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Nadir

Amarga tontería

Le han puesto una denuncia a Rafael Amargo por injurias y calumnias contra los chicharreros. Me parece excesivo aunque dentro de lo que cabía esperarse. Yo también oí la entrevista de ese pobre diablo metido a cocinero en una casa ajena y con perejil ya picado. Dijo cuatro sandeces, estaba nervioso y quería defenderse de las acusaciones que en días pasados se han vertido sobre él. Que lo insultaron es cierto; que lo llamaron godo de mierda y gitano maricón es cierto; que le rodearon el coche y él pensara que iban a lincharlo, me lo creo; que tuvo miedo me lo creo, porque los seres humanos en manada lo dan; que Franco sigue vivo, no venía mucho a cuento tal y cómo lo dijo, pero me imagino que no tiene capacidad para un discurso más largo donde explicar años de represión y de odio a lo diferente. Y él es diferente. Hay miles de testigos de las barbaridades que le dijeron. ¿Merecidas? Pues no lo sé. Rafael Amargo no hizo nada que no hicieran otros venidos de fuera que no han entendido el carnaval; que siguen creyendo, incluido el señor alcalde de Santa Cruz de Tenerife, que los carnavales son fiestas municipales o políticas o del estado; que él, como otros organizadores anteriores, podía apropiarse del espíritu del carnaval y manejarlo a su manera. Y del mismo modo y manera las murgas que se autodefinen como propietarias y portavoces del "pueblo" cuando no dan para más allá de una garimba y medio de pata con queso. Amarga realidad, alcalde mío. El carnaval no es tuyo y no puedes manipularlo. Ni tú ni nadie. Lo que Amargo no dijo y debió de decir para limpiarse un poco el delantal, es que metió la pata; que le pudo la arrogancia porque le recibieron mal y estaba hasta la quilla de piratillas que ponían en su boca lo que él no dijo. Al final acabó mintiendo del mismo modo que los que le contrataron. Y es que siempre se pasan de listos los organizadores de esta clase de espectáculos; que nadie conoce el corazón de las masas cuando las masas se sienten fuertes al saberse propietarias de algo. El carnaval es de la calle; siempre fue así. Eso es lo primero que tenían que haberle explicado a Rafaelito y nadie se lo explicó. "El carnaval es mío, debió decirle don Miguel, y quiero lo mejor para este pueblo mío. Que no piense mucho, que no razone, que no recuerde. Haga un milagro, amigo Amargo" Pero se equivocó. Los dos se equivocaron. Porque todo lo que se haga en carnaval marcado por órdenes y prohibiciones, es un error. La carne quiere vivir, con libertad y sin pudor, su tradicional enfrentamiento con la iglesia y las instituciones. La gente quiere escupir cosas y sólo se atreve en carnavales y con careta. Las galas y las mandingas organizadas son una paparruchada donde la gente pierde esa oportunidad de la que sólo hacen uso una vez al año. La calle es su territorio. En un escenario nadie sufre la verdadera catarsis, la verdadera liberación. Sólo los buenos actores aprenden a ser otros pero sólo para hacérselo entender a los espectadores. Los carnavales no son teatro. Son una fiesta de la carne, una expulsión de una parte de nuestro propio yo. Y eso, querido Rafael, sólo puede hacerlo uno mismo. No necesitamos alcaldes ni actores, ni bailarines ni coreógrafos ni nada de nada. Sólo la vida y carretera y manta.

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