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Nadir

El Portavoz

Un arresto domiciliario es una cosa muy dura, y si no que se lo pregunten a Pinochet. Que te arresten en un piso de 30 metros, pase, porque lo tienes todo a mano, pero que te sometan a esa prueba en un palacio muy grande es una desgracia. Y eso es lo que sufre el teniente general Mena. Con el agravante de que tiene su despacho en casa, de modo que no le ha quedado más remedio que dirigirse a su escritorio, quizá gratificado con su repentina fama, que se la merece, para leer lo que la prensa dice de él y de su coraje. De no haber hecho lo que hizo, pudo haberse ido a casa en marzo próximo sin que se supiera de él, cuando sólo un teniente coronel como Tejero alcanzó sin duda mayor notoriedad. No digo que este servidor de España actuara por vanidad, si bien es posible que alguien lo pinchara de vez en cuando con un "te vas a ir de aquí sin pena ni gloria". Pero, para consumar su atrevimiento, eran precisas tres cosas: una, tener motivos; dos, contar con apoyos externos y, tres, estar a punto de jubilarse. Y esto explicaría lo que Rajoy sostiene: que el caso Mena no ha sido una casualidad. Los motivos se los atribuye Rajoy a Zapatero por propiciar un debate sobre un polémico nuevo Estatuto de Cataluña, con lo cual el presidente tendrá que lamentar ahora no haber tenido en cuenta a Mena; tiene razón Rajoy. Pero Rajoy no puede quitarse méritos: su declaración de España como patria catastrófica por desgobierno arrebata más el corazón de cualquier Mena. Y de los apoyos externos con los que cuenta el militar debe saber Rajoy, y si no que se lo pregunté al presidente del PP de Fuerteventura, una autoridad moral en Canarias, que ha asegurado con burda contundencia que Mena no está solo. Aunque no creo que necesite hacer la consulta: son tantos los cargos populares que siguen saliendo en apoyo de Mena que el pobre Mena sólo parece ya un portavoz del PP. Y no es una casualidad.

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