quien jura venganza en cuanto vuelva a disponer de ministerios, mayoría parlamentaria y presupuestos públicos. Algunos comentaristas se compadecen de Rajoy, pero cae la razonable sospecha de que Rajoy no piensa de manera sustancialmente distinta al intelectual orgánico del PP, segregado por Aznar, Acebes, Javier Arenas y Eduardo Zaplana entre otros pensadores moderados de Dios te libre. Aparte de asumir resignadamente los imponderables de la herencia aznariana, Rajoy se reserva el derecho de proyectar a la ciudadanía una imagen tranquila, razonable, pactista y mínimamente civilizada, mientras que Acebes comanda la jauría antisocialista, antimasona y antiseparatista. Un binomio funcionalmente similar al que integraron con éxito Felipe González y Alfonso Guerra desde finales de los años setenta.

Paranoia

Finalmente comparecerá Aznar, y también el ex secretario de Estado de Seguridad Astarloa, pero no habrá en la comisión del 11-M el desfile de confidentes (presuntos delincuentes) que pretendía el PP. La convocatoria de Aznar provocó de inmediato réplicas en cascada de Rajoy y Zaplana exigiendo al presidente Rodríguez Zapatero que acuda a explicar lo que hizo el PSOE y él mismo entre el 11 y el 14 de marzo (día de las elecciones). Todo ello en un clima de exasperación ante su propio aislamiento parlamentario. Por lo demás, la lista presentada por el PP más bien indica que la paranoia particular de algunas personas está prendiendo en ese partido.

Nunca fue cierto que Aznar no tuviera nada que aportar, como dijeron algunos socialistas, pero resultaba defendible la idea de que era conveniente evitar el precedente de un ex presidente llamado a declarar ante una comisión de investigación. Lo que Aznar puede y debe explicar es precisamente sus decisiones personales -demasiado personales- en relación a la respuesta política a los atentados: por qué rechazó la posibilidad que se le sugirió de convocar el Pacto Antiterrorista, o una reunión de todos los partidos democráticos para hacer una declaración y una convocatoria conjunta a la manifestación del día 12.

También contribuiría a acercar a la comisión a sus objetivos iniciales -y cuadraría con lo que cabe esperar de un ex presidente del Gobierno- que Aznar ofreciera sus reflexiones sobre los errores (subestimación del terrorismo islámico, etcétera) que él mismo reconoce en su libro. La comisión creada en EE UU sobre el 11-S se marcó tres objetivos: ¿por qué ocurrió?, ¿por qué nos cogió desprevenidos?, ¿cómo evitar que se repita? De acuerdo con ese planteamiento, la comisión ni siquiera entró a discutir las teorías estrambóticas que circularon sobre el origen de los atentados (conspiración israelí, etcétera)

Aquí, partiendo de la hipótesis de la autoría de ETA, refutada por los hechos, se ha producido un deslizamiento hacia diversas conspiraciones: colaboración de los islamistas con ETA, o con sectores de la policía o la Guardia Civil, o con los servicios secretos marroquíes, o de todos ellos a la vez, cruzando datos circunstanciales para meterlos a martillazos en un esquema previo de sospecha universal. La investigación judicial (y la policial encargada por los jueces) tendría que verificar cualquier indicio que apareciera; pero ya es bastante delicado el funcionamiento en paralelo de la investigación judicial y la parlamentaria para pretender convertir a esta última en un tribunal con jurisdicción mundial. O en un diván: la paranoia es una forma de delirio que hace ver por todas partes indicios de una implacable persecución.

Las declaraciones de ayer de Rajoy pueden considerarse la proyección política de ese delirio: la búsqueda de razones diferentes a la voluntad de los electores para la derrota del PP. Es decir, el intento de deslegitimar taimadamente la victoria de Zapatero. Que hubiera errores circunstanciales de algunos medios o que sean criticables -como lo criticó el editorial de este periódico del 14-M-los gritos de los manifestantes ante las sedes del PP en la jornada de reflexión no significa que los votantes, miles de ellos, fueran manipulados, como sigue tratando de autoconvencerse el PP. Simplemente ocurrió que decidieron votar. Y eso no lo puede cambiar ninguna teoría conspiratoria.

Mentiras, nervios y medallas de oro

Todavía no ha devuelto Aznar los documentos que le sustrajo al Estado y se descubre ahora que compraba prestigio personal a precio de oro y pagábamos nosotros la factura. Lo primero lo contó él mismo, y lo segundo, lo ha contado la SER con documentos, sin que él lo haya desmentido. Lo que hizo en México fue quejarse de que la verdad lo deshonre. Y la verdad es que la verdad lo deshonra. Eso es lo que ha tratado de paliar ayer Zaplana, pero Zaplana no ha remediado nunca nada con la verdad sino desviando el tiro. Y ahora ha hecho lo mismo: lo malo no radica en el empleo del dinero público en peanas personales, sino en una campaña de linchamiento y revancha del gobierno que entra contra el gobierno que sale. En el supuesto de que eso fuera cierto es una desvergüenza que Zaplana se atreva a decir que tales linchamientos son insólitos en democracia y que nunca antes se ha dado aquí una situación así. Sin documentos como los que ahora se exhiben, el gobierno de Aznar hizo uso de todo tipo de trapacerías contra el de Felipe González, en algunas ocasiones con demostrados infundios. No hay más que irse a las hemerotecas. De modo que aunque no se dude de que Zaplana miente podría pensarse que ha perdido la memoria. Y, aunque para que la mentira fecunde es necesario contar con la amnesia de los demás, para mentir con éxito es necesario contar con la memoria propia. En la espléndida novela de Javier Marías Tu rostro mañana se lee: "Y es cierto que la mentira exige capacidad de fabulación y de improvisación, e inventiva, y memoria férrea, y arquitecturas complejas, la practican todos pero son pocos los facultados". Pero el problema de Zaplana no es que carezca de memoria, sino que está convencido de que los demás somos unos lelos que padecemos amnesia. Y encima si lo llaman mentiroso, aunque poco facultado, es capaz de ofenderse.

La medallita del ególatra

Yo comprendo que ayer, conocido que José María Aznar desembolsó unos 275 millones de las antiguas pesetas en pagar a un grupo de abogados norteamericanos para favorecer su imagen en EE UU, y para conseguir las firmas que lograran para él la medalla de oro del Congreso de aquel país, Llamazares, indignado, hablara de delito. Los milloncejos no los había pedido al banco un acomplejado ególatra para fabricarse una peana; los dólares para saciar el complejo de inferioridad de aquel del que con razón decían ayer los republicanos catalanes que había que analizar su perfil psicológico, habían salido del presupuesto de Asuntos Exteriores. La risa que me produjo este descubrimiento del que va comprando apoyos para enaltecerse, acabó pronto; tan pronto como descubrí lo cara que me salía esta risa si pensaba en mis impuestos. Habrá o no delito, y si lo hay que se pague, pero yo me sentí estafado. Todavía estoy oyendo al propagandista Zaplana acusando de envidiosos a los que comentaban este reconocimiento que habían encargado comprar para la gloria del gran jefe. No es que descubramos de pronto cómo se fabrican estos pequeños dioses, ni que nos resulten nuevas las factorías de los falsos prestigios, ni que desconozcamos los negocios de la propaganda para dar gato por liebre, pero sí podemos comprobar ahora de modo fehaciente otro patético episodio que demuestra el atrevimiento de la vanidad. A la luz de este nuevo escándalo se entiende mejor al presumido que nos gobernó y sus actitudes de desdén. Perplejo aún, voy a llamar al psiquiatra Castilla del Pino por ver si me lo explica, pero estoy seguro de que Castilla me va a decir que él ya hace tiempo que lo tiene claro. Son otros los que se lo tienen que explicar. Los que aún no se explican por qué Aznar nos implicó en la guerra, a lo mejor, ahora, van y lo entienden.