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Nadir

Macrobotellon

Mi patético proceso de puretización avanza implacablemente y quizás una de sus consecuencias -confío en que sea la peor: una confianza ingenua, desde luego- es el asco por la fiebre de los macrobotellones. La puretización -debe de ser eso- te obliga a contemplar con escasísima simpatía esa concentración de pibes y pibas que se dedican a mezclar bebidas alcohólicas, a reírse y a chillar y a poner el volumen de sus aparatos de radio a la máxima potencia en plena calle. En los tiempos de AP (Antes de la Puretización) quizás uno era tan imbécil como para entender el botellón como un ejercicio de las libertades de expresión y de reunión o como un peldaño más en la evolución del ser humano. Ahora, en la era DP (Después de la Puretización), el botellón se me antoja una explosión de idiotez colectiva, aunque nimbada por el irrepetible encanto de la juventud. El pretexto inicial del botellón se basaba en argumentos económicos: las bebidas eran muy caras y salía más barato adquirir alcohol y gaseosas en tiendas y gasolineras a partir de una vaquita solidaria y tal. Un argumento sospechoso, porque los adolescentes de los años setenta disponíamos de perras tan escasas como los heraldos del nuevo milenio, y encontrábamos siempre la forma de empeduzarnos debidamente, y si había que empezar (y a veces acabar) con el vino con vino de Artillería, pues se hacía y punto. En todo caso la apología economicista del botellón resulta inverosímil. El botellón es un nuevo estilo de relación social entre la pibada y tiene escaso contacto con los precios de las bebidas alcohólicas y la oferta de bares y pubs, y aunque uno lea divertidos artículos y hasta sesudos ensayos que le otorgan la cualidad de un enriquecedor rasgo antropológico, no deja de ser un modelo de diversión abusivo, entrometido y caro.
Los anónimos convocantes de los macrobotellones no se preocupan por organizar sistemas de seguridad, ni garantizan que los orines y residuos de las francachelas callejeras sean eliminados al amanecer, ni vigilan el volumen de sonido atronador que alcanzan las radios y los reproductores de música. Que se encarguen de tan prosaicos menesteres la Guardia Civil, la Policía Nacional y los servicios de limpieza municipal. No es asunto de ellos. Es asunto de funcionarios públicos que deben desatender sus obligaciones y deberes cotidianos para soportar a pibes borrachos como cubas, reprimir broncas y realizar controles de alcoholemia, a cuenta de los recursos presupuestarios públicos. Es muy, muy divertido.

Alerta naranja

No puedo soportar los titulares de los periódicos canarios de los últimos días. Estallidos de tinta como Tenerife, en emergencia (por citar un rotativo tinerfeño) o Canarias colapsada (por mencionar un diario grancanario). Todos se han portado más o menos igual: lanzando andanadas apocalípticas para estremecer a los lectores. Pero cualquiera puede comprobarlo: los niños asisten a las escuelas, funcionan los hospitales y centros de salud, te sirven el barraquito en el bareto de la esquina, tomas la guagua para subir a La Laguna. Tenerife no vive una situación de emergencia. Canarias no se encuentra colapsada. Nadie nos invade, salvo nuestra sublime ignorancia, nuestra desinformación, nuestro miedo idiotizador o el afán de vender periódicos embadurnados de bazofia alarmista. Los periodistas estamos hipotecando nuestra responsabilidad social a cambio de cuatro, cuarenta o cuatrocientos ejemplares más vendidos en los kioscos durante dos, tres, cuatro días, acaso una semana. Luego escribiremos lacrimógenas columnas cuando arda el próximo centro de acogida de menores extranjeros, o nos horrorizaremos ante broncas tabernarias entre blancos y negros o nos indignaremos al descubrir casos de despiadada explotación laboral o arrugaremos la nariz exquisitamente por comportamientos violentos de grupúsculos de inmigrantes en los municipios de los sures isleños.
Lo que está ocurriendo, ciertamente, no es una minucia. Sobre todo para los inmigrantes: los que terminan en el fondo del mar y los que llegan para ser repatriados en el plazo de algunas semanas.Pero ya ha sucedido antes. Hace muy pocos años más de 500 personas se hacinaban en la terminal del antiguo aeropuerto de Fuerteventura. Quinientas personas, cuatro retretes, dos duchas que se averiaban alternativamente. Cuarentones y adolescentes, hombres y mujeres, sanos y enfermos, sobre mugrientas colchonetas y cubiertos por mantas cuarteadas, y en la noche, lágrimas, broncas, risas amargas, amenazas, relaciones sexuales consentidas y forzadas. ¿Ya no lo recordamos? ¿Qué mierda estólida y miserable ha sustituido a nuestra memoria? Pero ahora, ah, es que ahora llegan a Tenerife y a Gran Canaria y estallan todas nuestras miserias bajo los focos de los medios de comunicación, entre las cuales no es la menor la incapacidad de instituciones públicas y fuerzas políticas para comprometerse en una política común de inmigración y su repugnante inclinación -en la que destaca el PP- a rentabilizar electoralmente este drama bochornoso. Solo existe una solución y es compleja, difícil, erizada de contradicciones coyunturales y a largo plazo: la transferencia de capital, formación y tecnología al África occidental, y mientras tanto, el fortalecimiento de los sistemas de vigilancia y emergencia y la agilización en las extradiciones. Todas las demás alertas son de color miserable.

Vestido o disfraz

Desde que vi la foto en la que aparecía la vicepresidenta del Gobierno con el mismo atavío de las mujeres africanas con las que celebró el Día de la Mujer estaba esperando la ridiculización correspondiente de algún zafio o zafia de la derecha salvaje. Y ayer llegó lo que esperaba: Eduardo Zaplana, el más caracterizado portavoz de la derecha excesiva, o derecha yuyu, al que no veremos nunca en tierra de pobres porque gusta de broncearse en los paraísos fiscales en los que retribuye a Julio Iglesias, se mostró burlón ante el vestido de la vicepresidenta en el mundo deprimido. Este experto en indumentaria, tan abierto a otras culturas que llama disfraz con desprecio a los trajes étnicos, estaba hasta ahora demasiado ocupado en la indignidad de sus maniobras y estrategias de las insidias de demócrata dudoso y conspirador profesional como para ocuparse de los vestidos. Quizá hubiera preferido a la vicepresidenta en la foto de un paseo en el Rolls Royce de la corrupción de algún alcalde de los suyos; con unas gafas de sol, tipo Carlos Fabra, o entrando en la cárcel como su correligionaria de Telde, en Gran Canaria. No creo que aspirara a verla disfrazada de Zaplana, de quien algunos pronostican que llegara el día en que vista su verdadero traje, porque en un ámbito puramente estético, sin entrar en la ética, semejante disfraz de reconvertido en pijo acabaría con la fama de buen gusto del que, por lo general, goza Fernández de la Vega. A la vicepresidenta le bastó con mostrar su orgullo de haber representado a las españolas entre las mujeres africanas que necesitan su apoyo y demostrar así cómo una vicepresidenta viste mejor de tal cuando está donde debe. Luego fue muy gráfica: dijo preferir esa foto de paz a la famosa foto bélica de las Azores. Benévolas, sin embargo, estuvieron las mujeres socialistas al llamar a Zaplana misógino; la misoginia es a veces tan sólo una consecuencia más de la estulticia. Pero si lo hemos visto reírse mientras hablaba una víctima de una masacre, qué no se podrá esperar de un cabrón de éste calibre.

Cuchillos

Una vez me detuvieron en el control de seguridad de un aeropuerto. Un guardia civil aseguraba que llevaba un puñal en el bolsillo de la cazadora. Yo le dije que era imposible, pero él se empeñó en registrar esa prenda y para mi sorpresa extrajo un cuchillo de comer pescado.
Estaba en un bolsillo con cremallera que habitualmente no utilizaba y el utensilio se encontraba todavía envuelto en un plástico hermético. Al principio me parecía absurdo que un cuchillo de pescado estuviese en mi cazadora, pero después de unos segundos recordé que lo había recibido con el ejemplar de un periódico que durante un tiempo estuvo regalando una cubertería pieza a pieza. Le dije al guardia que me disculpara, pero él me miraba como si fuera un terrorista y estuviera a punto de secuestrar el avión a golpe de pescado.
Durante unos segundos tuve miedo, me imaginaba a mí mismo detenido junto con la bolsa que tenía el arma homicida. Por mi mente pasaron las peores imágenes de cárceles y torturas, así que le dije al guardia que se lo podía quedar, que no me había dado cuenta que lo llevaba, que no lo quería. El agente sopesaba el cuchillo con el gesto experto del que está acostumbrado a valorar el riesgo de atentados o secuestros. Me miró y entonces me lo devolvió diciendo que no importaba, que me lo podía llevar, que me marchara.
Yo insistí en que por favor se lo quedara, que a mí me podía dar problemas en otro control y la verdad es que no quería para nada ese cuchillo. Es más le juré que no me gustaba el pescado, que todo era un error, pero el hombre fue inflexible y me obligó a quedarme con él. Crucé el control y cuando me senté en la sala de espera, no sabía si sentirme aliviado o indignado. Me cabreaba que ni siquiera hubiese considerado la posibilidad de que yo fuera un terrorista. Había sido evaluado como un pobre diablo con un cuchillo de pescado. Estaba tan frustrado que me entraban ganas de sacar el cuchillo en medio del vuelo y destripar a algún besugo que hubiese en el menú.
Claro que por esa época en los aviones ya no daban comidas, así que al final lo tiré en una papelera antes de embarcar. Había estado a punto de vivir una gran aventura, pero no había dado la talla como terrorista potencial. Mi viaje continuó sin problemas hasta que a la vuelta de nuevo un guardia me dijo que tenía que revisar mi equipaje.
Esta vez ya no me hizo tanta gracia, ahora estaba seguro que no llevaba ningún cuchillo. Además estaba cansado y no me apetecía ser registrado. El caso es que tuve que abrir la maleta y sacar mi neceser para enseñarle las tijeras que utilizaba para cortarme las uñas de los pies. Me sentía como un idiota enseñando mis intimidades a varios guardias civiles, que volvieron a evaluar el instrumento para determinar su peligrosidad potencial.
Esta vez el veredicto fue que tenía que dejarlas en tierra. Por lo visto en esa ocasión sí tenía pinta de malo, pero yo no quería disfrutar de mi triunfo, los alicates de podólogo me habían costado un montón de euros y no me apetecía perderlos. Se lo expliqué al agente, pero fue inflexible en su decisión, las tijeras eran un peligro y yo también, aunque lo segundo no lo dijo, claro.
Así que nunca más cortaré las uñas de mis pies con esas alicates, pero como soy un tipo duro puedo hacerlo con los dientes. El caso es que en el próximo viaje tengo que traer una cuchara y estoy un poco asustado.
Tengo que acordarme de facturarlas porque las cucharas son armas peligrosas, sobre todo en manos de un niño cuando come su papilla. Otra idea es hacerme en la nariz un piercing con la cuchara.

Ronquidos

Conforme han pasado los años he perdido muchas palabras y ganado algunos ronquidos. Al principio observé que perdía las palabras extranjeras. Aquellas que no utilizaba desaparecían de mi conciencia dejando solo un vacío en el sitio donde solía estar ese término. Pero el hecho de que no estuviera la palabra no eliminaba la sensación de que yo alguna vez la supe y la utilicé. Esa sensación, era parecida a la marca que se queda en la pared de una habitación cuando quitamos un mueble que lleva mucho tiempo apoyado sobre ella. El mueble ya no está, pero se intuye su presencia pasada en ese cerco. Con las palabras pasa lo mismo, dejan marcas sobre las paredes del cerebro y por eso uno siente que lo han desvalijado, que le han robado algo que era suyo. Pero al principio solo me ocurría con las palabras extranjeras y con ellas la sensación de pérdida es menor porque en cierto modo no nacieron conmigo. Términos en alemán, francés o inglés desaparecían de mi cerebro dejando sólo el regusto amargo de su anterior posesión. Claro que eso es lo lógico o al menos eso dicen los expertos, que las palabras extranjeras que no se utilizan se oxidan y se olvidan. Así que durante años he sufrido ese proceso de expoliación de mi vocabulario en otros idiomas, sin alarmarme, sin sentir otra cosa que la pena típica de no tener la excusa de utilizar esas palabras que tanto trabajo me costó aprender. Lo malo, lo grave es cuando me he dado cuenta de que la desaparición empieza a afectar a las palabras de mi propia lengua. Estoy hablando con alguien y de repente me quedo con una palabra en la punta de la lengua que no puedo pronunciar. Rebusco en mi cerebro y lo único que encuentro en una pared vacía con manchas de mudanza reciente. La edad, me dije a mí mismo sin darle importancia. El estrés, pensé en la soledad de la noche. Las prisas, las preocupaciones, el cansancio, quizás son ellos los culpables de este robo de palabras que está teniendo lugar enfrente de mis narices. Pero ahora sí, estoy preocupado, porque conforme mis palabras decrecen aumentan mis ronquidos. Yo que antes era un hombre de vocabulario amplio y claro me estoy transformando en un animal que emite sonidos ininteligibles por las noches, mientras una entidad quimérica me roba las palabras. Mi madre me mira con preocupación, quizás porque no sabe lo que está pasando, quizás porque le doy miedo. He tratado de explicárselo, pero no he podido articular nada que tuviese sentido. He tratado de pensar pero la mayoría de mis paredes interiores están vacías. Mis palabras se han mudado de casa sin dejarme la nueva dirección donde poder contactar con ellas. Ronco cada días más, y cuando no estoy roncando tengo ganas de llorar, porque yo nunca quise ser así. Yo había coleccionado palabras en varios idiomas, para poder expresarme y decir lo que sentía o pensaba, pero me las han robado y ni siquiera puedo acudir a la Policía. Escribo textos con cada vez menos palabras porque la mayoría se me han perdido. Quizás ronque con las teclas del ordenador, quizás llegue un día donde mis dedos se nieguen a pulsar las teclas como siempre lo he hecho y lo único que pueda escribir con ellos sean sonidos ininteligibles y molestos. Ya no puedo hablar en público porque me pierdo, rebuzno y parezco un demente. Por eso me he recluido delante de este teclado, por eso lanzo este mensaje de auxilio para cualquiera que sepa donde pueden estar mis palabras perdidas. Tengo miedo, porque una vez que concluya la mudanza interior no quedará nada de mí mismo en el interior de mi cerebro. Tengo miedo porque entonces mis ronquidos serán mi única conversación y el mundo dejará de tener significado para mí en ningún idioma conocido. Moriré vacío de contenido, pero lleno de ruido.

Otro año más

Por muchas preguntas que se hagan los padres que perdieron sus hijos en la masacre de Madrid de hizo ayer dos años no creo que sean las que sobre esa barbarie se hacen todavía, sin escrúpulos, algunos políticos en sus reuniones partidarias. No habían recogido aún los cadáveres o no habían acabado de despedir a sus muertos cuando escucharon de alguno de esos políticos la explicación de que los habían matado por ser españoles. Algunos ni siquiera lo eran, pero ni éstos ni los que de verdad eran españoles, podían aceptar que para la sinrazón del terrorismo pudiera darse la razón de la nacionalidad. En medio del dolor, tampoco creo que fuera para ellos una obsesión la nacionalidad de los criminales, pero de tener algún sentido eso de que sus muertos lo fueran por españoles debieron suponer que lo que se quería decir con ello es que la banda terrorista ETA era la asesina. Ahora que, después de dos años de investigación, no hay rastro de ETA en el crimen, podrían preguntarse por qué entre todos los inocentes del mundo los islamistas fanáticos y violentos eligieron a los suyos, pero no creo que en el dolor les merezca la pena y que tampoco esperen que ese político que se preguntaba hace unos días quiénes son de verdad los asesinos se haya preguntado por qué vinieron los asesinos a Atocha. Podrían peguntarse, eso sí, por qué si alguien aseguró que esos asesinos estaban cerca, los suyos se siguen preguntando quiénes fueron. Pero el dolor hace que esas preguntas se den por inútiles desde la convicción de que las víctimas fueron las que fueron y que los verdugos reales fueron los terroristas. Otra cosa es que al ver de qué modo algunos políticos pretenden hacerse pasar por víctimas puedan llegar a sentir la tentación de preguntarse de nuevo hasta qué punto pueden tener éstos tranquila la conciencia. Y no es que les falten informes para responderse, es que el dolor, quizá, no quiera más preguntas.

...y mucha suerte

La justicia está, mayoritariamente, en manos conservadoras. En la actualidad, la dirige el magistrado Hernando, presidente del Supremo y del Consejo General del Poder Judicial. Hernando –como Aznar, quien lo aupó a dedo- es partidario de ir por la vida “sin complejos”. Incluso provocando, como ha hecho al eludir su presencia en el Congreso a pesar de haber sido requerido para ello por todos los grupos, con la consabida excepción de sus amigos del PP. Este desplante al Parlamento tiene un antecedente. Lo protagonizó el entonces fiscal jefe de la Audiencia Nacional, Fungairiño, otro de los héroes judiciales de la derecha. Fungairiño se mofó de los diputados durante una de las sesiones de la Comisión del 11-M.
La Iglesia se encuentra gobernada por obispos ultramontanos. Blázquez, un conservador moderado, es el presidente de la Conferencia Episcopal, pero apenas puede abrir la boca. Cortan el bacalao eclesiástico Rouco Varela y Cañizares, bien vistos en el Vaticano y con lazos muy cercanos a la ultraderecha violenta y compulsiva. Los monseñores disponen además de una potente y digitalizada arma de destrucción masiva, que es la COPE. Y no se cortan ni para afeitarse. En la práctica, esta cadena ejerce de guía político de sus oyentes. Todo cuanto no es de derechas es pecado.

Respecto al Ejército, ya lo sabemos bien. Los menas son más abundantes de lo que algunos optimistas creían, aunque por fortuna estos tiempos no son propicios para la lírica golpista. Los militares, globalmente considerados –eso sí, con excepciones-, forman parte de la derecha sociológica. Como sucede también con el mundo de la empresa o de las finanzas. Estructuralmente, no es gratuito –ni casual- que un impresentable como Cuevas sea presidente perpetuo de la CEOE. Cuevas es el prototipo del franquista reciclado. Su expediente empresarial, por otra parte, es nulo. Parte de la historia de AP/PP no se entendería sin la influyente sombra de Cuevas.

Conviene recordar estas cosas porque la política no se circunscribe al ámbito de los partidos, de los parlamentos y de los Gobiernos. Esa visión es inexacta. El poder del Gobierno de turno no es escaso, pero los otros poderes pesan con fuerza en la sociedad. El poder mediático es enorme. Resulta, al respecto, muy ilustrativa la película Buenas noches y buena suerte. El director de Informativos de la CBS, Edward R. Murrow, consiguió derrotar al senador McCarthy -paladín del reaccionarismo inquisitorial-, pero su victoria fue pírrica. El director general de la cadena lo acaba despidiendo.

La derecha es omnímoda. La izquierda, no. Juega con desventaja. Lo hace casi siempre en campo contrario. Pero a veces gana. El 14-M fue emblemático porque demostró que los ciudadanos con su voto podiamos expulsar a gobernantes autoritarios y mentirosos. Pronto hará dos años. Zapatero no sólo tiene en su contra a Rajoy, sino a muchos jueces y fiscales, a muchos obispos, a no pocos militares, a Cuevas y a buena parte de la prensa. Buenas noches y mucha suerte.....

Allá como allá, y acá como acá

No faltan quienes aseguran que el fenómeno de la emigración en Canarias está lleno de ventajas porque el intercambio cultural que se produce -mejor sería decir, que debería producirse- contribuye al enriquecimiento de la población vernácula en muchas y variadas vertientes. Verdad es que quienes participan en esta manera de pensar no han tenido a bien estudiar las notables diferencias que se mantienen en un flujo migratorio que incorpora a tantos países, a tantas costumbres y a tantas formas de entender la vida. Y que, también, los emigrantes de ahora -a pesar de abandonar sus países por las mismas causas- se muestran reacios a incorporarse y a participar en la forma de vida del lugar al que arriban. Es más, no sólo se niegan a participar en los modos y costumbres de la tierra que ha tenido a bien recibirlos sino que, desde una falta de solidaridad manifiesta, tratan de imponer su especia manera de estar a toda costa. Las Islas son pequeñas -y este es un dato objetivo- y en ellas no cabemos todos los que quisiéramos; por mucha buena voluntad que se ponga en el empeño. Esta es una realidad que no merece la pena ser cuestionada y de ahí el que sea necesaria una convivencia armónica y ajena a los cotos privados. Ahora bien, las cosas no están funcionando así, ya que lo que más abunda es una separación por razas y nacionalidades que puede ser observada de puertas afuera de las casas. Determinados grupos formados por individuos foráneos no sólo faltan al respeto a los naturales sino que tratan de imponerse e imponer sus costumbres de una forma que, cuanto menos, puede ser considerada irrespetuosa. Como ejemplo a esto que decimos, las palabras del párroco de un barrio sureño que tiene fama de conflictivo -el barrio- con las que confesaba que, por los días de las fiestas del lugar, habían armado una caseta para sacar unas perras para la parroquia y tuvieron que terminar cerrando porque un grupo de latinoamericanos montó otra a su lado para invadir con su música a todo volumen y la grosería de su gente a todo el espacio circundante. Sigo preguntándome si los canarios que un día emigraron se atrevieron a actuar de la misma manera allá donde fueron. Seguro que no. Uno no pretende, en una población que dista mucho de ser castiza, que el emigrante doble la cerviz y permita toda clase de atropellos. Lo que uno quisiera, desde la práctica del mutuo respeto, es que aquellos que vienen con la intención de quedarse están obligados a realizar el esfuerzo necesario para compensar -y no se compensa solamente pagando impuestos- el que hayan podido establecerse en una tierra en la que se les garantiza la comida y los servicios esenciales. Unos servicios esenciales que, debido al considerable aumento poblacional, están ahora mismo colapsados. Y unos servicios esenciales, de aceptable nivel, que no se han hecho de la noche a la mañana ni han contado, porque es de justicia decirlo, con la ayuda de los que ahora vienen pisando fuerte y exigiendo derechos; solamente derechos. Si quieren vivir como allá que se queden allá y si quieren vivir como acá que traten de integrarse y acatar las reglas del juego. O lo uno o lo otro pero no, lo uno y lo otro.

Abuelos

Todo el mundo en casa está durmiendo, menos yo. Aprovecho mi insomnio para levantarme, ir a la cocina, sacar la ropa de la lavadora y poner la secadora. De esa manera tengo la sensación de aprovechar este tiempo nocturno. Pero ya no tengo nada más que hacer, así que camino por el pasillo sin rumbo fijo, con el objeto de cansarme para volver a la cama y al sueño. Pero esta noche me encuentro agitado, nervioso y mis ojos están tan abiertos que hasta mi casa me parece extraña, fantasmal. Me siento en el sillón y abro el libro que estoy leyendo estos días. Un abuelo, habla con su nieto. Intenta vivir de manera que siempre puedas decir la verdad, le dice. La frase me golpea la conciencia y me despierta más de lo que ya estaba. Ahora tampoco puedo seguir leyendo. Cierro la novela y pongo los pies sobre la mesa que hay delante del sofá. Podría encender la tele, pero mi madre ha roto el mando a distancia y no me apetece hacer zapping y footing al mismo tiempo, así que miro la pantalla oscura en la que se refleja, deformado, el sillón en el que estoy sentado. Cierro los ojos, pero no buscando el sueño, sino el eco de esa frase que acabo de leer. Intenta vivir de manera que siempre puedas decir la verdad. Me levanto mientras pienso en mi propia vida. Busco una bolsa de plástico y me acerco al revistero para eliminar los periódicos atrasados. Recuerdo un artículo que he leído hace unos días que hablaba de la verdad. Al parecer está en peligro de extinción, no puede competir contra las mentiras bien inventadas. Termino de recoger los periódicos y dejo la bolsa en el pasillo, para acordarme de bajarla a la basura al día siguiente. El sueño o el cansancio se resisten a venir. Mañana estaré agotado, pienso mientras me acerco a la ventana para mirar hacia la calle. Intenta vivir de manera que siempre puedas decir la verdad. Me pregunto si es un buen consejo de un abuelo a su nieto, o si simplemente algo que suena bien en un libro. La verdad es peligrosa y muchas veces subjetiva, ofensiva y dolorosa, pero el abuelo no le dice que la diga, sino que viva con la posibilidad de hacerlo. Me siento de nuevo en el sillón y me tapo con una manta de viaje. Pienso en mi vida. Yo no puedo decir siempre la verdad, no sigo el consejo de ese abuelo literario y sin saber porqué me encuentro un poco incómodo. Lo cual no contribuye a invocar el sueño sino a incrementar mi insomnio. Trato de hacer una lista mental de las verdades que diría si pudiera, pero no soy capaz de poner ninguna. Quiero creer que algunas cosas no las digo porque no es prudente, otras porque resultaría ofensivo y otras porque no tiene sentido decir la verdad. Mi lista se desvanece en mi cabeza como copos de nieve caídos en primavera. Intenta vivir de manera que siempre puedas decir la verdad. Lo peor es la sensación de que esa frase encierra algo de razón. Lo peor es que el sueño se resiste a llegar y mientras tanto no puedo apagar mi cerebro que sigue dando vueltas como un animal enjaulado que no encuentra reposo. Mañana todas mis reflexiones me parecerán absurdas, producto del cansancio y la falta de sueño. Pensaré que la vida no es un libro y que es muy fácil decir cosas sobre el papel, pero muy difícil saber si eso es aplicable o no a la vida real. Me dejo caer sobre el sofá y me quedo tumbado, dejando que el calor de la manta me invada lentamente. Cierro los ojos y sueño que soy un abuelo. Intenta vivir de manera que la puedas decir siempre la verdad. El nieto sonríe y se queda durmiendo.

El fin de la inocencia

Es, como todos los itinerarios que conducen a prisión, una imagen fugaz, un instante breve y confuso, vertiginoso. Estas fotografías casi siempre salen algo movidas: el bochorno deja siempre una estela desenfocada. Apenas vemos nada, pero somos capaces de imaginarlo todo, incluso el escalofrío, la incredulidad y el vértigo que recorre el interior de ese vehículo policial. Nosotros miramos al interior del coche, intentando escudriñar el rostro del asombro. Dentro, no se quiere mirar hacia fuera, ni tampoco hay tiempo de imaginar porque ya sólo cabe asumir la realidad. La escena atrapa porque es justo ese instante en el que, al tiempo que todo se hace efímero, el entorno y el devenir se ralentizan como en una película dramática. Las voces se convierten en un barullo lejano. Desde el asiento trasero de ese coche todo debe verse desde la embriagadora inconsciencia de quien sabe que no es posible despertar de un mal sueño si las pesadillas llegan en el momento en que ya hemos dejado de soñar.
El espectáculo continúa. Otro político más expulsado del que creían que era el paraíso de la impunidad y los silencios. Otro intenso calambre paralizante que recorre los tuétanos de la sociedad insular. Otra retahíla de frases en las que sólo captamos el balbuceo incoherente de una legislatura aquejada de parálisis nerviosa. Transitamos por ella de susto en susto. Otra vez el descaro, la avaricia y la imbecilidad viajando de teléfono móvil en teléfono móvil. Eolo, el Marqués, las Obras Públicas y los negocios privados. Otra vez una grabadora destapando vergüenzas, otra vez nuestra confiada confianza traicionada. Otra vez un pueblo asqueado por un espectáculo en el que las miserias parecen querer adueñarse de todo el escenario.
Otra vez la hipocresía de decir lo contrario de lo que se decía cuando la mancha de la corrupción caía sobre el otro partido y no sobre el propio. Los aspavientos de entonces son hoy compungidas llamadas a la prudencia para que nadie juzgue de antemano. Es obvio que la corrupción anida siempre cerca del poder, y es muy probable que también sobrevuele otros escenarios y siglas políticas demasiado habituadas a los pasillos lúgubres del poder. Tindaya, Icfem, Amorós? esperan en el armario. Pero los avatares del destino, esos que tanta suerte trajeron antaño, han querido poner ahora al Partido Popular de Canarias frente a su propio espejo de los horrores. Llueven demasiadas vergüenzas. Han dicho este fin de semana que quieren mirar al futuro, pero harían bien primero en mirar más cerca, incluso a su propio ombligo, al parecer lleno de mugre
Decía Churchill que "la democracia es el sistema político en el cual, si alguien llama a la puerta de la calle a las seis de la mañana, sólo puede ser el lechero". No fue el lechero, sino la policía quien llamó a tan intempestivas horas a la puerta de María Antonia Torres, concejala del Ayuntamiento de Telde. En lugar de leche, traían una orden de detención firmada por un juez. Desgraciadamente, en los tiempos actuales, la custodia de la democracia ya no es cosa de lecheros madrugadores. Lo peor es que tampoco la política parece ser ya cosa de personajes como Winston Churchill.
Es lo que pasa cuando se diluyen las ideologías y los compromisos, cuando las listas electorales se llenan de gentes con pocas convicciones, cuando sólo buscamos meros gestores, cuando creemos que los deseos e ilusiones se pueden expresar en una simple Cuenta de Resultados. Las páginas de Política de los periódicos se confunden últimamente con las de Sucesos. Sobrepasados por tantos acontecimientos, sólo atinan a reclamarnos que respetemos la presunción de inocencia para los detenidos. Es un latiguillo constante que no paramos de oír. Hacen bien en defenderla, pero no es la única que debería preocuparles. Es nuestra inocencia la que de verdad se ha ido perdiendo desde que no ha quedado más remedio que cambiar al lechero por la policía.

Aislados

Se podría pensar, piadosamente, que al concejal de Educación del Ayuntamiento de Puerto de la Cruz, Luis Pérez, se lo sacó Marcos Brito en un puesto callejero de rifas de los que pueden encontrarse en cualquiera de las fiestas de la ciudad. Luis Pérez, en esta hipótesis, sería como esas muñecas horrorosas, las célebres muñecas chochonas, que a cualquier ser humano le producen grima, pero como te la sacaste en la tómbola te la llevas resignadamente a casa. Pues la chochona ha hablado para proclamar a los cuatro vientos que la paliza que tres jóvenes le dieron a otro y que grabaron regocijadamente con la cámara de un teléfono móvil "constituye un hecho lamentable, pero aislado". Ciertamente. En ese día no se prodigaron las palizas, como no ocurrió el día anterior, ni siquiera al día siguiente. Ocurre como con los chandaleros que le han roto la boca a más de uno en las calles portuenses: son hechos aislados. Aisladamente te dejan sin dientes, aisladamente te insultan, aisladamente, asimismo, te arrojan una botella de cerveza en la cabeza, y tú, aisladamente, por supuesto, comienzas a sangrar y te caes al suelo. O te bebes una lata de refresco almacenada con raticida y tú, aisladamente, te pasas los dias y las noches apretando los dientes para no dejar que el dolor del veneno te gane una partida de cartas marcadas. Pues con las palizas escolares grabadas en vídeo ocurre lo mismo. Para Pérez solo habrá que preocuparse con responsabilidad y rigor cuando los alumnos se acuchillen las vísceras en la puerta, lo graben en Super 8 y ganen un premio de cortometrajes inéditos que convoca anualmente la revista Fotogramas. Eso ya es más serio...
Dos breves recordatorios. Este Luis Pérez es el mismo concejal de Educación -como él no hay dos- que inventó, en un alarde de creatividad político-administrativa, el libro escolar por puntos. Pérez estaba dispuesto a que el Ayuntamiento repartiese gratuitamente los libros de texto a los escolares del municipio, siempre que sus padres supieran portarse bien, y asistieran con regularidad a las exposiciones, conferencias y conciertos organizados por el Ayuntamiento. Si no acudías el día que te tocaba al Parque San Francisco, por ejemplo, se te penalizaba con tres puntos, y a los diez o doce puntos, pues tenías que devolver el libro de inmediato, para que se entregase en manos de vecinos más participativos. Y dos: ese mismo centro, el IES de Puerto de la Cruz, es el que apareció hace pocos meses con las paredes cubiertas de pintadas amenazadoras contra varios de los profesores de su claustro, para estupefacción y temor de su director y su plantilla docente. Pero todo son hechos aislados. Un nacionalinsularista debe saber que, en una isla, lo que sucede lo hace aisladamente.

Legitimidades

En los argumentarios y manuales de campaña está impreso un recurso que el Partido Popular lleva utilizando hasta la náusea en los últimos diez o doce años. A saber: el diputado, senador, ministro, consejero o dirigente del PP sube a la tribuna, toma el micrófono o se levanta de su escaño y, mirando fijamente a los bancos socialistas, les espeta: "Ustedes no tienen legitimidad moral para denunciar ninguna supuesta corrupción, ilegalidad o irregularidad". Ganaron dos elecciones generales, perdieron una; Felipe González y la dirección federal del PSOE que le acompañó desaparecieron hace una década de la escena política española. Es indiferente. El señor o señora de turno sube a la tribuna, toma el micrófono o se incorpora de su escaño y salmodia, incansable: "Ustedes no tienen legitimidad moral...". Ciertamente pueden registrarse variaciones en ese comportamiento zoológico, y no es la menos sorprendente que en el Parlamento de Canarias sea un señor como Jorge Rodríguez el que repita una y otra vez el sagrado mantra que pretende deslegitimar política y éticamente al adversario. Jorge Rodríguez, teniente de alcalde del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, debió dimitir, pocos meses antes de celebrarse las elecciones municipales de 1999, por un asunto directamente relacionado con su gestión municipal, un oscuro y escandaloso incidente sobre el que la mayoría ha pasado piadosamente de puntillas...
Está muy bien demandar (o recordar) la presunción de inocencia. Ya puestos me pido ahora mismo una tapita de presunción de inocencia y recuerdo que me la sirvan con una cervecita bien fría de confianza en la administración de Justicia. La responsabilidad política, en cambio, es otra cosa. Durante lustros el Partido Popular consideró, discursiva y prácticamente, en sus declaraciones y en sus actos, que la responsabilidad política era una consecuencia instantánea e ineludible de cualquier escándalo judicial y que debería asumirse jerárquicamente. Según la doctrina de la dirección del PP y de su jauría periodística, esperar una sentencia judicial era poco menos que un atropello moral de todo punto inadmisible. Ahora no. Ahora se suspende la militancia de cargos y ex cargos públicos detenidos y encarcelados (faltaría más) y se exige airadamente silencio y respeto a los tribunales de justicia. Es indiferente quién seleccionara a Celso Perdomo como director general de Industria o quien decidió que Antonia Torres figurara en las listas al Ayuntamiento de Telde y al Parlamento de Canarias. José Manuel Soria no sabe nada. José Manuel Soria está sorprendidísimo. José Manuel Soria no cree que la voz de Domingo González Arroyo sea la voz de Domingo González Arroyo. José Manuel Soria paga religiosamente el alquiler a su casero, que no es otro que José Ignacio Esquivel, imputado en el caso del concurso eólico, pero responsabilidades, quita, quita. Solo faltaba eso. El clon del Führer no se mezcla con la morralla. Su Chanel no es compatible.

Barranco

Otra vez corren los barrancos, y allí enfrente, a un tiro de piedra de mi ventana, se desangra de nuevo el barranco de Santos, que gorgotea su fango al entrar en el océano. Recuerdo el romance de Gerardo Diego, el romance que hace treinta años se sabían miles de futuros bachilleres: Río Duero, río Duero,/nadie a acompañarte baja;/ nadie se detiene a oír/ tu eterna estrofa de agua. Pero Gerardo Diego en particular, y la poesía en general, se han transformado en ríos silentes que ya no visitan los escolares ni en los exámenes ni en los recreos. En Canarias nos hemos acostumbrado a no escuchar a los barrancos. No los escuchamos ni al construir en sus lechos o sus paredes, ni al preparar unos Carnavales, ni al resignarnos al doloroso espectáculo de miles de litros de agua miserablemente perdidos en el mar.
Hace mucho tiempo no corrían los barrancos en Carnavales. Como no soy un especialista en patología tan compleja y abstrusa, no sé si los Carnavales chicharreros están muriendo, se han muerto ya o comienzan a agonizar. Ignoro si la Sardina ha muerto carbonizada o simplemente ahogada. Todo este debate se me antoja ligeramente esquizofrénico, y admito mi participación en la bobería quejicosa y multitudinaria. No nos ponen música y somos incapaces de ponerla nosotros. No nos sirven copas en una esquina y olvidamos todos esa milagrosa compañera, la petaca, y los pibitos, que practican el botellón todos los fines de semana del año, se sienten repentinamente perdidos y descangallados porque El Águila no ha abierto sus puertas. Caen chaparrones en invierno y, entre agoreros comentarios sobre los peligros del cambio climático, nos enfurecemos porque la lluvia y el viento nos impiden seguir bailando y bebiendo hasta el amanecer. Existe una contradicción insalvable -y a ratos grotesca- en los que proclaman que los Carnavales son del pueblo, una ceremonia a su imagen y semejanza, y simultáneamente insisten en que los carnavales están siendo sacrificados, maltratados, asesinados. La única respuesta apunta a que somos nosotros mismos los que estrangulamos el Carnaval con nuestras paridas, nuestras comodidades, nuestro adocenamiento y nuestro dramático narcisismo.
El agua por el barranco se ha amansado de nuevo. Por allí baja ahora, entre basuras y cantizales, una concejal de Obras del Ayuntamiento de Telde, pero nadie quiere verlo. Es simplemente un caso más, ¿o no? Indiferente o cobarde, /la ciudad vuelve la espalda,/ No quiere ver en tu espejo,/su muralla desdentada.

25-O

Las quejumbrosas demandas del PP en pro del restablecimiento
del consenso sobre la política antiterrorista entre los
dos grandes partidos encierran una hipócrita contradicción:
mientrasRajoy extiende una mano abierta al Gobierno para
reanudar un diálogo abandonado en la práctica, con el otro
puño enarbola un grueso garrote para sacudir sin compasión
al presidente Zapatero. Por lo pronto, la afirmación
según la cual los socialistas serían los culpables de la suspensión
del Pacto por las Libertades de diciembre de 2000 es
incierta; los populares incumplieron previamente los dos
principios básicos del acuerdo: que la dirección de la política
antiterrorista corresponde al Gobierno y que esa materia
debe quedar al margen de la confrontación pública. Sólo
Aznar recurrió entre 1993 y 1996 a la felonía de utilizar el
terrorismo como arma masiva de destrucción política del
adversario; las conversaciones de Argel en 1989 y de Suiza
en 1999 entre los representantes del Gobierno (socialista o
popular) y los jefes de la banda armada no fueron malinterpretadas
—como el PP hace ahora— para deslegitimar al
Ejecutivo. La táctica fraudulenta del consenso a palos puesto
en marcha por los populares está más próxima a la concepción
de la política de Carl Schmitt que a la teoría democrática;
tras culpar al 11-M de su derrota electoral, se diría que
los dirigentes del PP han inventado un presunto derecho a la
venganza para regresar al poder mediante la demagógica
manipulación del terrorismo.
El macabro recurso del principal partido de la oposición
a la memoria común de los muertos es otra muestra más de
calculada vileza. El móvil de la inextricable alianza del PP
con la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) —espectacularmente
visible durante la manifestación del sábado—
no es la solidaridad genérica hacia los familiares de los
asesinados o los supervivientes de los criminales atentados;
de otra forma, los populares no discriminarían groseramente
a otras agrupaciones de víctimas por razones meramente
ideológicas. Mientras los directivos de la AVT quieren usurpar
los cometidos propios de los actores políticos en pie de
igualdad con —o incluso por encima de— los representantes
de la soberanía popular, a la hora de tomar decisiones
sobre la lucha antiterrorista, el principal partido de la oposición
se conforma con teledirigir el rumbo antigubernamental
de esa organización convertida en su satélite. La fúnebre
reivindicación por el PP del monopolio de honrar la memoria
de los muertos no se propone sólo parasitar en beneficio
partidista los sentimientos de las personas golpeadas por el
terrorismo, a la rastrera busca de réditos electoralistas; esa
oportunista estrategia también intenta expulsar al Gobierno
fuera del marco de los valores y principios constitucionales.
Es absurdo imaginar que el manifiesto leído el pasado
sábado por el presidente de la AVT —un orate digno del
retablo de Maese Pedro— no había sido previamente aprobado
por los dirigentes del PP que se sumaron al acto. Los
juicios de intención, las sospechas paranoides y las imputaciones
sin pruebas del bochornoso texto reproducían en
gran medida la sarta de falsedades divulgadas anteriormente
por los populares y convertidas en premisas sagradas del
silogismo que arroja la conclusión irrefutable según la cual
ETA vendría gozando de una completa impunidad durante
los últimos años. La estrafalaria moraleja extraída por el
presidente de la AVT coincide igualmente con las calumniosas
acusaciones del PP: “No debemos permitir por un día
más que el Gobierno se arrodille ante ETA”, ni tampoco
que 30 años de crímenes “acaben con una rendición del
Estado de derecho y la humillación de las víctimas y, por
ende, de toda la sociedad española”.
Por supuesto, el presidente del Gobierno corre con la
responsabilidad de la catástrofe; el presidente de la AVT
hace suyo el término traidor acuñado en su día por Rajoy en
el Congreso para acusar bajunamente a Zapatero de traficar
con los muertos. El manifiesto desgranó el rosario de misterios
dolorosos que los portavoces oficiales y periodísticos
del PP salmodian ritualmente, incluida una reveladora referencia
al 11-M: pese a sus peticiones de “saber la verdad”
sobre “cómo y por qué” pudo producirse el atentado, las
investigaciones “sólo arrojan más dudas” y las víctimas
“sólo hemos recibido la callada por respuesta”. Encima eso.
Tócate los cojones.

Alerta

Vivimos tiempos de alerta. En Canarias se declaran al menos dos alertas meteorológicas oficiales cada mes y, después del vendaval del Delta de noviembre, en caso de chubascos o vientos huracanados, ya no van a coger al Centro Meteorológico Nacional como chivo expiatorio, por no dar la alarma a tiempo. Ahora, en caso de duda, alerta. Que ven en el mapa mucha nube, alerta; que ven poca, alerta; que no se tienen datos precisos, alerta. Todo dentro de un proceso muy parecido al repetitivo "qué viene el lobo" y que lleva al ciudadano a la mayor de las confusiones. Créanme que con dos alertas meteorológicas al mes, ya uno no sabe cuando es alerta de verdad y cuando es una posible alerta, que tiene miga, pero que todo sea por no comerse un marrón de una próxima comisión de investigación.
La de la madrugada de ayer fue una de las alertas de verdad, alerta plus, que me dejó el traje de Elvis encharcado en el día grande del Carnaval, pero es lo de menos para el argumento.
La alerta se ha convertido en el recurso fácil para una administración incapaz. Se advierte de algo para así no tener que hacer nada. Esto tiene que ver con cosas como las que hemos visto siempre. Un día espléndido en una playa, ideal para el baño, y la bandera roja en todo lo alto. Les digo que significa esa bandera roja: Alerta. Si ponen la bandera azul, los ayuntamientos tienen que mantener una vigilancia y socorristas en las playas. Si ocurre algún accidente, siempre se pueden cubrir con la bandera roja, que ya estaba puesta. Por supuesto, es más cómodo y más barato dejar una bandera en todo lo alto que contratar socorristas. Por eso se hace, ni más ni menos. Así, además, se libra el ayuntamiento de cualquier responsabilidad civil o penal en caso de accidente, o eso creen.
Otro tanto ocurre en los parques infantiles. Aunque sean con columpios a ras de tierra, para bebés, siempre cuelga un cartel municipal, que advierte que el parque es para mayores de 5 años. ¿Qué quiere decir ese cartel en realidad?: Alerta. Esto es, si le pasa algo a un niño en ese parque, como no tenga más de cinco años, el ayuntamiento, como Pilatos, se lava las manos y deja toda responsabilidad a los padres de la criatura.
La alerta de los temporales, trasladada a la vida diaria, viene a ser el recurso del vago, el aviso de que el ciudadano está solo y que se quedará tirado, si por usar servicios de todos le pasa algo malo. No va a tener ayuda, no se va a encontrar un responsable, pero el ayuntamiento ya avisó. En este caso sí, al contrario de lo que ocurre con el tráfico, el aviso municipal, la alerta, autoriza la negligencia.
Así que ya llegados a fin de mes y viendo cómo están las cuentas, los pagos, los impuestos, viendo, seguidamente los ingresos y constatando que no voy a tener capacidad para cumplir con todos los pagos, me acojo a la práctica municipal y autonómica de estos casos. No se cómo voy a pagar. Alerta.

Mascaritas y Carnavalajes

Cada cual vive el Carnaval a su manera. Faltaba más. Podríamos decir que existen tantas formas de Carnaval como número de carnavaleros (o detractores). Sin embargo, si aplicamos la propiedad asociativa de la Teoría de Conjuntos a las Carnestolendas, también podríamos concluir que existen ciertas formas de paisanaje festivo o carnavalaje. No me voy a entretener haciendo una descripción taxonómica de las especies urbanas del Carnaval, sino que más bien me gustaría hacer memoria de ese carnavalaje interior por el que pasa a lo largo de su vida todo espíritu humano, un carnavalaje que se ha ido deteriorando, como la fiesta. En los últimos veinte años, el Carnaval de Santa Cruz ha sufrido una absurda transformación de su idea original provocada por la tozudez de algunos por convertir la fiesta en esa pamplina de la más segura del mundo, la hermana menor de Brasil y toda esa palabrería tonta y hueca; una forma más de promocionar al exterior otro producto que no es autóctono. De este modo, el Carnaval de Santa Cruz se ha convertido en un gran escaparate, en una macrofiesta de disfraces sosa y aburrida, en la que no cabe ya esa mascarita de antaño que salía a la calle a vacilar. Porque uno echa de menos ese disfraz de fabricación casera que nos hacíamos para vacilar y que asumíamos hasta las últimas consecuencias artísticas. Recuerdo que un año los colegas del instituto no teníamos ganas de hacernos disfraz y nos pusimos el esmoquin de fin de año, unas gafas negras y los auriculares del walkman y bajamos a Santa Cruz en plan guardaespaldas de un gordo millonario, papel que le venía que ni pintado a uno del grupo. Tomamos Santa Cruz al asalto en plan Bill Clinton y hasta la municipal nos hizo el pasillo. Porque no hay nada más triste en un Carnaval que ver a Drácula acodado en un kiosco, aburrido y borracho, con las posibilidades artísticas y amorosas que adquieren una capa y unos afilados colmillos. El Carnaval popular se perdió desde el momento en que a un lumbreras del consistorio se le ocurrió sacar el motivo del Carnaval (este año va de tribus). Con lo cual llegamos a la institucionalización de la idea, que es lo peor que le puede pasar a una idea pero, sobre todo, al Carnaval, fiesta espontánea e irracional por naturaleza. Por mor de una falaz propaganda política, el Carnaval de Santa Cruz se ha convertido en un producto precocinado: los propios actos del carnaval se sirven enlatados, en ese gran contenedor arquitectónico que es el Recinto Ferial. El Carnaval da grima. Por eso el otro día se me saltaron las lágrimas al ver a un carnavalero de raza metido en un disfraz de andar por casa con el que animaba a las transeúntes a hacerse una mamografía. Un disfraz basto y sencillo, hecho con una caja de cartón y un letrero escrito a mano que rezaba "poner las tetas aquí encima". ¡Viva el Carnavalaje y la garimba fria!

El Ojo

Centuria X: "Puesto tesoro templo. Ciudadanos Hespéricos en aquel retirado lugar el templo abrir los lazos famélicos recuperar maravillado, presa horrible en medio" (Nostradamus)

He interpretado los augurios...

El Palacio Episcopal ha ardido y se siente por la perdida de patrimonio. La masonería ha decidido superar su autoimpuesta domesticación. Canarias acoge el acto de iniciación de una mujer acabando así con la sempiterna excusa de la adaptación del rito. Se producen algunos levantamientos de columnas y se empieza a reescribir la historia. ¡Quién dijo miedo a tirar del Archivo Nacional de Salamanca! Y, ¿de se fía la Gran Logia Simbólica? digo, y es solo una pregunta... ¿Se refiere esta confianza a que el ayuntamiento presume de la titularidad del edificio sito en la calle San Lucas de la capital? ¿A la promesa de que sea dedicado a estudios masónicos y dirigido por un trío de venerables del lugar o consejo masónico? ¿Quizás porque abierto al publico (masones o no) esto no implique mas que a la vertiente operativa (actualmente perdida), conservándose la vertiente simbólica (la única prácticamente vigente hoy en día) destinada a aquellos que quieran y sean aceptados por la sociedad masónica conforme al derecho democrático de libre asociación de este País? ¿O tal vez porque el Templo de Añaza está "fatalmente abocado" a convertirse en sede mundial de todas las logias del planeta por mucho que se resientan sus salomónicos pilares? ¡Ya quedo mucho mas tranquilo gracias a las explicaciones dadas....!
Y además me cuestiono si hay alguien con el suficiente conocimiento de la estética que nos ocupa para que asesore al arquitecto al que se le ha encomendado el proyecto ¡Pobre hombre! O quién devolverá a su estado original los frescos que decoraban el Templo. Y si a caído alguien (y no precisamente desde lo alto de la escalera...) en que la ciudad de Santa Cruz de Tenerife tiene dos importantes y originalísimos yacimientos arqueológicos. O, que su sello arquitectónico era francmasónico. En quien apuesta porque a la vetusta Laguna se le de lo que es suyo y a la republicana Santa Cruz se le devuelva lo que le es propio. Que ya estábamos enterados de que Tacoronte fue refugio de muchos librepensadores desde que estalló aquel conflicto armado. Que tampoco hemos olvidado que ya hay un precedente de distorsión en unos jardines de la Orotava. Además, nos gustaría saber donde "descansan" los documentos desalojados por protocolo. También, en que manos "andan" los legajos sobre la guerra civil que se rescataron de la quema. Y, si continúan los herederos temiendo exponer públicamente el arte de sus antepasados. Solo como idea... el de la publicación de una "lista apócrifa" de los bienes que decoran algunas dependencias institucionales para que el profano no confunda los orígenes de lo robado. Mas, agotadas ya las conjunciones tampoco nos importaría saber, por qué, esas salas de los pasos perdidos que hay en muchas de las instituciones democráticas no suelen encaminarte hacia ninguno de los despachos.
Alabado sea el ojo que todo lo ve.

Tate quieto chacho

No hay derecho. ¿A quién se le ocurrió retirar la música en los alrededores de la cafetería El Águila y prohibir el paso de carrozas y coches engalanados en las calles de toda la vida? Bruno, yo piqué, y creí que eras un pibe enrollado, y no solo el nuevo sex symbol de las murgueras. Y ahora nos haces esto. Es una cuestión de caridad cristiana. Como la gente no encuentra música ni copas en las inmediaciones de la plaza del Chicharro, pues se dirigen ineluctablemente hacia la plaza de España y las desembocaduras de la calle San José y Villalba Hervás, un santo y un republicano en una única maceta donde se agolpan miles de personas sin medio metro cuadrado para bailar, cantar, beber, fumar y vacilar y tal. En la madrugada del lunes conocí el caso, y dudo que sea el único, de un chico que se quedó dormido, roncando la borrachera y con un feliz hilo de baba mojándole el pecho, y la concentración humana era tan densa a su alrededor que no se cayó al suelo. Siguió dormido y de pie, sostenido involuntariamente por sus alegres convecinos, mientras sonaban una y otra vez las K-narias. Lo descubrí gracias a una amiga que me lo señaló, entusiasmada: "¡Mira, mira, mira ese disfrazado de dormido, qué chulo!". Cuando entre codazos me acerqué para felicitarlo descubrí que no, que estaba dormido de veras, sujetado inconscientemente por un tipo disfrazado de Meléndez Hevia ("¿quieres un porvito, quieres un porvito?", le preguntaba entre alaridos a cualquier mujer situada en un radio de diez metros) y otro sujeto vestido de pirata con barbas empapadas en cubalibre que cantaba loas transidas de admiración a Ignacio González. No se deslizó hasta el asfalto hasta las siete y media de la mañana, cuando la gente comenzó a retirarse lentamente y le hizo un hueco.
Así no se puede seguir. O para ser más precisos, así no se puede sino seguir hasta la plaza de España y sufrir como perejil tras un aguacero. Es incomprensible el pudor acústico que le ha entrado a la Concejalía de Fiestas, después de la victoria judicial obtenida pocos días antes de que estallase la fiesta en la calle. Porque cabe sospechar que los vecinos que protestaron en los juzgados y en los medios de comunicación no van a agradecer particularmente esta prueba de buena voluntad de la corporación santacrucera. Más bien puede intuirse lo contrario: el año que viene insistirán de nuevo -y con perfecta legitimidad: quién lo duda- en sus hiperbólicas reivindicaciones. Uno es partidario del diálogo y las concesiones mutuas, pero antes o después. No dormidos.

Carnaval..Carnaval

 

 ( para Pati, la canariona mas dulce a este lado del rio Pecos, con todo el cariño y agradecimiento por dejarse las pestañas leyendo estas páginas bipolares y esquizoides )

Estaba desayunando en una cafetería, concentrado en la lectura del periódico del día, pendiente del mundo exterior a través de las noticias pero a la misma vez aislado de él por un muro de palabras impresas, así que cuando levanté la vista me sorprendió encontrar un zorro en la barra. Pero no era uno cualquiera, sino el Zorro, con mayúsculas. Allí, a menos de dos metros de mi periódico se encontraba ese personaje histórico, desayunando, con su capa, su sombrero y su máscara en la mano, como si fuera un obrero a punto de empezar su jornada laboral. Tuve que cerrar los ojos y dejar pasar unos segundos para volver a situarme en el mundo real que me rodeaba esa mañana. Pensé que a lo mejor todo había sido un sueño y que lo mejor era seguir leyendo noticias lejanas impresas en tinta negra. Pero no lo hice, porque no me gusta ser un tipo extraño, así que abrí los ojos y volví a mirar hacia la barra mientras sacudía la cabeza para refrescar mis neuronas. El Zorro seguía tomando su refresco, pero ya no era el personaje real, sino un niño disfrazado que en compañía de su padre estaba desayunando en esa cafetería. Sonreí, porque en ese momento me vino a la cabeza que era carnaval y que los niños celebrarían algún tipo de fiesta en los colegios y por eso la ciudad estaría llena de disfraces infantiles. Santa Cruz entre tanta obra da para muchas sorpresas. Me acordé de mi hijo y me pregunté si lo íbamos a disfrazar de algo, así que saqué mi teléfono móvil y sin moverme de la mesa, llamé a mi mujer para comentárselo. Ella tardó un rato en contestarme y después me preguntó si estaba de broma. Yo le dije que no, que era en serio, que aunque el niño era pequeño, me haría ilusión disfrazarlo de algo. Mi mujer me volvió a preguntar si no había notado nada raro cuando me había despedido de ellos por la mañana y yo traté de hacer memoria, sin recordar nada fuera de lo normal. El Zorro de la barra se había puesto la máscara y me miraba con una mirada tan fija que tuve que apartar la vista y centrarme en la pantalla plana que había al fondo del local. Al otro lado del teléfono, mi mujer me aclaraba, enfadada, que al despedirme de ellos, el niño ya estaba disfrazado de dálmata y ella de hada madrina. ¿Es que no te has dado cuenta? Me preguntó con un tono en el que pude notar decepción y rabia. No supe que decir. Si me concentraba, podía recordar unas orejas largas y negras además de unos lunares en el cuerpo de mi hijo, pero no le había dado importancia porque a mí siempre me ha parecido un cachorrito y como además los niños cambian tanto de día en día... Quizás, debería haberme sorprendido con el sombrero verde en forma de cucurucho que llevaba mi mujer, pero supuse que se estaba haciendo algún tratamiento de belleza en el pelo y no quise decir nada por temor a meter la pata. Todavía no he aprendido a distinguir bien los cambios estéticos de mi mujer y siempre soy prudente a la hora de emitir opiniones. Pero por el teléfono no dije nada de eso, sino que me reí como un demente, tratando de no mirar al zorro justiciero. ¿Te crees que no me había dado cuenta? Por eso llamaba, para felicitarte por los disfraces y encargarte que elijas uno para mí. Mi mujer guardó silencio al otro lado, supuse que debatiendo si seguirme el juego o mandarme a hacer puñetas. Al final, escuché sus palabras, mientras el zorro le hacía señas a su padre y me señalaba con su espada. Te dejé la ropa en el sitio de siempre y ni siquiera te has dado cuenta. Tú también vas disfrazado, idiota.

Veinticinco años no son casi nada

La visión del video en el que Tejero irrumpía en el Congreso se hace cada día más soportable en la medida que la distancia amortigua la memoria. A los jóvenes les parece una parodia de un mal programa de humor de televisión en el que se ha querido sangrar la imagen atrabiliaria de un Guardia Civil. Pero Tejero existió, sigue vivo y quiere un referéndum imposible sobre el Estatuto de Cataluña. No es el único.

Han pasado veinticinco años y casi nada recuerda aquella España que se despachó después, en una docena de años, en un país moderno. Saltamos de los bancos de madera en vagones de tercera a la alta velocidad, pero no miramos despacio si la carrocería de nuestra democracia guardaba esos óxidos que hacen su trabajo solitario y aparecen después, como corrosión irreparable, cuando se ha descuidado el mantenimiento.

La vida política española tiene elementos disolventes infiltrados en las ranuras que necesariamente deja abiertas un sistema de libertades y la calidad de los materiales de la democracia se va deteriorando. Es cierto que en esta España de hoy no es pensable un Tejero irrumpiendo en nuestras instituciones, pero también que la democracia es un bien tan preciado que necesita revisiones permanentes de su estado de salud. Ahora misma hay señales alarmantes de deterioros muy serios. El diálogo político entre el Gobierno, los partidos minoritarios de la cámara y el PP está absolutamente roto y la única política que se practica es la de la confrontación

En el fondo de todo este estruendo está la sombra de José María Aznar, al que no tengo la menor duda de que la historia le va a pasar un cepillo de carpintero, como el factor más cáustico de esta etapa de la vida democrática. Ahora está empeñado en enderezar las decisiones electorales de los países que el considera presos de populismo en Latinoamérica, pero su larga mano no es solo la que se ve estrecharse con el republicanismo norteamericano más integrista sino que es la que maneja la caja del dinero de la FAES y teledirige su partido.

Cuando Tejero irrumpió en el Congreso José María Aznar debía estar digiriendo una Constitución que el trato de boicotear. Ahora tenemos vacunas para todos los intentos desestabilizadores, pero el odio se siembra despacio y se recoge deprisa. No estaría mal que miráramos a nuestro alrededor para ver donde existe una oposición como la que tenemos aquí.