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Nadir

El horror invariable

Son incomprensibles los juicios valorativos sobre la Gala de Elección de la Reina del Carnaval. Es como analizar cada año el mismo escarabajo pelotero. La gala se autorreproduce cada año, y así, inevitablemente, al que le gusta le sigue gustando, y al que le espanta lo indecible, sigue aterrorizándole. El que suscribe, modestamente, forma parte de la segunda categoría, y contempla la Gala de Elección de la Reina -siempre en mayúscula- como un horror indescriptible. Pero no se me ocurre acusar a nadie, ni al Ayuntamiento, ni al director artístico, ni a los técnicos, ni siquiera los aturullados participantes, porque la Gala es necesaria, inexorablemente abominable. Nadie puede evitarlo porque el espectáculo está brutalmente condicionado por dos circunstancias imponderables. Primero, el director padece un estrechísimo margen de maniobra para seleccionar el personal y el material. Debe embutir en un formato canónico -que no es otra cosa que un inacabable desfile- a una multitud de grupos e individuos como quien rellena un atrofiado salchichón. En segundo lugar, los tales grupos e individuos no son profesionales del espectáculo, sino modestos aficionados y/o simples carnavaleros que salen para vacilar y tal y cual. Quizás sea milagroso que el escenario no se venga abajo entre llamas, los comparseros no se rompan las piernas o las candidatas no sufran lesiones cervicales irreparables. Las variaciones posibles y eficaces, sobre un esquema tan rígido y apriorístico, son minúsculas, y suelen consistir en lo que se vio el miércoles pasado: una alegoría escolar sobre los orígenes geológicos de Tenerife, el amor, las estructuras tribales y la batucada, que ya se sabe desde Dante que en las alegorías -como en las galas de Carnaval- tiene que caber de todo.
Uno jamás ha tenido ínfulas de reformador social, y menos aún, de reformador de los rituales carnavaleros. Y la Gala de Elección de la Reina es uno de los rituales del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife. Poco más o menos es lo que la gente quiere ver, espera ver, ha visto toda la vida y espera con delectación que puedan seguir viendo sus nietos. Un pequeño espectáculo de una modesta ciudad que se ofrece a sí mismo en celebración espectacular. Es un trance, en fin, que se debe pasar para llegar al Carnaval que no está en un escenario ni requiere director artístico: la fiesta de la calle, la que tiene todo el fulgor y los desperfectos de la vida, el que entrechoca sentidos y sentimientos.

Las letras marchitas

Lo digo desde el principio: debe de ser el cansancio. Un cansancio que arranca de los tiempos de Francisco Ramos Camejo y Carlos Díaz Bertrana, es decir, un cansancio inmemorial, una extenuación que me lleva a ver los aperejilados fastos del Día de las Letras Canarias como otra insignificante necedad destinada a un veloz olvido en cuanto los sillones oficiales los calienten otros glúteos. Pobre Viera y Clavijo, objeto ahora de una atención ortopédica destinada a brillar en los titulares de prensa y en los currículos de improvisados directores generales. Fundar efemérides y exaltar onomásticas es un recurso muy usual en las administraciones públicas. Una pantalla fosforescente que opaca el vacío de una política creativa, coherente, sistemática y sostenida. En todo caso, el Día de las Letras Canarias se me antoja un lujo carnavalesco. Los políticos catalanes, gallegos y vascos tienen, al menos, el pretexto de disponer de un idioma propio. En Canarias ni siquiera existe una industria editorial normalizada, ni apenas programas de animación a la lectura. En Canarias no se atiende a la literatura canaria en las enseñanzas medias (la literatura fue suprimida bestialmente de los planes de estudio) ni apenas se enseña en las universidades. En Canarias -ya solo me duelen los dedos de tanto escribirlo- no se cuenta con una red de bibliotecas públicas que pueda ser admitida profesional y técnicamente como tal, pese a algunas meritorias excepciones de ámbito municipal. En Canarias no se ha promulgado una ley de Bibliotecas. Las bibliotecas de nuestros centros docentes son penosas, salvo cuando son inexistentes. En Canarias la venta media de un título editado en el Archipiélago no llega a los cien ejemplares.
Celebramos la nada, por tanto, y la celebramos ranciamente, siguiendo hábitos y estilos de casinos batuecasianos. Ofrendas florales, encargos de retratos y bustos y exposiciones, alguna que otra conferencia: una pequeña derrama presupuestaria que, previsiblemente, no le hará daño a nadie. Provincianismo cutre y agorafóbico, indiferencia ante la realidad, pompa casposa, irresponsabilidad política e intelectual. Son precisamente, varias de las actitudes contra las que combatió Viera y Clavijo a lo largo de su vida, atravesando amarguras, padeciendo decepciones, sufriendo en su madurez el desdén y en su vejez la soledad arrinconada, pero sin perder nunca la curiosidad incesante, la exigencia ni el humor. Allí está ahora, cubierto de flores marchitas, aun vivo, vivo en contra del incienso babieca del poder.

Cargadores

Mi hija y mi teléfono móvil tienen muchas cosas en común. Para empezar suenan cuando menos lo esperas y hay que cogerlos de inmediato porque sus melodías están diseñadas para generar estados de ansiedad cuando no se atienden al momento. Es cierto que el móvil puede ponerse en modo silencio, pero todo el mundo sabe que cuando un bebé no hace ruido estás mucho más preocupado que cuando suena en continuo. Así que cuando lo tengo en silencio, me acerco a la pantalla o a la cuna cada diez minutos para comprobar que nadie me ha llamado o que la niña sigue respirando. También puede desconectarse, pero esa es una opción que no sólo no se utiliza, sino que sólo de pensarla se me erizan los pelos de la antena. Los teléfonos móviles y los bebés están pensados para ser actualizados en continuo; cada pocos meses hay que comprar accesorios nuevos. Mi hija cambia de talla de ropa con tanta frecuencia que muchas veces no tenemos tiempo de estrenar la que habíamos comprado antes de que se le quede obsoleta. Me ocurrió lo mismo con la última carcasa que le compré a mi Nokia, con la diferencia de que con el paso del tiempo los niños crecen y los móviles encogen. Así que nunca sé qué hacer con la ropa y los accesorios que se me van quedando viejos. Los almaceno en cajas, ubicadas en trasteros oscuros sin decidirme a tirarlos porque me da pena y porque quizás algún día encuentre utilidad o los regales a alguien que los necesite. Sin embargo a la mayoría de la gente le gusta estrenar sus cosas, así que todos compramos móviles nuevos, porque las cosas usadas no producen tanto placer como las que uno estrena personalmente. Lo peor es que todo cuesta una fortuna, así que cuando me asomo a los trasteros me doy cuenta de que me he gastado mucho dinero y me pregunto si existirá un método para amortizar el gasto realizado. Mis amigos dicen que el sistema es tener otro niña, o comprar otro móvil, que es casi lo mismo aunque el embarazo es más corto. Así que desde hace unos meses tenemos dos móviles en casa y de esa manera los accesorios nos salen a mitad de precio aunque las llamadas se nos han incrementado al doble. Digamos que al final pagamos más, pero la sensación es mejor. Además, todo el mundo sabe que un niño solo es como un teléfono aislado, así que hay que darle un hermano para que se socialice y pueda sentirse acompañado en este mundo. El tema de la batería es un aspecto singular. Los bebes se cargan y descargan muchas veces al día. Cuando están llenos de energía no parece posible que exista un momento en el que su batería se descargue, pero al final todo llega. Igual que mi móvil, que se queda sin pilas ajeno por completo a tus necesidades adultas. Por eso, durante los primeros meses de vida hay que conseguir que la niña y el teléfono cojan la rutina de cargar sus baterías por la noche. Todo normal, salvo el otro día, que mi hija encontró el cargador del teléfono y al coger el cable, le gustó tanto que no quería soltarlo. En su mente infantil, descubrió ese nexo invisible entre móviles y niños, por lo que decidió que tenía que cargarse de esa energía que sirve para hablar con el mundo. Tuve que sacarla a la calle con el cable en la mano, paseó con él por toda la ciudad y se durmió sin soltarlo. La gente la miraba extrañada, pero yo les decía que no se preocuparan que el cargador no estaba enchufado, que la niña se sentía acompañada por su hermano celular. Lo malo del caso es que ahora no me atrevo a explicarle a nadie, que por las noches le estoy poniendo pañales a mi teléfono.

El PP y la paz en Euskadi

Cada anuncio, noticia o rumor que llega sobre el acercamiento al proceso de paz en el País Vasco produce tal incomodidad en la dirección del PP que se disparan en las diatribas más obscenas sobre la honorabilidad del Gobierno de España
Nunca antes como ahora se habían agitado los sufrimientos de las familias de las víctimas de ETA para arrojarlos, de la forma más torticera, encima de la confrontación política. Se acusa a un gobierno constitucional de “pagar un precio político anticipado a ETA”, de estar “excarcelando asesinos” –con los que no se puede hacer otra cosa que aplicar la ley-, de cesar a un fiscal desobediente e inútil para “facilitar la negociación con ETA”… Todo este despliegue de deslealtad con la constitución y la ley se hace sin aportar un solo dato, en la misma línea en la que Ángel Acebes sigue mintiendo sobre la autoría del 11-M, en una demostración clara de que cuando un dirigente político pierde la vergüenza es incapaz de recuperarla.

La pregunta que todavía no tiene respuesta es: ¿a donde conduce todo este despliegue de irresponsabilidad ejercida por el Partido Popular? Una apuesta tan contundente, tan fuera de los hábitos democráticos, tan separada y ajena del sistema parlamentario y constitucional, solo puede tener el vector de la desesperación de quien no se acomoda a haber perdido el poder y está enloquecido por recuperarlo a cualquier precio. Desde esas coordenadas, lo que nos espera es dramático. Si se confirman todas las informaciones de que ETA está próxima a hacer público un abandono de las armas, el PP solo tiene dos caminos: o sumarse a la iniciativa de paz y colaborar lealmente con el Gobierno, que tiene la responsabilidad intransferible de conducir el proceso antiterrorista, o tratar de boicotear las expectativas de paz para procurar su fracaso.

Al punto en el que han llegado las cosas, es difícil pensar que dirigentes políticos como Mariano Rajoy y Ángel Acebes pudieran tener la hombría de bien de sumarse a un camino abierto para conseguir la paz, que ansían todos los españoles. Lo más probable es que nos espere una historia de confrontación en la que todo, lo verdadero y lo falso, se empleará a fondo para criminalizar las iniciativas de todos los partidos del arco parlamentario y denunciar sistemáticamente cada avance hacia la paz como una claudicación del Estado. Cuando se inicia un camino sin salida, lo más normal es que se siga hasta encontrar el precipicio. Y los líderes del PP no están dispuestos a pensar en lo que le interesa a esta España con la que se llenan la boca para enunciar su supuesto patriotismo.

Otra de Führer ocioso

José María Aznar se ha ofrecido a salvar América Latina de la “marea populista”. “Alguien la tiene que parar (...) Yo estoy dispuesto a hacerlo y sé que hay muy buenos amigos en Iberoámerica dispuestos a trabajar también.(...) Vamos a ver si nos organizamos y lo hacemos”, asegura Aznar, para quien la situación actual con Gobiernos de izquierdas es “preocupante”.
Tiene, sí,  muy buenos amigos Aznar en el Cono Sur. Por ejemplo, el ex presidente argentino Carlos Menem –populista pero de los buenos y, además, corrupto-, con el que mantuvo fluidas y muy personales relaciones. El 22 de abril de 1997, con motivo de su visita a Argentina, Aznar se deshizo en elogios hacia la política económica de Menem, “que atrae la confianza de los inversores del mundo”.

Ahora, en cambio, el ex presidente ha ubicado la Argentina de Kichner en zona de descenso por su orientación “populista”. Es decir, por su política  socialdemócrata. Todo lo que suene a progresismo le produce a Aznar una alergia insufrible. Recordemos su frase sublime: “Esos progres trasnochados que van ladrando su rencor por las esquinas”.
            
En la Casa Blanca cuenta asimismo Aznar con muy buenos amigos. El mejor, George W. Bush. Volvieron a verse hace poco. El presidente norteamericano ya le encargó en 2003 una importante misión en América Latina: convencer a algunos presidentes de las bondades de la  invasión de Irak. Fracasó estrepitosamente. Desde el chileno Lagos al mexicano Fox le dijeron “no”.

¿Le habrá pedido ahora su amigo George que intente otra misión redentora  como la de erradicar  los “movimientos indigenistas que son en parte marxistas, en parte revolucionarios, en parte basados en criterios étnicos”, según Aznar?

Su proclama la ha hecho en El Mercurio de Chile. Este periódico estuvo implicado en el golpe de Pinochet, como demuestran los papeles desclasificados hace unos años de la CIA, por orden del presidente Clinton.  Antaño Latinoámerica era otra cosa.

Antaño, a Aznar  no le preocupaba Latinoámerica. Estaba en buenas manos bajo la protección de Washington, el Gran Hermano que, ojo avizor, vigilaba a los malvados izquierdistas y, cuando era preciso, los liquidaba. “¿No sabes quién es el muerto,/ soldadito boliviano,/ el muerto es el Che Guevara,/ y era argentino y cubano,/ soldadito boliviano,/ y era argentino y cubano”.

En 1967, cuando mataron al Che, el jovencito Aznar no leía a Nicolás Guillén. Prefería a José Antonio y escribía cartas a la revista SP, autodefiniéndose como falangista independiente. En la actualidad, hace declaraciones en El Mercurio y arenga a la derecha latinoamericana que está, dice él, “avergonzada, callada, desaparecida, acomplejada”.

¡Sin complejos, sin complejos! Aprendan de mí. Y de mi amigo George. Acabaremos también con los indígenas, como al tal Evo Morales. A mí no me ocurrirá como al general Custer en Little Bighorn. Siempre nos quedará el Séptimo de Caballería. Aunque por no hacer, Aznar no hizo ni la mili.

Muertos de risa

Yo no le creo a usted", le dijo en el Congreso Mariano Rajoy a Rodríguez Zapatero, tan rotundo como solemne. Se expresó desde la acreditada credibilidad que le llevó a perder unas elecciones y en la que viene profundizando entre inexactitudes, mentiras a medias y calumnias en toda regla. "Yo sí le creó a usted", le respondió el presidente, manso, suave como no lo quiere su oposición, prudente hasta el punto de que las buenas formas puedan poner en duda su sinceridad. Zapatero apeló a la necesidad en política de la confianza -"esperanza firme que se tiene de algo o de alguien", en este caso de Rajoy- por respeto. Respeto es "atención, consideración, miramiento" que si no fuera lo que Zapatero siente por Rajoy sí parece que es lo que debe sentir por los millones de votos que respaldan al PP. Así lo dijo. Otra cosa es que uno tenga la percepción de que no siempre nuestros representantes gestionan adecuadamente ese respaldo y que la duda nos sitúe en la esperanza de que esos votantes actuarían con mejores modos que sus representantes en el Parlamento. Ningún votante del PP de cuantos conozco se atrevería a acusar con toda desfachatez y desde la más descarada mentira a dos ministros de sendos delitos, como lo ha hecho el diputado Martínez Pujalte en lo que llaman ahora sede parlamentaria. Es verdad que basta recordar a Pujalte muerto de risa en el Parlamento cuando se hablaba de muertos para hacerse un perfil del personaje. Pero lo peor es que cuando tuvo que rectificar, tras ser llamado al orden, que es una llamada que casi siempre requiere el demadrado, su disculpa fue que no había entrado en disquisiciones jurídicas sino que hablaba en términos políticos. ¿Qué son los términos políticos para el diputado, un territorio donde con toda impunidad puede uno deslizarse por la más repugnante insidia? Nadie vota para eso.

Eolo y la guadaña del viento

Un ventarrón imparable sacudió ayer Las Palmas, dejando a la entera ciudad conmocionada. Hartos de escuchar a los políticos culparse unos a otros de que el sol salga o se ponga, hartos de mangoneos parlamentarios en el mismo límite de la desvergüenza y hartos de veladas amenazas y cínicos soliloquios con el único fin de tapar el trasero propio o dejar el culo ajeno al descubierto, la ciudadanía quedó ayer definitivamente pasmada ante una imparable ración de hechos.
La contundente e inesperada actuación de la Policía, deteniendo a los siete primeros implicados en la trama eólica de la Consejería de Industria ha dejado a todo el mundo con la boca abierta... "¿Es que iba en serio?", se pregunta José Manuel Soria. Pues sí, esta vez iba absolutamente en serio, estimado señorito: la relación de apresados como consecuencia de las investigaciones sobre la trama, incluye a dos de los personajes denunciados por Alberto Andrés Santana Ramírez, que fue quien destapó todo el affaire en los medios de comunicación y lo llevó hasta los tribunales de Justicia.
Al margen de que uno aspira a no desear mal alguno a nadie, produce cierto consuelo saber que vivimos en una sociedad en la que los márgenes para la impunidad son estrechos y casi siempre fruto más del compromiso que de la imposición. Si alguien se pasa tanto que al pasarse joroba a los demás y además deja huellas, es muy probable que acabe dando con sus huesos en la cárcel. Eso es lo que podría ocurrir con algunos de los detenidos de esta operación Eolo, y -a medida que la investigación avance- quizá también con alguno de esos personajes muy influyentes y relacionados que movieron sus hilos e influencias con la intención de beneficiar a otros en el concurso público para la explotación de energía eólica en Canarias (como a su propio hermano, sin ir más lejos). Son personajes de los que habla todo el mundo, pero aún permanecen velados por el silencio de los ahora investigados. Veremos lo que dura eso... La experiencia en casos similares nos recuerda que la complicidad no suele ser eterna.
Mientras llegan las primeras actuaciones judiciales, las detenciones salpican al departamento de Industria del Gobierno de Canarias, al Cabildo grancanario y a la Caja Insular, además de a unos cuantos empresarios. Quedan fuera, al menos de momento, dos de los acusados por Santana: el anterior consejero de Industria, Luis Soria, y el presidente de la Cámara de Comercio, José Miguel Suárez Gil. Pero a nadie se le oculta que desde ayer hay un antes y un después en las Islas. Es la primera vez desde el inicio de la Autonomía que un escándalo de esta envergadura toca tan a fondo a las principales instituciones políticas, financieras y empresariales. Es aún pronto para hacer un pronóstico de lo que puede ocurrir, pero -incluso para quienes se empeñan en cerrar los ojos y señalar para otro lado- queda ya la certeza de que quien sembró vientos para recoger dineros, puede acabar recogiendo tempestades.

Caricaturas y embajadas

Yo le hago una caricatura a su Dios. Es una caricatura de mal gusto, ordinaria, estúpida y, desde su punto de vista, claramente ofensiva hacia sus creencias religiosas. Y entonces usted quema oficinas entre alaridos clamando venganza, pide mi cabeza, escupe sobre mis dibujos y, si puede, me mata.
Me mata con una bomba, con una pistola, con un hacha o a pedradas.
Recuerdo cuando se dictó la fatwa contra Salman Rushdie: todos sentimos perplejidad, irritación, indignación. Naturalmente que alzaron la voz algunos gaznápiros que le afearon la conducta al novelista, pero fueron rápidamente acallados por la mayoría. Todavía el miedo no nos calaba en los huesos lo suficiente como para olvidar que ninguna creencia, ningún prejuicio, ninguna peligrosa certeza política, religiosa o ideológica valía más que la vida de un hombre y el derecho a expresarse libremente. Y que en el peor de los casos los límites a su libertad de expresión no están en las manos asesinas de los fanáticos, sino en las leyes, en los tribunales, en las sentencias judiciales, en los espacios públicos en los que se contrastan y enfrentan argumentos racionales, derechos y deberes, ideologías y sensibilidades.
Han pasado quince años. Y han sido para peor. Falta muy poco, tal y como nos advierte el maestro Arcadi Espada, para que responsabilicemos a los caricaturistas de las oficinas diplomáticas carbonizadas, de las manifestaciones de odio exterminador y de los muertos en Afganistán, Líbano y Somalia. Simplemente tenemos miedo a que nos maten, nos quemen, nos secuestren, nos pongan bombas, nos maldigan para siempre. En quince años Occidente no ha entendido nada y ha practicado con los países islámicos la misma estrategia política y militar de siempre: la invasión, el estrangulamiento financiero y comercial, el fortalecimiento de las alianzas con los regímenes más corruptos y odiosos de la región, el deliberado y cruel empantanamiento del conflicto palestino-israelí. Los grandes éxitos de esta estrategia están a la vista: se llaman Afganistán, Irán, Irak. Y, ahora, Hamas en Palestina. Hemos exacerbado el nacionalismo, el populismo, el integrismo religioso. Quizás no puedan ganar definitivamente la partida. Pero pueden resistir en una guerra interminable en sus países y ciudades y pueden seguir matando a través de sus hermanos en la fe desperdigados por Europa y Norteamérica. Cuando se nos pide respeto a las creencias religiosas, cuando se critica agriamente las malditas caricaturas, que son efectivamente unas malas y malignas caricaturas, cuando se nos dice desde gobiernos e instituciones internacionales que hay que tener cuidado, lo que se oye en sordina es el castañeteo de los dientes, es una suave, hipócrita, miserable dimisión de los valores cívicos, democráticos e ilustrados.

Una de polvos mágicos

El Servicio Canario de Salud (SCS) quiere prohibir los polvos del doctor Meléndez porque tiene enganchadas a más de siete mil personas a un fármaco que, al parecer, cura la diabetes, el alzheimer y el cáncer (no sabemos si todo al mismo tiempo o por separado). A mí me parece que el doctor Meléndez, como bioquímico talludito que es, sabrá qué polvos se trae entre manos y de qué están hechos sus Factor 1 y Factor 2 (dos aminoácidos: Glicina y L-Aspártico) y ni qué decir tenemos de esos siete mil cobayas que están saltando en una pata porque al fin alguien ha descubierto un remedio para las tres grandes plagas del siglo XXI. Me imagino que esa basca de los siete mil son todos ellos personas mayores de edad, con conocimiento de causa (también alguno habrá que sólo lo haga por probar), necesitadas algunas de un nuevo milagro médico, y que el doctor Meléndez les habrá leído la cartilla antes de endosarles este aminoácido tratamiento que incluye una dieta baja en hidratos de carbono. Vamos, lo de siempre: fuera el pan y las papas. Lo que tendría que hacer el SCS es buscar a los siete mil, sondearlos (ponerles una sonda) y revisar su historial médico a ver si se han curado de alguna enfermedad degenerativa y, de paso, poner un poco de orden informativo en este caos de barbitúricos, enseñando al populacho un poco de química elemental antes de que alguien le cuelgue la bandera danesa al doctor Meléndez. Lo que ocurre en este affaire de los polvos mágicos es lo de siempre: que en cuanto alguien se empieza a construir el chalet de lujo ya es sospechoso de algo, aunque ese alguien sea bioquímico titulado con todas las de la ley y haya puesto el laboratorio en su propia casa para no levantarse todos los días temprano para ir al curro. Por otro lado, Sanidad ha detectado una reacción adversa a los polvos en uno de los Siete Mil del doctor Meléndez, tal vez no se trate más que de una diarrea típica (o tópica), yo mismo me descomí como un bendito la semana pasada por una sobredosis de propalgina. Todos sabemos que el cuerpo necesita, cada cierto tiempo, de un desahogo para tanto frasco y a veces el virus, cuando se le maltrata, opta por mandarse a mudar cogiendo la 015 del intestino grueso.
Yo no lo conozco de nada, pero a mí el señor Meléndez me parece un tío muy serio, de barba y bigote, con su bata blanca y reluciente como esos polvos mágicos que receta. Lo que pasa es que hay mucho envidioso en esos foros consagrados a Esculapio que no soporta no tener su propia corte de los Siete Mil, su chalet de lujo y a un abogado que los defienda como don Eligio Hernández, que está mucho más lozano desde que dejó la política y empezó a tomar los polvos del doctor Meléndez.

Panes

Hubo un tiempo en el que comía un solo tipo de pan. El panadero llevaba las barras a mi casa y mi madre las almacenaba en una bolsa de tela que colgaba detrás de la puerta de la cocina. El pan, era el alimento sagrado que se conservaba de un día a otro como si fuera un tesoro.
Durante muchos años mi única preocupación era saber si tendría pan duro o tierno a la hora de la comida. Hasta que llegaba el verano, porque entonces aparecía el pan del campo con el que hacíamos las tostadas del desayuno. De corteza oscura y forma redondeada, todo el mundo parecía valorarlo mucho más que a las barras blancas y estiradas que poblaban mi invierno panadero. Así que, disfrutábamos de esa simplicidad y de esas rutinas en nuestra alimentación. Mi mundo seguía regido, igual que el de mis padres y mis abuelos, por ciclos y estaciones, pero sobre todo por la escasez de opciones a la hora de elegir.
Lo bueno, es que yo no me daba cuenta y por eso disfrutaba al ir al supermercado y comprar un pan que parecía un escudo o una barra con la que jugar a los mosqueteros. Pero entonces, casi con veinte años, me fui a vivir a Inglaterra y allí descubrí que el pan que yo comía se llamaba pan francés. Mi pan, el de mi casa, era original de Francia y yo en mi inocencia pensaba que era el clásico de mi barrio o de mi ciudad. Los ingleses comían pan de molde y los alemanes estaban tan orgullosos de su pan negro que incluso lo llevaban en la maleta.
De repente me encontré huérfano de pan, me di cuenta que el mundo era amplio y que yo no tenía nada que ofrecer. Quizás un pan del campo, pero a mis ojos esa variedad parecía el hermano pobre de las hogazas alemanas, oscuras y repletas de granos misteriosos.
Mi visión del mundo se derrumbó me hice mayor sabiendo que ya siempre sería un apátrida del pan. El mundo entonces empezó a girar, apareció internet y a la misma vez, quizás por simple casualidad, las boutiques del pan. De repente las panaderías se habían convertido en tiendas de lujo donde uno podía entrar y admirar el género de las estanterías.
Claro que al principio lo único que cambió fue el envoltorio de madera de los locales, porque el contenido seguía igual que pobre de antes, salvo por la aparición de unos tristes panes integrales que servían de justificación a la palabra boutique. Pero el germen del cambio estaba plantado y mientras los teléfonos móviles hacían su aparición estelar en el mundo, las panaderías continuaban su humilde transformación. La gente, deslumbrada por el brillo de la tecnología, no se percató del proceso hasta que ya era inevitable y ahora con el euro en nuestros bolsillos, por fin podemos elegir el pan nuestro de cada día.
Por desgracia yo sigo siendo un apátrida, un huérfano que ahora solo encuentra consuelo en la variedad y en el viaje. Dependiendo del día, del humor o de las ganas me decanto por un tipo u otro. Visito las panaderías, pruebo nuevos sabores, combino cereales, tamaños y colores. Soy un sibarita del pan aunque en realidad soy huérfano de una patria con miga y corteza caliente. He probado el pan de nueces, el sobado, el de cereales, el de maíz, el de semillas, el redondo, el cuadrado, el negro, el blanco, el de Viena, el Francés, el árabe, el pita, el indio, el de leche, el de leña, el casero, el congelado, y nunca me sacio.
Disfruto de la variedad, pero a veces me saturo y necesito pensar en esa bolsa de tela escondida detrás de la puerta de la cocina. Porque hubo un tiempo en el que comía un solo tipo de pan y en su interior había algo más que miga.

Isla Caspa / Planeta Murga

Bueno, ¿qué decir de una isla cuyo reflejo en los periódicos están protagonizados por una colecta para el pobrecito Obispado, la patriótica salvación de un club de fútbol por parte de varias decenas de desinteresados empresarios y la conmoción de una denuncia judicial que pretende que los carnavales no se celebren en el centro de Santa Cruz? ¿Qué decir, disculpen ustedes, que no entre directamente en lo escatológico? Sinceramente creí que esto no iba a ser así. Pensé que cualquiera de las alternativas sería piadosa conmigo: o la Isla se sacudía la caspa o un servidor aprendería a convivir con la caspa. Por desgracia no ha ocurrido ni lo uno ni lo otro. El espejo de Tenerife tiene los destellos del cutrerío. Una sociedad pacata, crédula, enbobaliconada, incapaz de vertebrarse, de exigirse cambios y asumir riesgos, de romper con caciquismos materiales y simbólicos, de reirse de sí misma y de sus miedos y fantasías. ¿Aquí no hay nada más? ¿Aquí no se puede decir que el Obispado de Tenerife negoció un seguro contra incendios en unas condiciones penosas sin que un ágrafo impresentable intente apedrearlo con su prosa taruga e inquisitorial? Si la Casa Salazar estará reconstruida en un par de años, propongo quemar el teatro Leal este fin de semana y dejar que arda hasta las cenizas, amén. ¿Y que tal carbonizar las miserables aulas informáticas de los centros de educación secundaria? ¿Por qué el Ayuntamiento de La Laguna cede automáticamente el usufructo de la Casa Anchieta a los jerarcas de la Diócesis Nivariense? ¿El Obispado de Tenerife no tiene para pagarse el alquiler de un local? La caspa cae suavemente, como una nevada inevitable, sobre obviedades idiotizantes. Toda esa procesión de prebostes hacia una ermita en El Sauzal para atender la filípica de un diputado que se creería Eamon de Valera si supiera quien es Eamon de Valera, y la presencia alienígena del gerente de Gestur sin el conocimiento del Gobierno autonómico, y las sonrisas y los abrazos machotes y los corrillas susurrantes y el diputado santificando la creación de una promotora para salvar a un equipo de fútbol que es una entidad perfectamente privada con una deuda astronómica, todo esta impúdica mentecatez y ambición apenas maquillada, esta concentración de narcisismo rapaz, ¿no exigiría una condena de los partidos de la oposición, de los aficionados del deporte, de los clubes y los medios de comunicación. ¿Que alguien quiere suspender los Carnavales? ¿Están de broma? Pero si no somos otra cosa. ¿Pretenden desidentificarnos?

La guerra que viene

No sé si la tendencia al exilio es muy española o tan sólo más de aquí que de otra parte, pero es fácil que un español sienta la tentación de exiliarse de vez en cuando. Uno la ha sentido en otros momentos; ahora, no. Pero he llegado a pensar en estos días si permanezco aquí por patriotismo, para morir en acto heroico yéndome a pique con la nave de España, o sigo viviendo en este país, sin miedo a los riesgos que me acechan, por irresponsable o por ser la víctima de una percepción equivocada de la realidad. Porque si un ex presidente de gobierno, con su dilatada experiencia defensiva demostrada en Perejil, asegura en el extranjero que está "absolutamente" convencido de que aquí va a producirse una guerra como la de la ex Yugoslavia y la advertencia no le es rebatida por casi nadie, una de dos, o vivimos en un país de irresponsables, cosa que el propio ex presidente nos reprochó a menudo, o lo que falla es el sentido de la realidad y la vergüenza del ilustre profesor agregado de Georgetown. En caso de que sucediera esto último, no se trata ahora de mencionar por su nombre algunas de las cuantas cosas que se me ocurren por las que el sentido de la realidad de un hombre puede sufrir una seria distorsión. Al fin y al cabo, ni la psicología ni la psiquiatría son ciencias que uno domine, aunque estoy seguro que él tampoco. Y no creo que merezca la pena aludir a sus fallos refiriéndome a aquella convicción absoluta que tuvo de que había armas de destrucción masiva donde no las había y que se puso a buscar con empeño para no mentirnos ni asustarnos, cosa que no hizo nunca. ¿O si?. Yo no sé si el ex presidente es experto en guerras o no, ni me atrevería a decir que le gustan, pero sí sabemos que las apoya. En este caso debería constar si la guerra que él ve venir no desea que se verifique, lo cual es un alivio, pero si la apoyara es muy probable que fuera una guerra devastadora, como se ha demostrado con aquella de la que se siente tan orgulloso.

Noches de Santa Cruz

La gente que no sale a la calle, que no pisa la calle, que viene y va de los cines y los restaurantes, que no mantiene viva su memoria personal del tráfico, la luz eléctrica, las copas, la música de los cuerpos en penumbra no tiene idea de lo que está pasando en la calle, lo que está oscureciendo la noche. La noche y la calle de Santa Cruz de Tenerife, por ejemplo. La noche de Santa Cruz de Tenerife fue prometedora a finales de los setenta y principios de los ochenta, fue de nuevo aburrida y soporífera hasta la fugaz aparición de las primeras terrazas de verano, regresó a un bostezo de garrafón donde naufragaron tres o cuatro intentos de renovación, y volvió a mearse en sus mismos zapatos, una meada cálida, doméstica, íntima, resignada, al doblar el cabo del milenio. Básicamente la noche de Santa Cruz, hasta hace muy poco tiempo, era aburrida, y tan predecible como el amanecer. Ahora comienza a ser francamente desagradable, y, a ratos, ligeramente peligrosa. Simplemente no hay nada. La única novedad soportable es la calle La Noria. No hay espectáculos. No hay apenas música en directo. Los pubs son cada vez más escasos. Discotecas hay dos y media; lo que abundan son los baretos. Y las hamburgueserías chungas y sórdidas. Todos los días -perdón, todas las noches- alguien se lía a hostias. De repente se abre una puerta y un pibe vuela hasta la acera opuesta. Lo de siempre: le vendieron una papela con mierda mala, fue a protestar, se le rieron, levantó el puño, le pegaron un cañonazo y perdió los piños. Nunca he visto a tanta peña jalando farlopa en los cuartos de baño, en los rincones oscuros, justo en el filo más sucio entre la realidad y el deseo. Nadie se da la espalda si puede evitarlo. Cada vez más gente pierde más rápidamente la calma. Hay grupos que salen a armar bronca como programa de fin de semana. A veces tienen un puño de hierro o una barra metálica. Otras muchas solamente quieren tocarle el culo a la novia de alguien y romperle la cara. No, la mayoría de ustedes no saben lo que está incubando la noche de Santa Cruz de Tenerife, abortada entre el mar invisible y las torturadas montañas de Anaga.
Hace un par de noches le tocó a Maximiano Trapero y a tres profesores universitarios sufrir el encanallamiento por el que deriva mortecinamente la noche de Santa Cruz. Unos niñatos les escucharon hablar con acento peninsular y los siguieron hasta caerles encima a golpes. El profesor Trapero ha sido nuestro Menéndez Pidal en recuperar y fijar nuestro repertorio romancístico. Siento vergüenza, vergüenza hasta en decir "yo no he sido".
 
  

Histeria antitabaco

Para hablar de ella convendría dedicarle varios capítulos que podrían quedar resumidos de la siguiente manera: capítulo primero: los conversos. Trataría sobre esos seres histéricos y desaforados que reniegan de lo que un día fueron, es decir grandes fumadores que ahora han dejado de serlo, lo que les da una especie de bula para condenar a los que aún lo hacen; hablan pestes del tabaco, relatan verdaderas odiseas sobre sus consecuencias, y condenan, sin la menor consideración, a sus ex camaradas. Capítulo segundo: los miserables. Aquí hablaríamos de aquellos que se dedican a denunciar a los fumadores de su empresa; anotan los nombres y van corriendo al jefe de personal o a la policía autonómica a soplarles el nombre del vicioso. En algunas comunidades existe ya un teléfono para denuncias anónimas y si el denunciante quiere decir su nombre no debe preocuparse porque no es obligatorio dárselo al infractor. Capítulo tercero: trata sobre los expertos en algo que son esos señores tan raros que han hecho un master sobre cómo comerle el coco a un desgraciado que se lo cree todo y aún piensa que los que gobiernan son más listos que él. Se ganan la vida montándoselo a base de bien con cualquier tema que luego venden con mucha gracia alegando que el master lo hizo en Salamanca. Los expertos en la ley antitabaco recorren los medios de comunicación diciendo cosas tan peregrinas como que debemos denunciar a los fumadores que no cumplan la ley aunque sea nuestro propio padre. Capítulo cuarto: va sobre los dictadores como, por ejemplo, la señora ministra de la llamada sanidad a la que aseguro desde aquí que dejaré de fumar el día que sancione a las gasolineras por vender combustible cargado de monóxido de carbono que nos tiene los pulmones destrozados; o el día que cierre las fábricas que lanzan al espacio humos contaminantes; o el día que castigue a los que engordan animales con hormonas cancerígenas. Capítulo cinco: es el más distendido y explica cómo hacerse un fanático de cualquier cosa en seis días siguiendo unas normas adecuadas, a saber: poner alto el televisor y concentrarse en oír las mentiras o las verdades a medias o las verdades que encubren mentiras mayores que son las realmente perversas. Capítulo seis: es el más complejo y trata de las dudas que nos han surgido a partir del histerismo colectivo. ¿Debe un padre pedir la custodia de sus hijos alegando que su ex mujer fuma como un carretero y eso perjudica al menor? ¿Puede una esposa pedir la separación del esposo diciendo que fuma compulsivamente y, por lo tanto, ella, desgraciada y pasiva, corre graves riesgos de enfermedad y muerte? ¿Debo denunciar a Zapatero porque fuma con Artur Mas en La Moncloa y el humo sale por las ventanas y llega hasta el parque donde una muy mayor amiga mia hace croché de seis y cuarto a siete y media? Y, por último: ¿Debí perder la virginidad si la que me lo propuso era una fumadora impenitente? Necesito respuestas.

Arde sobre mojado

La Laguna acaba de perder una de sus joyas patrimoniales. Por segunda vez en cuatro décadas a la calle de San Agustín le han amputado otro edificio emblemático. Primero y en 1964 fue el convento de los agustinos del que solo quedaron las paredes exteriores. Ahora, un hermoso palacio del siglo XVII, propiedad de la Iglesia católica y responsable, se suponía, de su conservación desde finales del siglo XIX. A los dos se los llevó el fuego. Hace cuarenta años la tecnología preventiva contra incendios poco tenía que ver con la actual. Negligencias y hábitos propios del subdesarrollo se aliaron con aquel infortunio. Lo que debió servir de lección entonces, es decir, la absoluta necesidad de detectar el humo desde un primer momento en edificios de esas características, permaneció en el limbo de la desmemoria y, sobre todo, en el infierno de la desidia. Solo desde dos irresponsabilidades se puede calibrar la magnitud de lo sucedido. La primera, germina y se desarrolla dentro del propio palacio episcopal. ¿Cómo es posible que la diócesis nivariense financie una emisora de televisión y no disponga de una pequeña parte de su presupuesto para dotarse de un sistema de calefacción seguro? En un edificio de esa magnitud, enmaderado por todas partes, calentaban sus huesos invernales con unas vulgares estufas eléctricas. Al mismo tiempo, ¿cómo a sus responsables no se les ocurrió dotarse de un moderno sistema contra incendios? La segunda grave negligencia -tecnicismos burocráticos aparte- está enquistada en el Ayuntamiento, en sus servicios de inspección y control. Por fortuna, se miran con lupa los cableados, cortafuegos y demás medidas para prevenir y apagar los incendios en industrias, colegios, hoteles, etcétera. Sin embargo, no se había procedido a saber -¿o sí?- cómo estaban las condiciones de la Casa de Salazar para sofocar de inmediato los chispazos de un enchufe recalentado en un edificio del siglo XVII. Me asombró oír por la radio a la alcaldesa de esa ciudad: "Todo ha funcionado perfectamente", rotunda frase, dicha a pie de unas ruinas humeantes, con la seguridad del impune, con la soberbia de quien ha borrado la autocrítica de su diccionario político.
Además de las procesiones que se desgranan a lo largo del año, de la utilización política de la virgen de la Candelaria, del Cristo de La Laguna y del santoral completo que practican casi todos los políticos de estas islas, la no separación entre las cosas de la Iglesia católica y las del Estado español, el sutil cordón umbilical que beneficia a ambos extremos, se refleja en asuntos tan elementales como la prevención de incendios y el favoritismo con que la Administración trata a la jerarquía eclesiástica. Ha llegado a ser tan natural esta connivencia que un día después del devastador incendio, todos los grupos políticos del Ayuntamiento de La Laguna se ponen de acuerdo para ceder la casa de Anchieta a las tareas administrativas del Obispado. Se ha desvestido a un santo -aunque beato, nunca mejor dicho- para vestir a la Iglesia que tiene un ropero muy rico. Se ha transformado otra perla del patrimonio canario -Bien de Interés Cultural, con categoría de monumento desde 1986- en una oficina. (El único consuelo es que se trata de una medida provisional, es decir, hasta que terminen las obras de restauración del edificio siniestrado. Confiemos en que tarden menos que las del teatro Leal que ya llevan tres lustros o las del Paraninfo, casi dos). ¿Contemplaron los responsables políticos la posibilidad de que, con o sin el aval del municipio, un banco podría adelantarle un crédito a la Iglesia y alquilar unos locales comerciales para sus fines administrativos? He perdido la cuenta de los años que se ha pasado el Ayuntamiento de La Laguna mareando la perdiz del destino de la Casa Anchieta, desde la retórica americanista en torno a José de Anchieta, uno de los fundadores de Brasil, hasta un museo de arte contemporáneo. Toda la sesuda profundidad de ese debate cultural se ha solucionado en un santiamén político-religioso. Sin embargo, los proyectos culturales de la ciudad de La Laguna pueden esperar sine die hasta que se lleve a cabo la restauración del Obispado. Por si esta generosidad popular fuera poca -la representación política de los ciudadanos ha decidido ahorrarles el alquiler de unas oficinas-, la Diócesis solicita la limosna de los particulares y, a tal efecto, ha abierto una cuenta corriente (a fecha de jueves pasado, ya habían ingresado 330.000 euros, según su página web). Es imposible no recordar el destino de lo recaudado hace cuarenta años cuando el convento de los agustinos fue devastado por el fuego. Su finalidad era la de restaurarlo, pero la millonada de aquella época sirvió para construir un faraónico seminario que, además de dependencias universitarias, ha albergado hasta una empresa de catering. Fruto de la complacencia que nuestros poderes políticos tienen para con la Iglesia, el solar de la calle San Agustín acabó siendo cedido al municipio, a cambio, eso sí, de otros destinados a futuras parroquias. En este aspecto inmobiliario-religioso están hermanadas las corporaciones de La Laguna y de Santa Cruz, porque esta última prometió no hace mucho la cesión de un multimillonario espacio en Cabo Llanos con destino a una iglesia y a aparcamientos gestionados por el Obispado. Arde, pues, sobre mojado.

Inmaduros

Unos psicólogos, reunidos en comandita científica, han llegado a la conclusión de que todas las personas adictas al amor somos unas inmaduras y tenemos la autoestima al nivel de la Fosa de las Marianas, buceando con los peces ciegos y traslúcidos que follan con linterna. Según un catedrático de la Complutense, el amor adictivo se caracteriza por una conducta obsesiva, exigente e irracional; de modo que sitúa a este sentimiento tan humano y tan noble a la altura de otros vicios indecorosos como el tabaco, el alcohol y la columna periodística. Los enamorados somos unos tipos celosos, inmaduros, carentes de habilidades sociales, que es como llaman ahora a relacionarse con la gente. Añade también, el lumbreras, que el amor es un trastorno que genera angustia, depresión e incluso violencia. En definitiva, somos lo peorcito que ha parido psiquis humana alguna y ríanse ustedes de las habilidades sociales de Aníbal Lecter, que ése sí que sabía tratar a la basca con educación y proselitismo gastronómico. Por lo visto, estos eruditos de la cosa mental no se han enamorado nunca, no han experimentado en su académico culo los ardientes tábanos de Eros, tan ocupados que están siempre con su jaleo de probetas y batas blancas tratando de reducir el mundo ad absurdum. Estos señores no han hecho el trabajo de campo que tenían que haber hecho y se han limitado a leer cuatro novelas de Dostoyevski y de Galdós, y se han quedado tan panchos en la profiláctica creencia de que el carácter humano ya estaba analizado en la novela decimonónica y realista, que era muy dada a pintar personajes muy poco reales. Se piensan que basta con inyectarle la vacuna al cobaya, que es el ratoncito Pérez de los científicos, pero para estas cosas de Venus hay que mojarse un poco más, poner los pies en el suelo, sentir la pulsión salvaje de dos corazones desnudos que se estrechan en un abrazo desgarrador o la comunión lingüística de una pareja de labios que chorrean lascivia, y luego opinar. Pero estos señores no se arriesgan a tanto, temen contagiarse de algo y experimentan con cobayas y otras faunas humanas, cuando el experimento más fiable es aquel que se realiza con uno mismo. Este señor de la Complutense se creerá un tipo duro, curtido en mil y una batallas académicas, un tío muy seguro de sí mismo que no tiene esos problemas de autoestima y habilidades sociales que nos achaca a usted y a mí; pero de los síntomas y secuelas del amor no tiene ni repajolera. Más le habría valido haberse leído a Safo o a Ovidio, que escribió el primer estudio psicológico (Ars amatoria) sobre la importancia del amor en las relaciones humanas. Yo, en particular, le recomendaría también a Catulo, un poeta más a su altura. En nombre de todos los amantes inmaduros de este mundo quiero dedicar a la comandita autosuficiente el siguiente verso del poeta de Verona: Pedicabo ego vos et inrumabo.

Así en la tierra

Escribo la columna escuchando cómo corre el agua achocolatada por el barranco de Santos. Es una música serena y pausada que no parece acabarse nunca. De vez en cuando se escucha el frenazo de un coche o el grito de un niño, asombrado, que se alonga sobre el petril y descubre lo que es un barranco: no una herida polvorienta entre edificios y asfaltos, sino una voz de la naturaleza. Después de un manso diluvio que ha durado toda la noche el cielo se ha despejado. Arriba, en el centro de La Laguna, casi ha desaparecido el sabroso olor a tea quemada. Algunas reacciones son sorprendentes. La de la alcaldesa de La Laguna, Ana Oramas, quien afirma, a propósito del incendio que carbonizó la Casa Salazar, que "todo ha funcionado perfectamente". Y uno se queda atónito. Un asombro cansado y menesteroso el de uno, la verdad, un asombro que ya dura demasiado. Señora alcaldesa, si todo hubiera funcionado perfectamente, ¿estaría la sede del Obispado reducida a cenizas? ¿Incluye usted entre lo que funcionó perfectamente lo que no podía funcionar perfectamente, porque no existía, como un sistema de detección de incendios? Es asombrosa la ambición demiúrgica que puede embargar a la alcaldesa, el prodigioso ejercicio de hurtar la realidad que practica sin pestañear. El edificio colapsándose y Ana Oramas, al ladito, fruncido el dorado ceño frente a los micrófonos: "Todo ha funcionado perfectamente". ¿Y si se produce alguna pequeña imperfección que hubiera ocurrido? ¿Que arde toda la calle en una llamarada?
A unos metros de distancia el barranco sigue corriendo. Como el tiempo. La vieja metáfora. Los grupos municipales se han reunido y, por unanimidad, han acordado cederle al Obispado Nivariense la Casa Anchieta mientras tanto. ¿Mientras tanto? Veremos varios obispos despachar nulidades y cobrar recibos en la Casa Anchieta, se los aseguro. Al menos me consuela la idea de que mi corazón no hace colectas para restaurar un inmueble que forma parte del patrimonio histórico-artístico del Archipiélago. Una limosnita, por el amor de Dios. Una limosnita para reconstruir el Palacio Salazar, reconstruirlo exactamente igual, sin anacrónicos sistemas contra incendios, por el amor de Dios, una limosnita, aunque usted pague impuestos, una limosnita, aunque la Iglesia Católica haya usufructuado ese inmueble durante doscientos años y disponga de pasta para una tele y no para mangueras, una limosnita, don, y sea solidario, sea patriota, sea un buen creyente así en la tierra como en el cielo

Paraguas

Casi siempre he vivido en sitios donde llueve poco. Lugares donde los paraguas son objeto de veneración, almacenados en la entrada de las casas, a la espera del raro momento en el que son necesarios para cumplir la misión para la que fueron creados. En esos lugares, pasear con un paraguas en la mano es todavía un gesto de distinción o de clase. Apoyarse en uno de ellos mientras se habla, un gesto de elegancia y señorío. Igual que mirar llover a través de las ventanas o decidir no salir a la calle porque caen unas gotas. He vivido siempre en mundos extraños y secos, donde la mayor parte de las veces se sale con un paraguas y se vuelve sin él. A lo largo de mi vida he perdido muchos, tantos como veces me ha cogido la lluvia sin su protección, tantos como miradas acuosas he dejado escapar por mis ventanas. Por eso me gusta ver caer el agua desde el cielo, porque en cierto modo tengo alma de beduino. Por eso soy feliz cuando tengo que comprar paraguas o pasear con un impermeable puesto. He vivido inundaciones mentales y tormentas de ideas, pero siempre me he sentido contento al contemplar la lluvia, incluso cuando estaba cayendo sobre mi cabeza desprotegida. Pero en los últimos tiempos, los paraguas pasan por mi vida sin dejar huella. Entran y salen a una velocidad que no termina de gustarme. He comprado uno en cada ciudad en la que me ha llovido. Los he perdido cada vez que el cielo amenazaba lluvia y yo por previsión lo he cogido al salir. Cada vez compro paraguas peores, en tiendas de todo a cien, y poco a poco me siento como si estuviese utilizando kleenex, como si ese objeto venerable de repente se hubiese convertido en algo de usar y tirar. Incluso la lluvia parece de usar y tirar. Ahora la sequía ha llegado a todos los lugares del planeta, el desierto se está globalizando y los paraguas se producen en China, como los niños y el agua de la lluvia. Miro las nubes que cruzan por encima de mis pestañas y me pregunto si hoy lloverá o si perderé un paraguas. Me pregunto si sería mejor quedarme en casa mirando las lágrimas que caen desde el cielo o salir y mojarme el cuero cabelludo con agua bendita fabricada en Asia. Al final, me animo, rebusco entre los paraguas, elijo uno plegable que cabe un bolsillo y salgo a perderlo o a entregárselo a un mendigo. Pero los pobres ya no quieren limosnas, porque nunca llueve a gusto de todo y ellos son los primeros en saberlo. Hoy he intentado perder el paraguas en tres bares y en dos comercios, pero los camareros o los dependientes me han perseguido para entregármelo en ofrenda ritual. Yo les doy las gracias, pero en mi interior llueven lágrimas de desierto, agua de nostalgia de un tiempo donde la lluvia era más espesa y mi corazón más blando. He tirado el artilugio en un contenedor, pero un vecino me ha denunciado por no reciclar basura y mezclarlo con las cáscaras de las nueces que me había comido esta tarde. Así que ahora he abierto todos los paraguas en el interior de mi casa y he abierto la ducha un rato, para escuchar el agua y llorar a gusto. He cerrado uno de ellos alrededor de mi cabeza y quizás si permanezco mucho tiempo en esta posición cuando abra los ojos el mundo será como a mí me gusta. Tengo la sensación de que escucho truenos, pero a lo mejor son gritos o granizo o mi corazón desbocado por la nieve oscura que cae de mi lámpara. Pero no pasa nada, porque casi siempre he vivido en sitios donde llueve poco. Lugares donde los paraguas son lágrimas de un sol de cartón.

De aquí a nada

Que pasen ya cinco años para que miremos con perspectiva la tensión político-informativa actual y descubramos que todo fue una tontería. Que pase un año o medio o dos semanas, que el Estatut quede en el olvido como el Carmel y que Gran Canaria se siga llamando Gran Canaria. Otra solución es desconectarse de periódicos y columnistas, de informativos y tertulianos para encontrar en el aislamiento la única cura ante una realidad absurda.
La única lástima es que la tensión por los problemas accesorios tipo papeles de Salamanca o el mismo Estatut evita la discusión sobre los auténticos asuntos. Por ejemplo: unos se quieren empeñar en que el gran problema de Canarias se llama Gran Canaria y debería llamarse Canaria para que Canarias dejara de tener problemas y, sobre todo, porque Gran Canaria induce más a la confusión que Canaria referida a Canarias. ¿Ustedes lo entienden? Yo sí, y me da miedo entenderlo.
El resto de los problemas isleños está cuatro pisos por debajo de la cuestión Canaria-G. Canaria-Canarias-Gran Canaria. Imagino que tienen la lista en la cabeza, empezando por asuntos como que compartamos la cesta de la compra más cara de España y unos de los sueldos medios más bajos, o que contaminemos una barbaridad sin poseer prácticamente industria, o que casi no se reciclen las basuras (acabaremos llenos de mierda y ahumados, pero felices en cuanto Gran Canaria sea Canaria, ¿no?). Son tantas y tantas cosas que milagrosamente no tienen que ver con un atasco de tráfico, el único asunto que hoy en día nos mueve al debate...
Y ahí está el tema, en que se debate mucho de pequeñeces y no se discute nada de lo que podría ser más importante. No hablamos de temas tan elementales como que aún muera gente en este mundo por hambre o porque no tiene acceso a una fuente de agua. Ya hasta aburren las pateras, casi tanto como las noticias de fútbol.
La tentación es desconectar y convertirte en un tonto feliz, emerger dentro de cinco años para comprobar si España está desmembrada o si Gran Canaria sigue siendo el único y gran problema de estas islitas anodinas.
La realidad dice que todo esto o lo encajas con dosis masivas de humor o te suicidas, o conviertes a los extremistas de la tensión en clowns cuya verdadera misión es hacerte reír cada día y cada domingo o corres el riesgo de creer que todo es verdad y que esto es un disparate.
No, mejor espera y recuerda, porque lo normal es que nunca pase nada.

Trenes de cercanías

Me cuesta entender la extraña manía que tienen los niños de meterse debajo de las ruedas de un camión, especialmente cuando tienen todo un desierto para caminar y la caravana del rally Lisboa-Dakar sólo tiene una ruta asignada de la que no puede salirse, salvo el punto de partida, que antaño era París y que luego pasó el testigo a Barcelona o Granada. El punto y final, sin embargo, sigue ahí, quieto en Senegal. Se ve que en Europa, aunque llevemos años haciendo las mismas tonterías, todo cambia. En África, por mucho que algunos insistan en pregonar que algo está cambiando, todo sigue igual: niños que mueren aplastados por caros coches de carreras que tienen un tufillo colonial o enfermedades de inmunodeficiencia adquirida que se podrían evitar con un simple condón, si no fuera porque a la Iglesia no le parece bien que a los africanos les dé por tener relaciones sexuales.
 Quizás la culpa la tienen los niños, siempre corriendo de un lado a otro, por más que les pese a algunos sacerdotes o conductores. Por eso hay que educarles a obedecer, a saber que el rojo es malo y el verde es bueno, salvo que seas daltónico y creas que lo rojo aún puede cambiar el mundo. Y así nos pasamos media vida aprendiendo que no se debe cruzar la calle cuando hay un machango rojo al otro lado y la otra media preferimos ignorarlo ante los interminables minutos que tarda el verde en deleitarnos con su visión. Los rumores dicen que el machango verde tiene miedo escénico, especialmente ahora que se ha instalado un gustillo por las prohibiciones, por recortar las libertades hasta niveles inimaginables en una sociedad que presume de ser democrática.
Pero a los niños les trae sin cuidado que esto sea una democracia y se atreven a jugar con los coches, a jugarse la vida de forma inconsciente, pensando que las máquinas tienen algo de humanidad y no arrancarán vidas con su guadaña. Por eso sus osadías van más allá, y aprovechan los extrarradios de una gran ciudad para jugar en las vías de tren, cruzándolas momentos antes de que las locomotoras pasen a toda velocidad. Lo que tampoco saben es que los cercanías son peligrosos: promueven golpes de Estado, como ese 11 de marzo. Un diputado popular, aún más ignorante que los niños, pero igual de indiferente a la democracia, no sabe aún que los golpes de Estado los cometen personas y no trenes: no fue un 11 de marzo, fueron un 18 de julio y un 23 de febrero. Pero no me haga caso señor popular, lo mismo soy daltónico y puede que además de confundir colores me dedique a cruzar la calle con el semáforo en rojo, creyendo que los tanques que bajan por la avenida son sólo coches. Cuando me dé cuenta, ya estarán demasiado cerca. No vendrán sólo a por mí.