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Nadir

Los patos catedralicios

Como uno es medio tarado, andaba desorientadito perdido con el crimen de los patos del estanque de la Catedral de La Laguna. No me entraba en la cabeza que, si al final resulta que fueron vilmente asesinados a dentelladas por un par de perros, las primeras inspecciones apuntaran a que los bichos habían muerto envenenados. "Por finos que tuvieran los colmillos los perros, muy normal no es que los patos perecieran de esa forma sin que se les moviera una pluma", me decía yo, lleno de intriga. Es un suponer, pero no me negarán que, a menos que vieran venir a los canes con las fauces abiertas y fallecieran todos a la vez y de un infarto, lo lógico habría sido que, aunque sea, los patos hubieran presentado un aspecto medianamente espelusado o hubiera aparecido algún fisquito de sangre por alguna parte. ¿Qué clase de aleación de plumas le habían encasquetado a esas criaturitas?

Sin embargo, según fuentes bien informadas, parece ser que los perros, con premeditación y alevosía, y para no dejar huellas, se metieron sigilosamente en el agua, con el expreso objetivo de acabar con la vida de los patos. Aprovechando que éstos andaban con el pico bajo el ala y en pleno descanso, se acercaron a ellos con los colmillos protegidos por un guante o cualquier otra prenda de blando material y apretaron sus níveos cuellos hasta asfixiarlos. Después, cumplido su único y criminal propósito -por otra parte muy en línea con los instintos naturales de su especie, que de todos es sabido que mata por matar- se retiraran por esas calles arriba hasta perderse de nuevo en la noche. Ni que decir tiene que el principal interés de los perros era disponer de una piscina privada en la que ir a nadar todas las noches (siguiendo las doctrinas combinadas del feng shui y la metrosexualidad) sin que les importunasen los molestos ocupantes de toda la vida. Es decir, los propios patos que, claramente, debían de ser titulares de algún tipo de renta antigua, con lo que disfrutaban de semejantes privilegios en el noble casco lagunero sin venir a cuento para nada. O algo así.

De todas formas, por mucho CSI que hayan visto los perros (¡qué daño ha hecho la tele!) no me acaba de cuadrar el modus operandi. Muy limpitos veo yo a los perros o muy tollos a los investigadores ¿qué quieren que les diga? Y muy lentos a los patos, coño, que también se podría haber movido alguno, para escapar y servir de testigo, no sé para qué querrán ellos las alas. Y que eran once contra dos, joder, qué menos que cagarle encima a alguno de los agresores para dejar alguna prueba. No sé, un poquito de dignidad. También es que anda uno con la mosca detrás de la oreja porque como hay quien dice que, además de los de los perros, había más oscuros intereses que deseaban la muerte prematura de los patos catedralicios, pues eso. Oiga, que los perros eran dos. Dos. ¿No les dice eso nada? Justamente, los mismos que el número de acusadas de alegrarse del luctuoso suceso. ¿No le parece obvio, Watson?.

Fantasmas y miradas

No sé si soy un fantasma o la mirada acrílica de mi pasado.
Hace ya muchos años que habito en las pupilas de mi propia imagen.
Obligado a observar la vida a través de ellas, sólo puedo mirar al frente. Desde mis
ojos ligeramente inclinados hacia la derecha contemplo la vida que transcurre
delante de mí, en ese pequeño espacio que mi vista puede abarcar. Todo lo demás
me es ajeno, todo lo demás lo puedo oír y a veces sentir, pero no lo puedo ver.
Cómo me metí dentro de mi propia imagen, es para mi todavía un misterio.
Antes de ser un cuadro, yo era una persona normal, de origen aristocrático,
acostumbrado a mandar y ser obedecido, habituado a la buena mesa y al buen
vino. Mi vida en la alta sociedad era la normal en esa época. Estaba casado y a mi
mujer, la escogí entre las más hermosas jóvenes de aquellas familias que
frecuentaba y así, sin darme cuenta, empezó toda mi maldición.
¿Cómo iba a saber que el pintor era su amante? ¿Cómo iba a sospechar que
me envenenaban lentamente en las comidas mientras iba apareciendo mi retrato
en el lienzo? ¿Cómo iba a suponer que mi mujer era una bruja? La pintura y el
veneno fueron creciendo a la misma vez. Cuando ya estaba a punto de dar el
último suspiro, mis ojos se clavaron en mi propio retrato acabado, que me miraba
con la vista ladeada desde la pared del cuarto. Dejé de vivir y de alguna manera
entré en esas pupilas que ahora, miraban un cuerpo muerto sobre la cama. Cuerpo,
que mi mujer y el pintor tiraron al suelo, para poder gozar sobre el lecho aun
caliente. Muerto, que fue enterrado sin la mirada, que quedó encerrada en estas
pupilas al óleo, que desde ese día contempló a los dos amantes revolcarse a su
salud, mientras dilapidaban mi fortuna y envejecían aparentemente felices de estar
el uno junto al otro.
Pero el cuadro y la mirada de un muerto sobreviven a los vivos, por lo que
también los vi enfadarse, degradarse y morir. Siempre desde la misma pared,
siempre con la mirada ladeada. Con su muerte llegó el olvido y la oscuridad
perpetua, en una habitación cerrada, con los muebles cubiertos de sábanas blancas
y con los años desfilando en un eterno silencio. Acompañado tan sólo por mis
pensamientos, los crujidos de las maderas de la casa y algún pequeño roedor que
de vez en cuando se cruzaba en mi campo visual, ligeramente desviado a la
derecha. Dediqué estos años a meditar, pero incluso un fantasma, tiene un límite
en lo que puede llegar a recordar de su anterior vida. Mi pasado se fue disolviendo,
quedando a merced de la oscuridad que iba invadiendo mi cuerpo, si es que un
fantasma tiene cuerpo, y que fue condenando mi existencia a la soledad más
absoluta que haya conocido un ser vivo o muerto.
El tiempo dejó de tener importancia. ¿Cuántos años pasaron? ¿Cien,
doscientos? ¿Acaso eso importa hoy? El caso es que un día entró la luz en mis ojos.
Ruido, movimientos, gente con ropas extrañas, miradas de soslayo, máquinas
diabólicas, más miradas, más gente, más movimiento. Fui trasladado en algo que
se movía y rugía. Alguien hablaba de un pintor famoso. Alguien hablaba de un
personaje de la nobleza. Todos me observaban. Con ropas diferentes a las que yo
conocía, me analizaban y luego se maravillaban de la luminosidad de mis ojos.
Durante meses, sufrí luces en ellos, manipulaciones extrañas, raras sacudidas,
hasta acabar donde cuelgo hoy. En esta gran mansión que llaman museo, donde
siempre con mi mirada ligeramente ladeada a la derecha, me siento observado,
pero a la misma vez acompañado y cuidado.
He visto pasar muchas modas y he de decir que la de ahora me resulta
chocante. Ya no hay grandes faldas, ni cuellos que te envuelven. Las caras siguen
empolvadas pero con otros colores. Mucha gente adulta viene con pantalones
cortos de colores o con faldas diminutas o comiendo cosas horribles e
indescriptibles. Así que sin querer, observando y escuchando a los mismos que me
miran, me voy modernizando en la medida que un fantasma y su mirada pueden
hacerlo. Durante algunos años tuve un calendario en mi zona de visión y conseguí
aprender a calcular el paso del tiempo. Como fantasma aburrido, no tenía mucho
que hacer, así que una parte de mi cerebro inexistente se dedicaba a contar los
segundos y llevar la cuenta de mi existencia, mientras el resto de mi incorpórea
existencia seguía mirando a través de mis ojos antiguos al mundo que va
cambiando. Así que contando, contando, sé que han pasado cien años desde que
estoy en este museo. ¿Dónde? No lo sé. Pero al menos entiendo el idioma. Lo único
que pasa es que no sé si lo entiendo porque hablan en mi lengua original, el inglés,
o porque los fantasmas entendemos todos los idiomas del mundo. Alguna ventaja
tenía que tener el estar muerto.
Durante estos años he analizado a mis compañeros de sala, los cuadros que
hay frente a mi, para tratar de dilucidar si en su interior se aloja alguna otra alma
que pueda contactar conmigo. Pero lamentablemente, si es así, no he podido
encontrar ninguna. Tampoco ayuda mucho el hecho de tener enfrente un bodegón,
con un trozo de pan dentro de una canastilla y justo donde mi vista se acaba, el
comienzo de un cuadro, del cual puedo ver los cuartos traseros de un caballo y de
su jinete. Ese cuadro siempre me ha intrigado, ya que el caballo es gordo y por lo
poco que se ve del jinete parece de mi época. A lo mejor es el bueno de John, el
Duque de Marlborough. Estoy deseando que los operarios del museo lo muevan,
para poder observar con cuidado su contenido.
A veces, me gustaría ser un fantasma normal como los que alguna vez me
visitan. Fantasmas etéreos que pueden moverse por el mundo, asustando a la
gente, cotilleando en los rincones más oscuros de las casas y no como yo que día a
día sigo encerrado en mis propias pupilas. Sólo soy una mirada eterna, que llora
aceite con pigmentos, para que un restaurador sorprendido corra a arreglarme
como si fuera maquillaje de un actor.
Al menos me he recuperado de la oscuridad posterior a mi muerte y he
podido recordar mi pasado. Con el paso del tiempo he llegado a perdonar a mi
mujer, aunque no al pintor que me dejó la mirada ladeada a la derecha. Maldito
Hayls, encima de que le pagué catorce libras, me dejó encerrado y con la mirada
perdida.
Alguna vez, entre el público que entra al museo, reconozco una figura que
se parece a mi mujer e intento hablarle mentalmente para que se quede un rato
más mirándome. No lo he conseguido nunca, pero una vez, una chica rubia, muy
parecida a ella, se desmayó y luego la oí contar, que había oído voces que le
hablaban. Voces que salían del cuadro.
El caso es que entre la leyenda de las voces y el extraño brillo de mis
pupilas, me convertí en una atracción y mi vida era bastante entretenida dadas las
circunstancias en las que discurría. No me podía quejar, incluso podría decirse que
en esa pared había alcanzado la felicidad o algo muy parecido. Era una gran
estrella, fotografiada y copiada, conocida y admirada, temida y codiciada.
Codiciada, esa ha sido la otra maldición. Hace casi un año que empecé a ver
tipos raros rondando alrededor de mi cuadro. Eran siempre los mismos pero se iban
cambiando de aspecto, con bigotes, pelucas, gafas y tatuajes. Pueden engañar a
los guardias de seguridad, pero no a un fantasma con cientos de años de
experiencia en observar a la gente.
Eran dos hombres y una mujer, y durante mucho tiempo los veía
observarme con ojos codiciosos, valorándome y midiéndome, hasta que al final
ocurrió lo que tenía que ocurrir. Una noche las alarmas sonaron, las luces se
dispararon, mi cuadro sufrió varias sacudidas, mis ojos al fin vieron el jinete, pero
rápidamente sentí como mi cuerpo se doblaba y mis ojos solo alcanzaron a ver la
pintura de mi propio pecho mientras era enrollado y transportado a gran velocidad.
Otra vez la oscuridad rodeó mis ojos. Otra vez el recuerdo de las sábanas
blancas rondaron por mi mente inexistente. Durante un tiempo indescifrable la
nada se apoderó de mí, desgastándome y degradándome, hasta que un día volví a
sentirme girar, volví a ver la pintura de mi pecho y volví a sentir el ruido y el
movimiento que me indicaban que iba a ser colgado. Con gran expectación, cerré
los ojos, esperando tranquilizarme para abrirlos y ver donde estaba. Cuando ya no
noté mas ruidos ni movimientos, alcé mi mirada y me encontré frente a uno de los
hombres que habían rondado por el museo. Moreno y de grandes cejas oscuras, me
miraba envuelto en su albornoz, sonriendo satisfecho. Ahora sin disfraces y
fumando un puro, su cara me resultaba repulsiva y todo mi no ser, se revolvió
dentro de las maderas de mi marco.
Estaba en un gran salón. Su dueño debía ser un ladrón o un comprador de
obras de arte robadas por encargo. No tenía importancia. La habitación era oscura
y de un gusto dudoso y aunque al principio tuve algunas visitas, en poco tiempo
pasé a estar prácticamente sólo. Una vez a la semana entraba una chica rubia,
parecida también a mi mujer, seguida de una especie de gorila de seguridad. La
chica se encargaba de quitar el poco polvo que había caído en esa habitación
cerrada y sin ventanas donde me hallaba. Ella me miraba disimuladamente y yo la
observaba cuando se cruzaba en mi campo de visión, ligeramente desviada a la
derecha. Mi alma inmortal saltó dentro de mis pupilas, al concebir esperanzas de
poder escapar de aquella sala tan lúgubre.
Mi plan era sencillo e improbable. Hablar con la chica rubia y hacerle saber
que había sido robado, que por favor avisara a la policía. Durante meses estuve
intentando contactar con ella, pero no lo conseguí. Sin embargo si logré que se
desmayara el gorila que la vigilaba, y que durante unos instantes, que me
parecieron eternos, la chica se acercara con el deseo escrito en sus ojos y me
acariciara con sus manos mis mejillas y mi boca. Sorprendido, pero abatido caí en
una profunda y lamentable tristeza. Mi futuro se teñía de tinieblas y recuerdos de
sábanas blancas.
Mi vida empeoró claramente. Mi cuarto oscuro se me hizo insufrible y mi
existencia como cuadro o como mirada fantasma se deterioró de tal modo que al
final tuvieron que llamar a un restaurador de cuadros. Mis colores se habían vuelto
llorosos y grises como mi existencia. Vuelta a descolgarme, vuelta a moverme.
Luces en los ojos, manipulaciones varias y yo por dentro muriéndome cada día un
poco más. El restaurador, después de mucho manipularme, le informó al dueño que
el cuadro sufría una tremenda depresión por encontrarse fuera del museo que era
su hogar. Que debía deshacerse del cuadro o este se disolvería en su propia
melancolía.
Gritos, aspavientos, insultos, miradas furiosas. Vuelta a los dobleces. Mi
cuadro y mi mirada fuimos condenados a un vertedero. Enrollado como un vulgar
papel usado, oliendo a basura, mi cuerpo de fantasma se desintegraba en el olvido
y en la miseria. Mil olores fétidos más tarde, mis ojos, ladeados para la derecha, se
entornaron al recibir la sacudida de un mendigo que nos miraba con codicia.
Codicia, esta vez se tornó en salvación. El mendigo fue corriendo a la policía
solicitando la recompensa y yo, cuidado y mimado, hasta volver a colgar en la
pared que se ha convertido en mi hogar.
Enfrente mi bodegón. A un lado las posaderas de un caballo, que ahora sé
que pertenecía a mi amigo John y de frente la gente. Gente que hace que mi
existencia tenga un sentido. Chicas rubias que me miran con deseo. Restauradores
que se acercan a guiñarme un ojo. Hombres codiciosos que me anhelan, amantes,
enemigos, fantasmas que me sonríen. Todos desfilan ante mi mirada ladeada hacia
al lado derecho. Mirada, por fin serena y tranquila, con la seguridad de estar en
casa.

Caracoles

Cuando era pequeño me tragué la cáscara de un caracol gigante. Al parecer me atraganté y empecé a ponerme de color granate oscuro. Para recuperar la tonalidad original de mi rostro tuvieron que cogerme de los pies, colgarme boca abajo y de ese modo permitir que el esqueleto de caracol escapara de mi garganta. La operación de salvamento doméstico salió bien y mi cara recuperó el tono rosáceo correspondiente a mi edad. Lo que nadie sabe es que aunque la cáscara de caracol fue expulsada de mi cuerpo, el alma inmortal del bicho se aposentó en mis entrañas como un inquilino fantasmal. Vivir con la sombra de un caracol en los intestinos no es fácil. Mis digestiones son lentas, mis pensamientos calcáreos y mi vida una espiral sin sentido. Pero lo peor de todo es que soy un caso extraño. Porque en el mundo, hay muchas personas que viven aisladas en sus conchas de marfil, como caracoles humanos protegidos de las inclemencias del tiempo, pero pocas las que viven con el fantasma de una babosa en su interior. Una vez fui al médico a ver si me podía operar de la cáscara, pero después de hacerme una radiografía me recomendó que visitara un psiquiatra. Tarde un tiempo en decidirme, pero al final lo hice y entonces me sentó en un sillón y me preguntó por mis angustias. Al parecer, según las teorías más modernas de la psiquiatría, las penas tienden a arrastrase por los intestinos y pueden esconderse en cualquier concha abandonada que encuentren. Me auscultó con una cuchara y me dijo que mi problema era que la cáscara fantasma del caracol infantil había sido invadida por angustias adultas y, por eso mis constantes vitales se habían ralentizado. Al escuchar el diagnóstico lo entendí todo. Ahora podría explicarle a mi madre que si era lento al fregar los platos, no era por desidia machista, sino por caracoles fosilizados en mi interior. Esa era la parte buena, la mala era que al parecer no había manera de sacar esa sombra de babosa de mi interior y que lo único que podía hacer para evitar que las penas se instalaran en ella era tratar de cobrarles alquiler o rellenarlas de otra cosa. La idea de alquilar la concha me pareció interesante pero al parecer las transferencias monetarias entre el interior del cuerpo y mi cuenta bancaria no eran cosa fácil, así que me decanté por rellenar la concha de alguna otra sustancia. Claro que primero tenía que expulsar la pena y para ello hablé con varios abogados. Todos me dijeron que la ley estaba de mi parte, pero que el proceso sería largo y costoso. Lo mejor, era conseguir que se marchara por su propio pie y aprovechar ese momento para cambiar la cerradura o meter otro inquilino. El médico me aconsejó que eligiera con cuidado el relleno, porque podía influir en mi estado físico y mental. Me encontraba en una situación apurada, por un lado necesitaba echar a una pena y por otro necesitaba encontrar un sustituto que ocupara esa sombra espiral que habitaba en mi interior. Mi madre me dijo que a lo mejor si me colgaba de la lámpara por los pies podría expulsar la angustia por la boca y ella me podría rellenar de algodón rosa. La idea parecía buena, pero a mí me sonó como que ella pretendía cobrar mi seguro de vida, así que le dije que no, pero con angustia y lentitud, claro. Rellenar un caracol es una cosa extraña, sobre todo cuando ese bicho es tu propio relleno. Aproveché las navidades para encontrar ilusiones olvidadas y en un descuido de mi angustia las metí en el interior de ese caparazón espiral que estropeaba mis digestiones. Dice mi madre que desde hace unos días parezco diferente y yo sonrío satisfecho, burbujeante, porque la cara es el espejo de la babosa que todos llevamos dentro.

Saltos

Dedicamos la mayor parte de nuestros miedos y de nuestras energías a acontecimientos con los que nunca tendremos que enfrentarnos. La mente es como un gran videojuego donde pasamos horas y horas enganchados sin saber como desconectarnos.
La televisión es simplemente un sustituto tecnológico y dentro de ésta, los juegos olímpicos son una medicina alucinógena que nos atrapa sin remedio. Contemplar las evoluciones de los deportistas sentados en nuestros sillones es una de las tareas más gratas que existen, sobre todo si es verano y el calor nos impide hasta pensar. El caso es que al ver los saltos sobre el suelo y el vértigo de la Fórmula 1, me ha estallado un recuerdo en la cabeza. Los atletas dan varios giros mortales antes de caer en la lona y al verlos girar me he acordado de mi padre que durante muchos años estuvo practicando un deporte virtual de esos que nunca se utilizan pero que entretienen. Su especialidad era el diseño del salto que tendría que hacer en caso de que le atropellara un coche.
Cada vez que tenía un minuto libre, mi padre se sentaba en un sillón y pensaba sobre su ejercicio. Tenía la teoría de que lo mejor era intentar saltar sobre el capó del coche para así darle tiempo a frenar y rodar por encima de la carrocería sin sufrir muchos daños. Algunos días practicaba en el interior de su cabeza lanzándose estirado sobre un lado, mientras que otras veces se encogía como una pelota y saltaba en vertical tratando que el morro del coche pasara por debajo de su cuerpo.
Los entrenamientos son eso, repetir miles de veces el mismo movimiento hasta que uno consigue ejecutarlo a la perfección sin pensar en él. Mi padre no participó en ninguna olimpiada porque ese tipo de saltos todavía no han sido incluidos por la federación dentro de sus pruebas, pero pasó la mitad de su vida adulta diseñando el ejercicio perfecto. Nunca desistió en su esfuerzo a pesar del poco reconocimiento de crítica y público, supongo que debido a que nunca salió de su cabeza para comentarlo en conversaciones con sus amistades. Pasaron los años y mi padre se hizo mayor, incluso viejo, incluso insoportable. Ya no mejoraba sus marcas pero al menos se mantenía activo. Había logrado una ejecución mental perfecta de su propio ejercicio.
Un día, al cruzar un paso de cebra tuvo que participar en una olimpiada donde la medalla de oro era la vida y el resto de los premios eran la muerte, la invalidez o el hospital. Mi padre ya no era un crío, pero estaba bien entrenado. Seguro que sonrió al ver venir el coche, que cegado por la luz del sol del atardecer no lo había visto cruzar el paso de cebra y entonces saltó. Saltó como siempre había soñado, repitió en la realidad los ejercicios que había ejecutado miles de veces en su cabeza. Saltó por encima del capó y rodó como un atleta, mientras el público gritaba de la emoción y miedo. Los jueces lo calificaron con un diez y le dieron la medalla de oro. Siguió vivo y satisfecho de sus entrenamientos. Nunca lo ví mirando en la tele las olimpiadas, porque él tenía sus propios deportes y no necesitaba que nadie se los metiera por los ojos. Después de la medalla en salto de coche estuvo entrenando una nueva especialidad que él denominaba salto del ascensor en caída libre. Practicaba todos los días cuando subía a su casa y al parecer soñaba con unos movimientos que nadie había hecho con anterioridad. Yo le decía que los ascensores tiene un sistema que les impide caer, pero él me miraba, sonreía y movía la cabeza con resignación. Después, me respondía que si fuera fácil no estaría entrenando tantas horas al día. Abro los ojos y sigo aquí, soñando su salto más difícil, mientras que yo no tengo más remedio que encender la tele y ver las olimpiadas o la Fórmula 1. Donde quiera que esté, seguirá entrenando saltos para vencer a su propia historia. Seguro...

Retratos

Somos de lo que no hay. Queremos medirnos con Dios y hacemos el mundo a imagen y semejanza nuestras. Hay excepciones: el Islam prohíbe expresamente la representación icónica de Allah o de su profeta; el Creador es incognoscible e innombrable; por eso en las mezquitas los elementos decorativos son motivos geométricos o textos en escritura cúfica, pero nunca adoptan formas humanas ni animales. Otras culturas en cambio se nutren de imágenes. El catolicismo mayormente padece una superpoblación empachosa de ídolos. Se pirra por dolorosas a tamaño natural, por cristos yacientes reales como la vida misma, por beatos derramando lisura, y cada santo, cada apóstol, cada mártir tiene su galería de retratos. Las iglesias parecen aulas de anatomía patológica, llenas de nazarenos escuálidos con el corazón en la mano o en mitad del pecho. Los retablos y los frontispicios están más concurridos que un estadio en domingo. La historia del arte occidental está toda apelotonada de efigies, bustos y estatuas que representaban primero la piedad religiosa: anunciaciones, descensos de cruces, lavados de pies o últimas cenas; luego a los grandes del mundo: emperadores, reyes y cortesanos; y poco a poco a todos los contemporáneos del artista, materializados en los más variados quehaceres y posturas. Más tarde los daguerrotipos y el cinematógrafo tomaron el relevo, hasta el advenimiento de la publicidad y la televisión. Y ahora los presentadores de reality shows, los modelos publicitarios, los cuerpos danone, los guapos de aftershave o los bebés dodotis forman parte de la familia. Vivimos rodeados de convecinos y de extraños, de vivos y de fantasmas, y nos nutrimos de sus imágenes. Las feministas, que son unas gazmoñas, denuncian la exagerada importancia que se le da al cuerpo humano, cuando llevamos siglos de siglos ensalzándolo en la basílica y en la cama, en los museos y en las vallas publicitarias, en las plazas con estatua ecuestre y en las fuentes con náyades y tritones.
Necesitamos por encima de todo detener el tiempo voraz, inmortalizar el instante, congelar la existencia para irla consumiendo en porciones. El turismo se ha convertido en un pretexto frenético para retratarse al lado de cualquier cosa; el imperativo no es tanto ver mundo como regresar a casa con las instantáneas del menda en calzón corto delante del kremlin o margullendo en las cataratas. Conmemoramos en vídeo los pucheros de nuestros hijos, sus dientes de leche, sus primeros pasos, a sabiendas de que más tarde el rey de la casa se convertirá en un gandul lleno de granos purulentos. Aflojamos sumas astronómicas por las fotos del día de nuestra boda, pero luego no consta que en caso de divorcio haya litigio alguno por dirimir quién se queda con las reliquias del chasco.
¿Por qué entonces obstinarnos en perpetuar la fugacidad? ¿Será porque todo se acaba? ¿Por qué la infancia pasa, pasa el amor, pasa el juego, la vida pasa, y hasta el recuerdo? Sartre se inventó aquello de que "el infierno son los otros" porque intuía que los seres humanos necesitamos reconocernos en la mirada ajena. Pero nadie sabe cuándo le sonríe por última vez a un objetivo. Nadie alcanza a saber cuándo se contempla por última vez en la mirada del otro. Al final los ídolos se los lleva el agua y sólo quedan los sueños. Y ni siquiera se pueden alquilar en un blockbuster.

Manos y almohadas

Dormir rodeado de una mano amiga es una de esas cosas que todo el mundo busca a lo largo de la vida. Sentir un cuerpo a tu lado, saber que no estas sólo en la noche puede ser la diferencia entre la felicidad y la angustia vital. Las camas cada día son más amplias, pero sin embargo las ocupan menos personas. Curioso destino el de las camas, al contrario que el de las casas, que cada día son más pequeñas pero tienden a ser compartidas por multitudes que sólo aspiran a guarecerse de la lluvia en su interior. El colchón por lo tanto sigue siendo el territorio individual donde nos sumergimos para esperar la noche y escapar de las pesadillas. Pero las pesadillas vienen y entonces buscamos esa mano amiga que nos tranquilice y nos diga que todo es un sueño, que nuestra vida es correcta, que la felicidad nos rodea aunque a veces no la veamos. En fin que en cierto modo seguimos siendo niños y cuando nos acostamos nos gusta que nos cuenten cuentos, historias felices que nos ayuden a luchar contra esas pesadillas que no hay manera de borrar de nuestro disco duro cerebral. Pero resulta que en nuestras camas grandes no hay manos amigas, allí lo único que abunda es la soledad y las almohadas. La soledad, compañera habitual, nos rodea como grumos en la sopa de nuestra vida y quizás por eso nos dedicamos a transformar el mundo de las almohadas con el mismo ahínco con el que un topo hace agujeros en el suelo. Porque el lugar donde apoyamos la cabeza para dormir no ha sido ajeno al proceso de cambio que ha trasformado nuestras vidas en los últimos años. Hace un tiempo, las camas de matrimonio disponían de una almohada grande, gigante en algunos casos, una especie de morcilla diseñada para que dos personas pudieran nadar en sus sueños y pesadillas de pareja. Esas piezas de goma espuma se convertían en vasos comunicantes de pensamientos o en objeto de deseo y lucha por parte de alguna de las partes. Pero ahora todo ha cambiado, las almohadas son individuales e intransferibles. Se venden de diferentes formas y grosores para que cada cabeza encuentre el punto justo de su descanso. Resulta curioso, las camas se hacen grandes, las almohadas se individualizan y a la misma vez la soledad sustituye a las parejas que peleaban por su morcilla de tela. El caso es que ahora por lo menos podemos elegir el material de la almohada, para evitar alergias, su forma para que los cervicales descansen sin dolor e incluso el número de ellas. El mundo de las almohadas se ha expandido ocupando en las camas el lugar del acompañante. Así que es lógico que una empresa haya diseñado una almohada de la cual cuelga un brazo amoroso de peluche. Una mano amiga que no ronca y a la que podemos abrazarnos cuando las pesadillas se empeñen en visitarnos. Camas grandes rodeadas de grumos de soledad y almohadas que nos abrazan parecen ser nuestro futuro. Futuro que también parece llegar a los nuevos móviles de tercera generación. Algunas compañías ya ofrecen el servicio de novia virtual gracias a las nuevas tecnologías de video portátil. Al parecer por una cuota mensual podemos acceder a imágenes de nuestra amiga, llamadas amorosas sintetizadas por ordenador e incluso una suegra que se interese por lo que comemos y que nos llame a horas intempestivas. No puedo evitar refugiarme en las almohadas cuando leo estas noticias, aunque ahora tengo un poco de miedo de que a la mía le salga una mano de una esquina y me agarre por el cuello y trate de ahogarme cuando esté durmiendo. La soledad invade las camas gigantes, pero a nadie le importa porque tenemos la solución en nuestras manos. Nunca mejor dicho, ya que ahora hasta salen de las almohadas como si fueran cuernos emocionales.

Curvas

Vivimos en un mundo contradictorio. Las curvas triunfan en la arquitectura, en los objetos cotidianos y en la naturaleza, pero sin embargo, los seres humanos no queremos nada doblado. Los hombres quieren estar cuadrados, las mujeres afiladas.
Los casados le temen a la curva de la felicidad, los solteros beben cubatas o botellones. Las carreteras se convierten en autopistas, las arrugas ya no son bellas y el cutis tiene que estar estirado y rectilíneo. El diseño gráfico se ha poblado de letras redondas, igual que los museos, los auditorios y los puentes.
Las letras rectas, romanas y sencillas ya no le gustan a nadie, las casas cuadradas son para los pobres de espíritu y monedero. Los coches parecen guisantes con ruedas, los electrodomésticos se doblan en las esquinas. El mundo parece curvo pero la moral cada vez es más recta, más unidireccional. Las vidas paralelas solo se mezclan en el infinito o en el infierno, que a lo mejor es lo mismo.
La grasa se está cambiando por el músculo, la grassia por la eficassia, la hamaca por el tatami, la arruga por el bisturí. Los hombres y las mujeres redondas empiezan a ser un grupo discriminado, una raza aparte, personajes fracasados en un mundo de rectitud adelgazada. Los gordos son enfermos, las caderas anchas una aberración, los pechos de silicona, los bíceps de plastilina, las cabezas de cartón. Los turistas caminan en masa a los nuevos templos de las curvas, lugares donde rezar a un Dios antiguo y doblado que nada tiene que ver con la rectitud del mercado.
Porque Gaudí era un loco que llenó de curvas su Sagrada Familia, y todo el mundo sabe que Dios es recto, y que no encaja en ese edificio que parece un bosque, un atentado a la moral, un sacrilegio de piedra, una pesadilla retorcida en columnas de colores. Pero la gente camina en masa para contemplarla, porque sus vidas rectilíneas y paralelas son aburridas, son predecibles y conducen al infierno de la indiferencia. Contemplan las espirales y se hacen cruces sobre el pecho mientras bailan la curva de la felicidad. Sobre todo las mujeres, esclavas de su propia línea, servidoras de las arrugas, enemigas de las espirales de grasa y chocolate, sobre todo ellas, bailan y miran al cielo, donde las nubes se resisten a ser cuadradas y la luna se empeña en ser redonda.
Porque las curvas de las mujeres, se refugian en el cielo y en las películas antiguas. En esas cintas existen hombres y mujeres cuyas miradas todavía parecen vivas, cuyos dientes no siguen la línea recta, cuyas narices tienen formas caprichosas. Las películas de antes son como la Sagrada Familia de Gaudí, un templo al que acudir cuando no se puede soportar la rectitud de nuestra vida. Un lugar donde llorar gotas de agua sin forma, una matriz cálida donde protegernos de las autopistas y los teléfonos móviles. Somos una generación recta, que no admite las concavidades, que no tolera los huecos, que no permite la desidia ni la arruga. Somos una generación de delgados, que hemos abierto la puerta de los armarios, para sacar el sexo y meter en ellos a los gordos y a los curvos, a los feos y a los viejos. La muerte es torcida, la vida es recta, una línea paralela que no pasa por ningún sitio, una esclavitud geométrica que sólo permite escapadas para ver monumentos, museos o películas antiguas. Las muerte está en el armario, ha dejado de existir, igual que la angustia y el fracaso, igual que las curvas o las carreteras comarcales.
Pero en realidad somos una doble hélice, un trozo de ADN convertido en persona que por alguna extraña razón hemos decidido enderezar. Aceptemos nuestras curvas y dejemos que se ventilen los armarios porque de esa manera quizás podamos disfrutar de las nubes, del cielo y de las espirales de pensamientos que llevamos en las cabezas

De paraguas y primaveras

Si los escuchas llegarás a la misma conclusión: el frío y largo invierno siempre acaba por congelar el sentido común de algunas personas que tienen que decidir asuntos mucho más relevantes que la eterna duda matinal de coger o no el paraguas ante un día nublado. Pero no es culpa del invierno el que algunos cerebros, escasos de líquido anticongelante, pretendan elaborar profundas tesis doctorales sobre el pasado, presente y futuro de un territorio con apenas dos o tres conceptos aprendidos cuando levantaban el brazo y se ponían cara al sol. Más complicado es pedirles que no condicionen toda una prometedora primavera a sus intereses particulares, escondidos en su armario: decenas de paraguas que serían la envidia del cualquier lord inglés y que marcan una vida pendiente de las nubes. Todo por si llueve, incluso el mismo soleado día en el que la primavera se reencontró con nosotros.
Aún no sé si fue ETA o la primavera los que contaron con la ayuda de expertos que les asesoraron sobre la nueva imagen pública que debían tener el 21 de marzo. Sería lógico pensar que la primavera estaba tan deseosa de aparecer en los medios de comunicación que decidió firmar un pacto con la banda terrorista para que ésta anunciara su tregua ese día. Mucho más lógico es pensar que fue ETA la que decidió llenar de esperanza la nueva estación con la noticia que todos esperaban. Obviamente algunos deseamos mucho más, pero somos conscientes de que para que llegue el verano antes tiene que venir la primavera. Todo, incluso las estaciones, requiere su tiempo.
La duda, una semana después del cambio de estación, no está en saber si la primavera es real. Ya lo sabemos, basta con ver el sol y sentir el calor para comprobar que no es una primavera trampa, y que no es una tregua ni un alto el fuego del invierno, sino que es una nueva estación. Pero también sabemos que podrá llover algún día y que probablemente haya momentos en los que pensemos que de nuevo estemos en invierno, con una persistente lluvia que nos haga desconfiar nuevamente de la veracidad de la primavera.
El realismo nos recuerda que todo tiene su fecha de caducidad y que después de la primavera llegará el verano, luego el otoño y por último el invierno. Sí, es cierto, pero si el admirable desarrollo económico ha conseguido trastocar el ritmo natural de la naturaleza y crear de la nada todo un cambio climático, no debe ser tan difícil poner un microclima primaveral en este país que compense los más de treinta años de invierno terrorista y consiga desterrar los paraguas al armario, por mucho que algunos no sepan vivir sin ellos.

Placita de La Paz

Entre una plaza y un bar, mejor que se recojan firmas por la cafetería, que siempre conoces gente y te tomas algo. Y más si la plaza no sirve para nada porque no se puede ni pasear por ella. Era una plaza rara la plaza de La Paz, como extraño es el impulso que lleva a casi cinco mil santacruceros a defender dos círculos concéntricos de cemento sin el más mínimo encanto. Miren lo que les escribo: hasta el abominable e intocable monumento dedicado a un dictador como Franco (a ver si nos acordamos), sito al final de la rambla del mismo nombre (a ver si la cambiamos), tiene más interés estético que la fuente aquella. El homenaje a Franco es todo lo que Franco no era: esbelto, gallardo y proporcionado. Pero también Hitler -feúcho, bajito y moreno- y todos sus secuaces feúchos, bajitos y morenos estaban por la pureza de la raza aria alta, mona y rubia. Las firmas por la plaza de La Paz parecen otra manera más de atacar a un tranvía que cae bastante mal por culpa de su obra, porque una defensa puramente estética, tradicional o simplemente costumbrista del lugar no se sostiene. El tranvía conviene defenderlo por una cosa muy de comienzos del siglo XX: por estar con el progreso. Seguro que era más barato hacer carriles guagua y tal, pero en el Archipiélago Golfo a los dos días todos estaríamos circulando por el mencionado carril. También las obras del túnel de la avenida Tres de Mayo montaron una buena, pero mira ahora lo rápido que se sale de Santa Cruz. Vuelvo a la primera frase porque se comenta mucho sobre la dichosa plaza de La Paz, que al final la van a poner tirando un córner al lado de la que fue su ubicación -porque ya no está-, pero no se mueve medio músculo por el kiosco de La Paz, que hasta este momento no se sabe si quedará afectado por el desplazamiento de la plaza, si deberá cerrarse o qué. La mencionada terraza fue, si no me equivoco, el lugar donde se inventó el barraquito, y ya solo por eso merece un lugar más destacado en los libros de historia que la dichosa plaza de La Paz, que ni se podía pasear por ella ni funcionaba la fuente ni era bonita ni tenía la más mínima utilidad futbolística, tal y como está el representativo. Encima el debate ayuda a recordar que la mencionada plaza es gafe. Sí, se levantó en el lugar tras la Primera Guerra Mundial como un homenaje a la paz. Después de lo que vino, y como esos llamamientos solo quedan bien en las fiestas de colegio, mejor hacerla la plaza del Barraquito, largo de café. Eladio, por favor...

Barrio

Si quisiéramos definir objetivamente un barrio habría que sumarle al contenido geográfico (realidad reconocible), aquello que no se ve ni se puede tocar: lo mágico que subyace en el mundo infantil. Un barrio es una geografía que se halla inmersa en otra mayor, usa unas vías de comunicación para relacionarse con la totalidad, pone a sus habitantes en relación entre sí y los compromete en los medios de producción social a través de sus trabajos. Allí se fragua la cultura ciudadana del individuo, y la cultura es a la sociedad como el alma, o lo creativo, es al cuerpo. Muchos no hemos nacido en esta ciudad que mira al mar, pero nuestra infancia discurrió entre las calles La X y Ramón y Cajal (Barrio Duggi). Recuerdo aún sus vías todas levantadas con las tripas al aire, pues se realizaba el primer asfaltado de El Monturrio. Barrios con solera eran el Barrio Salamanca, Toscal, Cuatro Torres, El Cabo... También Duggi, como todos los barrios, tenía su personalidad propia y era imposible vivir fuera de ella o sustraerse a su influencia. Si la niñez pasada en una ciudad no fuera fraguada en un barrio, un adulto es casi nadie, sólo desmemoria, porque la raíz de toda capacidad creativa y productiva está en los elementos que la sustentaron. La niñez se fabricó con retazos de las vidas con quienes nos relacionamos, y nos conforman tanto sus castigos como las caricias y amores. Un niño es la marmita donde se cuecen los elementos que modelan al adulto futuro. Todo adulto estará contenido, como una semilla, en el niño. Lo que recibe es cocido en su propio barro con el fuego de las emociones, sentimientos o conflictos. Junto con los cachetones, le entran en el mismo guiso las nanas cantadas al anochecer, los cuentos viejos de misterios y de hadas oídos junto a la gente del barrio en la plaza; los olores de las cocinas del vecindario mezclándose las especias con el café, la leña o el carbón, el petróleo o el gas, y el paisaje... El paisaje interior y exterior del lugar es fundamental para entender la luz que luego habitará en la vida de un adulto. El gran paisaje es, por supuesto, la ignorada madre naturaleza, pero sin llegar a tan grandes dimensiones el niño la observa y goza más desde su utilidad y cercanía que desde el concepto universalizado. Reconocerá primero su propia calle, con los peligros, acechanzas y horas de tregua, donde el juego y la convivencia con los amigos debe ser posible y necesaria. Descubrirá luego otras calles y, al fin, el barrio entero, ¡en el proceso de toda una excursión al universo abierto! Porque el barrio sólo tiene límites cuando los chicos de otro barrio, normalmente concebido como una tribu enemiga, se acercan e invaden su territorio. Eso le enseñará que él es un miembro con todo derecho de una tribu, y su barrio es la condensación de todo el paisaje y en ese entorno, para poder ser feliz, debe tener acceso a todo lo necesario, cuando no sea así, o sucumbe o buscará sus nuevas esperanzas en otros sitios, en lugares que deseará y que están más allá de su entorno. Cuando el niño viaja a conocer el mar, está reconociéndose en la carne de emigrante que conforma a un isleño, y se le prende en la mirada un deje de añoranza que quizá pronto olvide pero que seguramente realimente. Para cuando transita sin saber adónde va, cuando camina por las calles de su ciudad hasta cansarse, hasta perderse..., estará andando por la piel de este mundo sin fin. Se ama aquello que se conoce, aunque también las ilusiones y esperanzas nos ayuden a dar el salto hacia lo desconocido y atraerlo hacia nosotros con la fuerza del amor. Siempre habrá que renovar los deseos para insistir en las conquistas. El amor es vibración de la energía que subyace en el corazón, también lo es la voluntad de ser y tantas otras cosas del humano que crece. Los estudios, las lecturas, el parque y sus ferias de primaveras, veranos, otoños, inviernos, la plástica o el cine... son un cúmulo de energía conformada creativamente. El niño, con toda su experiencia vivencial, junto con quienes los cuidan o asisten, conforman una iconografía sustancial en la orografía del barrio: son, en sí mismos, un producto de identidad cultural difícilmente sustituibles. Un barrio y un niño se funden en una misma seña de identidad.

Alto el fuego 4

No hay nada más sencillo que sembrar la duda porque esta técnica radica en el ánimo destructivo de la verdad. La están practicando Mariano Rajoy y su partido en concierto permanente con unos corsarios de la pluma y de las ondas cuya vocación no es informar sino influir. De esa manera, no vale para nada la labor del juez, de la policía judicial y científica, de los servicios de inteligencia españoles y extranjeros.

Nadie hay en el mundo, en un momento en que Al Queda y el terrorismo islámico es el eje de la preocupación por la seguridad en todo occidente, que se haya sumado al intento de cuestionar la autoría física e intelectual del 11-M. Mariano Rajoy, Pedro J y Federico Jiménez Losantos se han quedado absolutamente solos en la teoría conspirativa. Y sus barbaridades son gratuitas, sin fundamento alguno y en la línea tradicional de arrasar las instituciones del Estado. Todo para desgastar al adversario y ganar poder.

Lo que radica en el fondo de las intenciones de quienes utilizan técnicas tan fáciles y tan perversas es la deslegitimación de las elecciones generales –y con ello la del gobierno constitucional de España- y el descrédito de la Justicia, de la policía y de los servicios de inteligencia. El colmo es que se pretenda que los cuerpos de seguridad del estado, o una parte de ellos, fueron capaces de azuzar la matanza. En otro país habría un proceso judicial contra los inductores de esa siniestra campaña; en España circulan su veneno sin ningún problema.

No se cuanto tiempo más tenemos que asistir a esta obscena ceremonia de confusión en la que no se respeta nada: ni el dolor de las víctimas, ni el prestigio de las instituciones, ni la legitimidad del Gobierno. Pero hay algo casi peor que la malicia de quienes así actúan: el reconocimiento tácito de su incapacidad, que es doble.

La primera insolvencia es la que personifica Ángel Acebes. El ministro de Interior de un gobierno que ha estado ocho años en el poder, al que se le produjo el mayor atentado de la historia de España sin que fuera capaz de prevenir nada, tampoco puede encontrar una sola prueba que apuntale su insólita pretensión. Toda su experiencia en seguridad, para nada. La segunda incompetencia es la de todos estos fabuladores de historias que no han encontrado, siquiera, un punto de apoyo serio para esta tesis enloquecedora. Ni siquiera la pléyade de chivatos, confidentes, mercenarios y soplones que pululan por las redacciones han podido aportar un grano de credibilidad a sus patrañas. Sencillamente lo único que les queda es el ánimo destructivo de sembrar la duda entre sus propios fanáticos. Y para eso no hace falta demasiado talento.

Alto el fuego 3

Noticias como la del "alto el fuego permanente" de ETA lo interrumpen casi todo. La vida, como se sabe, está compuesta por acontecimientos que conmueven, pero no paralizan, por los que recibimos y asimilamos y, muy de vez en cuando, por aquellos que nos dejan como suspendidos en el aire de la cotidianeidad. La esperanza de no ver más la nube negra de ETA sobre nuestras cabezas, me ha hecho recordar otros tiempos y circunstancias. Los de mi generación hemos vivido con ETA como lo hicimos bajo Franco: formaban parte del paisaje. No acabamos con el dictador en vida, pero tampoco él pudo con todos los que deseaban su desaparición. Aunque tardó unos años, el franquismo se disolvió. A pesar de sus residuos, de transiciones no tan modélicas y de demasiado silencios cómplices, todo aquel cartón-piedra se vino abajo porque ya no tenía cimientos, porque la sociedad española iba muy por delante de la unidad de destino en lo universal. Carcomida la carpintería, se edificó la democracia piso a piso. La sociedad y los políticos de aquellos finales de los setenta y principios de los ochenta supieron estar, grosso modo, a la altura de las circunstancias históricas. Ahora estamos frente a la posible liquidación de otro totalitarismo. Según los conocedores de los entresijos etarras, la organización terrorista podía seguir matando y chantajeando. Sin embargo, si no se decidía a igualar la barbarie islamista, si sus atentados no se equiparaban a los del 11 de marzo de 2004, ya podía empezar a establecer el inventario de su derrota, a negociar la vuelta de los suyos al redil de la política o de la vida más o menos normal. Ponerse de acuerdo en cómo lograrlo, en cómo hacer esa transición, esa es la cuestión en la que toda la sociedad española, a través de sus representantes, debe estar implicada. Sin bajuras partidistas y electorales, con la capacidad que otorgan la palabra y la fuerza democráticas, sin perdón y sin odios.
Aturdido por la emoción y la esperanza, esa fue la reflexión que me hice a media mañana del miércoles pasado. Llamó un amigo para decirme que abriera la ventana de Internet: "ETA declara el alto el fuego permanente". De pronto, la compañía de los libros que amurallaban la mesa del despacho me resultó tan escuálida que necesité convertirme en un eslabón más de la cadena informativa. Me pareció otro de esos "momentos históricos", es decir, de aquellos que, más tarde, recordamos por encima de la neblina diaria. Pasada la conmoción primera y a la vista de las reacciones de algunos políticos de la derecha, he vuelto a la realidad de las trincheras que en este país se construyen con tanta facilidad (no sólo de los políticos, porque también un señor mayor, tras servirnos las dos cañas con que pretendíamos festejar la buena nueva, nos espetó: "Ahora sí que el Zapatero ese ya ganó las próximas elecciones"). No me gustan los ditirambos, ni siquiera en forma necrológica. Sin embargo, me pareció que la intervención del Presidente en el Congreso de los Diputados, horas después del anuncio de la banda terrorista, fue un ejercicio de prudencia y de sentido del Estado. Ofreció al PP la máxima información y recabó su imprescindible apoyo para andar por el largo y difícil camino que aún queda, es decir, para que ETA pase a formar parte solo de la memoria histórica de España. En frente y a pesar de haber rebajado el tono de sus primeras declaraciones -esas, por cierto, que delatan a quien vive atado al guión prescrito-, un Mariano Rajoy de acero inoxidable. No habló de esperanza, ni siquiera de la normal cautela con que han de acogerse ese tipo de ofrecimientos etarras. Se limitó a ofrecer lo obvio: colaborar para que se respeten las reglas constitucionales (dijo que tampoco la banda ha pedido perdón a las víctimas. Es normal, añado yo, porque ETA, como cualquier organización fundamentalista, cree estar en posesión de la verdad. En eso se parece a la Iglesia católica que ha tardado cinco siglos en lamentar, por ejemplo, la barbarie inquisitorial). Al contemplar su rostro y los de algunos corifeos suyos, era difícil reprimir la sensación de que este anuncio les privaba del martillo pilón con que durante los dos últimos años han querido hacer añicos al Gobierno de la nación. Otra declaración en caliente, la de María San Gil, ridícula y permanentemente enfadada dirigente del PP en el País Vasco, fue otro mazazo descorazonador: "Zapatero necesita que ETA le dé argumentos para seguir defendiendo lo que está defendiendo y ETA necesita que Zapatero siga en la Moncloa..." Regreso a Canarias y, además de la alambicada distinción semántica de Adán Martín sobre la diferencia entre tregua y alto el fuego permanente, otra patada en las sienes de la razón. El autor de la patochada, teledirigida desde el cerebro de Mayor Oreja, ex ministro del Interior, es Jorge Rodríguez, portavoz del PP en el Parlamento canario: "Zapatero quiere hacer saltar a España por los aires. Es lo mismo que lo de Cataluña... El anuncio forma parte de la alianza arcangélica desplegada por Zapatero". Frente a esa cortedad y bajura de miras, el alcalde de Madrid, uno de los rostros de la derecha necesaria, sospechoso de heterodoxia para la actual cúpula del PP, decía en paralelo: "Una magnífica noticia, una de las más importantes desde hace muchísimo tiempo en la política española. Marca una inflexión". Esa es la altura mínima que cabe exigir ante un reto tan cargado de esperanza.

Alto el fuego 2

En situaciones como la de ayer lo mejor era escuchar a un hombre de Estado, como lo es, sin duda, Jordi Pujol. Pujol se alegraba del "alto el fuego permanente de ETA y recomendaba generosidad en la gestión del júbilo. Otro tanto hacía Patxi López desde el País Vasco, que prefería no comentar las palabras de María San Gil, que dijo que a ETA le viene bien tener en La Moncloa a Zapatero, y prefería tomarlas el socialista vasco como palabras del pasado para expresar su deseo de hablar de futuro. Fue Artur Mas el que se ocupó de calificar las palabras de la señora San Gil de repugnantes. Tan repugnantes como las palabras de quien ha dicho que prefiere que siga ETA para sacar a Zapatero de La Moncloa. Pero desde La Moncloa llamó Zapatero a Rajoy tan pronto tuvo dispuesta la noticia, y ajeno éste, no ya a la generosidad a la que apelaba Pujol, ni a su responsabilidad, sino ni siquiera a la más elemental cortesía, esperó a que pasarán casi dos horas para contestar a la llamada del presidente. Era previsible saber que a Rajoy la noticia no le gustaba nada, pero hubiera sido deseable que le gustara algo. También a la Conferencia Episcopal le supo a poco, aunque le supo a algo. Bien es verdad que si algo de positivo hubiera en la gestión de Zapatero para conseguir la declaración de ayer no será por las oraciones de los obispos. Pero ayer no era día para escuchar a Zaplana o a Acebes, por ejemplo, y sí dio gusto oír a Jaume Matas, que dijo que era un gran día para la democracia, o a Alberto Ruiz Gallardón, que no temió decir que se trataba de la más importante noticia de los últimos años. Que la vicepresidenta dijera que toda cautela es poca y poca toda prudencia era lo propio y que lo de ayer sea el principio del fin es lo esperable. Pero que, mientras llega el fin, nunca se había avanzado tanto, es lo evidente. Y eso, ni es poco, ni para estar tan triste como Rajoy. Ni enfadado como Zaplana. Ni desbocado como Acebes. No, a Aznar no le vimos la cara.

Alto el fuego 1

La primera barbaridad proferida ayer por los líderes del PP se la escuché a su máxima dirigente en el País Vasco: "Ese comunicado responde a la necesidad de ETA de que Zapatero continúe en la Presidencia del Gobierno español". Incluso en una ocasión como esta el Partido Popular sigue supurando sus tesis conspiranoicas con el doble objetivo de eludir sus responsabilidades y diabolizar a Rodríguez Zapatero como centro de un complot para destruir España y la Constitución, con el infame concurso de etarras, independentistas vascos y catalanes, islamistas, comunistas, la cúpula del Cuerpo Nacional de Policía y la Guardia Civil, la Fiscalía General del Estado, dinamiteros ociosos, docenas de torticeros jueces de paja e Iñaki Gabilondo. Algunas horas más tarde, el discurso del presidente del PP, Mariano Rajoy, fue ciertamente menos abrupto, pero igualmente decepcionante. Y esta actitud de los conservadores españoles es profundamente preocupante. Si ETA ha decidido no matar, secuestrar ni extorsionar a través de un alto el fuego, es por su creciente debilidad financiera, organizativa, logística y, a la postre, política y social. En esa debilitación los gobiernos del Partido Popular ejercieron un papel singularmente relevante y en general poco acertado. Que ahora, frente a un proceso que será arduo, complejo, arriscado, el PP adopte una actitud de obstrucción y descalificación, incapaz de superar sus estrategias de manipulación y sus ansias electorales, es una pésima noticia.
Uno, como ciudadano, no espera únicamente la paz. La paz, desde luego, es un noble objetivo, siempre que no se olvide que debe crecer y prosperar en un País Vasco democrático y plural en el que la convivencia esté plenamente normalizada, y el nacionalismo -rentabilizando la amenaza terrorista- no pretenda ser hasta el infinito la única fuerza legitimada para ejercer el poder en Euskadi. Las negociaciones que se abran a partir de ahora con ETA y su entorno serán no sólo difíciles, sino perturbadoras. ¿Concesiones políticas? Deberá haberlas, porque si no es así la negociación carece de sentido. Las concesiones políticas pueden apuntar a la excarcelación de presos etarras o a la legalización bajo condiciones explícitas de Batasuna, pero los límites deben estar claros para el Gobierno. Sin reformas estatutarias. Sin cesión de soberanía a cambio de la entrega de las pistolas. Sin indignidad. Esas cuestiones son negociables con la sociedad vasca y su territorialidad. No con ETA.

Meretrices 2006

El próximo verano se disputará en Alemania la Copa del Mundo de Fútbol, ese evento deportivo en el que España siempre parte como favorita, pero luego no se come una rosca. Ya están en marcha los preparativos y las primeras en coger puesto han sido las prostitutas. Junto al estadio de fútbol de Berlín se está habilitando un lupanar con capacidad para más de seiscientas prostitutas que podrán despachar a gusto a un número proporcional de clientes en unos diez minutos más o menos; pues ya se sabe que el respetable termina siempre muy cansado de animar al representativo. Mucha gente ha puesto el grito en el cielo, especialmente por lo de la trata ilegal de mujeres, alarma a la que nos sumamos y que tendría fácil solución si a estas señoras se les pagaran sus trienios y cotizaran como todo hijo de trabajador. Todas las civilizaciones han tenido siempre su leva de prostitutas que han llegado a la ciudad, como un ejército mercenario, a sofocar los núcleos insurgentes que los gobiernos nunca han sido capaces de reprimir. La prostitución es un lenitivo social, una lavativa de interés cultural que no necesariamente tiene que aplicarse por vía rectal. La prostitución ha existido siempre, aunque no creo que sea el oficio más antiguo del mundo, mérito que reservamos para el proxeneta (¿quién fue primero, el chulo o las putas?). En muchas civilizaciones, la prostitución adquirió, incluso, cierta notoriedad social, como era el caso de las heteras griegas que hacían el francés con la misma soltura lingüística que recitaban a Píndaro. Además, existía una prostitución sagrada, de mujeres consagradas a Afrodita, que ofrecían sus servicios a los extranjeros desinteresadamente, sólo por rendirle culto a la diosa del amor y de la belleza. Del mismo modo, cada cuatro años, acudían a Olimpia numerosas busconas para estar junto a los héroes del estadio y compartir con ellos la gloria de una eyaculación. Algo parecido es lo que va ocurrir este verano en Alemania, sólo que esta vez las prostitutas van a disputarle el adefesio amarillo al Ronaldinho y al resto de la basca futbolística. Junto a los estadios de fútbol, el hincha va a encontrarse ese otro terreno de juego en que las porterías estarán francas, sin la oposición de ningún defensa, para convertirse en el pichichi del Campeonato. La prostituta es ese guardameta guapo que sabe en qué momento lucirse con una posturita y cuál es el oportuno para dejarse golear. Yo creo que este año el Mundial va a ser un fiasco de público y que el respetable va a pasar de ir a los estadios para gastarse los cuartos en putas, que son más baratas y también puedes insultar. Los aficionados, por fin, renegarán del fútbol precisamente el mismo día (una Copa del Mundo) en que deberían ser más fieles. Pero cuando lleguen a casa dirán a sus señoras lo bien que jugó la selección, aunque no llegamos a semifinales.

A buenas horas, mangas verdes

A buenas horas, mangas verdes. Esto es lo que se me ocurre decir después de leer lo expresado por el consejero de Economía y Hacienda del Gobierno de Canarias, refiriéndose al empleo y asegurando que Canarias no puede aspirar a alcanzar la media salarial española y a superar en firme sus actuales parámetros económicos si no se toma en serio que hay que producir, ser competitivo y exportar pues, según él, tradicionalmente lo compramos todo fuera, vivimos básicamente del turismo, y así nunca habrá una balanza comercial positiva. Por otra parte recordó que producir y exportar no servirá de nada si no se mejoran las vías de comunicación. Se queda uno in albis al escuchar, por boca de la máxima autoridad en la economía canaria, lo que debe ser conocido ya desde el parvulario. La sociedad canaria no ha dejado de ser zaherida, continuadamente, con el argumento -veraz- de que económicamente siempre ha dependido del monocultivo: la cochinilla, el plátano, el tomate... hasta terminar desembocando en el turismo. Si nos fijamos, hablamos de sectores, todos, en los que se ha trabajado y trabaja mucho para, a cambio, percibir sueldos que difícilmente dan para llegar a fin de mes. Y si hemos hecho este recorrido por los sectores mencionados no ha sido por capricho sino obligados por las circunstancias del momento. Finiquitado el negocio de la cochinilla seguimos exportando plátanos y tomates porque nos apoyamos en unas subvenciones que deben ser negociadas cada vez con mayor ahínco. Y nos queda el turismo, siempre desplazándose por el filo de una navaja, porque, todavía, esta tierra sigue contando con un clima de excepción y una infraestructura hostelera de calidad y capaz de hacer verdaderos equilibrios con tal de no perder la clientela. Todo canario con dos dedos de frente sabe, sin necesidad de escuchar a José Carlos Mauricio, que nuestra situación económica es crítica por inestable. Que es necesario abordar la solución de un problema que ha quedado atenuado, hasta el día de hoy, por las ayudas europeas. Mientras no faltaron ubres que ordeñar -la teta europea dio mucha leche- a ningún político se le ocurrió plantear la necesidad de una industria con la suficiente capacidad para exportar sin temor a competir: en precios o en calidad. Peor aún, la industria canaria, al menos en Tenerife, ha sido acosada hasta límites insoportables por quienes quieren participar de las ventajas del progreso sin aportar nada para conseguirlo. Nuestra carencia de materias primas, el coste de la energía y nuestra situación geográfica inciden, negativamente, en la puesta en marcha de industrias con la consideración de tradicionales. Hace algún tiempo, gobernando Felipe González, alguien lanzó un globo sonda para tratar de convencernos de que existía la posibilidad de instalar en las Islas una fábrica de componentes electrónicos para la ITT. Aquella iniciativa, por razones que ignoramos, se fue al traste. Ahora, cuando José Carlos Mauricio ha sido traicionado por su subconsciente y ha dicho lo que ha dicho, uno le pediría que fuera más explícito y nos indicara cómo y qué industrias debemos instalar y, además, cómo competir con unos países en los que los hombres son explotados por los hombres. Todo lo demás ya lo sabíamos.

Curioso

Me ha llamado la atención que el fiscal anticorrupción se haya fijado en el alcalde de Orihuela por su provechosa amistad con un promotor. Si el señor alcalde vive en un lujoso chalet, cuyo valor no baja de un millón de euros, porque su buen amigo se lo ha dejado para que lo disfrute, habrá que reconocerle su poca ambición de propietario. Y si se pasea en un Rolls-Royce Bentley, hermosísimo coche de color verde, de unos 200.000 euros de coste, que vino directamente desde Italia a su garaje, pero que tampoco es suyo sino de su complaciente amigo, lo llamativo vuelve a ser que el alcalde no admita regalos y se conforme con el solo disfrute de las posesiones del promotor amigo. De modo que vincular estas cariñosas amabilidades al hecho de que el Ayuntamiento aprobara a ese dadivoso promotor un programa urbanístico en suelo no urbanizable y protegido puede ser reprobable, pero lo más sorprendente es que a tan gran favor se corresponda con esos préstamos y no con el regalo de la propiedad del coche y de la casa. Así no me extraña que el alcalde considere una impertinencia que se le pregunte qué coche conduce, cuando tiene más de cien en su garaje, aunque lo extraño resulte ser el coleccionismo en cuestión que tanto lo acerca a las aficiones del detestado Sadam. Tiene el PP un variado repertorio de supuestas corrupciones, ya sea en Gran Canaria o en Castellón, por ejemplo, y ya sea con el aire, con la tierra o con la salud de los ciudadanos, pero esta no deja de ser original, pintoresca. Y seguramente Rajoy, pendiente de otras dudas y de otras mochilas, no tenga tiempo para entrar en tales menudencias. Me extraña mucho, sin embargo, que su dilecto colaborador Eduardo Zaplana, que conoce tanto la provincia de Alicante y repudia las corrupciones, no le tenga al tanto de la colección de automóviles del alcalde de Orihuela por si quisiera darse una vuelta por allí y le faltara un coche. Pero es posible que no se fíe del fiscal anticorrupción, de casi ninguna de las instituciones democráticas se fía ya, y tenga alguna duda sobre eso que quiera aclarar antes.

Monstruos

Es un poco extraño pero echo de menos a los monstruos que me daban miedo en la infancia. Echo de menos asustarme por una película o quedarme sin dormir ante la espeluznante visión de un engendro de cartón piedra.
La vida es más sencilla cuando el miedo te lo producen cosas tan irreales como la televisión o el cine. Las pesadillas se diluyen en los brazos de una madre de carne y hueso que se acerca a tu lado y te acuna en su regazo. Ningún monstruo puede con la realidad y por eso el miedo forma parte de otro mundo, de un territorio habitado por monstruos y quimeras que se alojan en nuestras cabezas. Y eso es bueno, porque sabes que si estás despierto los monstruos no pueden hacerte nada.
Claro que luego cae la noche y cierras los ojos y el cerebro se puebla con esos seres deformes que hacen que te despiertes sudando. El caso es que durante muchos años tuve que luchar contra la oscuridad para no ser invadido por esos seres de pesadilla que habitaban en mi cabeza. Durante muchos años no pude ver una película de miedo porque entonces, por las noches, cualquier objeto de mi habitación se convertía en un monstruo que quería arrastrarme a su mundo.
Por eso me gustaba escuchar a mis padres charlando en el comedor, por eso me encantaba ver el resplandor de las luces a través del cristal esmerilado de mi puerta, porque el mundo real espantaba a los monstruos. La luz y la realidad eran los mejores antídotos contra esas imágenes falsas que me parecían tan reales por las noches. Pero ahora echo de menos a los monstruos porque gracias a ellos vivía en dos mundos distintos.
De un tiempo a esta parte cuando veo una película de terror me doy cuenta que todo es de cartón piedra, que la sangre es falsa y los personajes son actores haciendo su trabajo lo mejor que pueden. Pero eso no es lo peor, lo peor es que ahora de lo que tengo miedo es del mundo real. Me he dado cuenta de que los monstruos no son seres deformes que te pueden atacar por las noches, sino que su apariencia es muy normal y te pueden morder a cualquier hora. No hay ninguna madre que te pueda proteger de esos miedos, ninguna luz que haga desaparecer los miedos, ningún sonido protector que te serene como cuando era un niño. Así que ahora sigo teniendo dos mundo, pero el que está en mi cabeza se ha convertido en un refugio donde esconderme cuando me siento atacado por el real. Los monstruos de mi infancia se han convertido en mis amigos y me dejan jugar con ellos.
Cuando cierro los ojos, ellos vienen a mi encuentro y nos abrazamos como viejos amigos y entonces el mundo exterior no puede penetrar y me siento tranquilo. Y eso está bien, porque es agradable saber que uno se ha convertido en adulto, pero hay días en que echo de menos ese miedo imaginario que tenía cuando era un niño. Hay momentos que añoro la seguridad que me daban las personas reales, el calor de una madre junto a mi cama, la claridad de la luz a través de un cristal esmerilado.
Quizás es que ha llegado el momento en que sea yo el que se siente junto a la almohada de un niño y cuide sus pesadillas. Quizás ha llegado el momento de dejar que mis monstruos pueblen los sueños de otras personas, quizás la vida no es más que eso, una transferencia de monstruos de ficción entre distintas generaciones.
A lo mejor la evolución consiste en esquivar la realidad, en vivir en el interior de nuestra imaginación y prepararnos sin riesgo para esa realidad que nos estará esperando al final del camino. Puede ser, pero cada día que pasa, añoro más mis propios monstruos.

Sospechoso caos

Vistas y oídas las repercusiones por su penosa actuación en el Parlamento, Eduardo Zaplana se justificó. Dijo: "lo de ayer fue un acto premeditado". Una diputada del PP sancionó las ideas de su correligionario: "fue un acto de feminismo equivocado que se explica por la precaria situación del actual Gobierno de España". Lo de menos es que estén convencidos (o no) de lo que dicen; lo peor es que se obstinan en dictarnos el veredicto: cierto, sólo el feminismo del PP es verdadero; y la precariedad del Gobierno ha de aceptarse con encuestas diferentes a las que conoce el resto de los españoles. La armadura que los cubre es la de su satisfacción, la de la única e incuestionable satisfacción: la que ignora o justifica sus inconsecuencias. Las diputadas de la izquierda conocían previamente, y sílaba a sílaba, las viles, ofensivas y machistas palabras de Zaplana contra la vicepresidenta del Gobierno (que es mujer) y esperaron en silencio a que el macho y ufano político de la ultraderecha pronunciara el desprecio. Entonces tuvieron coartada para salir de sus escaños en protesta. Es decir, machismo sobre machismo. Ése es el análisis del PP: la actitud de las mujeres no es una consecuencia, es un juego, acaso una banalidad?
Está tan acostumbrado ese sector camorrista del PP a mentir que la verdad les resulta sospechosa. La insistencia en las dudas sobre la legitimidad de las investigaciones sobre la autoría del atentado del 11M es el ejemplo más perturbador. La verdad para ese espectro del PP no resulta de una actuación esmerada de la policía y de un proceso judicial serio; su verdad es lo que prima y, si la contradicen, las instituciones sobran, desde la policial a la judicial, del Gobierno legítimo (absolutamente) al Tribunal Constitucional si fuera necesario.
Que el presidente del Tribunal Supremo y del Poder Judicial (adicto a semejante régimen) ofenda al Parlamento con sus incomparecencias suma cantos al desastre; que Esperanza Aguirre hable de "derrocar" al Gobierno y que propicie ayudar sólo a "sus" víctimas informa de su peculiar maestría; que la COPE (la radio de los obispos de España) intentara torpedear los resultados del EGM es otra estampa de la vulgaridad, de la incompetencia exclusiva.
La sospecha sobre la verdad en estos casos deja una huella indeleble sobre su cierta y contundente condición: pobres engendros de la autarquía; silenciosa cuando ganan, conturbadora cuando pierden. ¿Qué pretende el PP con sus exabruptos, promover pucherazos en el futuro cuando los ciudadanos se equivoquen con el voto que no les favorece? ¿Y los obispos, que sospechemos nosotros (los otros) que su Dios es un infundio?
Reacción cívica por el desdoro público es la respuesta. Si la muerte de Dios nunca estuvo tan clara, el ensañamiento de los políticos siniestros jamás propuso razones más poderosas para erguirnos.

A tope SIN

La nueva guía espiritual de Occidente se despliega a lo grande en las vallas publicitarias. En ausencia de esos prontuarios del jovial consumo, las personas contemporáneas no sabríamos qué beber, qué coche comprarnos, qué hacer con nuestras vidas a todas horas, cómo preparar la col lombarda para los amigos, o con qué compañía telefónica decir "te quiero tronqui" el día de San Valentín. Menos mal que nos lo explican todo clarito y así da gusto ser urbanícolas del siglo veintiuno.
O no tanto gusto porque, después de despejar la incógnita del mensaje publicitario, el resultado es que menos es más, mucho más, y SIN es la contraseña. Todo es SIN. Los refrescos son sin cafeína o sin azúcar o, rizando el rizo, sin ambos. Los yogures desnatados obran, como su propio nombre indica, sin nata, la leche viene sin materia grasa, la margarina sin colesterol, el pan sin sal, el bitter y la cerveza sin alcohol, la gasolina sin plomo, los cigarrillos sin nicotina ni alquitrán ni cigarrillos, el café descafeinado... Hasta el uranio te lo sirven ahora sin uranio, empobrecido él, hecho un asco. No importa que las vacas sean laboratorios clandestinos de clembuterol, anilina y priones chungos, que los pollos tengan gripe aviar, o los cerdos peste porcina, que es lo suyo de ambos, o los peces de la mar salada metales pesados y derivados del petróleo, o que el marisco rezume amoniaco, acetona y materiales de deshecho (ver el contenido de los emisarios submarinos). Da lo mismo que a todo le metan conservantes, edulcorantes y colorantes artificiales. El caso es vendernos el patín de la privación. Lo suyo es SIN. A tope SIN (sin drogas y sin lo que sea). Venga.
Estamos en una era exenta. En esta Europa sin fronteras llena de funcionarios congelados como rodajas de merluza, de contratos-basura y de emigrantes sin papeles, las parejitas sin hijos se compran los electrodomésticos a pagar en tres meses sin intereses. Nuestros mayores alcanzan la madurez sin arrugas y sin canas (y a lo mejor también sin pensión de jubilación, tiempo al tiempo). Celebramos el día sin coche como ecologistas de ciudad, aunque eso no cambie en nada el fino monóxido que nos ventilamos. Vivimos publicitariamente acosados de cuerpos sin vello ni moles ni bemoles, ni adiposidad de ninguna clase, ni olores corporales, ni contextura humana siquiera, que nos recuerdan inmisericordes todo lo que nos sobra a quienes no somos dioses. Damos besos sin lengua. Practicamos sexo seguro, aséptico, muy muy profiláctico. Ni son ni sobre ni tras: sólo sin, a secas. En fin, un aburrimiento que perdona, oíste.
Qué tiempos aquéllos cuando había que hervir la leche con sus dos dedos de nata y los polvos traían cola, en la resolución de un sano crecimiento demográfico que nos libraba de todos las futuras calamidades. Menos mal, menos mal que ya llega la primavera, con su cortejo de pólenes y de savia y de apareamientos, menos mal que ya llega a despiporrarnos er body, que falta nos hace a todos. Y de una puta vez.