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Nadir

Colecciones

Hace tiempo, un hombre, Phineas P. Gage, se hizo famoso porque una barra de hierro le atravesó la cabeza y no sólo no murió sino que, para asombro de todos, se recuperó sin secuelas visibles. Al parecer Gage era capataz de una cuadrilla que se dedicaba a tender vías férreas. Para ello tenían que dinamitar el terreno con pólvora compactada con arena, una tarea peligrosa, que terminó en explosión y que lanzó el trozo de acero hacia la cara de su dueño, penetrando por debajo de la barbilla y saliendo por la parte de arriba de la cabeza. Espeluznante, pero sin embargo, sirvió para demostrar que los lóbulos frontales del cerebro tenían mucho que ver con la toma correcta de decisiones en las que la razón no era la única implicada. Por alguna razón que desconozco, ese tema, objeto de estudio de la neurobiología, es algo sobre lo que siempre me ha gustado leer. ¿Porqué hay personas que parecen acertar siempre en sus decisiones vitales y personas que, a pesar de ser inteligentes, se equivocan una y otra vez? Al parecer el secreto está en el trozo de cerebro que la barra le arrancó a este pobre hombre. Pero en este caso, lo que me ha llamado la atención ha sido un efecto secundario, poco conocido, que le quedó al accidentado. Al parecer Phineas Gage desarrolló una afición que antes no tenía, la manía de coleccionar cosas. Lo cual es curioso, porque nunca me había parado a pensar que el coleccionismo tuviese nada que ver con el cerebro y mucho menos con el cerebro atravesado por un hierro. Según he sabido, las personas autistas también tienen esa tendencia a la colección. Así que después de leerme la desagradable descripción del accidente, me encuentro obsesionado con el tema de las colecciones y el cerebro. Pienso en las estilográficas que he comprado y me pregunto que problema tendré en mi cabeza para haberme dedicado a coleccionarlos. Mi madre tiene tantas colecciones que ya no sabe donde ponerlas y ahora me doy cuenta que algunas aficiones se heredan de padres a hijos, como las enfermedades o el color de los ojos. Es posible que mi madre y yo tengamos un problema neurológico. Nuestros circuitos han debido ser sacudidos por algún accidente y hemos desarrollado la manía compulsiva de juntar las cosas en álbumes. Por suerte no fue una barra de hierro lo que nos atravesó, sino algo más sutil, tanto, que nadie se había dado cuenta hasta ahora, ni siquiera yo mismo. Quizás fue un rayo de luz que atravesó nuestras gafas y nos tocó la conciencia cuando éramos niños. El caso es que ahora me da miedo mirar la colección, porque, además, el señor Gage, se enamoró de la barra de hierro y la llevaba a todos lados. Cuando murió, lo enterraron con ella y por eso, un siglo después, pudieron reconstruir su cerebro virtualmente, para analizar la trayectoria del proyectil metálico a lo largo de su cabeza. Así que no sólo coleccionaba, lo cual al parecer es sintomático de problemas, sino que se enamoró de su asesino. Encima trabajó en un circo, exhibiendo sus cicatrices, la barra de hierro y supongo que alguna que otra colección de objetos. Gracias al cielo, yo solo colecciono plumas estilográficas y tebeos de Iznogud, pero todavía no me ha dado por enamorarme de ellos. Así que no soy un caso grave, pero a lo mejor, debería decirle a alguien que quiero que me entierren con las gafas puestas, o avisar a mi madre para que tire las colecciones. Pero me da pena porque ella no sabe nada de barras de hierro, ni de cerebros enfermos. Ella lo único que hace es disfrutar al poner en una repisa, objetos parecidos de manera que el conjunto quede bonito. Yo, como recuerdo, le he regalado una palanca de hierro y ella la ha puesto junto a su colección de cucharas.

Miedo al miedo

Se ha generado un comprensible estado de temor ante los asaltos a algunas viviendas catalanas por parte de mafias organizadas y llaman a eso alarma social. En efecto, lo es. Pero lo único nuevo de estas indeseables experiencias es el lugar en que se han producido. Parece que los medios informativos españoles hubieran olvidado otros episodios similares que ya habían tenido lugar en la Comunidad de Madrid o Valencia, por ejemplo. Del mismo modo, se han escandalizado los agentes sociales ante la reacción del secretario general del PP en su intento de vincular estos sucesos con la inmigración. Tampoco es nuevo. No se trata de la primera vez que Ángel Acebes actúa de este modo ni parece que su pensamiento en este sentido sea la consecuencia de una improvisación. Más cercano a Le Pen que a otros líderes de la derecha europea, Acebes se pronuncia desde sus convicciones. Es evidente que no representa al sector más liberal del PP. Y es indiscutible que casi toda la derecha, con sus variantes, se acoge en un mismo partido. Esa acogida, sin embargo, no le resta condición democrática al PP, porque no es necesario recordar que el partido de Le Pen es un partido tan democrático como lo podría ser Fuerza Nueva si encontrara un Blas Piñar que lo resucitara. A lo mejor se anima Acebes a esa refundación y espero que si así fuera nadie se sorprenda ni se lo reproche. Todo estaría más claro. Otra cosa es que el natural estado de temor de los ciudadanos sea aprovechado por la clase política para echar miedo al miedo y no para hallar soluciones al problema. Sería injusto decir que si Acebes hubiera sido un buen ministro de Interior quizá ahora no nos encontráramos en esta situación, pero, aunque mal ministro, lo fue, y no debería desconocer el problema y sus posibles soluciones. Para eso pagamos, no para que alguien se asuste con nosotros o para vivir en vilo. A Durán i Lleida le parece inadecuado vincular inseguridad e inmigración. Es, sin duda, una cuestión de mala fe y, si no fuera una cuestión de ideología, sería, simplemente, una estúpida simplificación.

Aviso a navegantes

Amigos, lectores  y cazadores del cut and paste: No habrán más actualizaciones hasta el día 25, intento reclutar o adoptar éstos dias, hijos que venguen los saqueos de éste templo. Hasta pronto. Salud y República...

Cables

Odio los cables, sobre todo los eléctricos. Todos los artilugios que en apariencia no disponen de ellos, los aparatos portátiles, móviles o sin hilos, terminan incluyendo algún tipo de cable para enchufarlos o para escucharlos. Por las noches, sueño que vivo en un mundo inalámbrico, pero cuando me despierto me doy cuenta que cada día que pasa tengo más cables a mi alrededor. Incluso la televisión termina entrando en mi casa por uno de ellos. No hay escapatoria, el mundo es una madeja que no hay manera de desenredar. La publicidad nos induce a creer que vivimos en oficinas sin papeles y sin cables, pero todo es mentira, cada día gasto más folios y tropiezo con más cables. En mi maleta, cuando viajo, hay por lo menos tres de ellos y ninguno es para enchufarme a mí mismo a la corriente. Por ejemplo, mi teléfono móvil que es pequeño, me obliga a viajar con el cargador, un aparato más grande que él. Por las noches en la soledad de los hoteles, el teléfono permanece inmóvil pegado a la teta eléctrica que lo alimenta de energía, mientras yo me admiro de que todo el mundo que se mueve por el mundo lo haga cargado de esos aparatitos negros que tienen tan poco glamour. En definitiva, que las cosas se mueven, pero arrastran cables y por lo tanto cada día que pasa las mesas de los despachos parecen helechos de plástico y en las casas resulta casi imposible pasar una escoba por el suelo sin engancharla en alguno de los que circulan por las baldosas, cual gusanos perezosos. Pero como nos hemos empeñado en denominar el mundo en que vivimos como sociedad sin cables, lo que hacemos en enterrarlos en el subsuelo o empotrarlos en las paredes para que nadie los vea. Quizás por eso, los cables que más me gustan son los de corriente eléctrica de alta tensión. Normalmente, están colgados de tres en tres en esbeltas torres de hierro, describiendo elegantes catenarias que le confieren al paisaje una referencia visual inevitable. Dichos cables tienen la peculiaridad de servir de apoyo para las aves y de alguna manera gracias a esa simbiosis cable pájaro, se integran de una manera limpia en el entorno. De pequeño me preguntaba cómo era posible que se pudieran apoyar en cables de alta tensión, cuyas torretas exhibían el dibujo de una calavera en su base. Descubrí que la electricidad solo es peligrosa si toca, a la vez, la tierra u otro cable, así que los pájaros, desafiando el peligro, pueden apoyarse en trescientos mil voltios y seguir llenos de plumas. El único problema es que las aves grandes, pueden abrir las alas y tocar dos de esos cables eléctricos, por lo que automáticamente quedan convertidos en pollos asados. Esa es la razón principal por la que no se suelen ver buitres o águila imperiales sobre las líneas de alta tensión. El caso es que la sociedad se ha llenado de cables y nosotros, los humanos, parecemos pájaros. Porque en cierto modo cada vez tenemos más posibilidades de viajar o de volar, pero al final terminamos apoyados en algún cable sin sospechar el peligro que nos acecha si queremos abrir nuestras alas. Porque el mundo sigue teniendo demasiados cables. La mayoría subterráneos, fuera de la vista para aparentar, pero muchos de ellos todavía están al aire, esperando a pájaros despistados para freírlos sin escrúpulos con voltios de calavera. Y yo no puedo evitar sentir lástima de esos pájaros, que inocentemente se han apoyado en cables de alta tensión y que mueren cuando tratan de alzar el vuelo o cuando conectan con la tierra. El mundo sólo fotografía a las aves retozando en los cables, pero olvida a las que se han carbonizado por su culpa. Odio a los cables, porque son una esclavitud, porque sirven para ahorcar y porque queman pájaros inocentes que lo único que querían era volar.

Carroñera gaviota

Definitivamente, el pasado jueves quedó meridianamente claro que el Partido Popular ha abandonado la senda del centrismo centrado y centrista por la que José María Aznar transitó de forma embustera para llegar por los pelos a La Moncloa en 1996 y conseguir la mayoría absoluta cuatro años después. Si no fuera por lo grave que es, la charada de Martínez Pujalte y demás hooligans populares, convirtiendo asambleas legislativas en receptáculos tabernarios para acallar el diálogo democrático, no merecería que nadie perdiera ni una sola de sus neuronas en ello, pero la derecha cromañónica española, que en nada se parece a sus homólogas europeas y cada vez se acerca más al astracanismo de Berlusconi o al incendiario discurso de Le Pen, pide a gritos (como solamente ella sabe hablar) ser desenmascarada.
Incapaces de aceptar las reglas del juego democrático (ya Arenas apuntó en su momento que la última victoria de Felipe González había sido un pucherazo, con lo que parece que estaban ensayando para el discurso que repiten como loros desde el 14 de marzo de 2004, aunque en su versión más macabra y repugnante), los vándalos desquiciados (es triste comprobar que una persona seria como Pablo Matos se siente junto a ellos y tenga que justificarlos) se empeñan en quebrar la convivencia pacífica entre los españoles, que no quieren vivir enfrentados por más que las alimañas repten, escupan y aúllen. No en vano, son los herederos casposos de todos los salvapatrias absolutistas y dictatoriales venidos a más que ha tenido el país y que le impidieron durante siglos estar en los furgones de cabeza del resto del mundo.
Y esas sucias artimañas vividas la semana pasada en Madrid, enrevesando la realidad para hacer un escorzo que vaya bien con su estrategia, será exportada durante los próximos años al resto de comunidades autónomas. En Canarias, aunque de momento de forma leve y casi desapercibida, la carroñera gaviota no hace más que buscar el enfrentamiento en sede parlamentaria (Toribio y el Gran Chambelán Rodríguez son sus principales valedores) durante los debates, pero la torticera, prepotente y arbitraria forma de llevar el timón de la Cámara regional, poniendo zancadillas con sesgadas interpretaciones reglamentarias, es responsabilidad exclusiva de Gabriel Mato, que cumple a rajatabla las órdenes de intentar sacar de quicio a los adversarios para que el griterío acalle la voz de la razón.
Lo único bueno del Partido Popular es que cada día que pasa cociéndose en su propia bilis de frustración se aleja de ser el partido alternativo que sea digno de en su día sustituir en el Gobierno a quienes ahora están. Su estrategia hooligan lo invalida para ese cometido, porque nadie vota a aquellos de los que se avergüenzan.

El derecho a marcharse

A la reflexión se puede llegar a través del hilo conductor de la emoción. Hace algo menos de tres años, me conmovió la peripecia de un tetrapléjico francés, la manera en que su propia madre le ayudó a morir, a cumplir el deseo, racional y reiterado, de dignificar su vida y, por consiguiente, también su muerte. Vincent Humbert, un joven aprendiz de bombero, se había "matado" tres años antes en un accidente de camión. Recuperado del coma nueve meses más tarde, reducido irremediablemente a una mente sin cuerpo, mudo y ciego, con la única compañía amorosa de su madre, Humbert inicia su militancia en la lucha por el derecho a morir. La forma de comunicarse con ella se reduce a apretar con el pulgar la mano de su madre mientras esta desgrana las letras del alfabeto. A través de esa infinita paciencia, logra transmitirle lo que va sintiendo y pensando. Es el comienzo de un combate que saltará a los medios de comunicación cuando le dirige una carta al Presidente de la República en la que le pide el derecho de gracia para su madre. Planifica así su muerte, tratando de preservar la futura responsabilidad de quien le trajo al mundo. Es también el principio de la conciencia de su decrepitud, de lo insoportable de su prisión, de la lucha por hacer de su muerte un proyecto de vida, algo a lo que aferrarse para no instalarse solo en la espera. En esa carta, el joven tetrapléjico reivindica su derecho a acabar consigo mismo. Insatisfecho por la respuesta del Presidente -"le deseo paz y alivio en medio de tanto sufrimiento y desespero"-, el amor de una madre y la tenacidad íntima de su hijo se funden en una sustancia tóxica que aquella le suministra. En el epicentro de ese escándalo moral y tras intentar reanimarlo, los médicos deciden acabar con el encarnizamiento terapéutico y se responsabilizan colectivamente.
Tras la muerte de Ramón Sampedro y la reciente de Jorge León en su casa de Valladolid -ambos dramas similares al del joven francés-, se reabre un ventanuco informativo y reflota por un instante el llamado debate de la eutanasia. Como todo dilema trascendental, este también divide a la sociedad. No es fácil sacudirse siglos de oscurantismo religioso, miedos infernales, hipocresías sociales y políticas. Por ejemplo, la expresada por la actual ministra de Sanidad. Uno comprende que los gobiernos han de medir sus pasos, auscultar el corazón de la calle para, en la medida de lo posible, legislar cuando les parezca más oportuno. Lo que critico es que la ministra despache este asunto al sostener que el debate político sobre la eutanasia "no corresponde ahora", como si la no vida de muchas personas pudiera esperar a la conveniencia de la agenda gubernamental. El peso electoral de quienes sufren la tragedia de no poder físicamente decidir la dimisión de la vida es infinitamente menor que los que padecían la marginación a causa de su opción sexual. Sin duda, es un logro social haber empezado a normalizar el amor homosexual. Sin embargo, sospecho que, además, algo habrán tenido que ver las urnas futuras para que un gobierno estuviera dispuesto a soportar el huracán de la iglesia católica. Es en asuntos como este donde se demuestra la valentía, la sensibilidad política para lograr que un país avance. No sé cuál es la mejor solución, si legislar como en Holanda -la eutanasia está legalizada desde 2001 y tolerada desde 1994- o consentir como en Suiza -el único país en que no está condenada la ayuda al suicidio de quienes deciden poner el punto final a sus sufrimientos-, pero lo que me parece inadmisible es mirar para otro lado. Ni siquiera hemos abierto un verdadero debate sobre la eutanasia. Quizá porque ya desde que el partido socialista anunciara, antes de las elecciones, que crearía un Comisión al efecto, la iglesia católica consideró que era "apología del delito" el simple hecho de debatir sobre este asunto. A ambos, al gobierno y a la jerarquía eclesiástica, se les olvida un concepto cuya fuerza intrínseca va mucho más allá de la legislación. Tiene que ver con la piedad, incluso con la compasión y la ternura, palancas del progreso no reconocidas en ningún texto legal, pero que han servido de apoyo para apuntalar algunos de los grandes avances de la humanidad. Casi en las primeras líneas de sus Ensayos cuenta el maestro Montaigne la historia de un emperador que, tras sitiar a un duque enemigo, sólo permite que salgan las mujeres con todo lo que puedan llevar consigo. Estas, "con grandeza de corazón", se echan al hombro a hijos, esposos e incluso al propio duque. Al contemplar tal ejemplo de valor, el emperador les trató con benevolencia. Desde su estatura intelectual y su fuste humano, añade Montaigne: "Siento asombrosa debilidad por la misericordia y la mansedumbre. Tan es así que en mi opinión estaría más naturalmente inclinado a entregarme a la compasión que a la estima; sin embargo, es la piedad vicioso sentimiento para los estoicos: quieren que socorramos a los afligidos, mas no que flaqueemos compadeciéndonos de ellos". Estamos, me parece, ante un asunto que va más allá de la legislación. En el caso francés y en el de los españoles conocidos, la justicia ha permanecido pasiva. Es el intrínseco reconocimiento a quienes, conscientes de su degradación y de la imposibilidad de renacer a una vida digna, decidieron apretar la mano tendida que les ha acompañado, con amor y piedad, en el tránsito hacia la muerte.

Brisas

El huracán y la huracana se conocieron en un crucero en mitad del pacífico. Se enamoraron de sus vientos y decidieron irse a vivir juntos, en un apartamento de la periferia del cielo. Amueblaron las habitaciones con muebles pesados anclados en cirros blancos, adornaron las paredes con molinos de aspas giratorias y disfrutaron del amor como sólo los huracanes saben hacer. Un día la señora huracana la propuso a su pareja intentar tener un hijo. El señor huracán no quería porque él era un viento despreocupado y todo el mundo sabe que los hijos son fuente de complicaciones, así que estuvo meditando durante unos meses. En ciertos aspectos, la idea era atrayente, ser padre era algo bonito, pero él estaba estudiando para tifón y quizás las responsabilidades paternas lo desviaran de su meta. Claro que si, por lo que fuera, él no podía llegar a ser tifón, quizás su hijo lo consiguiera, incluso podría convertirse en galerna o en torbellino mediterráneo. Don huracán dejó sus vientos soñar y pensó que quizás había llegado la hora de ser padre y además, de paso, le daba una alegría a su señora, lo cual siempre venía bien para reforzar los lazos de aire. Así que con más alegría que pereza, se pusieron a la tarea de procrear y en menos que canta un soplo, doña huracana estaba tan inflada que parecía que iba a estallar. Esa temporada, la señora, no pudo golpear las costas del pacífico con tanta furia, se encontraba pesada y temía por la salud de su retoño. Papá huracán compró una cuna de nubes y luchó contra las instrucciones de montaje hasta conseguir un nido para su futuro hijo. Le gustaba estar ocupado porque así no pensaba en el momento del parto, que aunque no tenía nada que ver con él, le ponía tan nervioso que se le aflojaban los vientos. El momento culminante llegó mientras papá huracán estaba en el trabajo. Lo llamaron por el móvil y abandonó, para alivio de los habitantes del lugar, todo lo que tenía entre soplidos para acudir veloz a la clínica. Llegó a tiempo de escuchar el llanto de su hijo. Como padre orgulloso lloró de emoción, cuando lo pusieron en sus brazos. El quería llamarlo Furia, pero al final su mujer sugirió ponerle Paolo, que rimaba con Eolo y el hombre estaba tan contento que accedió sonriendo como un aire acondicionado en una tienda de ropa. Llegaron entonces las noches en vela, el cansancio y los biberones de viento en polvo. Paolo crecía fuerte y sano como corresponde a un bebé de huracán, pero día a día los padres se daban cuenta que algo fallaba. La angustia se hizo tan grande que acudieron al especialista para que revisaran al recién nacido y cuál sería su sorpresa al escuchar el diagnóstico. El niño no era un tifón, ni un huracán, ni siquiera un torbellino. Era una brisa marina que refrescaba las tardes de verano. Los padres no salían de su asombro, las ecografías que se habían realizado durante el embarazo no habían detectado nada raro. La madre decía que le daba igual, que ella lo quería de la misma manera; ya fuera brisa o tormenta tropical iba a cuidarlo de la misma manera. El padre se encerró en sus vientos y organizó dos catástrofes por estar pensando en otra cosa mientras trabajaba en la costa. Paolo sonreía, porque era una brisa feliz y porque su padre que era un hombre fuerte soplaba baba cuando estaba a su lado. El huracán y la huracana pasaron momento difíciles pero el murmullo de la brisa los acunó en sus esfuerzos. Quizás algún día este soplo de aire fresco se transforme en huracán, piensa su padre. Ojala no cambie nunca, piensa su madre. Los huracanes vigilan la cuna de nubes del pequeño, que respira tranquilo, sabiendo que ningún viento perturbará su sueño infantil.

 

Ovnis

Leo esta semana en la prensa que, según una investigación del ministerio de Defensa británico, la visión de muchos ovnis se debe a la formación en la atmósfera de masas gaseosas incandescentes. Los científicos, que han analizado datos recogidos a lo largo de treinta años, están convencidos de que los ovnis no proceden de otras civilizaciones ni tampoco de potencias hostiles. Parece que ni siquiera de Iraq, que ni tiene armas de destrucción masiva, ni naves que funcionen con antigravitones, ni Darth Vader resultó ser Aznar. Aunque había sospechas. Pues bueno. Para este viaje no hacían falta estas alforjas. ¿Treinta años investigando y espiando? Me parecen muchos. Si se han fijado, apenas asoman ya en la prensa este tipo de noticias de misteriosos avistamientos, de alienígenas y abducciones, de contactos con dóciles extraterrestres de ojos rasgados y piel morena comiendo aceitunas. Nada. Ni siquiera en los editoriales de El Día se atreven a tanto disparate, y eso que cada día ponen mayor entusiasmo. ¿Es que los marcianos ya no nos quieren? Podría ser. Pero lo más probable es que nunca nos hayan querido ni un poquito. Los muy ingratos, con lo agradecidos y crédulos que somos y más los canarios, que hasta pensamos que el tranvía es un invento moderno. Y es que toda esa parafernalia ufológica de la que tanto gustan aquéllos a los que tan bien pagamos por gastar tan mal nuestro dinero -y, si no, recuerden aquella descomunal memez afortunadamente extinta que llevaba por nombre Phenomena de la TV-Canaria-, no ha resultado ser sino un enorme negocio que ha dejado de producir beneficios. Y es que estamos en los tiempos de internet y de la fotografía digital, del vídeo casero y del Messenger. Y así no hay platillo que aguante en el aire sin que se note el hilo de nylon. Ya no creemos en nada. Ni siquiera los proyectos serios de búsqueda de vida inteligente fuera de la Tierra -como el famoso SETI que apoyara el no menos famoso divulgador científico Carl Sagan- gozan de muy buena salud que digamos. Nadie da un euro ya por los hombrecillos verdes. Y es que, habiendo tanta gente tan rara y tan cerca, no merece la pena gastarse el dinero en fantasías. Al final, y cuando ya les habíamos cogido cariño, nos dicen que era todo mentira. Igual que en política. Qué decepción. Yo que tenía ya unas cuantas fotos preparadas para enviar al programa de Iker Jiménez. Lástima. A ver qué hago ahora con la del frisbi volando a velocidad supralumínica por encima de la catedral de La Matanza. Con lo que me había costado inventarme la catedral, que era como de chiste.

Mariposas

Acabo de mandar una mariposa a Singapur y espero que no tenga problemas en la aduana por culpa de la gripe o de cualquier otra enfermedad. Claro que mi mariposa es de papel y vive dentro de un libro, así que a lo mejor no molesta a nadie y llega a su destino. Pero lo malo de las mariposas, todo el mundo lo sabe, es que agitan las alas en un sitio del mundo y producen un terremoto en el otro extremo, por eso hay que tener cuidado con ellas, aunque habiten en los libros. Las mías, son tranquilas, pero se emocionan cuando alguien decide leer la novela que las alberga. Se ponen tan nerviosas que saltan de sus páginas para sobresalto del lector y diversión de sus hijos. Yo no era un aficionado a las mariposas, hasta que me encontré con una de ellas en el interior de una enciclopedia. Desde ese día, me he convertido en granjero, las cultivo con esmero y las mando por el mundo para comprobar si lo del efecto mariposa es verdad o sólo otra leyenda urbana como la de los cocodrilos de Nueva York. Y hablando de esta ciudad, estoy pensando mandar una de mis polillas lectoras a esa ciudad. Resulta que yo soñaba con vivir allí cuando era niño y al mandar las mariposas por el mundo, he descubierto que a muchas otras personas también le ocurría. He encontrado un grupo de gente, variada y llena de mariposas, que de alguna manera se sienten newyorkinos. Formamos parte de una ciudad imaginaria y nos conectamos a través de mariposas o de libros o de sueños, que es casi lo mismo. La vida de repente se me ha llenado de insectos voladores y de personas que viven en Nueva York. Acabo de comprar una revista femenina y he leído un artículo de Juan José Millás. Según cuenta, en su infancia tuvo una profesora de la que pensaba que tenía un ojo de cristal. Se imaginó que a través de él podía ver los rascacielos de la gran manzana. Así que el escritor se obsesionó con los tuertos y con Nueva York, luego ya se entretuvo con otras diversiones como copiar mi articulo "Leche con pelikán" de éste blog y publicarlo por otros foros como suyo. Malandrín.... Yo, le he mandado una mariposa, para que sepa que forma parte de la comunidad tuerta de soñadores urbanos. Mientras tanto, mi yo niño ha estado persiguiendo esta mañana una mariposa de verdad y yo, que lo acompañaba en su persecución, me planteaba que quizás lo que estaba buscando era una ciudad que sólo existe en mi cabeza. Porque una amiga mía, me ha dicho que estuvo en Coney Island pero que todo era decadente, que estaba sucio y lleno de cristales rotos. Así que también le he mandado una mariposa, porque esta amiga se equivocó de ciudad. Viajó a la ciudad real y eso hay que evitarlo, porque lo importante es abrir una novela y ver salir volando una mariposa de papel. Le he recomendado un libro sobre el Nueva York que ella soñaba, para que se olvide de esa falsa impresión de realidad que le produjo la oscura ciudad física. Y yo mientras tanto sigo conociendo ciudadanos falsos de una ciudad imaginaria, gente que me dice que ha ido allí y amigos que me juran que nunca irán. La vida no es nada sin los sueños, ni sin mariposas claro está. Por eso me alegro de saber que una de las mías vuela hacia Singapur, para ser abierta en el piso cuarenta y siete de un rascacielos y permitir a los sueños ver el mundo desde arriba y quizás confundir una ciudad soñada con una real. O mover las alas en China y dar a luz una metrópolis imaginaria denominada Nueva York. En fin, que hay que tener cuidado con estos bichos, porque cuando menos te lo esperas se convierten en novelas, en viajes, en amigos, en sueños, en ex libris o en artículos de periódico. La vida es corta, pero es más agradable con alas.

Bajito...bajito

El 26 de abril se celebró el día internacional contra el ruido pero aquí, o sea, concretamente aquí, en el mismo Tenerife, no se ha notado nada. España se da el postín de ser el país más ruidoso de Europa, y el segundo del mundo después de Japón, pero el ranking debieron hacerlo sin medir los decibelios chicharreros, porque de lo contrario habríamos superado a los nipones por derecho propio. Los ruidos más insoportables para el oído humano (motocicletas con escape libre, quads, taladradoras de asfalto y cemento, perforadoras y tuneladoras, retumbo de altavoces particulares o municipales, bares y discotecas a pie de dormitorio, camiones de la basura, petardos y voladores de uso público o privado) tienen su hábitat natural en los pueblos y ciudades de la isla, sin que le pongan remedio los que tendrían la obligación de hacerlo. Al contrario: a menudo son los propios Ayuntamientos los que promueven la marimorena institucional (obras y más obras, festejillos seudovernáculos, y macrohappenings de obligado seguimiento acústico y circulatorio); sin duda porque, a la hora de votar, el tipo de gente que a estos actos acude es más rentable que los que practican la desviación de leer libros (práctica que fomenta la facultad de pensar, cosa altamente peligrosa para los políticos). La consecuencia de este estado de ánimo imperante es que el lugareño (anticarnavalero o sucedáneos) que ose protestar o discrepar, quedará marcado para siempre con la G de gafe, la A de aguafiestas y la C de cenizo, por antisocial, y por no saber divertirse como manda la panda del GAC (Gobierno Autónomo de Canarias). Que al mundo (y máxime a esta afortunada isla reconvertida en enclave latinocaribeño) se viene a mover la pelvis y a fundir el baffle (y a tocarle los bemoles al vecino con los voladorcitos, muy importante). ¡Assssssssúca!
Y luego está la tiranía de la música de ambiente. En este vergel pretropical te comen la oreja en las terrazas de verano, en las de invierno, en las de la eterna primavera, en la piscina municipal, en las tiendas, en los barcos, por la calle... Hasta en las salas de espera y en el gabinete de los dentistas te someten a la tortura del hilo musical. El acoso polifónico azota al indefenso cliente, pasajero, usuario o transeúnte sin que pueda hacer nada para librarse de tan insidiosa transgresión, como no sea combatir la música ajena con música propia por medio del imprescindible i-pod.
Y ahí es donde queríamos llegar. Porque en Holanda, que es un país civilizado donde los haya (y La Haya), está tomando fuerza lo que se conoce como silent disco, la última tendencia discotequera que consiste en que todos los parroquianos bailan en silencio, enchufados a unos auriculares inalámbricos, a su vez conectados al disc jockey, y... (y aquí viene lo más importante) sin despertar a los vecinos. En la última gran fiesta organizada por una emisora de radio, bailaron 78.000 personas con el mayor sigilo y sin darle la brasa a nadie. ¿Se imaginan unos carnavales en el más absoluto de los silencios? El paraíso en vida...
Pero para qué soñar utopías. Aquí eso no triunfaría. Con el gustassso que da joder al personal...

Palabros

Con motivo del Día del Libro -sí, en efecto, hoy hablamos de esa cosa rectangular que tenemos debajo de la mesita del televisor para que no cojee-, la Escuela de Escritores de Madrid convocó un concurso por internet para elegir la palabra más bella del español. La idea no era muy original pero tenía cierto atractivo, más que votar al político más mentiroso, al constructor más destructor o al futbolista más tronco. Los resultados han sido sositos, porque el personal ha tirado por lo fácil. Así, "amor" fue la palabra elegida. Y luego, sucesivamente, "libertad", "paz" y "vida". Para encontrar palabras bellas en sí mismas, tenemos que rebuscar un poco en la lista. La primera eufonía preciosa que aparece es "azahar". Luego "libélula", "albahaca" y "mandarina". Yo no voté -la política me ha hecho perder la fe en el democrático acto-, pero de haberlo hecho hubiera optado, quizá, por palabras que puedo escuchar y ver: "estrella", "eclipse", "supernova", "pléyades" "albanta" o "luna", sin ir más lejos. ¿Muy profesional? Puede ser. Si me dejo llevar por palabras que no sólo pueda escuchar y ver, sino también tocar, oler y gustar, sólo se me ocurre "teguestera", que es una dulce palabra tinerfeña que seguro desconocen en Madrid y ellos que se lo pierden. Me habrían dado el voto como nulo. ¿Y la palabra más fea, la más horrísona? No han convocado el concurso todavía, pero podemos especular con los posibles resultados: "guerra", "terrorismo", "corrupción" o "especulación" estarían entre las primeras rechazadas. A mí personalmente todo lo que acaba en "-ismo" me irrita sobremanera. Escriban, por ejemplo, "comunismo", "franquismo", "liberalismo" o "progresismo", si lo que quieren es, precisamente, designar lo contrario. Palabras éstas que distan mucho de ser comunes, francas, libres o apoyar el progreso. Y, si seguimos hablando de palabras, de progreso y de cultura, tenemos que reflejar aquí con espanto como la llamada Asociación de Escritores en Lengua Catalana reclama "desde una sensibilidad progresista (sic), el reconocimiento de los derechos de autor en los préstamos bibliotecarios". Toma. Pasa por caja si quieres que tu televisión no cojee. Ya lo dijo la nefasta y nefanda ministra que administra los derechos de las izquierdas con singular pluralismo: "La cultura no puede ser gratis". Así sea. La próxima votación, envíe un sms con la palabra que haya elegido. Posiblemente la ganadora saldrá de una lista como ésta: "xfa", "find", "kdms?" o "Ktl?". Ya no tendremos español, pero tendremos un sinfín de plurales realidades lingüísticas nacionales, que es lo que se lleva. Ah, se me olvidaba. ¿Mi palabra más odiada, la más impronunciable? Inténtenlo: "Sgae". Seguro que gana, y de largo, en cualquier votación por internet. Siguen haciendo amigos.

Luces

La memoria se parece bastante a una casa, o al menos a algunas en las que yo he vivido. En ellas aunque parezcan ordenadas, tenemos muchas cosas que no somos capaces de recordar y que sólo por accidente descubrimos. Por eso un día, mientras hacemos una limpieza a fondo, descubrimos en una carpeta un dibujo de cuando éramos pequeños o localizamos en el fondo de un cajón aquella chapa que tanto nos gustaba. Cuando tropezamos con cosas fuera de lugar nunca sabemos qué hacer. Las miramos con sorpresa, sin entender cómo han llegado hasta ese lugar que no le corresponde. Es tanto el asombro que normalmente, dejamos de hacer lo que estuviéramos haciendo y nos ponemos a caminar por la casa, tratando de encontrar el mejor sitio donde disfrutar de nuestro tesoro. Pero lo peor es que hay que tomar una decisión. La vida sigue y hay que hacer algo con las cosas que se han quedado fuera de lugar. Algunas personas las tiran a la basura, pensando que el pasado no tiene que asomar su cabeza por el presente. Otras lo clasifican en el estante adecuado y algunas, muy pocas, lo esconden de nuevo en algún cajón o carpeta absurda, con la esperanza de volverlo a descubrir pasados unos años. Pero claro, no es lo mismo, las cosas que desaparecen de nuestras vidas no se planifican y las que nos encontramos tampoco. Con la memoria ocurre lo mismo. De vez en cuando, estamos pensando en la lista de la compra o en un partido de baloncesto y, de repente, abrimos una neurona que hacía tiempo que no visitábamos y nos encontramos con un pensamiento que no sabíamos que estaba en ese sitio. Los recuerdos ocupan poco, pero brillan mucho y una vez descubiertos tampoco se sabe qué hacer con ellos. Ayer, por ejemplo, me vino a la memoria una vez que iba con mi padre en el coche y se dio cuenta de que en el tablero de mandos del coche había una luz encendida. Estuvo conduciendo durante unos kilómetros sin saber si el coche tenía algún problema de aceite o de temperatura. No se detuvo, lo cual es curioso, sino que simplemente miraba la luz, extrañado de su presencia silenciosa en el salpicadero del vehículo. Tampoco a mí me alarmó su existencia porque yo era un crío y no conocía todavía los peligros que puede traer un coche. Así que caminamos un montón de kilómetros hasta que finalmente nos detuvimos a investigar. Permanecimos unos minutos desconcertados, hasta que mi padre descubrió que era el freno de mano el que estaba causando el aviso luminoso. Al parecer no estaba quitado del todo. El caso es que ahora que tengo ese recuerdo yo tampoco puedo poner el freno de mano en mi coche sin recordar a mi padre. Me pregunto además, cómo era posible que no supiera lo que significaba esa luz. A lo mejor mi padre no era buen conductor, a lo mejor yo era demasiado joven para entender nada. Así que ahora no sé qué hacer, por un lado me gusta contemplar este recuerdo absurdo, de un pasado que nunca supe interpretar. Por otro lado me da miedo mirarlo, porque en cierto modo pervierte mi memoria infantil e inocente. Tengo el recuerdo en las manos y me quema los dedos, pero no quiero clasificarlo o tirarlo a la basura, así que lo he dejado escrito en estas líneas con la esperanza de que desaparezca de mi memoria y que quizás en un futuro me lo vuelva a encontrar. O mejor que se lo encuentre mi hija, para que pueda decidir si su padre y su abuelo eran de los que no entendían las señales luminosas de los coches. Porque estoy convencido de que esas cosas se heredan y no hay manera de escapar de ellas, ni aunque ordenemos nuestras casas o nos pongamos lentillas de colores en los ojos.

Colas

El mundo de vez en cuando hace experimentos sociales que duran muchos años. Para los que estamos en uno de ellos nos es muy difícil comprender cualquier otro. En cierto modo somos como ratas de laboratorio encerrados en un laberinto. Quizás seamos capaces de encontrar la salida del nuestro, pero desde luego todos los demás caminos nos parecen extraños, ajenos a nosotros y a lo que entendemos por cotidianeidad. Por eso yo nunca he entendido el modelo comunista que durante mucho tiempo estuvo implantado en Europa del Este, ni la guerra fría, ni la revoluciones decimonónicas o hippies. Todos esos experimentos tuvieron lugar sin mí, en un tiempo que a mí se me antoja pretérito y por una gente, que desde mi laberinto particular me parece muy rara. A mí, me ha tocado vivir el experimento de la telefonía móvil, de internet y del capitalismo absoluto. Trato de encontrar la salida de este laberinto, como si fuera una rata, sabiendo que cuando el investigador se canse empezaremos otro experimento, quizás más fácil o quizás no. El caso es que aunque el resto de las cosas no las he vivido al menos las he podido ver en la tele o leer en los libros y gracias a eso he sacado mis propias conclusiones de rata. En concreto estos días me preocupan las colas. Recuerdo a la gente que vivía en los países del telón de acero. Me parecían grises y resignados, hacían colas para comprar el pan, para solicitar un papel, para ponerse en la lista de viviendas subvencionadas, para casi todo tenían una cola. Era una enorme fila de personas sin color que ya no creían en su individualidad, que esperaban con infinita resignación que la cola avanzara un puesto y les fuera concedido lo que estaban pidiendo. Sé que como rata de laboratorio que soy, mi imagen es parcial, errónea y seguro que condicionada por mi propio laberinto, pero es la que tengo y es la que utilizo. De hecho no puedo evitar la asociación de colas cada vez más largas y decaídas con la desaparición del muro de Berlín. Digamos que tengo la sensación de que cuando las colas se hicieron ubicuas la gente ordinaria encontró sus límites y dejó de ser gris. Por eso en cuestión de días cambiaron el experimento en el que estaban viviendo y se pasaron al nuestro, al capitalismo. Así que desde ese día, somos muchas más ratas las que estamos en este laberinto y por eso cuando veo las colas me asusto un poco. Porque ahora cada día que pasa veo, en nuestro mundo, más gente gris que tiene que esperar para cualquier cosa. De una manera sutil y a menudo virtual, pero con la misma resignación que veía en las personas del este de Europa hace no muchos años. Las empresas han decidido que el cliente es una molestia. Los bancos cierran las ventanillas de atención al público y te hacen esperar en colas desordenadas donde no existe la posibilidad de queja. Los números novecientos dos, establecen colas virtuales mientras una máquina te aburre y encima tienes que pagar por ello. Nuestro experimento está llegando al límite porque ni siquiera en los países del otro lado del telón te cobraban por hacerte esperar. Sé que es un análisis de rata, pero las ratas somos los únicos animales que sabemos cuando se va a hundir un barco. La intuición nos avisa, de que los muros, por muy sólidos que parezcan siempre terminan cayendo y que los experimentos, aunque parezcan la vida, son sólo eso, experimentos. Soy una rata en una cola, no espero nada, pero estoy nervioso. Todavía me ponen la comida en el otro extremo pero las cosas se están poniendo grises, opacas y no hay ningún sitio donde escapar. Quizás es que el barco hace aguas, quizás es que soy un animal y no me entero de nada. Quizás.

Tormentas

Me gusta mirar las nubes negras que avanzan por el cielo. Me gusta sentir la electricidad que se va almacenando en ellas para descargar su rabia en forma de rayos y truenos mientras yo, protegido tras los cristales, contemplo su fuerza y su belleza desbocada.
A veces en el interior de las cabezas, ocurren fenómenos atmosféricos semejantes. Dos nubes de neuronas entrecruzan sus mensajes eléctricos y generan un rayo de esperanza o un relámpago de lucidez. Las buenas ideas surgen de nuestras peores tormentas, igual que las inundaciones y las riadas devastadoras. Nuestra cabeza es como un cielo azul que miramos a través de una ventana interior.
Protegidos por los cristales de la conciencia, contemplamos días limpios y claros, días luminosos donde lo que apetece es pasear y vivir. Pero también contemplamos días nubosos, oscuros que amenazan tormentas de ideas. Esos días no podemos evitar los rayos y mucho menos las consecuencias. En algunas cabezas surgirán ideas luminosas y brillantes mientras que en otras, los rayos incendiarán nuestras conciencias y las llamas brotarán por todo nuestro ser, convirtiéndonos en locos o en diablos de fuegos neuronales.
Me gusta mirar las tormentas, protegido tras los cristales y pensar que estoy tranquilo en mi casa, junto a la calefacción, con la seguridad de tener los pies secos y una taza de té en las manos. Me resulta curiosa la fascinación que entrañan estos fenómenos atmosféricos tan devastadores y tan bellos al mismo tiempo. Ocurre igual con las ideas, nos fascinan porque son como los rayos, porque traen todo lo bueno y lo malo de lo que es capaz el ser humano. Las ideas nacen al chocar dos nubes de neuronas en el interior de nuestro cielo y lo mismo descubrimos el teorema de Pitágoras que el nazismo. Las ideas, como las tormentas, son difíciles de provocar. Vienen cuando quieren y nosotros, como mucho, podemos mirarlas desde las ventanas.
En las empresas o en los laboratorios han tratado de construirlas artificialmente, pero nunca han conseguido nada mejor que un humilde chubasco. Las tormentas de ideas, los famosos brainstormings, son un fracaso porque mezclan cabezas y no nubes. Las cabezas separadas lo único que pueden hacer es dialogar, pero les cuesta producir rayos. Las tormentas, las buenas, necesitan que las nubes estén en el interior de una sola cabeza igual que en el cielo es imposible hacer rayos con un cúmulo aquí y un cirro en Groenlandia.
Las ideas surgen cuando explotan dos nubes de neuronas cercanas, pero las ideas son difíciles de llevar de una cabeza a otra. Así que gracias al cielo, los genios siguen siendo raros, igual que los locos o las tormentas de rayos y truenos. Da gusto saber que todavía quedan cosas que no se pueden fabricar en China, ni en ninguna otra parte.
Da gusto saber que las ideas se pueden copiar, pero que las originales salen de la bañera, cuando se producen tormentas interiores. A veces sueño que corro desnudo al mundo y grito Eureka como un griego, pero después me doy cuenta de que estaba durmiendo y que me acabo de despertar. El agua entra a mares por la ventana iluminada por los rayos de la tormenta.
Así que ahora grito, pero de miedo o quizás de impotencia o de admiración. Nunca se sabe, es lo hermoso de las tormentas, reflexiono mientras cierro la ventana y contemplo las nubes dibujadas por los relámpagos.
A lo mejor en mi cerebro pasa lo mismo y el agua se filtra por las grietas, despertando a mi conciencia dormida. Me meto de nuevo en la cama y pienso que me gustaría saber si existirán en mi cabeza al menos dos nubes de ideas que puedan producir una idea luminosa.
Cierro los ojos y escucho los truenos de la tormenta y durante un rato no sé si proviene de mi interior o de mi exterior.
Claro que a lo mejor no hay diferencia

Isla - Continente

La isla ya no es una isla, la isla es un continente, Canarias es continuidad territorial, lo que se sale de esta idea se acerca al delirio; los que toman un Binter o un Islas Airways alucinan en colores, piensan que viajan pero no es cierto, Canarias es como una Pangea de esta era prehistórica que vivimos. O sea, que es mentira que tengamos que subir al avión para ir a Lanzarote, si lo hemos hecho alguna vez ha sido en sueños; es un espejismo pensar que para moverse entre Agaete y Santa Cruz haya que subirse a un ferry, los delfines que vemos saltar durante la travesía son alucinaciones publicitarias. Canarias es una sola isla, una isla continente como la Atlántida de Platón. Si le apetece una jarea de chopa no tiene que comprar billete y viajar a Morro Jable, en Fuerteventura; los tambores gomeros y herreños los tenemos más cerca según las campañas que están empeñados en enseñar una Canarias en la ficción, continua en el mapa, unificada en la climatología que es la suma de todos los tiempos atmosféricos. Existe el empeño de unificar la cultura que es como unificar el aburrimiento. La continuidad llega a unos límites insospechados: pronto comeremos queso majorero con sabor a higo herreño, sólo los inmigrantes venidos del mundo pondrán la sal y la pimienta a una tediosa continuidad que sólo existe en la ideas publicitarias trasnochadas, repentistas. Decimos a Madrid que más euros porque estamos ultraperiféricos perdidos y discontinuos y, aquí, para nosotros, nos hacemos la idea de que somos unos isleños continuos. Y montamos campañas que nos ponen las gafas de la continuidad territorial, cuando todos sabemos que si tiras hacia el muelle y no te paras te hundes con las fulas. El transporte entre islas ya no es lo que era, atrás con los correíllos y los santamarías; hoy para viajar en las Islas Canarias sólo hay que pensar que estamos en un suelo unido con la saliva que se gastan para vender a políticos distraídos ideas tan geniales.

La pifia

La comisión ejecutiva federal del PSOE ya está proclamando su error electoral para el próximo año: la candidatura presidencial de Juan Fernando López Aguilar, ministro de Justicia, en los comicios autonómicos canarios de mayo de 2007. López Aguilar ha disfrutado siempre de la máxima confianza de José Luis Rodríguez Zapatero, a quien apoyó desde los casi heroicos tiempos de Nueva Vía, y fue uno de los ungidos por el nuevo secretario general, que codujo al partido, por fin, al posfelipismo, y a la sorprendente victoria electoral de marzo de 2004. Zapaterista de primerísima hora, López Aguilar ha carecido, en cambio, de sólidas relaciones y avales en la ejecutiva federal, y no pertenece al núcleo duro que dirige férreamente el partido desde el despacho del secretario de Organización, José Blanco. El ministro de Justicia nunca ha querido abandonar el Gobierno. No puede regresar a la política regional porque, en rigor, no la ha practicado nunca. En la porfiada candidatura de López Aguilar se abrazan dos circunstancias: el deseo de José Blanco de exiliar una ambición y la distorsión de un análisis político-electoral de la situación canaria excesivamente mesetario. A la dirección federal del PSOE no se le ocurriría imponer a un ministro como candidato a la Presidencia de Cataluña, el País Vasco o Galicia. No deja de ser sintomático que, en cambio, se le antoje una idea estupenda hacerlo en Canarias. Juan Fernando López Aguilar apenas ha pisado la agrupación local del PSC de Las Palmas. Se rumorea que, cuando se baña en Las Canteras, espera que se abran las aguas para que pueda regresar andando a Madrid. Para casi todos los secretarios insulares, así como para los alcaldes socialistas del Archipiélago, López Aguilar es un perfecto desconocido. Ignora palmariamente el funcionamiento interno del PSC, las crónicas de sus éxitos y sus fracasos, el intrincado mapa de las relaciones políticas y personales, los quebradizos equilibrios internos entre las ambiciones y los miedos, los atroces reinos de taifas que muestra hoy el socialismo canario. Su superferolítico piquito de oro no solo resulta una pedantería electoralmente invendible: es absolutamente ajeno, para bien y para mal, a los discursos y retóricas del socialismo isleño. Es inconcebible que López Aguilar -el político socialista más crítico y aun despectivo con el nacionalinsularismo- admita a un Adán Martín como vicepresidente o soporte ser el vicepresidente de un Miguel Zerolo. Ni un solo alcalde socialista moverá una ceja por la candidatura presidencial de un brillante alienígena al que nada deben ni nada inicialmente puede darles. En último término ni López Aguilar es un buen candidato ni este ceniciento PSC puede ganar las elecciones solo con un buen candidato. Los dirigentes coalicioneros se frotan las manos: nacieron con una flor de tabaiba entre las nalgas.

Charcos

El hombre corrió a refugiarse en el portón. La lluvia había empezado de repente, el día se había convertido en una cortina de agua y truenos, así que cubriéndose la cabeza con las manos buscaba un sitio donde alejarse de ese chubasco veraniego. Cuando estuvo a resguardo, se sacudió como un perro y a sus pies se formó un pequeño charco de agua. El hombre miró a la calle que, de repente, se había quedado desierta. El agua golpeaba el asfalto y ese ruido transformaba el día en algo parecido a un sueño. Sonrió para sí mismo, ver llover le ponía contento. Apoyó el hombro contra la pared de mármol del portón y pensó que lo único que le faltaba para que la mañana fuera un sueño era que una mujer guapa corriera a refugiarse con él. Giró la cabeza y miró al espacio vacío que había a su derecha. La intensidad de la lluvia cada vez era mayor y el otro lado de la calle aparecía desdibujado y borroso frente a sus ojos. En ese momento, entre las brumas del agua, le pareció que una mujer corría a refugiarse en el portón del edificio que estaba ante él. Guiño los ojos tratando de determinar la edad de la mujer, pero el agua no le dejaba distinguir los detalles. Seguro que era joven, que mala suerte, podría haberse metido aquí, junto a mí. De repente tuvo una idea, cruzaría la calle corriendo y se resguardaría de la lluvia en el otro portón. Era una locura, pero también el clima parecía estar loco, así que todo se mantenía en orden. El hombre se preparó para la carrera, tomó aire y justo en el momento en que salió, una mujer joven y guapa entraba en su portón, que ya no era suyo porque estaba corriendo en dirección al de enfrente. La lluvia pareció cebarse en su cabeza y cuando llegó al otro lado estaba empapado. La mujer lo observó un instante y después, sin ni siquiera una sonrisa siguió mirando a la calle. En ese instante, un coche se detuvo junto a la acera y tocó el claxon. La mujer salió corriendo, sin despedirse, y se introdujo en el coche que la estaba esperando. El hombre se quedó de nuevo sólo, con un charco de agua bajo sus pies y la incómoda sensación de haber hecho el primo. Levantó entonces la vista y al otro lado de la calle, en su portón, contemplo entre brumas a la mujer que había entrado en su portón. No pensó, se lanzó de nuevo a la calle y cruzó el espacio que le separaba de ella. Entró de un salto, dijo un hola improvisado y miró a la mujer que estaba completamente seca y tenía aspecto de hada. Hola, te estaba esperando, dijo ella con una sonrisa en la boca. ¿A mí? Claro, esperaba que te cansaras de la otra y regresaras conmigo, dijo la mujer señalando al otro lado de la calle. ¿Cómo sabes tantas cosas de mí? Soy la princesa de los días de lluvia, dijo mirando hacia las gotas de agua que golpeaban el asfalto. ¿Puedo besarte? Preguntó el hombre. Si lo haces me convertiré en charco, dijo ella mirándolo a los ojos. ¿Y si no lo hago? Gimió. Si no la haces también ocurrirá. Así que el hombre se acercó hasta ella, la cogió por los hombros, la atrajo hacia su cuerpo y la besó como si fuera una princesa lluviosa y él un chaval del tiempo. La sintió disolverse entre sus brazos y entonces sin mirar atrás salió a la calle y echó a correr bajo el agua. Corrió sin parar hasta llegar a su casa. Subió las escaleras de dos en dos, abrió la puerta y se quedó en la entrada, recuperando el aliento y el alma. Se sacudió como un perro y a sus pies se formó un charco de agua.

Empleables e inutilizables

Canarias sigue siendo la autonomía de los parados, a pesar sí de tener los parados más empleables de todos. Se trata un poco de eso con la palabreja en cuestión. El mundo laboral no se divide ya en parados o trabajadores. Ahora además, los parados son empleables o inempleables, según la formación que tengan y la capacidad para que las empresas o el sector público puedan contar con los mismos. En cualquier caso, la tasa de desempleo en las Islas es de las que supera mes tras mes las 120.000 almas en pena, que empleables o no, que no encuentran un lugar donde trabajar, bien es verdad que por RIC o no, Canarias es de las comunidades donde más ha aumentado el empleo, el doble que en el resto de España en términos porcentuales. La alta tasa de población joven y la llegada de nuevas poblaciones que me resisto a calificar de inmigrantes hacen el resto para arruinar la estadística. En el mercado laboral no se debe frivolizar. La política juega un papel esencial en el engaño y el autoengaño de las poblaciones que creemos que manifestándonos o protestando podemos evitar eso que es la globalización. Tan simple como que se puede encargar trabajo donde sea más barato, donde se trabaje más rápido. Cada vez compiten con nosotros gentes que cobran menos, que traen sus mercancías muy baratas, que cada vez hay menos aranceles y protección para esas producciones del tercer mundo o de los países emergentes. Y nosotros seguimos como siempre. Como en Francia. Aquí las cosas no son muy diferentes. Los políticos hacen sus promesas en materia laboral y luego, la sociedad, nuestra economía, no puede sostenerlas. Queremos mantener sueldos, pensiones, subir sólo un poco los impuestos, elevar los costes al despido y que se haga además con gran carga de pensionistas, con menos horas trabajadas, con horas más caras, con más costes empresariales. Eso, simplemente no es sostenible, nos guste o no, nos manifestemos o no. Si uno va por la vida prejubilando, tendremos que mantener a esa población los que trabajamos. Estamos hablando de poco más de dos personas por cada jubilado. Habrá que sumar poblaciones pasivas, parados, funcionarios y preguntarnos si este modelo de que sólo unos cuantos trabajen mucho y paguen altos impuestos puede funcionar. Los políticos se dan cuenta de que tienen que rectificar, pero ¿cuándo? Y además no piensan asumir el coste político que supone, con huelgas, varias huelgas generales en este país-por abaratar el despido. Así que la solución se aplaza hasta el futuro. Ya llegará el Gobierno que tenga que hacerlo, porque no tenga más remedio que poner condiciones para que se cree empleo. Actualmente las empresas prefieren no contratar si estiman que dentro de un tiempo van a tener que tragarse personal que no les hace falta y que es caro de despedir. Esta claro que no hay remedios mágicos en este aspecto. También en Canarias se subcontrata trabajo de tecnologías de vanguardia a la India, más barato y eficiente que contratar aquí. Las huelgas y las movilizaciones han paralizado todo el sistema y están trasvasando al futuro el problema que tenemos que resolver hoy. Sólo que este futuro ya esta aquí. El ajuste será duro y hasta me temo que la reforma laboral que viene, si no este año en dos a lo sumo, ni mejorará nuestra competitividad ni arreglará los problemas de desempleo. Sí, se llegó tarde, y aunque sea un consuelo, los canarios somos muy empleables.

Marisa y el mar

Marisa leía cuentos al mar.
Todas las tardes al salir del trabajo, Marisa se dirigía al
rompeolas, y desde allí apoyada en una piedra, le leía al mar sus
cuentos. Cuentos de sueños y viajes, cuentos de amores y tragedias,
cuentos que el mar acompañaba con el sonido de las olas, con el ritmo
de las mareas, con la espuma y las gotas de agua.
Todo empezó el día que Marisa, se encontraba en el rompeolas
leyendo un libro. Pensó que sería bonito hacerlo en voz alta, porque de
esa manera los cuentos se aprecian de otra manera, parece que se viven
y no sólo se leen. Cual sería su sorpresa al descubrir que a los pocos
minutos, el mar se apaciguaba, y las olas se acercaban a escucharla.
Podía ser una sensación suya, pero pensó que estaba aburrido, que
nadie le hablaba, que quería oír historias. Al fin y al cabo el mar oía
retazos de historias, de la gente que paseaba por las playas, o por el
propio rompeolas, pero nadie se dirigía a él para hablarle, para contarle
historias completas y lo más importante para contarle historias
imaginadas, de mundos donde quizás el mar se enamora de una sirena,
o donde el lenguaje del mar permite comunicarse con otros planetas, o
quizás aquél tan bonito, donde un mar y su amada laguna, se juran
amor eterno bajo la luna.
Ahora, mucho tiempo después de ese día, el mar reconoce a
Marisa y la saluda cuando aparece por el rompeolas, y una ola
sonriente la acompaña en su recorrido hasta la última piedra del
rompeolas, donde se sienta para estar rodeada por un mar atento a sus
palabras. En ese momento el mar pierde la atención en otras cosas, y se
centra en el cuento que escucha de la boca de Marisa. Conforme las
palabras van creando emociones, el mar responde y se encrespa cuando
esta nervioso porque el protagonista tiene miedo, o se calma si el
personaje duerme, se retira cuando el cuento acaba, o se transforma en
un mar embravecido, cuando alguien quiere hacer daño a un niño o un
personaje querido.
Por eso, en el pueblo le piden a Marisa, que en la época de pesca,
cuente cuentos tranquilos, para que los hombres que salen a pescar
sepan que el mar esta contento, sepan que el mar sueña con cuentos
bonitos, de final feliz y que por ello les arrullará en sus barcos, y les
permitirá tender las redes, para capturar la comida, que en esos
momentos también escucha el cuento, a través del mar.
Una vez Marisa, se puso enferma y estuvo casi un mes sin ir a
contarle cuentos al mar. Éste se sintió olvidado, y poco a poco fue
poniéndose nervioso, hasta que un día decidió ir a buscarla, y juntando
todas sus fuerzas saltó por encima del rompeolas, y avanzó por la
ciudad golpeando en las puertas de las casas y preguntando por
Marisa. Finalmente la encontró, pero la vio durmiendo, febril y
comprendió de inmediato por lo que decidió retirarse después de pedir
disculpas por su enfado y llamar a su amiga la lluvia, para que
arrullase a Marisa golpeando en las ventanas con un ritmo suave, para
que se cure y para que sueñe con nuevos cuentos. Fue la peor tormenta
que se recuerda en el pueblo, casi sería mejor decir que fue un
maremoto, pero todos comprendieron que el mar, como un niño
abandonado sólo estaba buscando Marisa, y por ello nadie se enfadó, a
pesar de algunos destrozos que dejo en el pueblo, al pisar, cual si fuera
un gigante, en las calles de un pueblo construido a escala humana y no
a escala del mar.
Pero el pueblo aprendió, y le dijo a Marisa, que cuando se
ausentara, por favor le dijera al mar donde iba, para que éste, tranquilo,
la esperara paciente o la buscara en otras costas donde podía seguir
escuchándola. Porque todo los mares hablaban entre sí, y a través de
las olas, los cuentos pasaban de mar a mar, de océano a océano y
Marisa de esta manera solo necesitaba sentarse en la orilla de cualquier
mar, para hablar con su mar.
No todos los mares y océanos respondían igual a sus cuentos.
Marisa descubrió que su mar, estaba tranquilo con las historias de
amor, y que amaba y se arrullaba bajo las historias de sueños. Sin
embargo algunos mares hacían lo contrario o permanecían indiferentes
y solo querían oír historias de terror y miedo. Por eso Marisa, no
siempre sabía el efecto del cuento en otros mares y a veces grandes
tormentas se desataban, en alguna parte del mundo, debido a cuentos
de niños, con los que su mar dormía plácidamente.
Poco a poco, Marisa fue envejeciendo, y le costaba mas trabajo
acercarse al rompeolas, por eso a veces un pájaro de mar, un albatros,
una gaviota, se acercaba hasta ella y la escuchaba y luego iba
presuroso hasta el mar, donde lo relataba de memoria sin saltarse una
palabra, y aunque el mar echaba de menos la voz de Marisa, al menos
podía oír sus cuentos y contestarle con grandes olas, para que ella
pudiera verlas desde la lejanía, que el cuento le gustó, y que la esperaba
paciente para cuando pudiera venir.
Cuando Marisa supo que se estaba muriendo, pidió que la
acercaran al rompeolas y que la dejaran sola, allí cerca de la piedra
desde donde durante tantos años, le contó cuentos al mar. Sentada en
una silla de ruedas, casi sin fuerzas para hablar, el mar permanecía en
silencio, ni una sola ola, se atrevía a moverse para poder escuchar a la
anciana, que le dijo que iba a morir muy pronto, que nunca más podría
hablarle. El mar estaba atónito, no podía creerlo. El no podría vivir sin
esa voz. Un murmullo de excitación recorrió el mar, desde uno a otro
confín. La noticia se extendió como una gran mancha y por primera vez
todos los mares y océanos del mundo reaccionaron de la misma
manera. Por un instante que pudo durar minutos, pero también horas
todos las aguas del mundo, todas las criaturas vivientes del mar, así
como la lluvia y el viento en solidaridad con su amigo el mar,
permanecieron mudos, permanecieron petrificados como si hubiesen
perdido el aliento vital. Pero al cabo de un tiempo los mares se
despertaron y dialogaron entre sí, y el murmullo subió de tono al ritmo
de las discusiones sobre como afrontar este tremendo problema. Todos
estaban interesados y por eso las discusiones duraron mucho tiempo,
hasta que finalmente llegaron a una conclusión. Le harían una
propuesta a Marisa.
Marisa esperaba en su silla de ruedas. Ella entendía vagamente el
lenguaje del mar, pero sabía que hoy lo entendería mejor que nunca.
Durante toda su vida había formado al mar con cuentos, con leyendas,
con relatos y era el momento de que el mar hiciese memoria y
recordase, y por eso, ella esperaba que le permitiera crear su última
leyenda.
Finalmente el mar se dirigió a ella, y con respeto reverencial, le
hizo la propuesta que habían estado debatiendo. Se la hizo con miedo,
porque sabía que era difícil de aceptar, pero consciente de que era la
mejor solución para todos. Ella lo escuchó, miró al mar, a la espuma
que forman las olas, a los pájaros que lo acompañan y los peces que lo
pueblan y con una sonrisa velada en la boca le dijo que sí. Aceptaba la
propuesta y estaba preparada.
Ese día, forma parte de la leyenda que circula en el pueblo. El
cielo se nubló súbitamente, la lluvia surgió de las entrañas del cielo, y
el mar se encrespó como nunca lo había hecho antes. Los
acompañantes de Marisa no supieron reaccionar a tiempo. Fue todo
muy rápido. De pronto una ola, surgió por el final de rompeolas, y cogió
a Marisa y se la llevó con él. Cuentan los presentes que Marisa, lejos de
aparentar miedo, la esperaba con los brazos extendidos como si
quisiera irse con ella.
La leyenda dice, que ahora Marisa cuenta los cuentos desde el propio
mar, y sus habitantes se reúnen cerca de ella para oírla y poder
contarlo, y algún pescador cree haber visto cientos de peces de especies
diferentes, en círculos, como si estuvieran atentos a un espectáculo.
También se puede, a veces, en las noches de calma, acercarse a las
orillas de los mares y dejarse mecer por un murmullo, que muchos
sospechan, son los cuentos de Marisa, leídos en el lenguaje del mar,
que no entendemos pero reconocemos. Y por eso a todos nos gusta oír
el mar, tanto cuando nos cuenta historias plácidas de amor, como
cuando son violentas historias de tormentas y olas. Porque todos
reconocemos las palabras de Marisa en esos lejanos ruidos y nos
sentimos tan atrapados en él como el mar lo estaba de Marisa, antes de
que se unieran eternamente para garantizar que el mar y los hombres
tendrían siempre sus relatos.

Bísturi...pinzas...gasa...

Con un bisturí en una mano podría resolver la duda que ahora ocupa la mayor parte de mi tiempo. A primera vista parece absurdo tener que abrir el cerebro de varias personas para resolver mi duda. Probablemente lo sea, lo asumo, pero el mundo está tan rebosante de cosas absurdas que una más no causará ningún escándalo.
La duda que ahora me inquieta especialmente es saber si escarbando en la inteligencia humana siempre acabas por encontrar algún signo de torpeza o si es al revés: bajo las inmensas capas de idiotez descubres algún brillo de sabiduría. Pues bien, ninguno de los casos me sirve para describir a los cargos políticos que anidan por estas latitudes. No es de sentido común que algunas frases las digan en voz alta, delante de micrófonos y sin haber ingerido varios litros de alcohol que sirviesen de atenuante a semejantes sandeces. Cualquier lector acostumbrado a los pasatiempos podría unir con una flecha una frase determinada con el sujeto emisor de dicha frase y llevarse más de una sorpresa al comprobar que la flecha entra por una oreja y sale por la otra sin que haya restos de materia gris.
Decir que la Armada española debe rechazar a cañonazos los barcos llenos de inmigrantes o que los cayucos llegan a Tenerife porque están atraídos por el Teide no es nada comparado con la frase que muchos han soltado y que luego nadie se atribuye: en los barcos repletos de inmigrantes hay terroristas islámicos. Y es que los iluminados que hablan en voz alta tienen serios problemas de incontinencia verbal que sonroja a los que tienen las neuronas bien puestas pero que, para desgracia social, recibe el visto bueno y el aplauso de otros muchos que se contagian de sus delirantes destellos de inteligencia. Son cuestiones dignas de estudiar si no fuera porque estudiar se ha convertido en algo aburrido basado en una acumulación de datos sin que se enseñe a razonar y relacionar los hechos. ¿De qué sirve analizar la colonización que Europa hizo de África si luego nadie la relaciona con la llegada de pateras? Muchos dirán que son procesos diferentes, pero es sólo porque se estudian en capítulos separados del libro de historia y a nadie se le ha ocurrido unirlos.
Querer relacionar las pateras con el terrorismo es una prueba evidente de que algo no marcha bien en la cabeza de algunas personas. Las neuronas de estos cerebros están tan acostumbradas a llenar las islas de carreteras que dan vueltas y giros en inmensos anillos de cemento que luego son incapaces de relacionarse entre ellas, provocando tropiezos desternillantes en sus cerebros. Si algún centro médico me facilitase el material necesario para abrir un cerebro, estoy seguro de que en la cabeza de estos iluminados encontraría algo parecido a una atracción de feria, neuronas convertidas en cochitos locos cuyo único objetivo es golpearse entre sí mientras suena la música.